Se llaman Tatiana, Claudia, Bosco y Emma. Son amigos, tienen 15 años, van a un colegio concertado y residen en Boadilla del Monte, municipio donde el PP gana por abrumadora mayoría.

Los padres de Tatiana abandonaron Cataluña cuando la deriva se les hizo irrespirable. «En el colegio la moda era ser indepe, como aquí ahora ser de Vox», dice Tatiana, que tiene familia en Vic y una idea muy precisa de lo que es la xenofobia. Es favorable a la inmigración -«Los españoles también emigraron»- y señala dos hipocresías: la del progresista que aplaude a los inmigrantes pero no los quiere en su barrio y la del reaccionario que denuncia que vienen a quitarle los trabajos que él no quiere hacer. Su castellano es impecable. Está a favor del matrimonio gay («Solo cuenta el amor»), de la eutanasia y de la monarquía: «Veo más capacitado a Felipe VI que a cualquier político».




Que la investidura de Sánchez se pacte en Lledoners no puede escandalizar a nadie, porque lo propio de las bandas es hacer negocios en el trullo. El Joker de Moncloa está a punto de concretar el chiste más macabro en la broma infinita de su vida pública. «¡Pero salvó al PSOE del acecho de Podemos!», cacarean las pedrettes, incapaces por amor de entender que el precio que ha pagado su gallo por mandar en la izquierda es la titularidad del corral. El PSOE acabó de morir un martes de noviembre de 2019, cuando su secretario general abrazó al epígono leninista de Anguita para abrirle la puerta del Consejo de Ministros. Ahora un condenado a 13 años por sedición otorgará a Sánchez la gracia de unos meses más de insomnio en su colchón, pero el protagonismo pasará al vicepresidente Iglesias, que devorará diariamente en las teles a su presa. Será una legislatura furiosa y estéril que solo culminará un proyecto, activado el día que Sánchez reconquistó Ferraz: la destrucción de la socialdemocracia española. Su legado.







