Archivo de la etiqueta: Genios absolutos

Noventa ‘minuti’

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Albert Einstein explicando el espíritu de Juanito.

No sabemos si Einstein era hincha del Madrid, pero podemos demostrar científicamente que el Madrid es el equipo que mejor aplica la teoría de la relatividad. Desde que Einstein vinculó la percepción temporal a la posición en el espacio, los partidos de fútbol en el Bernabéu dejaron de durar los 90 minutos reglamentarios más el descuento y se alargan lo que haga falta hasta que el equipo de casa marque un gol. O dos. Y esto ocurre no por culpa de un árbitro poco preciso, como alegan los resentidos con osadía absolutamente anticientífica, sino en función de las dos variables descritas por la ortodoxia einsteniana: velocidad y gravitación.

La dilatación por velocidad se produce cuando los jugadores del Madrid, viendo que se les escapa el partido en presencia de su afición, se ponen a correr todo lo que no habían corrido durante la hora ya transcurrida. Si eso no basta, Zidane interviene desde fuera mediante cambios de refresco que aceleren la ecuación ganadora. En cuanto a la dilatación temporal por gravitación, esta depende más del talento concreto que algunos futbolistas despliegan sobre el terreno: la fuerza gravitacional de Cristiano o Modric suele ser determinante en estos trances.

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DEBUT de mi nueva sección en La Linterna de COPE: cada viernes a las 22.15 ajustamos las cuentas políticas de la semana en El bueno, el feo y el malo

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18 septiembre, 2016 · 11:55

La eternidad de un día

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Peter Altenberg en su Café Central de Viena.

Auguramos a este libro un exitoso recorrido por las bibliotecas de los periodistas patrios, algunos de los cuales ya han saludado su publicación como un pequeño acontecimiento editorial. No deja de tratarse de una antología de artículos de periódico, pero la nómina de los autores abruma por su categoría, y los nombres menos conocidos en absoluto desmerecen la compañía de los más canónicos. Hablamos de las plumas alemanas más conspicuas de finales del XIX y principios del XX: Heinrich Heine, Karl Kraus, Joseph Roth, Stefan Zweig, Thomas Mann, Hermann Hesse, Robert Musil, Alfred Döblin o Walter Benjamin. Pero también de Alfred Polgar, Peter Altenberg o Egon Erwin Kisch: escritores que elevaron el género del folletín a una condición plenamente literaria, reuniendo la filosofía con la amenidad, el costumbrismo con la denuncia, el yo con el nosotros. La eternidad y el día: deshacer en el folio cotidiano este bello oxímoron debería ser la tarea del articulista ideal.

El género francés del feuilleton (“hojita”, “suplemento”) lo inventa el Journal des Débats cuando el 19 de febrero de 1800 adjunta a su edición un cuadernillo con noticias ligeras y críticas de espectáculos. La buena acogida de los lectores acabó provocando que los contenidos del suplemento se incorporaran a la propia edición del periódico, bien que separados por una línea en portada que marcaba la diferencia tipográfica entre el rigor de la información y las licencias del entretenimiento (siglos después internet vendría a desbaratar para siempre esta noble distinción). Desde Francia el folletín se extendió por todo el periodismo europeo, recalando con especial éxito en Alemania y en la propia España. Aquí los llamamos columnistas, pero Larra no era más que un folletinista a la francesa, y la estirpe de opinadores con vocación de estilo que de él arranca resulta, a la vista de este volumen, menos endémica de lo que pensábamos.

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2 agosto, 2016 · 20:23

PSOE: una distopía

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Einstein calculando la vida del PSOE.

Einstein no anticipó la III Guerra Mundial, pero sabía que en la IV se lucharía con palos y piedras. No sabemos quién será el causante de las terceras elecciones, pero nos tememos que a las cuartas concurrirá directamente la CEDA contra el Frente Popular, si es que no se presentan Cánovas y Sagasta o los partidarios de la Beltraneja versus los de Isabel. Tal es la infame regresión que experimenta la política en España, y en realidad en toda Europa.

No es necesario haberse tragado a un adivino para ensayar algunas conjeturas verosímiles, partiendo del hecho entrañable de que España ha vuelto a partirse en dos bloques simétricos de mutuo rechazo. Por la izquierda, el 26-J certificará el sorpasso en votos y escaños de la alianza radical-populista sobre una socialdemocracia desalentada. Esa misma noche los albaceas del naufragio agradecerán a don Sánchez los servicios prestados. Decir que Iglesias será presidente es una exageración, porque de él se exagera todo, hasta la riqueza que piensa redistribuir, cuando la especialidad de esa casa siempre fue el reparto de la ruina. El PSOE jamás votará sí a la investidura de Iglesias por repugnancia personal, incompatibilidad programática y orgullo partidista. O bien Iglesias, aun ganando, entrega al PSOE la Presidencia a cambio del poder real en la coalición, o bien el PSOE se abstiene para que Rajoy emprenda una legislatura minada. En la oposición, Susana Díaz pugnará por evitar lo inevitable, que es la escisión de las dos almas socialistas: la moderada emigrará a C’s y la nostálgica del puño en alto será bien recibida en Podemos. Con el tiempo la sigla pervivirá como fuerza regional en Andalucía, Castilla, Extremadura. Y en España quedarán tres partidos nacionales: derecha, centro e izquierda. PP, C’s y Podemos. Nunca hubo mercado para cuatro, la verdad.

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20 junio, 2016 · 11:32

Bienaventurados los fieles

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«¡Ramón, que no fue en Lepanto!»

La fidelidad al propio estilo es una norma de gran prestigio entre los aprendices de escritor, entre los trompetistas de jazz y entre los equipos de fútbol que profesan el tiquitaca. En cambio los economistas, con Keynes a la cabeza, son más partidarios de adaptar su opinión a las circunstancias; por no hablar de los profetas de la nueva política, en la que la coherencia está tan valorada como la castidad en un Erasmus. Y sin embargo en ocasiones los fieles acaban heredando el reino de los cielos, o al menos los octavos de final de la Eurocopa. Y con el liderazgo del grupo casi asegurado.

España fue idéntica a sí misma en todo menos en su frustrante unocerismo. Contra los turcos los goles les fueron dados a los españoles en pago de su sostenida ejemplaridad. Morata fue Villa al fin, vio premiado ese fútbol suyo hecho de voluntad y ángulos rectos, torpe y generoso como un pívot, agónico como un Sánchez Vicario del remate. La habilidad la pone Silva, la profundidad es cosa de Alba y Juanfran, la seguridad viene blindada por Busquets. Qué decir de Piqué, que cerró una modélica primera parte subiendo a la boca de gol. Pero es que todos estuvieron bien contra una Turquía que no era precisamente la que mancó a Cervantes, digámoslo todo.

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18 junio, 2016 · 13:12

El Prometeo negro

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Un hombre siempre se levanta.

Hace ya mucho que la muerte besó la lona, noqueado por el mito. Y hace menos que su memoria personal, destruida por el Parkinson, fue fiada a la memoria colectiva, la que alza monumentos a sus inmortales. ¿De quién es Muhammad Ali? ¿A quién pertenece su leyenda? ¿A los negros, al boxeo, al pop, a las voces de la contracultura? No hay identidad que pueda reclamarlo en exclusiva porque Ali es orgullo de una raza más amplia: la de los hombres libres.

Nunca supo el ladrón que le robó la bicicleta a los 12 años el inmenso favor que nos hizo. El fuego ya ardía en él, una rabia indefinida y cósmica que el policía que atendió su denuncia supo encauzar por el aliviadero reglamentario: un gimnasio de boxeo. Allí aprendió Clay no ya a defenderse, sino a ofender de palabra y de obra. Creció guapo e ingenioso, ordenando con criterios apolíneos cien kilos de músculo y varias toneladas de egolatría que sólo unas piernas hechas para el claqué podían desplazar con tanta gracia. Golpear y ser golpeado le parecía una ordinariez, así que perfeccionó su propio estilo: el baile ingrávido, la esquiva elástica y ese jab larguísimo que ejecutaba girando sutilmente el guante al impactar, para cortar la piel de su adversario. La lengua de la serpiente. El picotazo de la abeja cuando deja de zumbar.

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5 junio, 2016 · 13:58

El amor caníbal de D’Annunzio

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D’Annunzio, el primer narciso satánico.

Ya su nacimiento fue heroico y maldito, pues venía el niño con tres vueltas del cordón umbilical alrededor del cuello. Sobrevivió a esa y a emboscadas aún peores, la mayoría de ellas tendidas por su propia, retorcida egolatría. Triunfó en todo -en el periodismo, en la literatura, en la guerra, en el amor- y sobre todos. Conquistó la cima de la estética y paseó por las simas de la inmoralidad. La nación le concedió unánime el sobrenombre de Il Vate, y eso fue mucho antes de que Mussolini le otorgase el principado de Montevenoso después de haberle llamado, preso de admiración, «el Juan Bautista del fascismo», digno de los funerales de Estado que le organizó. Si bien el aludido, siendo diputado, prefería el sencillo título de «candidato de la belleza».

Bajito, alopécico y cargado de hombros, tuerto tras el accidente del avión que pilotaba, su voz y su palabra sobraron para domeñar a las masas como para rendir a mujeres de toda extracción, del palacio lampedusiano a la escena teatral. Con mechones de sus cabelleras -se decía- confeccionó el relleno de la almohada sobre la que reposaba todas las noches, después de beber buen vino de una copa -se decía- fabricada con el cráneo de una joven que se había suicidado por amor. Su nombre de pila era Gaetano Rapagnetta, pero el mundo lo conoció como Gabriele D’Annunzio (1863-1938). Satánica majestad, pero de veras.

De un molde entre Byron y Bonaparte, a D’Annunzio no le bastó con ser considerado el mejor poeta desde Dante: tuvo que ponerse al frente de 2.000 hombres, reconquistar Fiume a Croacia y fundar allí un estado protofascista, una especie de Síbaris o Nínive de orgías cotidianas con acentos marciales, saludos a la romana -él los recuperó- y uniformes luego imitados al por mayor. La editorial Fórcola ha publicado sus crónicas periodísticas y su correspondencia amorosa con Barbara Leoni: si, para muchos, las primeras fundan el género de la moderna crónica mundana, la segunda instituye el canon del amor fou, y quizá no ha sido superada como monumento de la literatura epistolar erótica.

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16 mayo, 2016 · 12:58

Bajad a Cervantes de ahí

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Plaza de las Cortes, 1835.

Por la exposición conmemorativa de la Biblioteca Nacional supe que Miguel de Cervantes fue el primer civil español al que se colocó encima de un pedestal, en la madrileña plaza de las Cortes. Ahí sigue desde 1835, años antes de que llegasen a custodiarle las espaldas los leones de bronce del Congreso. Que Cervantes estrenara en España la condición de hombre monumental mejora nuestro estereotipo de ingratos culturales, pero empeora decididamente a Cervantes. Es preciso bajar a don Miguel de la peana. Es preciso boicotear todos los universales simposios perpetrados en su nombre. Urge pagarle de nuevo con el trato familiar, irreverente incluso, con que los lectores del XVII respondieron a su disparatada criatura, recreada en los festejos aldeanos por puro regocijo, no para justificar una partida presupuestaria.

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23 abril, 2016 · 20:02

El Empecinado, o el orgullo del arroyo

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El héroe en el pincel de Goya.

Ganar una guerra es la manera más segura de escribir la historia, según quiere el famoso adagio. Pero pocos hombres legaron, además de su nombre al panteón de guerreros ilustres, también su apodo a la psicología popular, al mismo tiempo que su peculiar táctica de combate al vocabulario universal de la estrategia bélica. Estas tres hazañas juntas le fueran concedidas a Juan Martín Díez, el partisano que venció a Napoleón empecinándose en una guerra de guerrillas antes de despertar del sueño de libertad y toparse con Fernando VII, que traía consigo las cadenas para su pueblo y la horca para su héroe.

De niño me fascinó la vida de este guerrillero de fiero mostacho y vida trepidante, siempre entre la gloria y la condena, ese brusco vaivén tan español y tan siglo XIX. Quizá todo empezara por el libro que mi padre me regaló en mi primera Feria del Libro: Fray Perico, Calcetín y el guerrillero Martín, donde el fraile ficticio y el combatiente histórico cruzaban sus destinos en plena Guerra de la Independencia. Hubo un tiempo en que los niños no solo leían, sino que se les daba a leer cuentos sobre la historia de España y no solo magia con hormonas. De Barco de Vapor al episodio nacional que Galdós le dedicó fui saciando mi curiosidad y alimentando una púber vocación de emboscador de franceses sin reparar en que mi país ya había entrado en la OTAN, y por tanto Francia era nuestro aliado.

Le llamaban “empecinado” por el cieno o pecina que perfumaba las aguas en descomposición del riachuelo que atravesaba su pueblo natal: Castrillo de Duero, provincia de Valladolid. Me encanta el simbolismo del detalle: a uno de nuestros héroes decimonónicos más indiscutibles le recordaban cada vez que le llamaban que era hijo del fango, un paria del arroyo, pero cuando fue ascendido a mariscal firmaba “Empecinado” con el orgullo crecido. Esa raza ya no se estila.

Se conoce que un soldado gabacho violó a una del pueblo y por ahí no pasó. Tirando de amigos y familia, Juan Martín armó una cuadrilla y se echó al monte a hacer la guerra por su cuenta, como buen español. Más tarde se enrolaría en el ejército regular, pero algunas batallas perdidas le persuadieron de regresar a su método, que se reveló eficacísimo: su dominio del terreno por todo el frente castellano le permitía tender emboscadas, interceptar correos, apresar convoyes y convertir en general su nombre en una pesadilla para los mandos napoleónicos. Cuando uno de ellos atrapó a su madre para exigirle que se entregara, el hijo capturó a cien franceses y respondió que o soltaban a mamá o los fusilaba a todos allí mismo.

Lograda la victoria continuó la guerra por medios políticos, pero esa trinchera exige más fortuna que coraje. Liberal comprometido con la Pepa, partidario de Riego, gobernador de Zamora, desterrado a Portugal con la restauración absolutista, el rechazo del título nobiliario con que fueron a sobornarlo terminó de enojar a Fernando VII. Todavía camino del cadalso logró romper las esposas y arremeter contra la soldadesca realista; reducido con una maroma, el golpe de soga al cuello fue tan violento que sus alpargatas salieron despedidas.

Goya lo retrata como el héroe que fue: paleto hasta la nobleza, irreductible hasta el martirio. Empecinado.

(Publicado en La aventura de la historia, número 209, marzo de 2016)

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6 marzo, 2016 · 9:30