No hay palabra para nombrar el dolor de la madre que pierde a su hijo. Existe el huérfano porque a su amputada condición se le reconoce aún la posibilidad de una vida digna de ese nombre, pero el lenguaje se ha negado a reservar un significante para un significado demasiado aterrador como para fijarlo en sílabas. Deberíamos empezar por aquí a juzgar la decisión de Ana Obregón de ser madre por gestación subrogada a los 68 años de edad.
Incluirlo en la crisis habría supuesto un alivio inmerecido, un blanqueamiento. La crueldad de Sánchez es infinitamente más refinada: ha querido castigar a Marlaska no echándolo de este Gobierno sino manteniéndolo en él hasta el final. Exhibiendo el túmulo de cenizas desde el que apenas humea el hilo afónico de su voz, calcinado hasta los tobillos, con todo el pasado por delante. A quién puede juzgar mañana un espectro así en un tribunal que se respete a sí mismo.
La legislatura que nació de un drama en Cataluña merecía agonizar con una farsa en Madrid. Con un candidato emblemático del consenso propuesto por un partido entregado a la fabricación de disensos. Con un presidente que cerró ilegalmente el Parlamento imponiendo el filibusterismo mediante respuestas kilométricas a preguntas no formuladas. Con una vicepresidenta sin partido que trata a sus votantes como a párvulos y luego abronca a un anciano que pagó con cárcel la lucha por la democracia que ella heredó. Con una condenada por terrorismo reprochando un «error histórico» al coautor de los Pactos de la Moncloa. De este destrozo de la política institucional, degradada a superposición chillona de relatos divisivos, solo se sale de dos maneras: escarbando más hondo en la disolución populista o regresando a la edad falible pero adulta de los políticos que primero hacían y luego narraban. No al revés.
Acaba de publicarse el índice de los países más felices del mundo y España ocupa el puesto trigésimo segundo, por detrás de Estonia y por delante de Italia. Para desacreditar la lista basta señalar que la lidera Finlandia por sexto año consecutivo, posición que solo se explica por su turolense nivel de despoblación -si el infierno son los otros, como estableció Sartre, entonces Finlandia debe de ser el paraíso- o porque los encuestadores hayan preguntado a los renos. Uno pasó cierta vez por Helsinki y no sintió ni frío ni calor, seguramente porque era verano.
Quien no se declare tamamista podrá tener cabeza, pero no tiene corazón. Si analizamos la moción de censura como una herramienta parlamentaria concebida para mejorar las expectativas de poder del grupo proponente, todos debemos reconocer -los estrategas de Vox los primeros- que ya ha fracasado. No es que la aritmética la vuelva inviable: es que, aireadas las aparatosas discrepancias entre el candidato y el partido, ya tampoco es posible sostener que el espectáculo de la semana que viene incrementará la facturación electoral de Vox, cuya fuerza nace del conflicto y no del consenso. Porque esta es la clave del tamamazo: que el instrumento elegido para la censura no es un ariete. Es un bastón. Y uno usado para apoyarse al caminar, no para blandirlo en gesto de amenaza.
A medida que concede entrevistas vamos comprendiendo que no es Vox el que utiliza a Ramón Tamames (Madrid, 1933), sino Tamames quien va a utilizar a Vox. EL MUNDO responde a la llamada del indomable profesor para entrevistarlo en su casa. Se guarda celosamente muchos contenidos de su personalísimo discurso, pero las posiciones que sí avanza no solo no coinciden con el programa, el tono y las intenciones de los de Abascal, sino que a menudo entran en franca contradicción. Cuando el candidato termine de hablar, quedará flotando en el aire cargado del hemiciclo una duda razonable: ¿votará Vox a favor de la moción de Tamames?
Si fuera mujer no saldría hoy a la calle con una pancarta sino con un lanzallamas. O embestiría con mi camión de camionera contra el happening de activistas desocupadas que me cortara el paso, suceso registrado en Barcelona que simboliza el final de la legislatura-más-feminista-de-la-historia. Porque si fuera mujer estaría harta de ser no ya la mercancía carnal de Tito Berni, sino la mercancía electoral de Pedro Sánchez. Harta del galán de tranvía que proclama la paridad para los demás, mientras vacía de significado registral la condición femenina y blinda a los alfas de confianza en la puntita de su poder ejecutivo. Harta del vaquero de caderas cimbreantes que entregó el Ministerio a la mujer de su vicepresidente por el mero hecho de serlo y porque consideraba tal materia una maría sacrificable. Harta del robot de maxilar prensil que avala la ley garrafal de su ministra de Igualdad contra las advertencias de propios y extraños y luego la deja sola comiéndose el marrón de un descrédito social inextinguible, días después de haber dejado sola también en su escaño a la ministra de Justicia a la que ordenó taponar el mayor coladero de violadores de Europa. Harta del hombre cobarde que solo sale de palacio rodeado de un set autoportante de publicistas y una escuadra preocupada de seguratas: el hombre que abandona siempre a las mujeres mientras sigue jurando que las protege. Como si ellas necesitaran su protección y no que las dejaran en paz de una puta vez.
Tienen los aragoneses dos maneras opuestas de enfrentarse a los aerogeneradores con los que su Gobierno, en compañía de inversores privados y con el viento favorable de Europa, aspira a liderar la producción nacional de energía renovable: como don Quijote o como Sancho Panza. Los quijotes arremeten contra los enormes molinos -los de nueva generación superan los 200 metros de altura- convencidos de que son gigantes que afean el paisaje, expulsan el turismo de calidad y causan daños ecológicos con el giro silbante de sus palas. Los pancistas no ven gigantes desaforados sino oportunidades de negocio, saneamiento de las arcas públicas y recursos para contener la amenaza de la despoblación: el monstruo que viene a verlos.
Los partidarios y los detractores no se agrupan por partidos políticos, sino que responden a las condiciones materiales de cada municipio. Encontramos alcaldes del PP hermanados con los del PSOE en asociaciones como Viento Alto, que reúne a nueve pueblos turolenses en la defensa compartida del proyecto de Forestalia, empresa que acaba de recibir la luz verde de Teresa Ribera para instalar una veintena de parques eólicos -125 molinos- en el lomo de las sierras del Maestrazgo y Javalambre.