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Diplomacia benzemista

No se puede ir a la guerra sin Francia.

No se puede ir a la guerra sin Francia.

Siempre es importante que el Real Madrid vaya líder y que el Barça encaje cuatro, pero en esta semana más si cabe. Y si cabe Mas, que no está claro. Disculpen el chiste. En todo caso el miércoles resultó sencillo separar deporte y política, fútbol y Margallo, porque competían a la misma hora. Huelga decir qué elegimos ver Chencho Arias y yo, que nos hallábamos en León con la troupe de Herrera.

Paseas con Chencho por el barrio húmedo y le va parando toda la ciudad para testimoniarle su adhesión o cobrarse un selfie.

-He sido secretario de Estado, mediador en Cuba, extra en dos películas de Berlanga y, cuando trabajaba para la ONU, daba cócteles todas las noches en mi piso de Manhattan. Pero me paran por haber sido director general del Real Madrid -me aclara el diplomático, que es tan benzemista como yo mismo, aunque escatima méritos al galés.

Chencho es famoso por su pajarita como Karim lo es por sus controles, y en ambas personalidades hace sede la elegancia. Juega en el Athletic un Balenziaga que, si se llamara sencillamente Balenciaga -y no queremos importunar con esto a la Reina Letizia-, nos evocaría al genial modisto que con más rigor fijó la premisa de la elegancia femenina: la medida del grosor de una mano entre la piel y la tela. Justo lo contrario de lo que requiere la elegancia en el fútbol: que no sobren centímetros entre la bota y el balón. Es lo que logra Benzema con sus controles, pero también con sus remates (está en su mejor arranque goleador desde que llegó al Madrid) y sobre todo con su inteligencia, que desquicia a la zaga más voluntariosa.

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Comentario en COPE: ¿A qué está abocada Cataluña?

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26 septiembre, 2015 · 10:42

Fábula de Karim y Bolt

La tortuga y la liebre.

La tortuga y la liebre.

Adoro esa foto en la que Usain Bolt posa con su camiseta blanca junto a Karim Benzema. Es la fábula de la liebre y la tortuga, y en la fábula ya sabemos quién gana.

En el debut liguero contra el Sporting al Madrid le faltó el último pase, que es la especialidad de la casa: la ratatouille del chef Karim. Pero para aprender a cocinar se necesita tiempo, lentitud, afecto y el descomunal don que atesora el ídolo tranquilo de Usain. Isco es un pinche meritorio, pero demasiado a menudo le sucede lo que a aquellas pijas que calientan pero no cocinan, y Modric no puede estar en todo. Bienvenidas las efusivas declaraciones de madridismo en red social, pero lo que necesitamos de ti, monsieur, es el último pase, el juego entre líneas, la apertura a un toque, la visión inverosímil, el tobillo de seda. Incluso el gol si el sábado se pone vulgar.

El recalcitrante piperío (casticismo merengue) vuelve a entonar la elegía del nueve, como si el fútbol no hubiera evolucionado. Eso del nueve puro, el artillero, el matador, es un anacronismo como esos mesones que todavía se resisten a renombrarse como gastrobares. No digo que no resulte útil en equipos modestos -ahí está el buen Aduriz, y sé que es temerario llamar modesto al equipo de Bilbao-, pero la figura camina a la extinción en los candidatos a ganar la Champions. Afortunadamente para el Madrid, Benzema no es un nueve. Dice Benítez, con su mejor intención, que le falta continuidad; pero quizá un día Benzema mire al banquillo, descubra ahí sentado a un señor venido de Alemania y concluya que a quien le ha faltado continuidad es a Benítez.

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29 agosto, 2015 · 11:53

Simpatía por Iglesias

"Qué lúser estás hecho, Alberto".

«Qué lúser estás hecho, Alberto».

Repasa uno este verano la historia de griegos y romanos y constata que en materia de poder no hemos sido capaces de inventar un solo vicio. ¡Qué envidia de Tucídides o Livio, que pudieron hacer la crónica política de su país sin que nadie les pisara los temas! El entusiasta de Juego de Tronos que añada a su militancia HBO una cierta curiosidad intelectual y se aventure en los estertores del siglo de Pericles, o en las intrigas sangrientas que sucedieron a la pax augusta, comprobará que el tal Martin no es como mucho otra cosa que un hábil sastre de tramas ya sucedidas. Miento: creo que en ningún episodio hemos visto a un rey que, tras matar a su mujer embarazada de un patada abortiva en el vientre, en un acceso de nostalgia se case con un joven cuya cara le recuerda a la difunta, y al que castra para asemejarlo aún más. El tipo se llamaba Nerón. Los romanos comentaron al enterarse: «¡Ah, si su padre hubiese hecho lo mismo…!».

De todas estas historias, gracias a las cuales he sobrellevado ese penoso trance de bajar a la playa que nos impone un tétrico mandato de felicidad social, me ha divertido especialmente la breve experiencia bélica del poeta Horacio. Nuestro Quevedo comparte con Horacio hasta sus achaques, y desde luego su talento satírico. Pero Quevedo tiró de espada siempre que pudo con tanto arrojo como vocación, mientras que Horacio encarna el paradigma del intelectual purista, que no arriesga ni se mancha, parapetado en su severidad virgen de acción.

Se encontraba Horacio en Atenas estudiando y allí coincidió con Bruto, que por entonces ya había hincado el puñal miserable en su genial padrastro y combatía a su legítimo heredero, Octavio. A Bruto le cayó en gracia aquel joven de aguda labia y le concedió por las buenas el mando de una legión. Se comprende con ese criterio que Bruto perdiera la batalla. Se vio el sensible Horacio en el fragor de la pelea, tiró yelmo, escudo y espada y echó a correr de vuelta a Atenas, donde se puso a componer una exaltada pieza sobre la necesidad de dar la vida por la patria.

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18 agosto, 2015 · 15:53

Ruta Quijote VIII: Serán ceniza, más tendrá sentido

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

En Villanueva me aguardaba una sorpresa heráldica. Yo sabía que aquí estaba enterrado Quevedo, pero desconocía que reposara en la capilla de mis antepasados. Los Bustos, familia pudiente en todo el Campo de Montiel, de aficiones literarias y querencia al mecenazgo, acogieron a don Francisco en vida muchas veces, prestándole culta compañía que lo resarciera de sus amargos líos con la Corte. A unos pocos kilómetros de aquí se encuentra la finca de Torre de Juan Abad que el poeta heredó de su madre, desiertos a cuya paz confesaba retirarse el mayor sonetista de nuestra historia.

Resulta asimismo que los Bustos compraron la posada de un Juan de Vargas, caballero de cuantía, en donde tengo la fortuna de hospedarme y practicar un cierto delirio identitario. La calle se llama Cervantes, claro, y en su trazada se concentran los monumentos más sugestivos del pueblo. En su origen está la plaza, con el ayuntamiento, las terracitas para la caña y la iglesia de San Andrés, que guarda la capilla bustiana; y en ella, protegida por un rectángulo de cristal que transparenta la bajada a la cripta, se ilumina la urna funeraria del genio. Me guía hasta ella Inés, encargada de la oficina de turismo y quevediana hasta lo temerario: de mutuo acuerdo decidimos correr la luna de la tumba, que pesa casi tanto como mi cámara de fotos. En el momento exacto en que cede, con un ligero chirrido, aparece el cura. Inés se va hacia don José Luis muy sonriente y le explica que hago un reportaje. A don José Luis le parece estupendo y se ofrece a encender las luces de la nave central. Con su bendición e indulgencia, por tanto, desciendo los seis escalones de la cripta y me paro frente al cofre metálico, ornado con la cruz de Santiago y rotulado con el nombre del ilustre inquilino. Huele intensamente a moho, y hace frío.

Pasó con este cuerpo un poco lo mismo que con el de Cervantes. En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo, en cuyo convento -que ahora visitaremos- pasó sus últimas semanas. Pero el vicario de San Andrés estimó que era barata sepultura para tan conspicuo difunto: desoye escandalosamente la voluntad expresa de Quevedo y arrima el ascua a su templo con la cooperación necesaria de los Bustos, que ceden encantados su capilla. Pero en el siglo XVIII se remueve el enterramiento y los restos del escritor quedan mezclados con los de un osario común. Para entonces hacía mucho que ya habían profanado la tumba para robar las espuelas de oro. Esto de andar toqueteando fémures se ve que es una costumbre muy nuestra. Aquí no lo dejan a uno tranquilo ni fiambre. Total, que tuvo que venir el mismo antropólogo forense que contrataría luego Ana Botella para individualizar -con mayor grado de certeza que en las Trinitarias- un puñado de huesos quevedianos, que fueron reunidos en esta urna de metal para su venerable exhibición y descanso eterno. Hasta que alguien decida que lo que hay que hacer es llevarlos a Tokio de gira o fumárselos en pipa de kif.

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10 agosto, 2015 · 12:40

Ruta Quijote VII: El último quijote

Felipe, el último guardián de la Venta.

Felipe, el último guardián de la Venta.

Castilla se ensancha antes de desembocar en Sierra Morena como el agua embalsada se prepara para la catarata. Es el valle de Alcudia, rubio de espigas, punteado de encinas solitarias, atravesado por rebaños de ovejas minúsculas por contraste con la ancha llanura y las cumbres verdes que cercan el valle y levantan frontera entre Castilla y Andalucía. Esta región limítrofe, escarpada y dispar la asendereó mucho el alcabalero Cervantes, y como tal encuentra un reflejo privilegiado en su obra. Solía pernoctar en una venta misteriosa que hoy perdura. Me han hablado de un tal Felipe.

Ni el GPS ni el móvil encuentran conexión y cae fuego del cielo como en los días de Pompeya. En el kilómetro 129 de la carretera que baja en dirección a Córdoba descubro al fin un sendero de grava que se abre a la derecha. No será cosa de un momento, no: hay que tener paciencia para recorrer nueve kilómetros sin asfaltar en segunda, reduciendo a primera en los pasos-trampa para ganado, cuyas bandas de hierro pueden filetearte los neumáticos sin preaviso. Se deja atrás la venta de La Pastora, se persevera en las virtudes teologales y al final del camino se descubre una mansión encalada, con palmeras y césped, que contradice lujosamente la idea que uno tenía de las posadas del Siglo de Oro.

Merodeo un poco con el coche. Me bajo, doy una vuelta. Saludo a una coqueta abubilla. Vuelvo a subir al coche. Llamo a la cancela. Camino unos metros más. Me pica una puta avispa en la axila izquierda que me dobla de dolor durante minuto y medio. Me incorporo y, cuando me dispongo a marcharme, no sé si más colérico que decepcionado, oigo una voz que me dice:

-Aparque usted el coche, que estamos aquí.

Un viejo de pelo cano y pantalón azul está sentado sobre un tronco a la puerta de una casa tan modesta, por no decir ruinosa, que no la había creído habitada.

-¿Es usted Felipe?

-Soy un Felipe.

Lo dice de tal modo que me evoca de inmediato la declaración de don Quijote: «Yo sé quién soy».

-¿Es esto la Venta de la Inés?

-Aquí es.

-¿Y la lujosa mansión de al lado?

-Eso no es la Venta, sino la finca del pudiente. Entre que le explicaré.

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9 agosto, 2015 · 12:19

Ruta Quijote VI: Síntomas de locura… o de idealismo

El hombre eterno.

El hombre eterno.

Para llegar a Ciudad Real decido atravesar las Tablas de Daimiel, siguiendo el curso inapresable del Guadiana. Es un paraje alucinógeno. Hay que cruzarlo despacio y permitir que dos caballitos del diablo se pongan a zigzaguear a la proa del coche como delfines de secano. Una enorme grulla salta del pretil del puente, a mi izquierda, y ya no sabe uno si es un símbolo, y de qué. Un cartel advierte: «Peligro: autocombustión de las turberas».

Mientras cruzo el parque natural, sin nadie con quien comentar lo que veo, se me ocurre que Sancho Panza -el confidente- es quizá la gran innovación del libro. Kafka así lo creía, y en uno de sus microrrelatos hace derivar de la mente de Sancho al propio don Quijote. Pero el recurso de la pareja dialogante, que luego hemos visto tantas veces en mil novelas y películas policíacas, carecía hasta Cervantes de antecedentes claros. También Cervantes, al fatigar estas tierras visionarias, echaría de menos a alguien con quien hablar. Así que después de una primera salida hizo acompañar a Alonso de Sancho, el demente lúcido y el sensato que acabará demenciándose, en recíproca influencia. Antes de ellos el héroe estaba solo en su epopeya, y como mucho hablaba con los dioses. Cervantes lleva el antropocentrismo a la práctica, y se lo toma tan a pecho que no lo encarna en un personaje humanísimo sino en dos. No solo alumbra al antihéroe redondo por contraposición al héroe plano, sino que insufla en su pareja tanta autonomía como interdependencia, de modo que terminamos por no saber quién es el héroe, quién el antihéroe o si ambos viven por fugaces momentos la plenitud de ambas condiciones. Como nos ocurre a los vivos. Por esto, también, es el mejor libro del mundo.

Cuando arribamos a la capital de la provincia nos recibe el serrucho insidioso de la chicharra. Hace un calor totalitario, corrosivo, que seguramente inutilizará mi camiseta para siempre. Para llegar hasta aquí he debido sortear un sorprendente número de cadáveres animales aplastados en la carretera. Quedan en tal estado que no puedo decir si eran zorros, liebres o ginetas.

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8 agosto, 2015 · 11:34

Ruta Quijote IV: Deconstruyendo a Dulcinea

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

Dejo atrás los molinos del cuento y llego a El Toboso a la hora sagrada de la siesta, que es sin duda la mejor para tocar la esencia pesada de La Mancha. Juro que no se oye otro sonido que el zumbido de las moscas, el zureo de las palomas y el trinar de las golondrinas que anidan en la torre de San Antonio Abad, imponente iglesia del siglo XVI. Lo que significa que ya estaba en pie cuando Cervantes ejercía aquí de alcabalero.

Casas encaladas, calles limpias, rótulos literarios en las esquinas, dos mil habitantes durmiendo la siesta. El Toboso es pura coquetería. En la plaza, frente a la iglesia, un Quijote de hierro hinca la rodilla ante una muchacha -casi una niña- del mismo metal. Es una escena de amor cortés, de un platonismo escandaloso en nuestros días. Y no solo hoy: para Cervantes, que tenía casi tanta madera de golfo como Lope, amar de pensamiento y no de obra se antojaba un sindiós, a no ser como pretexto lírico. El amor ideal está muy bien para Petrarca pero no para don Miguel, que escoge a una ruda labradora toboseña para enfatizar su militancia en el realismo. A aquella a la que idealiza don Quijote como «la dulce prenda de mi mayor amargura», la fotografía Cervantes en verso vengativo: «Esta que veis de rostro amondongado, / alta de pechos y ademán brioso, / es Dulcinea, reina del Toboso, / de quien fue el gran Quijote aficionado». No es el perfil de una Laura o una Beatriz, precisamente. Al idealista soldado de Lepanto la vida le ha pagado con más Aldonzas que Dulcineas, y así lo cuenta.

¿Pero en quién se inspiró Cervantes para componer a Dulcinea? Parece ser que en doña Ana Martínez Zarco de Morales -algún erudito local se afanó en demostrar que «Dulcinea» es una crasis de «Dulce Ana»-, hermana de don Esteban, noble propietario de la casona que hoy se ofrece al visitante de El Toboso bajo el reclamo (de nuevo realidad y ficción confundidas) de Casa de Dulcinea. Me alejo un poco para captar mejor los blasones que adornan la fachada y que Azorín encontró hace un siglo arrumbados en un rincón (lo que llenó de tristeza al ya de por sí cenizo periodista). De pronto el suelo cede bajo mi pie derecho. Miro. Nada grave: he pisado una mierda de perro. Su autor está tendido unos metros más adelante, a la sombra que proyecta la pared encalada, la lengua fuera y cierto orgullo de artesano en la mirada. Que la simpar Dulcinea disculpe tan escatológico desaire.

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6 agosto, 2015 · 16:53

Ruta Quijote III: ¡A los molinos!

"Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento..."

«Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento…»

Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.

A los molinos por fin me dirigí una mañana fundente de junio, sudando la cuesta arriba y echando el bofe en el polvoriento ascenso. Hice una parada en el Pósito Real, almacén de grano del siglo XVI que ofrece una portada plateresca y unos muros de mampostería y sillar que ya no se estilan para almacenar grano ni cualquiera otra cosa. Solo esa añeja profesionalidad renacentista justifica la solidez del edificio, cuyo interior hace las veces de sala de exposiciones, aunque la estructura en madera original vale bastante más que los voluntariosos trabajos del diletantismo comarcal. Tiene, eso sí, una estancia dedicada a hallazgos arqueológicos donde se exhiben denarios de la época de Cicerón y curso legal en aquella Hispania, amén de vasijas, ánforas y hasta cuchillos de sílex de la edad de piedra. Y en otra habitación se muestra una pequeña réplica del retablo policromado de cinco cuerpos que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

-Es que se quemó en la guerra -me informa la encargada.

Hombre, hombre. Se quemó. Qué delicioso uso impersonal del verbo. Creo yo que va siendo hora de contar la historia no solo con sus predicados, sino también con sus sujetos. Lo digo porque cultivo hace años la afición de visitar iglesias de España -y de Italia cada vez que puedo-, y en todas las que fueron víctimas del comecurismo incendiario gastan ese coqueto «se quemó» folletos y letreros, guías y audioguías. Ya sabemos que no las quemó Franco, señora: puede usted decir quién fue, que no vamos a abrir un debate cainita ahora por eso. O quizá hay locos que lo siguen abriendo, yo qué sé, y por eso persiste el eufemismo.

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5 agosto, 2015 · 11:23