Nací, perdóname, al final de la Guerra Fría, y me cuesta entender el anacrónico respeto que profesas a Rusia como tótem, como entidad metafísicamente inconciliable con la civilización. Leo las opiniones que ciertos militares de tu quinta dais en la prensa libre (en Rusia está prohibida la autocrítica), conteniendo apenas la admiración por el mayor criminal de nuestro tiempo. Tu incomprensible comprensión hacia las razones de ese Tamerlán neumático que revienta las maternidades de Ucrania es nostalgia muerta por un gigante oxidado que acaso justificaba los esquemas de tu biografía. Para mi generación el temible oso ruso es un Mitrofán borracho, abatible y capón que seguirá desfigurando niños y enviudando esposas hasta que sea convenientemente disecado, mejor a manos de los suyos.
«Es que no tienen que parar los transportistas: tiene que parar este país. El ministro tuvo unas palabras que sí me gustaron: ‘Es un grupo pequeño de radicales el que está provocando esto’. Concretamente son 23. Que trabajan en el club de la comedia. Que tienen este país arrastrado. ¿Y sabéis lo que va a pasar? Que no vais a tener leche, se van a morir los animales en la granja y vais a comer… ¡Mierda vais a comer! ¿Por culpa de quién? ¿La extrema derecha? ¡Pero qué cojones! ¿No nos estáis viendo? Si la extrema derecha es tan mala, que yo no los defiendo, los otros son Dios. ¡Joder, pues Dios cómo tiene el país!
El titular me dejó pensando: «Yo voto contra mis intereses pero a favor de mis principios». Lo decía una periodista de éxito en una entrevista. El razonamiento es interesante porque revela una concepción moral -españolísima- de la política: postula una contradicción entre los intereses y los principios más propia de la identidad religiosa que de la representación partidaria.
El pintor se casó con una mujer cuya sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. Aquella señora de rojo sobre fondo gris fue el nombre que dio Delibes a su inspiración. Y como supo que no la recuperaría se puso a escribir sobre la pérdida, que era lo único que conservaba. Sin señora de rojo solo queda el fondo gris.
Con las derrotas políticas no se hace casi nunca buena literatura, y ni la sabia Castilla es una excepción. De estas urnas salen tantos fracasos que nos faltan colores para pintarlos. Fracasa el bipartidismo, fracasa la nueva política y triunfa el populismo, que siempre es un fracaso retardado, una promesa que incorpora necesariamente la espoleta de la traición.
Hubo un tiempo en que el nombre de Castilla evocaba un imperio, pero esta campaña lo ha reducido a un sembrado. La región más extensa de España, la segunda de Europa si me acordara de la primera, la única rival de la Toscana en patrimonio mundial hoy no es más que un puñado de vacas mirando pasar el tren de los fondos europeos y un abuelo con garrota que aguarda el fin de semana a su nieto emigrado para que le enseñe a hacer un bizum. Los trazos gruesos de este lugar común los repasan cada día los políticos, unos para explotar el victimismo rural y otros para hacerse las víctimas de los que explotan el victimismo rural. El voto del señor Cayo está en disputa, como aquellos significantes de Errejón, y la disputa ha llegado al Congreso.
Paso a diario por delante de un bar de bandera. Es un local moderno, atendido por camareros guapos, donde desayunan señoras venerables y tardean jóvenes tatuados. El reclamo comercial es su terraza, que se obstina en presentarse como un chiringuito de Tarifa: no faltan las tablas de surf clavadas en el suelo de arena blanca y todo un voluntarioso palmeral se distribuye en macetas sucesivas, por más quela única playa -vaya, vaya- que hay en 350 kilómetros a la redonda es la de las vías de Príncipe Pío.
El símbolo madrileño en Fitur este año será un abanico. Por español y por sostenible. Las plataformas de vídeo y las campañas electorales se llenan de productos típicamente españoles, de Lola Flores a Raphael pasando por un cebadero de cerdos. En la música triunfan el quejío tecno de Rosalía y el madrileñismo mestizo de Tangana, y triunfa más aún si se mete en la catedral de Toledo a mezclar lo sacro y lo profano, la fe y el muslamen. Los reporteros evocan con honores el cine quinqui de Eloy de la Iglesia o las hazañas bélicas de los pandilleros de los bajos de Moncloa, y todos seguimos esperando la gran entrevista memorial a Marisol antes de su ascenso a los cielos. Ayuso arrasa por el procedimiento inimitable de devolver al adjetivo del Partido Popular su sentido etimológico, ese que quizá perdió a las pocas horas del bautizo. España y la hispanidad llenan los anaqueles de las librerías al calor del basta ya de Elvira Roca. Vuelve la costumbre del columnismo castizo -¡hasta Arcadi prepara libro sobre flamenco!- y los caciques de cantón se disfrazan de federalistas para blindar su momio decimonónico con fondos europeos. La Pantoja no se acaba nunca, como París, y Victoria Federica desfila en el cuché con más ojos encima que la penúltima anglodiva del pop. Todos hacemos propósito de ir más a los toros, aunque sea por joder. Los capillitas salen de la catacumba, posan en la misa de la abuela y fabrican con esa añoranza una literatura buena o mala que lo peta en Amazon. Incluso los hermanos pequeños de los mileniales descubren las guerras de nuestros antepasados,con su borrachera de yugos, flechas, hoces y martillos. ¿Qué está pasando?
Yo sé que no eres un cínico. Tu convicción es sincera, tu inquietud muy real. Sobre nuestra democracia -no te han contado que fue fruto de la reconciliación entre franquistas y antifranquistas; verás cuando te enteres de que la lideraron los primeros- piensas que se cierne la amenaza terrible de la involución. Que Podemos tendrá sus cosas, pero es la izquierda al fin y al cabo: progresistas preocupados por la desigualdad. Que los independentistas cometen errores, pero son sensibles a las causas que importan: feminismo, ecología, salud mental. Que Sánchez no terminaba de gustarte, pero hoy toca cerrar filas con todas y cada una de sus decisiones si no queremos que Vox acabe en La Moncloa persiguiendo a los gays, a los negros, a las mujeres, a los catalanes.