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Las Navidades de Cristóbal ‘Scrooge’

Llegué tarde a la sesión y no pude comprobar si Posada concedía el minuto madibo de silencio, que yo creo que hay que meter pronto en la Constitución a poco que se reforme para precipitar en el hemiciclo un tránsito abrupto de la somnolencia burocrática a la toma de conciencia política. También me perdí la sorayomaquia, pero luego, en el patio, pudimos charlar informalmente con Sáenz de Santamaría, que anda cojeando por efecto de un resbalón que ella se apresuraba a despojar de metáforas. Prometió un paquete de medidas para el Consejo de Ministros y todos nos llevamos instintivamente las manos a los bolsillos, aunque ella asegura que tendrán que ver con los bolsillos de los políticos. Veremos.

Hubo alguna gresca porque en términos dialécticos la Navidad todavía no ha llegado al Congreso aunque cuelguen del escaño tantos diputados de adorno, según me indicó un colega. En el christmas parlamentario identificamos a un Papá Noel, que por unanimidad encarnaría Arias Cañete –solo le faltan los renos– y a un míster Scrooge, cuyo papel no puede interpretar otro que Cristóbal Montoro. A Montoro le preguntó UPyD por la purga o desaceleración de la cúpula de la Agencia Tributaria y don Cristóbal, con ese silabeo serpentino que le nace de una finísima pared en la garganta, repuso:

–He ocupado este ministerio durante seis años y puedo garantizar que jamás se han producido injerencias políticas en la Agencia Tributaria. Y además nunca he dicho que los cesados fueran socialistas.

Y ofreció un pacto a los grupos para la redacción de un nuevo y cristalino estatuto de la Agencia. Ya saben ustedes: cuando quieres que algo no se haga creas una comisión, y cuando quieres devolver el dentífrico al tubo, redactas un estatuto. Luego, en los corrillos, el ministro Scrooge volvió al tono siciliano para pedir a los medios de comunicación que, ya que no están al día con el fisco, al menos hagan el favor de reproducir con fidelidad sus palabras en los corrillos, como por ejemplo que no están al día con el fisco, y que cualquier día puede suceder un accidente. Esto último reconozco que no es literal.

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11 diciembre, 2013 · 18:39

Esperando a Demóstenes

Matinal desangelada en Cortes, simétrica del frío como de concertina que bate los soportales y entumece a los pobres mendigos velazqueños. El presidente Posada inauguró la sesión dando la bienvenida al presidente de Macedonia, guest star en la tribuna de invitados, que se levantó muy ceremonioso para agradecer la mención. La sesión se preparaba así más propiamente que nunca para la pronunciación de filípicas, pero estamos a mil jodidas millas de tener a un Demóstenes en el Congreso.

De hecho abrió fuego Errekondo (Amaiur), y dejemos la expresión en metafórica. Errekondo es un jugador de balonmano, y se nota. Le exigió a Rajoy un balance de su gestión en el País Vasco con esa dicción silabeante y atropellada, ansiosa de acabar cuanto antes el enunciado que le pasan desde la mafia del norte, que incluía la alusión a las ansias infinitas de paz vasca de cantamañanas tan conspicuos como Tony Blair, Kofi Annan o Jimmy Carter. Amárrame los pavos. Incluso pegó un papelito a su botella de agua que aludía a una presunta situación guantanamera de los presos etarras en una cárcel de Sevilla. Pero lo hacía todo como con cierto bochorno de recadero servil, de becario de la cejijuntez criminal. Yo creo que en el subconsciente de esta gente pugna por salir un confuso sueño de respetabilidad institucional que no tienen manera de merecer. Rajoy le respondió con la retahíla previsible y pendiente: condena de la historia de ETA, demanda de disolución incondicional, petición de perdón a las víctimas. Sobre el medio centenar de asesinos que ya brindan con fino o txacolí no dijo nada porque no tiene nada que decir o porque no puede.

Estaba Duran en su escaño, presencia que siempre celebramos. No adivinan ustedes lo que hizo: ¡quejarse del poco dinero que el Estado invierte en Cataluña! Unos su paz, otros su pasta: la matinal no podía discurrir por cauces más canónicos. El presidente del Gobierno recordó a Duran que el Gobierno ya ha pagado 934.097 facturas a los catalanes, y que estaba mirando juegos de sábanas para poner además la cama. De todos modos detecto una rebaja declarativa del tabarrón independentista, suflé a la baja aplastado por las taumatúrgicas apelaciones a la pela de Linde entre otros. Me contestó el otro día en la tertulia de RNE el director de La Vanguardia, Josep Antich, que esas advertencias monetarias calan solo en los menos soñadores, pero yo sospecho que el volkgeist fenicio acabará imponiéndose. Ya entreveíamos todos, los primeros nuestros pragmáticos amigos catalanes, que todas las fiestas se terminan enseñando la cuenta.

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27 noviembre, 2013 · 16:19

Hannah Arendt o la banalidad de la opinión pública

Arendt, pensando.

Arendt, pensando.

 Consuela pensar que también se metieron con Hannah Arendt. ¿Quiénes? ¿Por qué? La respuesta a ambas preguntas consuela ya definitivamente: la castigó la opinión pública, y la castigó por pensar.

Es bastante importante que todos ustedes vean o pongan a sus alumnos cuando puedan el biopic de la pensadora judía que el año pasado estrenó Margarethe von Trotta. Estamos ante una película audaz y sutil, porque se centra en una peripecia exclusivamente intelectual mientras desecha la sentimental o la aventurera (que también las hubo en la biografía de Arendt); pero es también una narración clara y amena que estimulará a cualquier espectador capaz de trascender las funciones básicas de nutrición, relación y reproducción. Se trata de llevar al extremo el papel del intelectual en una sociedad desarrollada, que es aquella que se felicita por vivir en un régimen de libertad de expresión hasta el momento exacto en que alguien decide hacer uso resuelto e inteligente de esa libertad.

–El intelectual muchas veces ha de resultar incómodo –nos repiten; pero ay cuando lo es.

Cuando Hannah Arendt, superviviente de un campo de prisioneros nazi en la Francia ocupada, se enteró de que Adolf Eichmann, apresado en Buenos Aires por el Mossad, iba a ser deportado y juzgado en Jerusalén, cursó una petición al New Yorker para cubrir el juicio como reportera. A Arendt, por entonces autora de prestigio internacional tras el éxito de Los orígenes del totalitarismo y catedrática en el Brooklyn College, todavía le quiso poner pegas una parte de la dirección de la revista que sentenciaba, con ese típico desdén del periodista matalón: “Los filósofos no producen titulares”.

Finalmente The New Yorker la mandó a Jerusalén y allí, sobre la jaula de cristal desde la que Eichmann pretextaba su escrupuloso sentido del deber, comenzó a operar la implacable inteligencia de Hannah Arendt. Comprometida con el sionismo en sus duros inicios, con el tiempo se había ido apartando de todo compromiso ideológico o étnico que hipotecase el puro ejercicio de la razón libre. Ver a una mente prodigiosa en funcionamiento, sobrevolando con majestad las praderas del sentimentalismo o los pantanos del prejuicio, es un espectáculo de la naturaleza que sin embargo suele sacudir con temblores de suspicacia las entendederas del hombre común, habituado a conducirse en la vida por intuiciones, afectos y sobre todo intereses.

Pero Arendt era alemana en la mejor expresión de la nacionalidad alemana: discípula aventajada –tanto que acabó en su cama– de Martin Heidegger, alumna de Husserl, discutidora de Karl Jaspers y Theodor Adorno, compañera de Walter Benjamin. Como esos grandes lúcidos del siglo XX –Camus, Aron, Chaves Nogales–, Arendt era incapaz de mentirse a sí misma, operación tan recomendable para sobrevivir. Rompió con Heidegger cuando este (que le había soltado a Thomas Mann aquello: “Sí, puede que Hitler sea un bárbaro, ¿pero has visto qué manos más viriles tiene?”) se sacó el carné de la esvástica. Pero tampoco quiso hacer fácil carrera a lomos de la revancha intelectual sionista. Ahora se hallaba frente a Eichmann en Jerusalén, y no había estudiado y pensado tanto para acabar escribiendo la crónica que se esperaba de ella: la de la escritora judía que con su celebrada pluma vengaba a la raza afrentada en la figura monstruosa, totémica y sumaria de Eichmann, el teniente coronel de las SS encargado literalmente de llenar los trenes con los hijos y las hijas de Abraham rumbo a Auschwitz. No: Arendt estudió a aquel alemán calvo y anguloso en su jaula, escuchó sus alegatos de burócrata desapasionado, verificó la absoluta falta de convicción e ideología de aquel ordenanza del terror, constató el abismo filosófico que se abría entre la magnitud del mal causado y la mediocridad del autor necesario, y decidió escribir sobre todo ello.

El resultado fue la conocida tesis de la banalidad del mal, que como titular no está nada mal, y que los columnistas de tertulia citan sin haber leído a Arendt. En todo caso se trata de una tesis hoy comúnmente aceptada, casi un lugar común del pensamiento del siglo XX, pues el tópico suele ser el tributo que el paso del tiempo rinde a las ideas audaces. El mal industrializado, la desconocida dimensión de terror aportada por el hombre totalitario solo requiere burócratas obedientes que prescindan de una única cosa: de la facultad de pensar. Pensar nos hace personas; renunciar al pensamiento propio nos coloca en el disparadero de la animalidad, aunque vistamos con decoro, besemos a nuestros hijos al acostarnos y nunca falte leche en el plato de nuestro gatito.

Esta idea deshace un escándalo falaz muy cacareado todavía incluso entre nuestros blogueros de referencia: ¿cómo es posible que el país más culto de la tierra, la cuna de la música y la filosofía modernas, se entregase en masa y con entusiasmo digno de mejor causa al macroproyecto criminal de un lunático evidente como Adolf Hitler? Algunos se preguntan esto con la aviesa intención de desmerecer la figura del intelectual contemporáneo, que sería alguien vendido sistemáticamente al poderoso de turno con la mira laboral puesta en una remunerada comisaría política. Bien, yo a esos desalmados logreros con estudios o a esos fanáticos de la idea que tanto proliferaron durante la centuria pasada no los quiero confundir con el intelectual digno de ese nombre, el que ahora reivindico en la figura de Hannah Arendt y que estos días se ha celebrado en la efigie ya canonizada de Camus. Es que casi parece que ser un analfabeto o un periodista deportivo te evita la pertenencia a una nómina de genocidas, y que al oír la palabra cultura hay que llevarse la mano a la pistola, que decía aquel. Pues no. Es mentira eso de que Alemania era la nación más culta. Porque no hay naciones cultas: cultos son solo los individuos, y hay muy pocos porque cuesta muchísimo hacerse una verdadera cultura, una cultura hondamente sentida y masticada, conectada con nuestra ética y confrontada a nuestros prejuicios, vigilante insomne del proceder diario, capaz de romper nuestros vínculos económicos, políticos, familiares, amorosos, patrióticos y étnicos. Todos esos vínculos rompió Arendt para defender su verdad, porque creía que tenía razón. Y lo cierto es que la tenía y que se equivocaban todos los demás.

Los alemanes se entregaron a Hitler pese a la aptitud nacional para el solfeo porque Hitler les decía lo que querían oír: que iban a ser superhombres en un reich que duraría mil años. Es en ese momento cuando deben elevarse las voces críticas que pregunten el precio que va a costar eso. Y los consejos judíos de Europa, dice valientemente la judía Arendt, durante ese tiempo clave en que aún se puede evitar la catástrofe mediante la denuncia, callaron; cuando Hitler comenzó a expandirse y a pisotear los derechos de otros pueblos, siguieron callados; y cuando finalmente fueron a buscarlos a ellos ya no quedaban resistentes con voz audible. Arendt no quiere ahorrar ninguna responsabilidad en el desastre, pero eso era demasiado para los lectores del New Yorker, la revista de la intelectualidad americana de extracción mayoritariamente hebrea.

Arendt se atrevió a escribir desde las inhóspitas afueras del sentimiento y de la tribu y lo pagó con el ostracismo. Sus amigos judíos (o los que ella creía que eran sus amigos) le dieron la espalda y tuvo problemas económicos por la sombra de sospecha que se extendió sobre su firma. La acusaban nada menos que de defender a Eichmann por la sencilla razón de no haberle pintado cuernos y rabo; de no proporcionarles un objeto de odio concreto contra el que realizar la catarsis de todo un pueblo. Le daban lecciones los judíos neoyorquinos que jamás habían visto a un nazi de cerca. No sientes nada por tu pueblo, le reprochaban. Y ella, como liberal congruente, contestaba que no tenía por qué sentir nada por su pueblo, sino por las personas, por sus amigos, por los que creía sus amigos.

A Norman Mailer le he leído la mejor crítica a la tesis de la banalidad del mal: “Eichmann, superficialmente hablando, era un hombrecito, un hombre de aspecto común, vulgar y opaco, pero suponer por lo tanto que el mal mismo es banal me impresiona como exhibir una pobreza de imaginación prodigiosa. (…) A los liberales no les gusta creer en el vasto poder del inconsciente o la auténtica capacidad asesina de la mayoría de la gente común. Aceptar la superficie por la realidad es ejecutar el reflejo liberal fundamental”. Y a continuación incurre en la antecitada referencia a la nación más cumplidora de la ley, cuyo inconsciente “era realmente un lugar de espantosas emboscadas y horrores”. Se trata del reparo obvio que le pondría cualquier novelista experto a un filósofo demasiado seguro de sí, al que supera en capacidad para fabular el submundo interior del personaje más aparentemente rutinario. Lo que ocurre es que la ficción solo puede aspirar a construir mundos verosímiles, no balances empíricos y mucho menos procesos judiciales. Desde luego, de los miles de folios que ocupan los interrogatorios a Eichmann y que Arendt leyó con cuidado, la filósofa no pudo extraer una sola pista que delatase los abismos interiores del psicópata o el plan maquiavélico del criminal consciente. Así que lo más probable es que Adolf Eichmann fuera en efecto el burócrata banal y cumplidor que retrató la reportera de The New Yorker.

Es posible de todos modos que Arendt contrajera en Jerusalén un síndrome muy común a todo reportero obligado a realizar una cobertura prolongada, y que podríamos bautizar, parafraseando, como síndrome de la banalidad del reportero. Nos pasa a cualquier cronista parlamentario, que semana a semana perdemos el respeto a la sede de la soberanía etcétera. Un día acudí a la Audiencia Nacional para escribir sobre el juicio a Txapote, el tipo que había descargado su nueve milímetros Parabellum sobre la nuca de Miguel Ángel Blanco; a mí, que era nuevo, me impresionaba la presencia del reo, no podía despegar la mirada de aquel hombre tranquilo, incluso apuesto, que jugueteaba con las manos a cinco metros de mi libreta. Pero mientras yo me maravillaba de la rutinaria compostura del asesino, mis colegas especializados en información de tribunales encerraban mentalmente todo aquello en 30 segundos para el boletín de mediodía, y ni siquiera les daba para una pieza especialmente noticiosa. Quiero decir que Arendt el primer día no podría quitar ojo a Eichmann, pero a la séptima jornada de tomar apuntes repetitivos en la sala de prensa una sensación de fraude empezaría a tomar cuerpo en su cabeza, preparando la exploración del concepto de banalidad. Puedo imaginarme muy bien que fue así como ocurrió (lo cual subraya la productividad periodística de la cobertura in situ). La reportera defraudada, una enorme expectativa escamoteada por la vulgaridad, un giro novedoso en la consideración de aquel histórico proceso. Solo muchos meses más tarde, cuando granizaba sobre su trabajo la indignación del público general y de la comunidad judía –la suya– en particular, acertaría a distanciarse un poco de su revolucionario concepto, matizándose a sí misma en una sentencia con resonancia cristiana: “El mal no puede ser banal y radical a la vez; el mal puede ser extremo y banal, pero consciente y radical solo puede ser el bien”. En el Calvario, Cristo sería el artífice del bien radical y consciente, que es la redención del género humano, mientras que Pilato sería Eichmann. El burócrata necesario.

Para qué sirve la literatura, le preguntaron una vez al Nobel judío Joseph Brodsky. “Una persona que ha leído a Dickens jamás disparará contra alguien”, fue la respuesta del poeta. Teniendo en cuenta que David Copperfield es lectura obligatoria en la niñez anglosajona, muchos asesinos habrán leído a Dickens. Pero una cosa es leer y otra muy distinta es leer, como saben ustedes. Brodsky, Arendt, se refieren a leer pensando. Se refieren a individuos cultivados de verdad, a la cultura como agua incombinable con el aceite del mal.

El tiempo ha premiado con sólido prestigio el coraje intelectual de Arendt ejercido contra su propio sentido de pertenencia, traducido en la hostilidad de una opinión pública que, esta sí, se probó banal. “Intentar comprender no significa justificar”, dice su intérprete en la película. Piénselo el hombre-masa, el que se considera alfabetizado por leer dominicales y bajarse series, antes de decretar su próxima fatwa.

(Publicado en Suma Cultural, 23 de noviembre de 2013)

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Habla, memoria, que es 20-N

Se concluyó a tiempo el remozado del Congreso para conmemorar el ecuador exacto de legislatura, con los leones limpios rugiendo de frío bajo el dosel corintio de los capiteles sin andamios. Gobierno y oposición hicieron de la efeméride el eje de su defensa o de su ataque, lo cual ha de celebrarse como un avance histórico del parlamentarismo español, que en días como hoy, 20-N, habría podido entregarse a la retórica chicle del franquismo residual, donde toda impostura biográfica tiene su asiento y todo triste pretexto hace su habitación.

Tan solo Amaiur quiso traer al debate el sesgo siniestro de su particular memoria, preguntando al ministro de Justicia por la reparación de “todas” las víctimas, en concreto de Josu Muguruza y otros muertos suyos, con ese determinante tan insidioso que emboza una inmoralidad sangrante bien desmontada por Gallardón:

–Ustedes tratan de introducir una mentira en el debate: la equiparación de dos violencias. Son ustedes los que deben explicar por qué han amparado y disculpado medio siglo de terror perverso. No agravien más a las víctimas y pidan la disolución de esa bestia totalitaria que es ETA.

Bien es cierto que el diputado amaiurense explicitó un retórico respeto a los familiares de asesinados por ETA como Ernest Lluch, algo es algo aunque muy poco comparado con exigir de una vez la disolución del residuo mafioso del norte y colaborar con la Justicia en los muchos crímenes etarras aún por resolver. Y más cierto aún es que las víctimas de la banda tienen razones dolorosamente cotidianas para clamar contra un Gobierno bajo cuyo mando se está produciendo la suelta de terroristas más escalofriante de nuestra historia. Ahora que Fernández Díaz patrocina una nueva ley de orden público, debiera aplicarse la mordaza el primero antes de proferir boberías como esa asimilación de etarras a violadores que a su juicio prueba la derrota de ETA. Son las peras y las manzanas del cesto de Parot, y el ministro del Interior ejerce de Caperucita.

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20 noviembre, 2013 · 18:14

Ejercicios espirituales en el PSOE

“Al igual que la mayoría de los hombres que combinan rentas de tres mil libras al año con digestiones pesadas, Lucas era un socialista convencido, por lo que sostenía con una firme convicción que no se puede aspirar a elevar el espíritu de las masas si a estas no se les da antes la oportunidad de descubrir cosas tales como los huevos de codorniz”.

Así presenta el venoso Saki –el gran cuentista satírico de la era victoriana– uno de sus personajes de clase, esa populosa oligarquía que hoy llamaríamos progresía de salón y que no tiene nada que ver con la rebeldía individualista de Camus. El PSOE está lleno de Lucas y ahora los coge a todos y los lleva de ejercicios espirituales para reencontrar su alma tironeada en sus puntos cardinales por el federalismo, el quincemismo, el derecho a decidir, la brigada de demolición de Cuelgamuros, el justicialismo garzonita, el esencialismo manchego de Page y el oportunismo femenil de Susana Díaz, que quiere ser una Esperanza Aguirre en rojo cortijero. Los Levi´s que estira la impar cuadra socialista los calza el pobre Rubalcaba –ya le vimos con unos que le quedaban holgueros cuando salía del hospital, las Ray-Ban caladas– y ya todo es restar semanas para el desgarro sonoro y capitulador.

El penúltimo tirón ha salido de la cocina caliente del CIS, que ahonda la caída del PSOE y premia con subida el optimismo macroeconómico popular. Y ya puede Rubalcaba desacreditar los fogones estadísticos que ese fuego lo alimentarán ahora con chispas de navaja los afiladores traperos que hace tanto tiempo esperan su ocasión. La soledad de Rubalcaba, pese a que sigue siendo el socialista más listo que tienen en ese partido evanescente, hoy solo admite parangón con la de José Ignacio Wert, ninot achicharrado de la política no profesional. Luego se quejan de los políticos profesionales, pero como para entrar en ese horno sin carné ignífugo, oigan. Cagadas aparte.

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6 noviembre, 2013 · 18:13

La rebelión de los fulares

Este año acude uno a las sesiones de control en expectativa alegre de cataratas o de tetas, o de ambas cosas, pero esta vez solo hubo parlamentarismo, es decir, aplausos y abucheos. Qué se le va a hacer, no siempre el Parlamento puede escapar a la representación sociológica del pueblo.

La principal novedad ha sido la presencia de Duran Lleida, el tercer hombre, quien en los últimos tiempos resulta especialmente difícil de situar en un punto fijo, en una posición estable. Duran viene a ser como esos gases de la tabla periódica que solo existen en el laboratorio, emiten un efímero parpadeo y se esfuman dejando al químico sumido en la melancolía, razón sentimental por la que el químico acaba bautizándolos con su apellido: el durón, por ejemplo. Pero ahí, en aparente estado sólido comparecía Duran, inequívocamente en pie, preguntando a Rajoy nada menos que por su “agenda política en Cataluña” como si Rajoy tuviera agenda en general. “Agenda” es un participio de futuro pasivo que en latín significa “lo que debe ser hecho”, pero Rajoy no es un tipo que deje que le digan lo que tiene que hacer. Lo había intentado primero Aitor Esteban, del PNV, inquiriendo al presidente si iba a acatar la decisión de Estrasburgo (presumiblemente contraria) sobre la doctrina Parot, y en la formulación de la pregunta solo faltaba añadir este principio: “Hará el favor usted de…”. Pero Rajoy repuso, con una de esas frases marianísimas que tanto nos divierten:

–No tiene sentido especular sobre futuribles.

He anotado la frase para cuando me pregunten en Facebook por mi asistencia a eventos indeseables. Pero lo cierto es que luego a Rajoy no le faltó claridad al definir la doctrina Parot como “justa, correcta y necesaria”, a la espera de lo que opine el santo oficio de Estrasburgo. El caso es que Duran, que se conoce el paño, acotó la pregunta como un guionista celoso:

–Le pregunto por su agenda política en Cataluña, y no me responda usted con la lucha contra la crisis que le conozco y en eso estamos todos…

En bandeja para Rajoy, haciéndose el ofendido:

–Oiga, solo le ha faltado decirme lo que tengo que responder…

Y a continuación le responde con la lucha colectiva contra la crisis, efectivamente. Duran se ha enfadado y ha incurrido en paralipsis, clásico recurso de la oratoria que consiste en negar que se vaya a decir lo que efectivamente se está diciendo:

–No es una amenaza, pero si sigue usted sin hacer nada, algunos declararán unilateralmente la independencia en el Parlament.

Entonces Rajoy ha pedido un poquito de pedagogía, ha impartido una lección básica de constitucionalismo y cuando empezaba a gustarse y estaba declarando que “España no es un invento sino una realidad de siglos que…” de pronto le ha cortado el micro Posada, que aplica los turnos de intervención con la exactitud de una célula fotoeléctrica en la foto-finish de los cien metros lisos. Para una vez que el presidente de España constata la existencia del país que gobierna, podrían haberle dejado terminar la frase.

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16 octubre, 2013 · 17:21

La teta del Estado

Pues ya sabemos lo que es la teta del Estado, señores. Hasta ahora pensábamos que se trataba de una metáfora para referirse al clientelismo, pero de metáfora nada, oigan: seis tetas rotundas como seis tiernos cántaros de reivindicación quincemista se revelaron y rebelaron ante la sede la soberanía nacional a eso de las diez y veinte minutos de una mañana que discurría por los cauces somnolientos, estrictamente retóricos de costumbre. Tenía la palabra Gallardón, a quien se empeñan en vestir de inquisidor de Zugarramurdi, cuando se produjo el destape en la tribuna de invitados al grito de vestal enfurecida “¡Aborto es sagrado!, ¡aborto es sagrado!”, con ligero acento extranjero.

Al principio los cronistas más jóvenes creímos que por fin cubriríamos el golpe de Estado que nos permitiera languidecer en las tertulias para los restos. Pero no era un golpe de Estado, sino un golpe de pecho, y no de penitencia, sino de turgencia. Los aldabonazos de conciencia se imparten ahora a tetazo limpio, se exhorta a pezón quitao al ministro para que apechugue con las ansias infinitas de aborto de estas nuevas beauvoir con dos únicos pero incontestables argumentos. Flaneaban los pechos pintarrajeados de consigna sobre la testa de los padres de la patria, que bizqueaban mirando hacia arriba en la esperanza de que se cayera alguna de las tres bacantes, dos francesas y una española, activistas de Fenem a cuyo director o directora de casting no podemos sino alabar el gusto. Había una rubia, una morena y una castaña, las tres armoniosamente dotadas, y un buen mamólogo sacaría enseguida la nacionalidad de las dos primeras por la celebrada fisonomía en forma de dulcísima pera por la que se caracteriza la teta gala.

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9 octubre, 2013 · 16:56

Ministros que juegan al contragolpe

En mañanas parlamentarias como la de hoy se echa de menos la gotera. Se precipitó Posada al taparla si de lo que se trata es de fomentar algún interés por lo que sucede en el hemiciclo. Hubo una interpelación a Fátima Báñez sobre las pensiones resuelta con tal prolijidad que gustosamente uno habría sacrificado la suya con tal de que aquel turno de palabra terminara abruptamente. Báñez parece una bellísima persona pero Dios no la llamó para la vocación de Demóstenes, aparte de que hacer entretenida una disertación sobre el cálculo de las pensiones exigiría a Les Luthiers como ponentes.

Cómo sería la cosa que Rajoy prefirió quedarse en Nueva York y Rubalcaba tampoco apareció, en simétrica consecuencia. En estos tiempos cainitas yo de Rubalcaba no abandonaría el escaño ni para ducharme porque luego pasa lo que pasa: que su sillón lo ha terminado ocupando un señor calvo con pajarita, el cual encima ha tenido la osadía de dirigirle una pregunta a Cristóbal Montoro. Preguntar a Montoro es jugarse un aumento de impuestos allí mismo en represalia. El señor con pajarita se llama Antonio Hurtado, milita en el PSOE y le indigna que a los emigrantes retornados les haya multado la Agencia Tributaria por no declarar las prestaciones disfrutadas:

–Se les trata con puño de acero mientras que con la amnistía fiscal hay guante blanco, o guante de seda, para los defraudadores. ¡Es una injusticia!

A continuación Montoro se levanta, abre el micro y durante un segundo silencioso mira a Hurtado como los príncipes transilvanos a las vírgenes, antes de murmurar, negando con la cabeza:

–Vaya discurso que se ha marcado, señoría…

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25 septiembre, 2013 · 19:41