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Obama en Hispania

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De un comandante en jefe a otro.

La visita del emperador siempre pone a prueba el saber estar de las provincias, que suelen reaccionar a ella con dos actitudes opuestas y un solo aldeanismo verdadero. Porque tan paleto es el camarero interior -un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo- que nos dobla el espinazo y nos prepara el espíritu para la propina, según el canon berlanguiano, como ese españolito de mucho progreso que chasquea la lengua ante el lisonjeo institucional e improvisa una lección en Twitter sobre las fallas de la democracia americana. La única actitud decorosa ante la presencia de Obama en nuestro país aconseja la buena educación de raíz hidalga, la discreción cervantina y la gratitud sin alharacas por todo lo que nos han dado los romanos, desde la HBO y el fact-checking a la protección contra los bárbaros propios y ajenos, los de este lado del muro y los de la otra acera del telón, por no hablar de los degolladores mahometanos.

No es malo que el adolescente de provincias pase su sarampión antiyanqui en asambleas prodemocráticas y visionando cine posmarxista mientras no olvide que no hay nada más americano que todo eso. Siempre he pensado que la mayor garantía de superioridad moral del americanismo es el antiamericanismo, que Estados Unidos tolera o promueve desde su misma industria audiovisual, la más autocrítica del planeta desde su nacimiento. Por eso creo que las manifas anti-Otan de los muchachos de Garzón y otros altermundistas de djembé deberían organizarlas los propios agentes de la CIA, de modo que quedaran más lucidas y la cacerola se acompasase mejor con el silbato. Pero comprendo que no pueden estar en todo.

Morón y Rota son plazas estratégicas para el despliegue militar americano. Obama viene básicamente a pasar revista a su tropa acantonada y a marcar paquete ante el ruso, que es lo que hace un emperador, y si la balacera de Dallas no le ha dejado tiempo para el atrezo lúdico del tablao sevillano y el pescaíto frito, qué se le va a hacer. No hay chovinismo ninguno en recordar que es Obama el que se queda sin Sevilla y no Sevilla la que se queda sin Obama. Solo apuntamos lo obvio cuando se nos pone la red social perdida de papanatas insomnes. Nunca falta aquí el cosmopolita de guardia que se empina al menor estímulo y tiene el índice acalambrado de señalar un facha por cada español no completamente avergonzado de serlo, sin sospechar que el mismo rancio casticismo iguala al que presume y al que condena.

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Viaje a la aldea del crimen

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El Nuevo Periodismo antes y mejor que Capote.

Hay que felicitar a los sellos independientes que se han propuesto el rescate del mejor periodismo español; ese que, contradiciendo a Connolly, admite una participación en el mañana. Que sean reconocidos hoy los Camba, Chaves Nogales, Gaziel, Xammar o Assía es mérito de editoriales como Acantilado, Fórcola, Renacimiento y, muy especialmente, Libros del Asteroide. Claro que para que un texto periodístico conquiste el porvenir, el periodista debe cumplir unos requisitos que se resumen en dos: una mirada honda y larga, capaz de explotar la potencia simbólica -y por eso duradera- de un acontecimiento noticioso; y un estilo propio y rico, en el que la precisión no esté reñida con la belleza. Porque, de hecho, nunca lo está: no se es un gran literato si no se sabe hacer precisión, a despecho del errado aforismo de Ortega.

Ramón J. Sender debutó como novelista con Imán, pero se desempeñó como periodista sin preocuparse demasiado de esos deslindes gremiales tan del levítico gusto de las asociaciones de prensa. A él le bastaba con tener clara su misión: averiguar la verdad de los sucesos acaecidos en la aldea andaluza de Casas Viejas en enero de 1933 y contarla en nueve entregas en el diario progresista La Libertad. Su trabajo fue tan impactante que desencadenó el primer impeachment de nuestra historia democrática, forzando la dimisión de Azaña. Ese trabajo es el que recupera ahora este librito -brillantemente prologado por Antonio G. Maldonado-, basándose en la reelaboración que el propio Sender hizo un año después, enriqueciéndola con conclusiones de la comisión parlamentaria, confiriendo unidad al conjunto mediante aportes de contexto y juicios indignados a posteriori, propios del reporterismo comprometido ante la injusticia más obscena.

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18 abril, 2016 · 11:45

La gana de ir a La Alcarria

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CJC 1946: haciéndose escritor paso a paso.

Al viajero le ha dado la gana de ir a la Alcarria porque es un hermoso país, lo primero, y porque hace 70 años que Camilo José Cela lo recorrió durante nueve días, y en 15 lo puso en su prosa hecha de obviedad y fatalismo, esa prosa donde las cosas son sencillamente lo que parecen porque no pueden ser de otra manera, lo cual es terrible, si se mira bien. Nosotros no bajamos de la calle de Alcalá y tomamos un tren de madrugada en Atocha, sino que conducimos nuestro Volkswagen Polo y vamos anotando mentalmente las mutaciones que el progreso ha obrado en el paisaje según se sale de Madrid por la autovía de Zaragoza.

Atravesamos polígonos horrendos en pos de la España profunda cuyo corazón salió a rascar don Camilo. Torrejón, Azuqueca, Alcalá, Meco… Y al fin las primeras montañas, caprichosos pliegues de arcilla fruncidos como el papel de estraza. Dos ciclistas animan el belén con los colores chillones de sus maillots pedaleando en paralelo a la autovía, y un cernícalo se suspende porque ha visto o ha creído ver algún ratón. Pasado Valdenoches no tardamos mucho en avistar la mole del castillo de Torija, primera etapa de la andadura celiana y de la nuestra. Ofrece Torija a la entrada una bonita picota del silgo XV, restaurada con tanto lucimiento que está pidiendo que le ahorremos al último corrupto la pesada burocracia del garantismo. Pero lo mejor de Torija es su plaza de soportales castellanos, con el ayuntamiento a un lado y al otro -por si acaso- el castillo imponente de los Mendoza, en cuya torre del homenaje han dispuesto el único museo del mundo dedicado a un solo libro: Viaje a la Alcarria.

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21 enero, 2016 · 11:55

El abrazo que no une

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Nos abrazamos o no.

Me acerqué ayer al Congreso para recibir ‘El abrazo’, el cuadro de Juan Genovés que alcanzó categoría de icono -reconciliación pictórica- durante la Transición. Allí estaba el pintor, allí los dirigentes de IU que propusieron traerlo desde el Reina Sofía, allí también los diputados del PP que, desde su mayoría en la Mesa del Congreso, admitieron la sensatez de la propuesta. ¿Y acaso no es buena idea que un panegírico de la concertación política cuelgue de las paredes del Parlamento español en el preciso momento en que con mayor patetismo se manifiesta la incapacidad de los partidos para reeditar consensos? Llegué y vi a Cayo Lara y a Willy Meyer, y también a Ignacio Gil Lázaro y a Jesús Posada. El arte unificando a las dos Españas: parecía posible.

Me acerqué al lienzo con la curiosidad virgen de quien por edad no lo vio nunca reproducido en ciclostil clandestino, rebajado a la condición de octavilla de combate. Porque lo fue, y por eso su otro nombre es ‘Amnistía’. La pintura es la instantánea de un gran escorzo de cordialidad, un grupo de anónimos que nos dan la espalda porque abrazan a otros a quienes no vemos. Me recordó enseguida a la escultura de Antón Martín que conmemora a las víctimas del ataque ultraderechista al bufete de Atocha. Pero este monumento es una melé mal resuelta y el cuadro, en cambio, conserva inocente su emoción. Las muestras de efusividad se suceden con el desorden de lo espontáneo, como si más que una paleta se hubiese utilizado una cámara al hombro. Ningún rostro resulta reconocible porque, a diferencia de la escuela historicista, al artista le importa enfatizar la acción y no el sujeto; por eso el encuadre está aberrado, sorprendiendo a los protagonistas en una calle abstracta sugerida con un fondo marfil que resalta los contornos definidos de las personas: una página en blanco sobre la que los españoles escribirán el futuro en libertad.

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Los reyes me trajeron a Stefan Zweig y yo lo llevé al Parnasillo, para regocijo de Herrera: mantuvimos un admirativo diálogo sobre Viena

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8 enero, 2016 · 12:16

El madridismo como decepción

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«Lo intentaré» sí es un frase sensata.

Cumpliendo con añejas tradiciones, Florentino le da boleto al entrenador al que meses antes ratificó. El Real Madrid es un club aristocrático donde todos los vicios llegan a viejos: un presidencialismo blindado, una plantilla estelar, una bulimia mediática que jamás se sacia y una grada narcisista que ignora que lo es: rasgos que ya distinguían al club en los 50. Y ahí seguimos, honrando los cánones.

Lo que no está en los cánones es la sobriedad, la liturgia casi furtiva con que el presidente despachó a Benítez -hay más gente llorando todavía por el puesto de Edurne en Eurovisión- y presentó a Zidane, que tuvo el buen gusto de emocionarse para caldear un poco esta atmósfera aborrascada. Zidane ha prometido corazón, y del suyo no dudo. Ni siquiera dudo ahora de la santa voluntad de los jugadores, esa rehala de divas exfoliadas a las que disgustó la jeta de Benítez desde el primer día, cuando se conjuraron para echarlo. Cinco meses les ha durado, en el transcurso de los cuales -digámoslo todo- Benítez no supo armar un estilo ni buscar aliados para hacerse respetar. Ese fracaso es suyo y por eso sale. Porque si no, tendrían que salir los demás.

-¡Pero yo quiero un equipo de fútbol, no una constelación de estrellitas!, salta el pipero de guardia.

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5 enero, 2016 · 10:29

Un alto para confraternizar

Miguel Gila

«¿Es el enemigo?»

Este era el año del cambio que inauguró el ‘tic-tac’ de un reloj y termina con el desconcierto del ábaco: todos sumando bolitas de colores para ver quién gobierna qué. Iba a ser el año en que eclosionara la nueva política que regenerase la democracia secuestrada por el régimen del 78 y concluye en rendida, unánime mímesis de los pilotos de la Transición. La invocan ya todos desde Iglesias a Susana, pasando por Rivera. El problema es que quieren ser Suárez, pero cuando más falta hace serlo, en pleno periodo de negociación postelectoral, cada cual tira al monte de su Fraga o su Carrillo.

El Rey, navideño, habló de concertación en la tierra por donde aún vaga errante la sombra de Caín. Así debió de sonar Jobs cuando presentó el primer Mac en pleno apogeo del Spectrum. ¿Coalición, gabinete polícromo? Puro futurismo. Con nosotros o contra nosotros: ¡ni un paso atrás! En España, por fortuna, tenemos el humor para no morir siempre del cainismo. Aquella viñeta que satirizaba a un orador de la Transición:

-¡Algún día os arrepentiréis de esto que os estoy diciendo!

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El último Parnasillo del año, con los hitos que nos traerá 2016

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1 enero, 2016 · 20:31

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

Cualquier día muere Franco

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Pinta de muerto tiene, pero no hay que confiarse.

El día menos pensado se muere Franco y vamos a tener una desgracia. Convendría que este país se fuera preparando para el hecho simbólico -del biológico se cumplen hoy 40 años ya- de su desaparición, porque hasta ahora no hemos sabido conducirnos sin invocar cada día su vivificante recuerdo. Hay que reconocer que Franco legó muchas instituciones duraderas -los pantanos, el CSIC, la ‘Complu’, la seguridad social, la paga extra- pero la más consistente de todas ellas ha sido sin duda el antifranquismo. A los que nacimos con Felipe en La Moncloa nunca dejará de sorprendernos la falta de puntualidad de los antifranquistas, que proliferaron mayormente a partir de 1975. Cuando ya su misión se la había madrugado la madre naturaleza.

El físico de Franco ocupaba más bien poco espacio, pero su nombre goza de una lustrosa sobrerrepresentación. Los patios de los colegios de los noventa todavía se dividían entre rojos y fachas, y a poca tele que se vea en sus casas sospecho que los niños de ahora continúan blandiendo la misma pasión taxonómica, pues los viejos hábitos tardan en morir, cantaba Jagger, y en España tardan más. Celta o ibero, cristiano viejo o judaizante, culé o vikingo: nuestra idiosincrasia se antoja fatalmente binaria, y que no venga nadie con sutilezas centristas. Por eso quizá el discurso contra azules y rojos de Rivera le llega demasiado pronto a nuestro entrañable electorado.

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20 noviembre, 2015 · 10:39