Archivo de la etiqueta: La sombra de Caín

De la pata de Filipo

Filipo, un Millán-Astray con más astucia.

Filipo, un Millán-Astray con más astucia.

Todos los veranos, con la terca frecuencia con que gotea una estalactita, don Arsuaga y sus sabuesos encuentran un fragmento de rótula o una esquirla de omoplato o un escafoides simiesco que nos sirve, ya que no para salar la sopa, al menos para animar el debate sobre nuestros orígenes. Pero el descubrimiento de este año ha sido francamente fenomenal: nada menos que la rodilla alanceada de Filipo de Macedonia. A uno le parece que esta noticia no ha gozado del eco que merece, y sobre todo que no ha ocupado la sección adecuada, que no es la de Cultura sino la de Política. Quizá el público esté ya tan habituado al éxito rastreador de don Arsuaga que no repara en las lecciones politológicas que pueden extraerse de este hallazgo.

Filipo fue el hombre providencial que liquidó la democracia ateniense, sistema de gobierno que no reaparecería sobre la faz de la tierra hasta veinte siglos después cuando Jefferson, Tocqueville y Washington, todos ellos ídolos intelectuales de Artur Mas. Para liquidar la democracia el caudillo macedonio contó con la inestimable colaboración de las propias polis griegas, sumidas en luchas de clase y pugnas coloniales para desesperación de Demóstenes, que se desgañitaba avisando de que si Filipo no les encontraba unidos cuando sus temibles falanges (una muralla de infantería formada por 16 filas de soldados y flanqueada por escuadrones de caballería, que aplanaba literalmente al adversario) entraran por la puerta, su preciada libertad saldría por la ventana.

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Reseña de La granja humana para el boletín de Liberías Troa

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Iker Casillas de todos los santos

Milagro, y Novena.

Milagro, y Novena.

Para explicar por qué el portero más importante de la historia de España y uno de los mitos más indiscutibles del madridismo no se va bajo el agradecimiento unánime de su afición, sino sobre la cumbre ardiente de nuestro cainismo, habría que escribir un largo ensayo de sociología hispánica, con calas en Larra, Goya, Machado, Unamuno y Puerto Hurraco. No tenemos tiempo ni ganas de hacer eso aquí, pero daremos algunas notas en la esperanza de aclarar el enigma que hace de Iker Casillas a un tiempo héroe y villano, ángel y demonio, santo y topo en extremos de pasión irreconciliable. En la hora histórica de su adiós, tras 25 años en el club que lo formó y que atestiguó sus semanales milagros -también su caída de Ícaro con guantes-, la opinión pública ha de escoger entre la elegancia de recordar solo sus años de gloria (inolvidables hasta para sus detractores más amargados) y la justicia de deplorar su decadencia final (inocultable aun para sus turiferarios más piadosos).

Siendo esta una nación discutida y discutible, ¿no iba a serlo el futbolista que mejor la ha encarnado? Que las grandes leyendas del Real Madrid se han ido mal del mejor club del mundo es conocido, de Di Stéfano a Raúl pasando por estrellas menos emblemáticas pero tan históricas ya como Figo o Xabi Alonso. Irse bien del Madrid es una vulgaridad solo al alcance de los mediocres. Del Madrid, como del paraíso, hay que irse liándola parda como hicieron Adán y Eva, porque para eso es el paraíso y porque afuera esperan los partos con dolor y el jornal ganado con el sudor de la frente. O bien el puro tedio. Que se lo digan a Di María y Özil, cuyos nombres en su día también municionaron las habituales cargas de fusilería antiflorentinista y hoy vagan errantes como sombras de contrición. Que el Madrid será un carajal, pero un carajal galáctico, y fuera de él se ve crecer la hierba y pasar las plantas rodadoras, como bien sabe cualquier periodista deportivo. Precisamente porque se va como se va, Casillas es sin duda uno de los más grandes de la historia blanca.

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La Pantoja según Hegel

Dientes, dientes.

Dientes, dientes.

Ningún caso tan instructivo para el estudio político y social de España como el de la reclusa Isabel Pantoja. El Sanedrín de la Deontología Periodística y sus insomnes monaguillos, entrañable colectivo que prefiere purgar el periodismo a practicarlo, arruga el morro cuando lee el nombre Pantoja en periódicos considerados serios. Pero a uno le falta pureza de origen para militar en esa guardia de la noche que defiende el muro de Woodward y Bernstein -mal símil, porque en esa guardia de hecho suelen acabar los bastardos-, así que he analizado el asunto pantojil con toda seriedad. Hasta el punto de destilar en cinco puntos el comportamiento histórico del español medio, según la dialéctica hegeliana.

1) Fulanismo. España es -o era- un país de toreros y flamencas por razones de pura excelencia: el culto al individuo sobresaliente. Esta reverencia es tan antigua como la Ilíada, donde no luchan ejércitos anónimos sino héroes con nombre y habilidades singulares. La cultura mediterránea, que atestiguó la milagrosa excepción de la democracia ateniense -tan efímera-, propende más bien a la búsqueda de suprimus inter pares, sea un espadón decimonónico, sea un padrino de Sicilia. Sea, en el ámbito cuché, una figura del toreo o «la más grande» tonadillera. Sea, y aquí me confieso español, el carisma avasallador de un Mourinho. Algunos sociólogos han bautizado esta pulsión fulanista como psicología nacional del acaudillado, rasgo que explicaría la considerable placidez con que Fernando VII restauró el absolutismo o la envidiable longevidad que permitió a Franco morir en su cama. Por eso Rajoy no conecta con sus gobernados: porque su crédito como caudillo equivale al de Iglesias como gestor equilibrado. Si según Borges el nombre es arquetipo de la cosa, Isabel Pantoja ocupa ella sola todo un encaste de la raza, y sus rendidos admiradores morirán con ella.

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Cortesías: (atinada) reseña de La granja humana en Letras Libres

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La naranja mecánica

Una mano a la izquierda y otra a la derecha.

Una mano a la izquierda y otra a la derecha.

Y la bisagra naranja se puso a girar a presunta izquierda (Susana Díaz) y a presunta derecha (Cristina Cifuentes) como gozne bien engrasado, cuando hasta hace poco chirriaba ruidosamente. Era un chirrido como de grillo puritano: «¿Cómo vamos a pactar con dos partidos que han amparado cotas inasumibles de corrupción?», preguntaba retóricamente Albert Rivera en las entrevistas, mientras no dejaba de negociar con el bipartidismo, como es su deber. Solo el que negocia puede poner condiciones.

¿Cuál es la razón de este desbloqueo que bisagras añejas como el PNV prefieren llamar, por puros celos, «ritos de apareamiento»? Nos gustaría creer que el sentido de responsabilidad para propiciar la gobernación estable, y no dudo de que algo de eso hay; pero me temo que el catalizador, como siempre, ha sido la demoscopia, que empezaba a reflejar el desgaste de la marca Ciudadanos a causa de su terca indefinición. Y lo que es peor: apuntaban un reflujo de votos hacia el PP, de donde salieron. C’s no debe engañarse sobre el origen de su base electoral, en su mayoría voto pepero cabreado con el marianismo, pero tampoco debe aceptar el papel de sucedáneo: su utilidad política es la transversalidad más estricta al servicio de la regeneración, la unidad nacional (de aquí su veto a Compromís) y el reformismo institucional. Dar la llave a Díaz tras requerirle por escrito un compromiso de limpieza es tan coherente, para los de Rivera, como apoyar a Cifuentes una vez expurgada su lista de púnicos y gürteles. O de sospechosos de serlo.

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‘Omnia sunt communia’

Fieles en misa.

Fieles en misa.

Al decir de un concejal en aquella corporación, el hombre Tierno Galván estaba a bastantes millas de su leyenda, por mucho que firmara como el Viejo Profesor y publicara bandos de prosa culterana. «No sé quién se los escribiría, pero él era bastante limitado», me informa quien allí estuvo. Y ya es lástima, porque a mí siempre me apeteció creer aquella anécdota que nos lo presenta entendiéndose con Juan Pablo II en perfecto latín del Capitolio. En realidad la catilinaria se limitó a una fórmula macarrónica de bienvenida que impresionó mucho a los plumillas de entonces. ¿Y no será impresionante ver a Manuela Carmena, aureolada de tiernogalvanismo por los plumillas de hoy, recibiendo al Papa Francisco con Pablo Iglesias de orgulloso chambelán?

La imagen de nuestro nazareno laico impostando quizá acento suramericano con el Papa de los pobres no solo rubricará su ascenso al último peldaño de la casta -la casta divina: el cielo literalmente asaltado-, sino que además rebajará al Pontífice a una posición humana, demasiado humana. Un paso hacia esa ecuménica convergencia, y que Dios me perdone, parece haberlo dado Francisco con su encíclica ecológica, donde entre otras cosas afirma que la propiedad privada debe ceder ante el bien común.

Como todo lo que dice este Papa, sólo formalmente revolucionario, esa máxima no es que no sea novedosa: es que arraiga en la más pura ortodoxia de la Iglesia, que nunca abrazó sin más el capitalismo. Cuando Errejón, tierno y Tierno, cita el «omnia sunt communia», en realidad musita una jaculatoria de Tomás de Aquino que va precedida por la cautelosa locución in extrema necessitate: «En extrema necesidad, todo es de todos». En los Hechos de los Apóstoles se nos informa de que los primeros cristianos ponían todos sus bienes en común. Y Pedro -primer Papa- se tomaba el reparto muy en serio: el matrimonio calculador que se reserva un margen de la venta de su finca cae fulminado a los pies del apóstol tras confesar el engaño. En la Biblia el fraude fiscal se penaba sin melindres jurídicos. Los romanos asaron a San Lorenzo, tesorero de la Iglesia primitiva, por repartir los fondos entre los pobres.

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Larga ¡y enjundiosa! entrevista en Telemadrid por La granja humana (a partir del 2:18:40), con extra de tertulia política de regalo (a partir del 1:20:10)

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Utopía española

Patriota razonando.

Patriota periférico razonando.

Sabíamos el lugar, el día, la hora y el minuto en que el Rey y el himno de España serían pitados en España por dos grupos de españoles deseosos de ganar la Copa del Rey (de España). Hasta ahí, yo no veo dónde está la contradicción. Desde Juana la Beltraneja opera aquí la disensión como garantía de añeja españolidad, y reparemos en que la Constitución del 78 es muy posterior al Tratado de los Toros de Guisando. Otra cosa es que la legislación vigente tipifique con mayor o menor ambigüedad el delito de ultraje a los símbolos del Estado; pero si la interpretación de la norma corre finalmente a cargo de jueces tan modernos como Santi Pedraz, no creo que las frustraciones identitarias del hombre-masa periférico vayan a quitar el sueño a los Eliot Ness de la Fiscalía.

No me esconderé en la ironía confortable ni en la identidad problemática de mi país. Yo sé que el español no aprende modales si no es a palos, y sé que si los pitidos hubiesen acarreado la suspensión de la final las cosas empezarían a cambiar, así como las multas abusivas han rebajado sensiblemente las muertes en carretera. Pero ni hay voluntad política para asumir el coste de una ley así ni hay coraje en los medios deportivos para hacer su pedagogía entre las aficiones, de cuyo progreso civilizatorio ya nos felicitamos a poco que no tiren hinchas a los ríos. El señor Cardenal y el señor Tebas pueden ponerse jupiterinos y anunciar sanciones, pero los madridistas aún esperamos que chapen el Camp Nou, cumpliendo la sentencia que desestimaba el amparo del lanzamiento de cabezas de cerdo y botellas de whisky en los elásticos márgenes de la libertad de expresión.

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Cambia, que algo queda

El cambio inamovible.

El cambio inamovible.

Al lado de mi casa han abierto un local sospechoso que ocupa el inmueble donde estuvo el Cine Bogart. Junto a la puerta, bajo toldo oscuro, un rótulo discreto reza: Asociación de Amantes del Género Teatral de Variedades. Cuando pregunté por tan chandleriano antro a mi portero Frutos, cuyo laconismo sólo es comparable a su eficiencia, musitó: «¿Eso? Un puticlub de alto standing». Quizá lo sea, pero no sé qué excusa poner en el periódico -y en el chat de la familia- para salir de dudas. Avalan la tesis de Frutos las berlinas de lunas tintadas que suelen aparcar en esa acera, el kosovar de pinganillo apostado a la entrada así como la señorita que se entrevé desde la calle, encaramada a un alto taburete desde el que exhibe el vertiginoso recorrido de sus medias. En ocasiones sale una compañera suya de escote himaláyico a quitar el hipo a los obreros de enfrente mientras echa un pitillo fatal. Ahora bien: sobre todas estas pistas el mayor aval a la hipótesis prostibularia lo concede el hecho de que el Congreso se encuentra a 50 metros.

No pretendo insinuar de momento que nuestra partitocracia tenga mucho de compraventa de culos (parlantes), ni que sus señorías frecuenten el oficio más viejo del mundo más allá de la afición púnica a los volquetes de putas. Me interesa el vínculo eufemístico entre ambos gremios: la política es una fábrica de eufemismos como el burdel prefiere llamarse club de alterne o asociación de amantes de las variedades. Y toda campaña electoral arma una seductora pasarela de eufemismos que taconean en los oídos aturdidos del votante.

El eufemismo rey de esta campaña ha sido el cambio. El cambio a mejor, se entiende. Todos tironean del cambio hacia su sigla como los caballos de Levi’s del pantalón. Podemos ha querido patrimonializar el bello concepto asegurando que su cambio es el verdadero y el de los demás un macguffin del Sistema, una revolución comprada en los chinos. A su favor juega la mutación meteórica ya acreditada por su líder: de cultivar el bacilo leninista en la placa de Petri del campus de Somosaguas a descubrir la burbuja universitaria. C’s abandera el cambio sensato, sintagma salomónico que pende de un balancín semántico: si es muy sensato no será cambio, y si trae mucho cambio ya no será sensato. El cambio propugnado por el PSOE -el de Sánchez, no el de Díaz, que es hija de una siesta de 36 años- es el del autonomismo por el federalismo, que es como el del pan por las tortas, y el de la socialdemocracia por un índice onomástico: Juana, Valeria, Verónica.

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Los molinos de viento de Cospedal

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Trabajar. Hacer. Crecer. Manipular.

Según reciente confesión, María Dolores de Cospedal está leyendo La templanza, de María Dueñas. Es de suponer que la novela metaforiza de algún modo esta virtud cardinal, tan importante en campaña para un político expuesto al vaivén de la demoscopia, razón para elogiar la pertinencia con que la presidenta de Castilla-La Mancha -y secretaria general del Partido Popular- escoge sus lecturas.

Las encuestas sientan al PP manchego en un balancín que oscila entre el cielo de la mayoría absoluta -fijada en 17 escaños por la nueva Ley Electoral- y el infierno del pacto necesario si saca 16 o menos. En este segundo supuesto, Ciudadanos emerge como árbitro merced a una horquilla de entre tres y cuatro diputados; en una correlación de fuerzas tan apretada, y dado el emblemático perfil de Cospedal, no es descabellado calcular que aquí los de Rivera acaben cerrando el paso al PP. Los dos o tres que los sondeos otorgan al otro partido nuevo, Podemos, volverían insuficiente un presumible frente de izquierdas con el PSOE de Emiliano García-Page, que bascula entre los 10 y los 11 asientos. Así que sobre el tablero manchego el bipartidismo puede pese a todo aguantar bastante bien el tipo.

Cospedal se juega el 24 de mayo su carrera política: su sillón en el Palacio de Fuensalida y puede que su despacho en la planta noble de Génova. Si internamente ya ha sido muy cuestionada la compatibilidad de ambos cargos, e incluso se ha atribuido a este pluriempleo la falta de una estrategia política clara a lo largo de la legislatura -por no hablar de la relación Soraya-Cospedal, manifiestamente mejorable-, mantener a una perdedora al frente del partido podría resultar difícil de justificar hasta para Rajoy. Así que en los comicios manchegos se dirime una clave nacional, en tanto que juicio al PP en la efigie de su número dos. No deja de ser la persona que se enfrentó en solitario a Bárcenas, y también la que avaló su finiquito «en diferido».

Consciente de lo que se juega, la presidenta reformó la Ley Electoral al poco de llegar al poder, y volvió a reformarla el verano pasado. La oposición no duda en tildar la medida de cacicada, aunque el Tribunal Constitucional ha salvado su legalidad. El hecho es que también José María Barreda había reformado la Ley Electoral: se conoce que aquí es tradición cambiar las reglas del juego si uno cree que le perjudicarán en las próximas elecciones. «La diferencia es que nosotros lo llevábamos en el programa, mientras que Cospedal primero aumentó de 49 a 53 los diputados un Miércoles Santo de 2012, y cinco meses después anunciaba un nuevo recorte que equiparaba nuestro nivel de representación al de La Rioja. Todo con tal de facilitarse la reválida. Pero le ha salido el tiro por la culata: no contaba con la irrupción de C’ s y Podemos, y la nueva ley pone tan caro el escaño que en cuanto entra una tercera fuerza se vuelve imposible la mayoría absoluta», explican fuentes del entorno de García-Page. Desde el PP justifican la medida por el deseo de adelgazamiento de la Administración manifestado en las encuestas por los ciudadanos.

Y es verdad que si una palabra ha guiado la primera ejecutoria del PP en Castilla-La Mancha, esa ha sido austeridad. A Cospedal no le ha temblado la mano que empuña la tijera -el PSOE cifra el tajo en 26.000 empleados públicos-, pero esgrime razones tan poco originales como imperiosas para hacerlo: una herencia ruinosa, que les habría obligado a gestionar la miseria y a embridar un déficit galopante (7,8%: la autonomía más deficitaria de España) como primera medida. El desempleo, pese a la última mejoría, se dispara hasta el 28,7%. Cospedal llegó a replantear el método de registro de paro para afinar su tipología, según el PP; para maquillar el dato, según la oposición.

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