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El trono espera

Escenario de la coronación. Estadio da Luz, Lisboa.

Escenario de la coronación. Estadio da Luz, Lisboa.

El madridismo no aplaudirá que se haya perdido la Liga, una Liga por lo demás esquizoide y guadianesca como no se recuerda otra. El madridismo tiene derecho a estar decepcionado, pero comprenderá perfectamente que a sus jugadores, tras la hazaña de Múnich, se les fuera el santo al cielo de Lisboa siempre y cuando traigan el grial a la primera catedral de Europa, que es la sala de trofeos del Santiago Bernabéu.

Por eso el madridismo ha decidido poner en suspenso su estado de ánimo. Es químicamente imposible que en el corazón del madridista se mezclen sustancias ajenas a la ilusión oceánica de levantar la Décima. Solo hay ganas de Lisboa, planificación de viaje, deseo de Cibeles, orgullo restaurado de reyes del continente por derecho.

Todo el mundo sabe que las dudas desaparecerán en la Final. Que el Madrid es perfectamente coherente con lo mejor de su leyenda cuando se dispersa en Liga para triunfar en Champions. De hecho constituye casi una ley histórica: no fueron las últimas tres orejonas el fruto de una regularidad impecable en Liga, precisamente. Eso sucede porque el Madrid piensa obsesivamente en la Copa de Europa como el heredero en su trono usurpado, y cuando lo tiene a tiro ya se olvida de dormir y de comer, y solo quiere que llegue el día de la batalla para mostrar su verdadero poder. Como para pensar en Luis Enrique, entretanto. Así que el madridista está perfectamente tranquilo.

El Madrid, hoy, solo tiene una preocupación: recuperar el trono de Europa. Que pasen los días.

(La Lupa, Real Madrid TV, 13 de mayo de 2014)

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El fastidio de ganar la Liga

Intensidad vs. tranquilidad.

Intensidad vs. equilibrio.

Hacia 1934 corría por Berlín un chiste –aún corrían chistes– que imaginaba el Purgatorio del verborreico Goebbels como una habitación llena de altavoces pero sin micrófono, y el Purgatorio del vanidoso Goering como una habitación llena de armarios con flamantes uniformes… pero sin espejo. El Purgatorio del Real Madrid es el final de una Liga que el propio castigado se empeñó en tirar por la borda y que luego la marea le devolvía tentadoramente a la línea de boyas cercana a la orilla, invitándole a que nadara a su encuentro; pero el Madrid, en este desenlace bufo, siempre se ha metido en el agua a nadar y a guardar la ropa, hasta que en Vigo se le acabaron definitivamente las ganas de seguir braceando. El resultado es que la Liga menos cotizada de la última década, la que menos trabajo le habría costado ganar, se la ha entregado al Barça o al Atleti con arbitrariedad feudal.

Todos los hilos argumentales de Juego de Tronos se anudan en la ambición por el trono de hierro: se da por supuesto que los jefes tribales desean tanto sentarse en él que se prestarán al incesto, el asesinato, la guerra, el empalamiento, el lenguaje ditirámbico y otros sucesos execrables y vistosos que tan bien le sientan al drama. Lo shakespeariano presupone la querencia de poder: ahí no cabe el lujo intelectual del euroescéptico. ¿Qué pasaría si de pronto los clanes fueran seducidos por el ensimismamiento narciso, por la poesía erótica, por los dulces trabajos del campo y las indiscutibles ventajas del comercio? A tomar por el culo el drama, claro. Ya no habría necesidad de pelear, ni tampoco de piratear series de la HBO o partidos de fútbol.

Esta Liga no ha tenido drama ninguno porque ha sido escasamente deseada. La han tirado sucesivamente el Barça, el Atleti y el Madrid. El problema es que no la tiraron suficientemente lejos y además que, al tirarla también los competidores, el título acababa refluyendo mansamente al alcance de las manos, lo que ante la afición comportaba la tediosa obligación de disputarlo.

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11 mayo, 2014 · 23:55

A buen juez, mejor testigo

El hombre tras su utopía.

El hombre tras su utopía.

No perdió la Liga el Real contra el Valladolid sino contra el Sevilla, y la esperanza numérica facilitada por la derrota del Atleti ante el Levante se reveló finalmente el espejismo romántico del que Pucela solo fue buen juez y mejor testigo, en título de su José Zorrilla. El triplete deberá esperar a otra glaciación más blanca, pero el reto siempre fue la Décima y ahí no queremos ver un partido tan ruinoso como el que se vio en la ciudad de Soraya, khaleesi de España.

Debutaba Iker en Liga pero su flor no da como para abrirse al sol de mayo en tres competiciones. Bastará con la floración copera y la lisboeta, y aun sobrará. El mal fario se reveló pronto con la lesión de Cristiano (temor y temblor) y el concurso clown de Morata, que dirigió todas sus ocasiones al muñeco –cuando no se tropezaba– con entrañable, científica frecuencia. Ver a Cristiano desesperarse en la caseta es como calibrar la mirada de un eunuco al paso de Eva Mendes. Cuánta impotencia del Madrid y qué otra imagen esperamos en Lisboa.

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8 mayo, 2014 · 12:30

Es la intensidad, estúpidos

CR inventando un nuevo género en el gol.

CR inventando un nuevo género en el gol.

Por puro automatismo, como suele tras una ardua temporada laboral, se puso Madrid en carretera metafórica hacia el litoral más cercano para bañarse pensando que podía a la vez guardar la ropa. Pero es sabido que no se puede. Atleti contra Levante y Real contra Valencia padecieron la descompresión inoportuna del esfuerzo europeo y quizá también pensaron que la playa era suya, máxime cuando el Barça había desistido hasta oficialmente ante el Getafe, su entrenador mostrando el billete para Buenos Aires en rueda de prensa. Es la intensidad, estúpidos. Quedó una jornada como para que analice sus causas el olfato esotérico de Iker Jiménez y sus consecuencias el genio ajedrecista de Magnus Carlsen.

Ahora parece que el Valencia hizo un partidazo, pero la pura verdad es que el Madrid no salió como contra el Bayern, precisamente. Todo comenzó, con gran sentido anticipatorio, con un minuto de silencio muy llorado por Carvajal, de los pocos que se salvan en el partido del Madrid. El minuto de silencio va siendo ya tan reglamentario como la comprobación arbitral de las redes, y no nos parece mal añadir alguna gravedad a un juego a veces tan tonto. En la alineación brilló también Varane, devolviéndonos esa inteligencia atrás, esa sobria eficacia que nos enamoró, hasta que estropeó el amor en el primer gol. El famoso equilibrio encontró serios contrapesos en Marcelo, Illarra, Isco y Di María. Cuatro jugadores, cuatro –salvo el vasquito, del que todavía se espera la justificación de su fichaje y al que desde ayer ya se piensa acaso en colocar al Eíbar; como para ser titular de la Décima–, ya testados dermatológicamente que sin embargo anoche resultaron tóxicos al contacto con el sueño del triplete, que se ponía a tiro. Arriba, la BBC; en principio nada podía salir mal en el Bernabéu.

De pronto, casi sin quererlo, Cristiano hizo una pared cantada con Bale y se plantó solo ante Diego Alves: tiró al muñeco. Aquella jugada resumió el partido. Cristiano tirando y Alves repeliendo con una indefectibilidad como de videojuego de los noventa. Fue el día de dos guardametas que no necesitan el título de mejor-portero-de-nada para serlo con descaro: Keylor Navas y Diego Alves. Vio el Madrid de todos modos que llegaba con parsimoniosa facilidad al área y decidió que el gol vendría por añadidura, como el diezmo del señor. Llegaba la BBC ante Alves como las olas blandas de la Malvarrosa, sin furia y sin sorpresa, y allí no mojaba nadie. Solo Bale parecía realmente interesado en abrir el marcador; hubo un momento en que se obsesionó con el tacón y se puso a regatear de tacón como si lo fueran a prohibir. Provocó primero un córner que Ramos remató alto, avisando de lo que llegaría, y después desde la pura línea lanzó una pedrada a la frente de Karim, que tampoco es Goliath. A los 8 minutos Cristiano había gozado de tres ocasiones. El partido parecía de pretemporada, que es lo más parecido a la postemporada esta de relajo prematuro y pescao vendido.

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5 mayo, 2014 · 11:55

La gloria de Xabi Alonso

La última prueba del heroísmo siempre es el sacrificio.

La última prueba del heroísmo siempre es el sacrificio.

La épica de nuestro tiempo se llama Liga de Campeones. La creó el Real Madrid para que a todos los pueblos llegara la noticia de su grandeza, y se preocupó de regar la leyenda con el polvo cósmico de nueve noches triunfales. Con ese polvo de estrellas se labra luego la plata maciza de la orejona. De la última de ellas, sin embargo, hacía ya demasiado tiempo y el mundo corría el peligro de olvidar a su rey.

Doce largos años llevaba el eco de la historia esquivando al Real Madrid. Para salir de tan amarga travesía se necesitaba una acción heroica, a la altura de su destino legendario: se necesitaba nada menos que arrasar Germania. Encararse con la bestia negra y torearla en buena lid. Y lo hizo este Madrid de don Carlo Ancelotti en el año del Señor de 2014, primero contra el Schalke, luego contra el Borussia y para finalizar, postre de dioses, el Bayern de Guardiola reducido a escombro y humillación.

El Madrid, sin necesidad de filosofías genialoides, consumó la gesta con una idea tan antigua como difícil: los atacantes defienden, los defensores atacan. El Madrid se comportó como un grupo tan compacto y solidario que se hace imposible destacar aportaciones individuales. Podríamos cantar el poderío de Ramos, el sacrificio de Bale, la movilidad de Modric, la solidez de Pepe, el récord sobrenatural de Cristiano Ronaldo. Cada uno de ellos merecería su propia Lupa.

Pero en el día después de la batalla, cuando preparamos con ilusión incontenible el viaje a Lisboa, queremos fijarnos en el hombre que no podrá jugar esa final soñada. Sabía Xabi Alonso que estaba apercibido, pero se marchaba Bastian Schweinsteiger y el vasco fue al suelo como van los hombres. La falta no estaba en su intención, pues encogió la pierna, sino en la inercia de un césped regado y en el efecto colateral de su coraje, el mismo que se requiere para vencer. Enseguida se tapó la cara con las manos: sabía que el árbitro no se la pasaría. Él ya ganó una final de Champions, con gol incluido, pero quizá ningún otro jugador del Madrid ha ayudado tanto a Ancelotti a construir este Madrid ganador. “Me debía una Champions”, dijo de Alonso el entrenador italiano cuando llegó a Madrid, recordando la remontada histórica del Liverpool frente a su Milan.

Pues bien: Xabi ha cumplido. Su esfuerzo ha llevado al Madrid hasta la orilla de la Décima, y él mismo se ha quedado en ella, castigado injustamente. Pero no nos fijemos en el rigor del árbitro ni en la estupidez de la norma, sino en la pura verdad de que, si se toca la gloria, a las manos de Xabi corresponderá uno de los pedazos más grandes. Los héroes no siempre están en la última foto: donde tienen que estar es en todas las anteriores.

(La Lupa, Real Madrid TV, 30 de abril de 2014)

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Roma vincit

El centauro de Camas.

El centauro de Camas.

En el año 2767 desde la fundación de Roma, que equivale al 2014 del calendario gregoriano, el capricho de los dioses encomendó al Real Madrid la ardua misión de arrasar Germania. Debía vencer donde la historia le había humillado. Eliminar a los esquivos mineros del Schalke, a los jóvenes orgullosos de Dortmund. Y en una noche primaveral del mes cuarto, con todos los elementos en contra, la horda bárbara perfectamente alineada, la mofa de los conspiradores ya secándose en amarillento pergamino a la espera de ser difundida, el equipo blanco llevó a término su misión reduciendo a escombros los cimientos de Baviera, con ayuda de Marte, guiado por la cegadora astucia de Carlo Ancelotti, fecundo en ardides, y los poderosos muslos de un hispano y un lusitano, de tremolantes penachos, queridos por los dioses.

No hay palabras en la ancha paleta de las musas para describir la gloria de los vencedores ni el pesar de los vencidos, en especial el pesar de su primus inter pares: Pep Guardiola, de torva mirada y lengua silbante. La batalla comenzó como se esperaba, pero terminó antes de tiempo. El esquema de Ancelotti era tan previsible como eficaz: 4-4-2 en defensa que se desplegaba en fulminante 4-3-3 cuando el Madrid robaba y lanzaba el ataque. La principal novedad la representaba el trabajo defensivo de Bale, que corría hacia atrás sin reparo para ayudar a Carvajal a secar a Ribery, interpretando a la perfección el plan del mando: los atacantes defienden, los defensores atacan. Nada más y nada menos bordó el Madrid en una primera parte homérica que obró el milagro de un ninguneo histórico al Bayern en su campo.

Sabemos que, llegados hasta aquí, sin Décima no habrá paraíso ni memoria. Pero valdría la pena recordar siempre el modo en que el Real Madrid de Carlo Ancelotti se ensañó con la potencia muniquesa del filósofo Guardiola, cuyo dogma de la santa posesión queda tan seriamente revisado en Europa como el geocentrismo. Veremos si no es Beckenbauer el primero en prender la tea del sacrificio expiatorio, la quema del heresiarca.

El Bayern no tejió su rondo como en la ida. El partido nació a brincos, a cabezazos, a desconexiones nerviosas. Carlo y Pep ya estaban de pie en el minuto dos para tratar de atajar semejante espectáculo, tan indigno de una legión romana como de una horda bárbara con estudios. Enseguida Di María quiso emular la de Coentrao en el Bernabéu y sacó un centro desde la banda al que esta vez no llegó Karim. Bale voleó luego muy alto un rechace de Neuer que anunciaba cosas raras, inversiones de hegemonía, fallas paradigmáticas: un gol en Múnich. Y el gol no tardó, pasados unos rifirrafes pueriles entre Ribery, Carvajal y Pepe que evidenciaban tanta ansiedad alemana como picaresca madridista. Recupera el Madrid, Cristiano toca de espuela, Benzema controla en la frontal, se la roban y es córner. Modric al lanzamiento. Coloca el balón en la curva fantasmal donde se aparecen los muertos. Y ahí estaba Ramos, agazapado. Se elevó con toda su raza, aplicando lo ensayado ante Osasuna, y la puso tan lejos de Neuer que todo pareció hecho. El sagitario de Camas inauguraba su noche colonial, insomnio de los niños bávaros que soñarán con la criatura mitológica que hundía imperios a cabezazos.

Los alemanes acusaron el golpe. Empezaron a pegar. Plantillazo escalofriante a Cristiano de Dante (faltaban Virgilio y Beatriz), signo elocuente de frustración. Ni siquiera tuvieron tiempo de hacer muchas más faltas. Di María cuelga otra falta al área y Ramos avanza el rostro con determinación caníbal. Segundo gol. El relincho del centauro apaga las gargantas. ¿No era este el que tiró aquel penalti hace dos años? Sí era, sí.

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30 abril, 2014 · 1:47

Maniobras militares

Mortero a punto.

Mortero a punto.

La parsimonia también gana y tenemos ejemplos vivos en Moncloa. El Madrid apalizó al Osasuna sin conceder un solo gol en contra, sin conceder un solo minuto de la certidumbre de sufrimiento que le espera en Múnich, sin conceder tampoco otra vibración al público que los misiles y los cabezazos de sus atletas. De Cristiano, que volvió a afrentar al fútbol con dos tomahawks escasos de rondo desde el pico del área: uno parabólico y curvo como hojarasca macondiana, otro hermosamente lineal y directo, el hachazo invisible y homicida que deja a los pájaros cantando.

A Cristiano se le descifra tan bien la ansiedad después de un error –el error ante Neuer– que sabíamos que no dejaría tranquilo ni al balón ni a sus compañeros hasta que satisficiera su propio desagravio. De paso, se daba el gustazo de contradecir a los médicos, que siempre creen saberlo todo. Como si el cuerpo de CR pudiera figurar vulgarmente en la Lección de anatomía de Rembrandt y no, como le corresponde, en el área ufológica 51 de la CIA, desierto de México. Esos latigazos no los puede soltar una pierna netamente humana, y mucho menos convaleciente.

El Madrid afluía balones a Cristiano para calmarle, y este monopolizaba el fútbol de ataque (por allí se movía la voluntad china de Morata, y hasta la compostura universitaria de Nacho) bien asistido por Isco y Xabi, a veces doblado por Marcelo, que ha visto a su vez cómo Coentrao le doblaba en la carrera por los partidos cruciales: triunfo de la disciplina militar sobre su fútbol de capoeira. El Osasuna no se sentía con ánimo de presionar, de forzar alguna marcha más del partido, y parecía conformarse con su destino colocando dócilmente la cabeza en el taco de su verdugo. Por cierto que cuando buscas decapitación en Wikipedia, tropiezas con la maravillosa exactitud de esta frase: “No existe un tratamiento médico conocido para salvar a un paciente decapitado”. Sic.

Los pases del Madrid en campo contrario parecían el abanico de lady Butterfly. Muñeca suave y nívea, cadencia desacelerada. El partido se fue al descanso con 1-0, pero el Bernabéu entendía que no era jornada para exigir tempestades. Fue, eso sí, día para despedir a Tito con señorío verdadero y para adivinar en los ausentes la alineación de perforadores lunares para el Armageddon bávaro.

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27 abril, 2014 · 16:01

Como un solo hombre

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

Carlo mira a Pep sin dejar de mascar chicle.

¡Ay Guardiola, mira que si te echa el Madrid de la Champions en tu primer año al frente del Bayern todopoderoso, que venía al Bernabéu no ya con la vitola de favorito, sino casi con la compasión en los labios por el destrozo que pretendías causar! Parecía que el estadio quedaría arrasado tras el partido y que Florentino tendría que anticipar su reconstrucción para el jueves por la mañana. Todo el florido antimadridismo del país cuchicheaba prematuramente la paliza, contaba el saco de goles que iban a encajar los de Ancelotti, ese italiano con suerte –decían- que nunca podrá compararse al genio filosófico de Pep.

Y sin embargo el filósofo perdió toda su flema a medida que las coreografías alemanas chocaban contra la solidez defensiva del Madrid. Y cuando en la segunda parte, comandados por un imperial Xabi Alonso, los blancos subieron líneas y robaron la posesión al mismo equipo que había hecho bandera de ella, el impecable Guardiola se transfiguró en el Mono Burgos. Cualquiera se hubiera atrevido a acercarle una botella de agua.

Ancelotti venció a Guardiola y el Madrid ganó al Bayern con el increíble mérito añadido de una alineación diezmada por las bajas, con Cristiano y Bale convalecientes. Sin el concurso idóneo de sus dos mayores estrellas, el Madrid tuvo que ser más solidario que nunca, más abnegado en la presión, más atento a las ayudas. Pepe y Ramos ganaron todos los balones aéreos, de tal manera que los córners del Bayern dejaban de representar una amenaza. Carvajal y un homérico Fabio Coentrao, auxiliados en la cobertura por Di María e Isco, taparon todos los accesos a Robben y Ribery, que se fueron frustrados del partido. Benzema dio otro recital de juego de espaldas entre los centrales bávaros, y cuando tuvo que ser un nueve lo fue con un gol de relojería que puede valer una final. El sacrificio colectivo desactivó al campeón de Europa, que aún salió vivo de Madrid, pues Di María y Cristiano perdonaron dos ocasiones de una claridad que el Bayern no soñó en todo el encuentro. Y en la mejor que tuvo apareció Casillas, como requiere la épica.

No hay nada hecho todavía. Alemania será un infierno. Pero nadie le quitará al madridismo la noche en que se comportaron como un solo hombre para derrotar al todopoderoso Bayern de Pep Guardiola.

(La Lupa, Real Madrid TV, 24 de abril de 2014)

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