La enfermedad infantil del izquierdismo es el nominalismo. La ilusión de que la fea realidad desaparece cuando le cambiamos el nombre o cuando dejamos de nombrarla en absoluto, como el monstruo que acecha en la oscura habitación del niño se esfumará, piensa, en cuanto meta la cabeza bajo la manta. Un niño se diferencia de un adulto en que todavía no se atreve a llamar a las cosas por su nombre, así que les inventa otro. Y la misma diferencia separa a la izquierda de la derecha cuando la izquierda se resiste a crecer y cuando lo único que tiene la derecha es la razón. En ningún lugar como en España se entabla tan claramente esta dialéctica de sordos.
Los cuarenta violadores que hasta este miércoles han sido beneficiados por la ley Montero tienen muy clara la razón por la que Pedro Sánchez pasará a la historia. Sus víctimas también, naturalmente. Pero cuando Santiago Abascal afeó al presidente su extemporánea valentía con los muertos, recibió esta rápida puntualización: «¡No es un muerto, es un dictador!». Es las dos cosas, Pedro, muchacho: un dictador muerto. Murió ya, en serio. Había que haberlo movido de sitio cuando vivía y mandaba, no ahora. Su cadáver polvoriento hace mucho que no persigue a nadie salvo en los sueños enfermizos de la izquierda atascada en el trauma de un resentimiento histórico que bloquea su progreso hacia una verdadera conciencia democrática: una que respete a los que votan distinto y acepte la alternancia sin desatar desde el poder la histeria de la caza al discrepante.
Ha pasado el tiempo y tu derrota es completa. Siempre se te dio bien acuñar fórmulas eficaces, pero al monstruo de Frankenstein que denunciaste en 2016 se le han borrado las costuras. Nadie sabe ya dónde termina el PSOE y dónde empieza Podemos. Cuando a los diputados socialistas les preguntan uno a uno por Junqueras, el grupo parlamentario se alza unánime y contrito para implorar el perdón del sedicioso. Si a la militancia le das a elegir entre Otegi y Feijóo, no dudará en dar la espalda al PP -con el que firmaste el pacto antiterrorista- para fundirse en un abrazo con tu viejo enemigo. Advertiste de que vencida la banda comenzaba la batalla del relato, pero tu secretario general le ha entregado la pluma del BOE a Batasuna para que reescriba esa historia que empezó con la cabeza baleada de un guardia civil de tráfico en Guipúzcoa y acaba con la Guardia Civil de tráfico fuera de Navarra.
Empieza a cundir el convencimiento de que Pablo Iglesias se cortó la coleta para que no le estorbara el manejo del piolet. Cuando renunció al escaño a la vez que a la cabellera todos pensamos en los arquetipos del indio o del torero: imágenes del fin, de descabello o retirada. Pero Iglesias, en un claro ejemplo de maskirovka soviética, se estaba yendo para quedarse. Quería el poder sin sus horarios, consciente de lo difícil que resulta conciliar la responsabilidad de un cargo electo con la ingesta masiva de series de televisión. A medida que su melena sansoniana se extinguía, la de Yolanda Díaz ganaba volumen y brillo. Demasiado brillo, concluyó pronto su arrepentido mentor. En el campamento preelectoral de Galapagar aún conocido como Unidas Podemos ha sonado el grito de guerra, y en la mejor tradición de la extrema izquierda se trata naturalmente de una guerra civil.
Es más conocido por su etapa como director de El País que por la condición que mejor le define: reportero y corresponsal. En Digan la verdad (La Esfera de los Libros) repasa cuatro décadas de andanzas periodísticas por todo el planeta al servicio deldiario de Prisa, de donde finalmentefue purgado en cuanto Sánchez se aupó al poder. También eso lo cuenta con detalle, pero sin resentimiento. A Caño le preocupa más la degradación acelerada del oficio.
El libro plantea una conclusión melancólica: habla de un oficio en peligro de extinción. ¿No es un diagnóstico demasiado pesimista?
Antes de nada tengo que confesar mi dolor personal por el hecho de que esta entrevista no se publique en El País. Estoy agradecido a EL MUNDO, pero este libro cuenta una vida profesional al servicio de El País. He llevado su acreditación literalmente por medio mundo, como un segundo apellido. Y por eso me duele. Pero sí, creo que el periodismo está en una crisis muy profunda, que tiene que ver con la crisis de la democracia en general. A eso se le añade que el modelo de negocio lleva más de una década buscando una solución verdadera. Además, el periodismo vive las consecuencias de la polarización política, que nos resta credibilidad. Y por último, la revolución tecnológica ha hecho el periodismo más accesible pero también lo ha empeorado. Eso no significa que no haya periodismo bueno. Pero el contexto es de destrucción del oficio. Está mal pagado, no tiene el reconocimiento social que tenía y está completamente infiltrado de activistas políticos. El marco, desafortunadamente, no me permite ser optimista.
Esperábamos una salida en tromba de Sánchez contra el PP, un maltrato verbal a doña Cuca propio de un rapero al que le acaban de retirar el patrocinio de sus zapatillas. Nada de eso. El presidente estuvo manso frente a la oposición y medroso bajo el látigo de sus socios: algo está pasando que de momento solo saben en Moncloa. ¿Se habrá torcido el rodaje de la serie? ¿Será la investigación de la BBC sobre la matanza migratoria en la frontera con Marruecos? ¿La recesión viene peor de lo esperado? ¿Las encuestas platean las sienes de los barones? ¿Puigdemont prepara podcast?
El estornino (Sturnus vulgaris) es un ave gregaria de gran éxito adaptativo cuya capacidad para reproducir los sonidos que percibe en su entorno ha fascinado durante siglos a poetas y politólogos. En invierno forma enormes bandadas que se contraen o se expanden al unísono como movidos por un argumentario instantáneo. Si la gaviota es el símbolo del PP, de estómago inescrupuloso y costumbres más bien anárquicas, el estornino se antoja socialista por necesidad y específicamente sanchista por vocación, pues sus cambios de dirección en pleno vuelo resultan tan drásticos como incoherentes. Ahora bien, el verdadero talento del estornino consiste en la mímesis fonética, en la devolución aumentada del ruido que recoge mientras zigzaguea sin rumbo con el objetivo de desorientar tanto a sus presas (los votantes) como a sus depredadores (la oposición). Todo esfuerzo de pensamiento crítico queda anulado bajo el chillido unánime de los estorninos, y ese es precisamente su propósito.
Se busca candidato socialista a morir en la arena municipal de Madrid. Cabezas gachas en Moncloa bajo la ráfaga de los ojos de Sánchez. El césar necesita gladiador o gladiadora para pelear el tercer puesto en el palacio de Cibeles, ese coliseo modernista levantado sobre una pila de cadáveres del PSM. Ministros aterrados filtran a la prensa nombres calculados para matar dos pájaros de un tiro: salvarse ellos y liquidar a un enemigo, es decir, un compañero de partido. En los despachos ministeriales los móviles vibran al ritmo de un marcapasos: cada timbrazo puede ser Pedro invitándote cordialmente a protagonizar los idus del mayo madrileño. Así no hay quien trabaje por la clase-media-trabajadora-de-este-país.