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Una patria de azúcar

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

La terna de Mas para enseñar democracia en Madrit.

Pocas veces habrá levantado tanta expectación una comedia con final anunciado. Por eso me había prometido levantarme de la tribuna de prensa a las 17.14 exactamente, en correspondencia poética a la pretensión independentista. Y fue en ese preciso momento cuando Mariano Rajoy, que se encontraba a mitad de su discurso de réplica a los tres comisionados del Parlament, advirtió:

–Y aquí, señorías, podría acabar mi intervención. Pero como les he dicho al principio, quiero ir más allá…

Habría sido ese un gran final, ceñido a la simbología cronológica que propone el nacionalismo, dejar que el discurso muriera tras cumplir su propósito vehicular: repetir que la purita ley impide, aquí y en la China popular, que la parte decida por el todo. Pero ya que había accedido a hablar, con lo que le cuesta eso, el presidente Rajoy quiso añadir consideraciones históricas, económicas, sociales e incluso afectivas sobre su imposibilidad de concebir España sin Cataluña y Cataluña sin España… y sin Europa.

En el hemiciclo no cabía un alma. A mi lado en la tribuna de prensa comparecía una delegación de diputados venidos de Cataluña sin necesidad de escolta para apoyar a su equipo pese a que el partido ya se había jugado: en concreto en 1978. Cuando el 90,4% de los catalanes votó a favor de la Constitución en su más genuino ejercicio de autodeterminación, según hizo notar Rajoy. Tomó primero la palabra Jordi Turull (¿Tururull?), que fue el más moderado de la terna dentro del disparate general que se oficiaba esta tarde en la sede de la soberanía española. Turull quiso cargarse de legitimidad apelando a los 103 de 135 escaños que obtuvo el proyecto suicida en noviembre de 2012, y evocando después el viscoso concepto de democracia popular: las masas diadas y su festivo juego floral. Cataluña, dijo, es un pueblo que siempre ha querido gobernarse a sí mismo, que siempre se ha sentido una nación, una de las más antiguas del mundo según Pablo Casals –y Pep Guardiola–, que nunca se ha resignado y que ahora contempla cómo una sensación de fatiga mutua se ha instalado definitivamente en Barcelona y en Madrid. Esto último, la fatiga que nos provoca a todos el Tabarrón Catalán, fue la primera verdad de su intervención, quizá la única. Luego Turull destapó el tarro de la esencia argumental que traía la terna o troika secesionista a la Carrera de San Jerónimo: el almíbar. La identidad como encarnizamiento sentimental. La vuelta rousseauniana a la aldea. El complejo de concejal perpetuo.

–Queremos mejorar porque amamos a este pueblo, y lo amamos porque es el nuestro. No desistiremos. El pueblo de Cataluña no se ha metido en un callejón sin salida sino en un camino sin retorno. La historia nos ha convocado a todos. ¡Desde el Parlament seremos dignos del mandato de nuestro pueblo!

Y gran aplauso a mi derecha de la delegación de les Corts. Jesús Posada reconvino su efusividad y les avisó de que en la tribuna de invitados no está permitido ni mostrar las tetas ni ofrendar otros testimonios de aprobación o descontento. Me fijé en una diputada con amago de llanto en el lacrimal que se frotó los ojos, emocionada. He ahí el hueso pálido, la víscera más bien, de todo este pifostio insensato, fenomenal farsa, anacronismo mareante. La misma lógica del cortatroncos que le oí al speaker de un campeonato de aizkolaris celebrado en el Arenal de Bilbao durante un Aste Nagusia:

–¡Tenemos que defender estos deportes! ¿Por qué? ¡Porque son nuestros!

Pero oiga, en Europa nadie compite cortando troncos ya. ¡Da igual, es nuestro! Y en este plan. Españoleo eterno con más franjas rojigualdas, nada más. Romanticismo tardío, pulsión decimonónica que no cesa, vigencia antiilustrada de las doctrinas del señor Herder que llevaron a Europa al desastre. Y junto al sentimentalismo grosero, sus primos hermanos: el moralismo, el paternalismo, la fabulación retrospectiva, el mesianismo comprado en los chinos que te vende a Gandhi y te da a Quico Homs, acodado sobre el reloj parlamentario. Nosotros, diputados del Parlament, peregrinamos limpiamente a la Meseta esteparia para ilustraros, para desasnaros un poco y podaros la lana facha de la dehesa, para iniciaros en esto de la democracia, que parece mentira, Señor, dame paciencia, seny mediterráneo. Y no es que las actuales bancadas de PP y PSOE reúnan muchas más lecturas que los rupturistas, pero al menos poseen mayor sentido del ridículo, ese que Pla siempre ponderó en la raza catalana y que parece haber naufragado entre pícaros y milhombres. Hoy, los sedicentes representantes de la vieja y admirable Cataluña han degenerado en pueriles Hansel y Gretel que aspiran a vivir en su patria de caramelo, que la cimientan sobre bases cariadas y que la defienden con fundamentos dialécticos nubosos y suaves como algodón rosa de verbena.

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9 abril, 2014 · 10:00

El ancho nombre del feminismo

Echávarri, el milicianismo que no cesa.

Echávarri, el milicianismo que no cesa.

Nos gustan las sesiones de control rutinarias, casi cenicientas. El debate sobre el estado de la nación concede un relumbre excepcional: pero el parlamentario y el cronista labran su oficio desventurado en días como hoy, sin historia, sin otro aliciente que la disciplina de partido, roturando como bueyes mudos el sendero trillado de la democracia. Nos gusta esa postal apacible como de espigadoras de Millet gastando culo sobre el escaño en vez de pellejo sobre el azadón.

Por no estar no estaba ni Soraya, que prefirió un desayuno informativo. Con buen criterio, pues ahí no tiene a una tocaya apuntándole con el dedo, discutiéndole así sea torpemente su poder. Rajoy eligió un tono de sosiego que quizá sea solo fastidio de tener que dar explicaciones. Rubalcaba continuó en cambio la estrategia estrenada en el gran debate: una agresividad voluntariosa, forzada, enternecedora, a cuenta de la reforma educativa de Wert que vino precedida de un grito sarcástico desde la bancada pepera: “¡Ánimo Freddy!”

–Ustedes han pasado del “solos contra todos” al “deprisa, deprisa, que viene la oposición”. Es una chapuza. Reúnase al menos, señor Rajoy, con sus comunidades autónomas y pare este insensato calendario. Aprovechan la crisis para atacar la educación…

A tal punto llegaba la desgana de don Mariano que acusó a Rubalcaba de estar instalado en el inmovilismo. ¡Rajoy, que ha hecho del inmovilismo un apéndice a El Príncipe de Maquiavelo! Tiene mucha razón en recordarle a don Alfredo que las únicas leyes educativas que han regido en este país han sido socialistas, y que la calidad educativa no depende del dinero, pues España invierte bastante más por alumno que la media europea y Pisa sigue retratando al zoquete nacional. Pero, hombre, presidente, usted no puede pronunciar la palabra inmovilismo. Es como si Putin denuncia el movimiento (de tropas).

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12 marzo, 2014 · 18:00

11-M: hito y tabú

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Cuando el gene­ral De Gau­lle deci­dió al fin depo­ner la lucha y reco­no­cer el dere­cho de Arge­lia a su inde­pen­den­cia, se cuenta que uno de sus ase­so­res más recal­ci­tran­te­mente beli­cis­tas pro­testó: “¡Se ha derra­mado dema­siada san­gre!” A lo que el gene­ral res­pon­dió, en pala­bras de már­mol: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Se cum­plen diez años del aten­tado terro­rista que derramó más san­gre en la his­to­ria reciente de Europa. Ocu­rrió un 11 de marzo de 2004, en Madrid, a tres días de unas elec­cio­nes gene­ra­les. Y en torno a la trá­gica efe­mé­ride, el perio­dismo se dis­pone a pre­sen­tar su pri­mer borra­dor de la his­to­ria, más cer­cano ya de la his­to­ria que del borra­dor. Por­que los pla­zos de la his­to­rio­gra­fía, su pro­ver­bial exi­gen­cia de pers­pec­tiva, se acor­tan cada vez más a tono con el vér­tigo evo­lu­tivo de la época, con lo que el 11-M ya es un hito historiable.

El 11-M es, de hecho, el hito con­tem­po­rá­neo que marca un punto de infle­xión en la his­to­ria de España, pues cam­bió muchas más cosas, en el tiempo de un país y en el espa­cio de su con­cien­cia colec­tiva, que el puro des­ga­rro ori­gi­nal, pri­vado: la vida talada de 200 fami­lias. El aten­tado fija el 2004 en las enci­clo­pe­dias como la muerte de Franco fija 1975: con la misma emble­má­tica tras­cen­den­cia. Ahora es cuando lo empe­za­mos a ver, y a leer.

Y sin embargo la san­gre derra­mada en aque­llos tre­nes, como sabía De Gau­lle, está más seca que nunca. Si su noti­cia se halla ya lo sufi­cien­te­mente lejos como para pro­pi­ciar la sere­ni­dad del pri­mer aná­li­sis his­tó­rico, el res­coldo de su trauma social sigue aún dema­siado vivo en nues­tra memo­ria, que reac­ciona al enfren­ta­miento anual con la masa­cre cada vez menos, cada vez más silen­cio­sa­mente, de hecho con un rechazo camu­flado de has­tío –incluso de fas­ti­dio– ante las imá­ge­nes con­sa­bi­das recor­da­das por el enésimo docu­men­tal. El 11-M empieza a adqui­rir en la memo­ria colec­tiva los incon­fun­di­bles con­tor­nos del tabú. Más ade­lante tra­ta­re­mos de expli­car por qué la inco­mo­di­dad que pro­duce el 11-M no obe­dece solo a con­tro­ver­ti­das razo­nes polí­ti­cas, a car­gan­tes teo­rías mediá­ti­cas de la cons­pi­ra­ción, a la incle­mente rueda de la actua­li­dad que sepulta incluso los hechos más tre­men­dos; no solo es eso, que tam­bién. Noso­tros pen­sa­mos que el 11-M es ante todo un tabú socio­ló­gico, un temor supers­ti­cioso que apa­reja un giro en la men­ta­li­dad del pue­blo, sin­gu­lar­mente en la de los jóve­nes de mi gene­ra­ción, y que explica en buena medida el nuevo volks­geist de esta España pos­trada, cri­sis aparte. El 11-M es una con­va­le­cen­cia negada por el enfermo.

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Convocatoria para mi tuit-entrevista de mañana.

Una cosa que se llama storify, o resumen de tuits que pautaron la entrevista.

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10 marzo, 2014 · 15:06

El Atleti y sus eufemismos

Intensidad.

Intensidad.

¿Por qué le llamarán derbi cuando quieren decir reyerta? Y sobre todo, ¿por qué la prensa especializada no se cansa de elogiar la intensidad en el juego del equipo de Simeone? Ahora se le llama intensidad, queridos amigos. Habréis oído ya las siguientes expresiones a propósito de la riña patibularia en que los colchoneros quisieron convertir el derbi: partido canchero, jugar con sus armas, agresividad, carácter, brega, luchar unidos como hermanos y otros eufemismos enternecedores sobre los que se echan paladas de abono en la ribera del Manzanares para que crezcan robustos e incuestionados.

Pero Ancelotti, hombre apegado a la tradición, prefirió llamar a todo eso por su nombre: violencia. La palabra escogida, como todas las verdades, escandalizó a la mayoría de los presentes en la rueda de prensa, que tienen profundamente asumido que el Real Madrid, por culpa de sus millones, es el único sujeto jurídico sin derecho a legítima defensa. Y si los madridistas responden, como por momentos hicieron Pepe o Arbeloa o Xabi, la encomiable intensidad atlética pasa a llamarse automáticamente desquiciamiento, confusión, pérdida de papeles, ausencia flagrante de señorío. Así cavila la lógica sanchopancista del gremio.

Y lo cierto es que el Madrid, ya que le planteaban ese juego, debió arremangarse y bajar al barro como hizo en la ida de la Copa. Pero ese gol tempranero de Karim lo despistó y en cambio espoleó al Atleti, que supo reaccionar con sus armas –las ya descritas aquí– bajo la mirada bovina del árbitro, quien corregía sus propios fallos añadiendo otro nuevos hasta que el partido empezó a medirse no en minutos sino en asaltos.

Rendirse, sin embargo, no es una opción cuando se lleva la camiseta blanca. Los cambios de Ancelotti renovaron un engranaje atascado y el equipo se puso a asediar la meta de Courtois con todo el Atleti atravesado bajo el larguero. Los del eufemismo asimétrico lo llamarán a eso “defensa heroica”, pero un taurino optaría por “acularse en tablas”. Cristiano, a quien sometieron por momentos al tipo de régimen narrado en Doce años de esclavitud, se libró por un momento de los grilletes y marcó un gol que puede valer una Liga, como aquel otro en el Camp Nou.

Al término del partido, Simeone decidió afiliarse a la teoría de la conspiración. Dice que siguen vivos en Liga pese a que moleste a alguien. Yo creo que su juego solo molesta a las nueve musas de la estética y al Defensor del Menor.

(Real Madrid TV, 4 de marzo de 2014)

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6 marzo, 2014 · 20:00

Reyerta sin daños de consideración

El derbi visto por Goya.

El derbi visto por Goya.

El realizador ofrece panorámica cenital del mosaico colchonero y luego un primer plano de Simeone, ojos claros pero no serenos si nos fijamos en la crispación mandibular. En lenguaje audiovisual se nos está diciendo que hay una grey y un pastor, un pueblo y un caudillo, un bolivarianismo y su Bolívar. Al primer córner, minutos después, Simeone ya está a horcajadas sobre la chepa moral del cuarto árbitro. Y así se pasará todo el encuentro. Pero a Simeone no se le echará nunca, Simeone goza de inmunidad (anti)diplomática porque en nuestra aporofílica España respetamos a los pastores siempre que se ocupen de los pobres, o al menos de los menos ricos, como es el caso. Se expulsó, eso sí, a su lugarteniente Burgos, que hizo honor a su simiesco apodo tras la tarjeta a Diego Costa. Tarjeta amarilla como amarilla es la estatuilla del Oscar que, aprovechando un pisuerguismo de Arbeloa, mereció su caída en el área, desfallecimiento impropio de mozo nacido en un lugar llamado Lagarto.

Costa es un delantero de progresión tan lenta, de paso tan grávido y habilidades tan primarias que no alcanzamos a explicarnos el peligro que es capaz de crear. Y sin embargo lo crea, vaya que sí. Se bastó solo para desquiciar a la pareja RamosPepe durante buena parte del derbi, que tuvo una primera parte sencillamente patibularia. El gol de Benzema –decididamente mortífero desde que se dejó esa barba saudí– llegó demasiado pronto. Hay regalos espléndidos que se malogran por no entregarlos en el plazo justo de maduración. El Madrid no había madurado aún su juego y ya no lo pudo hacer hasta mediada la segunda mitad.

Porque el Atleti reaccionó ejemplarmente al revés tempranero: subió la presión, se multiplicó en las tareas de presa, protestó como un solo hombre, chocó como dos, fingió cuando fue necesario. La prensa especializada lo llama “intensidad”. El Madrid supo usarla en la ida de la Copa, pero esta vez le dio pereza y así llegó el empate. Arda, su Modric (porque el del Madrid tardaba en aparecer, y cuando lo hacía era muy capaz de perder el balón: algo insólito), metió un pase a Koke que ningún defensor del Madrid había previsto. Y Koke la cruzó perfectamente para volver superflua la estirada de Diego López.

Nunca estuvo tan bien elegido el sinónimo “choque” para un partido. Qué centelleo de navaja trapera, cuánto codo, qué vuelo de plantillas, aquella farsa de Pepe ante Godín, la ya mentada de Costa, la marrullería local, los destiempos de Arbeloa, las batallas que libraba Xabi, la decretada caza a Cristiano. A todo esto asistía el árbitro como ese novio cobardón que pretexta curro cuando su novia le dice que tienen que hablar. Si el curro lo tienes delante, hombre de Dios. Delgado Ferreiro iba aplicando una original métrica compensatoria para paliar sus propios errores: “Si no pito el penalti de Ramos sobre Costa, voy a perdonar ahora esas tres tarascadas sobre el portugués. Pero como me he comido la mano de la barrera en el libre directo, echo al Mono Burgos y le saco luego una amarilla a Godín aparte de a Pepe. Y niquelao”. Así razonaba nuestro Salomón comprado en los chinos, practicando su trile impresionista de unas injusticias por otras.

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2 marzo, 2014 · 23:00

Cita en Zugarramurdi

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Amèlie Nothomb ha señalado que la Inquisición constituyó un hito progresista, pues antes de ella a las brujas se las quemaba sin proceso previo. Algo es algo. En ese sentido, las sesiones de control al Gobierno de los miércoles escenifican el mismo avance instituido por Torquemada, si bien en la hoguera democrática arden más bien las vanidades que desinhibidas señoras de Zugarramurdi. Son fuegos fatuos sin la espectacularidad del alarido poseso –como mucho el abucheo de bancada– y con las cenizas de cada ministro fénix puntualmente regeneradas para la pira de la semana que viene.

Este cronista tiene la incómoda impresión de que los verdaderos incendios se declaran en todas partes menos en el Congreso: en Suiza a cuenta de la cuenta de Granados, censor del fraude fiscal en mil tertulias; en Ceuta, a propósito del muro de las lamentaciones negras; en Andalucía, al hilo del hilo telefónico entre Moreno Bonilla y Dolores de Cospedal, apagado o fuera de cobertura en este momento; o en el Canal de Panamá, o en la Extremadura del extremoduro Monago, o en los Madriles revueltos de Espe, o en Kiev, o en Venezuela o qué sé yo. En cualquier sitio menos en el hemiciclo soberano.

La voluntariosa Soraya Rodríguez trata de paliar esta dislocación de la noticia concentrando en su pregunta semanal todos los asuntos de actualidad que pueden dañar al Gobierno. La rea de su torquemadismo sumario es tocaya, paisana y compañera de insti: Soraya Sáenz de Santamaría. Entre ambas se entabla una sorayomaquia más pirotécnica que combustible, prendida en la mañana de hoy por una traca compuesta de los siguientes petardos:

1) Molinos o gigantes. Acusación de pucherazo electoral por la voluntad autonómica de recortar el parlamento manchego en 15 diputados.
2) Gürtel. Analogía abrupta entre la trama corrupta y la mentada reforma estatutaria: «es la misma filosofía: sobres de más y escaños de menos» (sic);
3) Elegía ceutí. Se pide la dimisión del delegado del Gobierno y se formula una amenaza escalofriante: si Interior no entrega al Parlamento en 24 horas las cintas con las cinco horas de grabación de los hechos del Estrecho, este grupo parlamentario registrará ip-so fac-to una petición de demanda de amago de comisión de investigación. Ojito.
4) «¡Y además no fue penalti!», completó oficiosamente Gistau desde la tribuna de prensa.

La vicepresidenta se puso en pie, se arremangó mientras Posada trataba de apagar las teas recién encendidas y contestó solo al primer punto, que era el previsto en el orden del día. Dijo que recortar el número de diputados obedece a una demanda de ajuste que está en la calle hace tiempo. Se entiende la pataleta con que la Cámara recogió este pretexto de ahorro: no se mete uno a estudiar oposiciones si baja la tasa de reposición, y no se mete uno a medrar en un partido si le achican la boca del embudo que traga torrentes de ambición y escupe chupitos de escaños.

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19 febrero, 2014 · 19:10

Twitter y la prédica solemne

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

En agosto de 2012 la periodista Laura Marcus publicó en The Guardian un artículo en el que se preguntaba si Twitter era algo más que una caja de resonancia de la izquierda global. Se preguntaba si el usuario de la red social del pajarito o pajarera virtual debía renunciar definitivamente no ya al debate ilustrado, que para eso no te da una columna el Guardian, sino a la normalización pública de las posiciones conservadoras. Al certificado ACNUR del pensamiento que van repartiendo los gurús de progreso y sus movilizadas huestes. La señora Marcus llegaba pronto a la conclusión de que sí, de que Twitter es de izquierdas, y proponía un sencillo experimento de verificación: “Como anecdótica evidencia, mira más allá de tu timeline y lee los tuits de los hashtags más populares: da la impresión de que hay un consenso de izquierdas”.

El clásico tonto con balcones a Twitter enseguida refutará esta afirmación diciendo que en Twitter hay de todo, y que él tiene un primo facha que no se corta un pelo tuiteando. Pero todas las tesis entrañan una generalización como todos los tontos un caso particular. Lo importante es que el muestreo sea representativo; observar la correlación de fuerzas y certificar una hegemonía que en Twitter, como en toda esfera pública, corresponde efectivamente al consabido discurso de la corrección política. Por otro lado, la automática censura que se abatirá en cascada sobre los tuits del primo facha no servirá sino para corroborar la tesis de la columnista del Guardian.

Un año después, en julio de 2013, publicaba Guy Sorman una tercera en ABC en la que definía la Red como “campo de batalla ideológico donde las minorías organizadas y activas se imponen a la mayoría silenciosa. La Red es antidemocrática, populista, extremista y de izquierdas la mayoría de las veces, personas a quienes ni la verdad ni la realidad importan”. Y relataba a continuación su frustrante pelea con Wikipedia: cada vez que corregía las inexactitudes que un biógrafo anónimo y malvado vertía en la entrada “Guy Sorman”, una hora después la mano negra deshacía la corrección y restablecía, brillante, la calumnia. Ante semejante ultraje el quijotesco Sorman elevó directamente su queja al inventor, el señor Jimmy Wales, a quien se encontró un día en algún guateque transatlántico. El propio Wales vino a darle la razón y le reconoció la inestabilidad de las biografías wikipédicas, “sobre todo en personas vivas”. Con humor y resignación, el bueno de Sorman apostillaba: “Si estamos de acuerdo con tal o cual autor o persona pública, es raro que vayamos a la Red para manifestar nuestro apoyo, mientras que los adversarios tienen el tiempo y la ira para hacerlo. «Cuando estamos muertos», me tranquiliza Jimmy Wales, «las biografías se estabilizan y se vuelven más objetivas»; en definitiva, basta con esperar”.

Sorman se declara liberal, y se lamenta de que la abnegada dedicación a actividades productivas niegue a los liberales el tiempo que derrochan en activismo cibernético los vagos de los izquierdistas, todo el día con la teclita, viene a decir Sorman. Yo no estoy tan seguro como el tercerista de ABC de que el vicio digital sea privativo de la sensibilidad izquierdista; pero sí coincido con él en que existe una asimetría ideológica en la Red respecto del cuerpo sociológico real. Si no aceptamos la tesis de la falta de pereza del bolchevique, ¿a qué se debe esta hegemonía de lo rojo en Twitter que no se compadece con la del azul gaviota en votos?

Rachel Gibson, profesora de Política en la Universidad de Manchester, asegura que hay pruebas de que las redes sociales tienden al progresismo “porque los usuarios de Twitter tienen niveles más altos de educación que el resto de la población, así que tienden a ser más progresistas y abiertos. Además, Twitter no es un medio de masas como la televisión. Aún lo utiliza una minoría de la población”. Me callaré mi opinión sobre los criterios de selección del profesorado que imperan en Manchester si su docente Gibson juzga realmente que los niveles de educación en Twitter son altos. Prefiero quedarme con la segunda frase, que constata la realidad de que la élite profesional de un país primermundista suele tener ya cuenta en Twitter aparte de tragarse realities de televisión, mientras que la masa popular del mismo país solo hace lo segundo, aunque cada vez lo compagina más con lo primero.

Ahora bien: el hecho de que crezca la representación ciudadana en Twitter no conlleva en absoluto un enriquecimiento del debate público. Es lo que Cass Sunstein llamó hace años la “balcanización de la red”, la facilidad que brinda internet para elegir solo a los afines y blindarse ante la exposición fortuita de opiniones que podrían desafiar nuestro punto de vista. Claro que hay algunos tuiteros jovellanescos que siguen a sus propios discrepantes y tratan de comprender el enfoque ajeno. También hay algún político que ha escrito personalmente sus memorias y un par de escoceses que se han hecho selfies en el lago Ness con el monstruo de fondo. Pero es mucho más habitual que la mentalidad online se rija por férreas afinidades electivas. “Offline pasa casi lo mismo”, concluye Gibson en un rapto de genuina lucidez.

Porque es cierto. Fuera de Twitter el individuo humano propende igualmente a juntarse con sus afines, a despellejar sumariamente a los que piensan distinto y a emitir interjecciones extemporáneas. Debatir no debate nadie desde lo de Popper y Wittgenstein, y miren cómo acabaron. La diferencia es que en la calle uno no busca el nihil obstat de la opinión pública sino la sonrisa del amigote, siempre piadosa con nuestra carne y con nuestro hueso. Twitter, como toda opinión publicada, se rige en cambio por la hipocresía de la prédica solemne. Si quieres triunfar ahí, tienes que estar muy atento al día internacional contra la callosidad infantil, a la jornada universal por los derechos de la mujer conservera y a la semana por la visibilidad del indigenismo lesbiano a fin de exhibir en tu avatar los lacitos correspondientes. Y antes de que se abatan sobre mí los amantes de las hojas del rábano, ya advierto que estoy a favor de todas esas causas; solo es que no sé hacer lazos.

Todo periodista, todo tuitero, es siempre un poco de izquierdas porque lleva la protesta en la sangre, porque aspira a una utopía, porque tiene una receta para el mundo y desea que este le escuche. El político, en cambio, tiende siempre a ente de derechas porque aunque tuviera una receta ahora tiene que dar trigo, y el arte de lo posible es siempre un arte conservador. Y luego está el contribuyente, que mira a un lado y a otro y le pide a la Virgen que se quede como está.

El pasado 3 de febrero se produjo en España la primera condena a una tuitera por su estricta actividad tuitera. Tiene 21 añitos, se llama Alba González Camacho aunque en su cuenta se las echa de “Loba Roja” y combinaba las selfies picantonas con la más ortodoxa exaltación del terrorismo: “Que vuelvan los GRAPO… Necesitamos una limpieza de fachas urgente”; o bien: “Prometo tatuarme la cara de quien le pegue un tiro en la nuca a Rajoy y a De Guindos”. Pocas bromas con la niñata, que no pisará el talego por puro paternalismo judicial, vulgo garantismo y falta de antecedentes. Ahora ya los tiene, y aunque mantiene activa su cuenta –más de 14.000 seguidores–, está advertida y ahora se corta. Supongo que en el submundo leninista ya será una heroína con derecho a silueteo Korda.

Aclaremos que cuando decimos que Twitter es de izquierdas no nos referimos a su ala más violenta, por supuesto, sino a la extensa melaza socialdemócrata; pero sí señalamos tres hechos: que internet va dejando de ser Vietnam, afortunadamente; que el dudoso honor de la primera condena en la historia española de la jurisprudenciatuitera corresponde a una izquierdista radical; y que son esas minorías activas y ultras las que desplazan el polo del debate y terminan estirando esa asimetría falaz pero verosímil de la que se quejaba Sorman: “Esta apropiación de la Red por parte de minorías activas no tendría importancia si la Red fuese insignificante, pero no lo es porque acaba con el papel para convertirse en la principal fuente de la información”.

Es cierto que la batalla digital la ganan a diario las tesis llamadas progresistas, pero se trata de victorias tan virtuales como el crédito de Wikipedia. Yo pienso, como Wilde –vaya tuitero nos perdimos–, que nadie libra una batalla a muerte por lo que sabe que es cierto. Por su verdad empírica y cotidiana. Por eso los felices burgueses tuitean poco y mal, pues están demasiado ocupados en ser burgueses felices, que es la culminación de todos los deseos de la especie.

(Publicado en Suma Cultural, 15 de febrero de 2014)

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Sin César no es lo mismo

Publicidad al gudari modo.

La publicidad al gudari modo.

Una sesión de control al Gobierno consta en la España actual de cuatro momentos verdaderamente reseñables: la esgrima más o menos sedosa entre Rajoy y Rubalcaba, la sorayomaquia o riña de Sorayas, el aria de Gallardón frente al coro de bacantes y el numantinismo de Wert contra los paladines del krausismo, tengan un Goya o no. Rajoy está en Turquía y para Wert no hubo preguntas de la oposición –preguntas a pillar, que son las que dan juego–, así que el espectáculo, privado de dos de sus highlights, quedó deslucido, poco seductor para grandes anunciantes, diríamos. Si en la tribuna de invitados se encontraba algún promotor de la Superbowl, pueden ustedes apostar a que salió corriendo y no paró hasta Gamonal.

No se censuró ningún spot publicitario de Scarlett Johansson pero a cambio Jesús Posada reprobó la cartelería proetarra de los muchachos de Amaiur, que llevaban quizá demasiado tiempo sentados en silencio y cualquiera corría el peligro de confundirlos con diputados. Cuando uno de los amaiurenses, período antecessor, entregó un sobre a Soraya Sáenz de Santamaría justo antes de comenzar la sesión, el presidente del Congreso le espetó a la vice sobre el micrófono abierto: “¡Tíralo, tíralo, coño!” Destapó así Posada una íntima vocación de guardaespaldas que olfateara ántrax, si no químico, al menos ideológico o protocolario.

Para colmo, la escasa expectación que levantaba el partido la mató Sáenz de Santamaría en los primeros minutos, igual que Cristiano contra el Atleti, y que Dios me perdone el parangón. Soraya Rodríguez le dirigió una de esas preguntas-baúl de la Piquer en que cabe de todo: el tren de la libertad abortista, el elitismo de la derecha, el oprobio derramado sobre los actores por la ausencia goyesca de Wert, el consiguiente símil de la Pascua militar y al fin la lucha de clases reloaded por obra nefanda de un Ejecutivo de señoritos que habría restringido el acceso a las becas para que los niños pijos paladearan en exclusiva las mieles del Erasmus. Como si los niños de papá las necesitaran. La vice vio bajar el balón suavemente, arqueó el cuerpo y remató sonoramente con un recurso que no le habíamos visto todavía:

–A usted, señora Rodríguez, la demagogia diaria se la desmiente la vida misma. Le recuerdo que usted y yo hemos estudiado en un instituto público, y no en cualquiera: en el mismo.

No cayó en el error de apostillar “y ahora compare trayectorias”, pero todo el mundo lo entendió perfectamente. Es lo que tiene jugar la baza del clasismo si no estás seguro de que el otro chorrea sangre azul.

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12 febrero, 2014 · 20:12