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Mi querida España

El salmantino de la triste figura.

El salmantino de la triste figura.

Se puede caer con más dignidad, pero no con menos autocrítica. España terminó su ciclo triunfal con una aparatosidad torera, concluyente, y así como pasó de la leyenda negra a la rosa sin matices, anoche volvió de golpe a pintarse el blasón de hollín, de manera que solo la proclamación del rey Felipe proporciona hoy un motivo de exhibición a la rojigualda. Esta brusquedad nuestra, idiosincrásica, se explica por la inexistencia de la autocrítica, por la sobreabundancia de la adulación, por la secular victoria del amiguismo sobre la meritocracia, por la obsesión hegeliana con la Idea Innegociable de Nuestro Juego, por la hipoteca del estatus en detrimento de la calidad. Vicente del Bosque, caballero de la triste figura en Maracaná para los restos, no quiso negociar con la realidad como Alonso Quijano no quiso hacerlo con los molinos. Pero al final siguen siendo molinos. Y La Roja se ha estrellado contra ellos: el peor Mundial de su historia en números redondos.

Lo dijo el papa Francisco: “La única diferencia entre el protocolo y el terrorismo es que con el terrorismo se puede negociar”. Pero en La Roja, como en todo, ha durado más el protocolo que la grandeza a la que sirve, y aunque pequeñas voces tildadas de radicales señalaban que el rey iba desnudo desde la final de la Confederaciones, nadie estaba dispuesto a renunciar al dulce protocolo de la estrellita pectoral ni a reconocer que Xavi, Casillas, Piqué, Alonso y compañía ya no son amadises sino hidalgos avejentados. Gloria a ellos por lo que dieron. Y oprobio también por su final, porque pudo evitarse la humillación, el astillamiento de lanzas, el revolcón de caballos, las carcajadas inmisericordes del planeta fútbol.

Chile se desató sobre España como el tsunami de Lo Imposible, que arrasó Lo Innegociable. La diferencia es que el ingenioso hidalgo acababa recobrando la cordura en el lecho de muerte, mientras que el campechano marqués declaró tras la debacle: “Hoy el equipo ha demostrado carácter”. ¡Ah, qué poca cosa es el carácter cuando se trata de marcar goles! En fin. Corramos un pudoroso velo sobre un espectáculo siempre terrible: el de la pérdida del sentido de la realidad.

La alineación de Javi Martínez y Pedrito parecía atender una petición general, pero ni de lejos fue suficiente. En la primera que tuvo Costa, lento como un burócrata, ya se vio que persistía su crisis de identidad. Tras el Mundial que ha hecho tendrá muy difícil explicar que en realidad no ha jugado para Brasil. Alonso estuvo nefasto, gerontocrático. Da su patapúm y a ver qué pasa, pero ahora ya no pasa nada: o al muñeco o al anfiteatro, o a Costa, que es lo mismo. De una pérdida de balón del tolosarra nació la contra fulminante de los chilenos, que en dos pases de genio malvado dejaron a Vargas ante Casillas, que hoy por hoy es poner a Robin Hood ante el arco iris. Gol. Y es que la última caridad de San Iker es aumentar la ficha de los delanteros que le encaran. El dios de la amargura lloró sobre el estudio de Mediaset: allí nadie podía creerse lo evidente.

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19 junio, 2014 · 11:11

España bien vale un partido

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades compatibles. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades excluyentes. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

«La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos»: la puntería de este aserto de Eric Hobsbawm puede probarse perfectamente en el campo de pruebas del fútbol español, teatro de identidades siempre en conflicto que ha analizado con académico rigor Alejandro Quiroga Fernández de Soto, profesor en Newcastle y Alcalá de Henares y autor de varios trabajos sobre historia contemporánea de España.

Mucho ha tardado la investigación universitaria en elevar el fútbol a categoría de estudio serio. De hecho, este es el primer ejemplo acabado que conozco, muy alejado del tono banderizo, informal, adocenado y agotador que caracteriza este boom editorial de libros de fútbol que estamos viviendo a rebufo comercial del Mundial de Brasil. Pero lo cierto es que el fútbol constituye una manifestación sociológica de primerísimo orden, tan significativa de nuestro tiempo como la moda o el cine; es quizá la mayor industria de ocio y consumo del planeta, en ascenso constante desde los años veinte del siglo pasado; y es también un poderosísimo canal de propaganda masiva y de construcción nacional. La anomalía era no haberlo estudiado antes. Como dice el autor, «a través de los comentarios futbolísticos, los medios de comunicación han reescrito en los últimos años las narrativas sobre la identidad española». Lo que es España y sus pedazos, o lo que creen ser, o lo que aspiran a ser y no son: todo ello ha quedado en las hemerotecas, retratado en el discurso deportivo que bajo distintos regímenes ha formado y deformado a los españoles, deseosos de identificarse con once personas cuyos nombres conocen y cuyo triunfo o fracaso sienten como historia viva y símbolo propio.

Mediante un escrupuloso rastreo de materiales eminentemente periodísticos, el profesor Quiroga va componiendo el retablo evolutivo de la identidad española desde el origen de la selección nacional de fútbol hasta su brillante presente, pasando por sus tribulaciones legendarias. Hablar de fútbol es una forma de hablar del estado de la nación, en España y en el mundo, e incluso quizá sea la forma más directa de hacerlo en este país atravesado de complejos y suficiencias históricas que, cuando no se exalta, se odia, y viceversa, o a la vez. Así, asistimos primero a lo que el autor denomina «la narrativa de la furia y el fracaso» que a todo aficionado no demasiado joven le resultará familiar: esa ambivalencia apasionada y fulminante que llevaba a los medios, del nodo a El País, a celebrar una épica clasificación para cuartos de final y a deplorar unos días después la enésima eliminación vergonzosa e inevitable. Este estereotipo idiosincrásico que bascula del coraje a la fatalidad dominó el relato del periodismo español –y hasta el extranjero, que se ha mecido cómodo durante décadas en el tópico de la furia roja y el quijotismo individualista de los españoles– durante todo el siglo XX, y solo cedió ante la creciente sofisticación del juego del equipo nacional a principios del siglo XXI, culminada con el ciclo triunfal de 2008 a 2012: dos Eurocopas y un Mundial.

El libro repasa los pocos pero resonantes hitos de que pudo aprovecharse la propaganda franquista para explotar su idea retórica de una España corajuda y heroica, cuya hazaña fundacional fue la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, gesta que la selección española celebró por las calles de Irún, Bilbao y San Sebastián con inequívoca adhesión local. Más tarde, de hecho, el franquismo aplaudiría el coraje ancestralmente vinculado a la raza vasca como quintaesencia de la «furia española». Esos pocos hitos gloriosos fueron el gol de Zarra en Maracaná en 1950, que dio a la selección su primer paso a semifinales de un Mundial y que motivó un telegrama caluroso de Franco por haber vencido a la Pérfida Albión; el triunfo en la Eurocopa de 1964 nada menos que contra la Unión Soviética, con todo el Bernabéu dando vivas al Caudillo y el nodo vendiendo la gesta como la consabida cruzada anticomunista; o el pírrico pero emotivo 12-1 contra Malta, que no era más que un partido de repesca, pero que sirvió para actualizar el mito de la furia española entre los andares titubeantes de la naciente democracia. A su vez, se evocan como mojones inolvidables del fatalismo nacional la cantada de Arconada ante Francia en 1984, el codazo impune de Tassotti a Luis Enrique en 1994 o el robo arbitral en el Mundial de Corea de 2002, entre tantos otros.

El autor acierta a desmontar con datos algunos mitos persistentes, como el pretendido madridismo de Franco, quien en realidad explotaba propagandísticamente lo mismo las Copas de Europa del Madrid que los triunfos de Bahamontes, Ángel Nieto, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa. Lo mismo, apunta bien Quiroga, hizo luego la democracia, con Zapatero fotografiándose con «La Roja» en La Moncloa y prometiendo un ministerio de Deportes, o Rajoy acudiendo a Gdansk al debut de España en la Eurocopa de 2012 horas después de anunciar el rescate financiero del país. Especial interés revisten los capítulos que analizan los conflictos identitarios asociados al fútbol en Cataluña y el País Vasco, vehiculados a través de dos clubes que se pretenden más que clubes y lo consiguen: el Barça y el Athletic de Bilbao, el único equipo del mundo que todavía alinea únicamente a jugadores vascos o criados en clubes vascos, apelando a un anacrónico «etnorromanticismo», dice el autor, que quizás hubiera que llamar racismo a secas.

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17 junio, 2014 · 13:38

¿Pero hay algo más importante que hablar de fútbol?

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Chencho Arias y José Luis Garci publican sendos libros futboleros, género en boga en su caso enriquecido por una memoria prodigiosa y una elegancia indesmayable. LEER habló con ellos a escasos días de la final de Lisboa y a tres semanas del Mundial de Brasil, la reválida de un ciclo legendario para el fútbol español… y para sus cronistas.

Todo español es un seleccionador nacional de fútbol que no cobra por su pasión, salvo que sea el barman de una tasca con canal de pago. Si un diplomático o un cineasta, haciendo memoria de su españolísima afición, encuentran que han dedicado al fútbol mucha más energía que a la política internacional o al montaje de un argumento, nunca se les ocurrirá pensar que aquella fue energía derrochada. Piensan, de hecho, que viendo Mundiales emplearon las horas más productivas de su vida. En calidad de seleccionador nacional yo también he quedado a gastar tiempo hablando de fútbol con dos de los mejores seleccionadores del país, Chencho Arias y José Luis Garci, que acaban de sacar libro futbolero al abrigo editorial del Campeonato del Mundo Brasil 2014, de próximo estallido.

Mis Mundiales. Del gol de Zarra al triunfo de la Roja es el título de la obra de Chencho Arias, hincha del Murcia por oriundez a quien Di Stéfano convirtió al madridismo, y nos lo explicamos perfectamente. “No ha habido otro como él. ¿Maradona? Sí, tuvo cuatro años en los que fue incomparable, pero Di Stéfano tuvo 13”. “Si aceptamos que el fútbol forma parte del arte –interviene Garci, cuya facundia brinca alegremente del balón al ring, y del New Jornalism al cine negro–, Pelé equivale a El Quijote, la gran obra maestra; pero Di Stéfano sería el Shakespeare de este deporte: un demiurgo total, que jugaba de todo y en todas partes: era fútbol all seasions”. ¿Y Cruyff? “Fue mejor entrenador que jugador”, sentencia el cineasta.

Le pregunto a Garci por el nombre de su libro. Foot-ball days y otras taquicardias pop, me escribe en la libreta. Declaración de intenciones de quien es quizá el mayor mitómano de España, alguien que literalmente no distingue entre un padre y John Ford. Garci cubrió para ABC el Mundial de Estados Unidos en 1994, viajando de Dallas a Chicago y de la crónica deportiva a la evocación gangsteril sin solución de continuidad. El director de cine desdoblado en cronista ofrece aquí páginas inéditas de aquella cobertura, pero no ha tratado tanto de contribuir a la historiografía futbolística como de componer, sobre la base de aquellas notas de viaje, un dietario personal, planiano, en el que funde con entusiasmo la experiencia recreada con la nota histórica y el apunte cultural. Garci es un gran conversador cuyo infinito anecdotario se dispara en presencia de un interlocutor inclinado como él a la confusión cabal entre naturaleza y cultura, costumbrismo y ficción, noticia y mito. Su buen amigo David Gistau revela en el prólogo que el autor, cuando escribe sobre fútbol, en realidad escribe sobre la amistad. Esa que desde su primera infancia labra el español en la vivencia compartida de los grandes partidos.

Garrincha, o la clase.

Garrincha, o la clase.

La memoria de Chencho Arias es igual de prodigiosa. Entre ambos completan alineaciones arqueológicas que avergonzarían a cualquier tertuliano autoproclamado experto en fútbol. La perspectiva de Chencho incorpora la dimensión política, de modo que el lector descubre que el fútbol no solo es un fenómeno de masas sino también –y por lo mismo– de élites. “Recuerdo que estando yo destinado en Brasil, el presidente João Goulart reunió a la Canarinha y les dijo que la moral de todo el país estaba en sus manos. Ahí me di cuenta de hasta qué punto el circenses es a veces más importante que el panem”. “Eso fue en Chile 1962, el Mundial del golazo injustamente anulado de Adelardo contra Brasil”, apostilla Garci, revelando su alma colchonera –y del Sporting– en la reivindicación del gran mediocampista atlético. Aquella Copa sería efectivamente para Brasil, en donde jugaba un tal Garrincha. Le pregunto a Chencho por la protesta popular que se recrudece en Brasil conforme se acerca el Mundial y que acusa al Gobierno brasileño de gastar en estadios lo que ha recortado de prestaciones sociales. “Es preocupante pero a la vez revelador. Por primera vez en la historia de Brasil, el fútbol no lo tapa todo”.

El tiempo concertado para la entrevista vuela a lomos de nombres de leyenda. “Eusebio era como Cristiano pero encarando siempre. Porque Cristiano a veces se escaquea, eh. ¡Y Puskas! Puskas metía más goles a medida que cumplía años. De diez tiros, nueve iban a puerta y cinco eran gol”. La conversación fluye suavemente hacia la nostalgia. Repasan a otros grandes jugadores y recuerdan los tiempos en que un intelectual no podía aficionarse al fútbol so pena de descrédito inmediato; los tiempos en que la prensa deportiva estaba excelentemente escrita y el Marca de Jaime Campmany, Antonio Valencia, Fernando Vadillo o Manuel Alcántara dejaba en revistilla de trazo grueso a L’ Equipe y rivalizaba en calidad de página, asegura Garci, con Ínsula, órgano literario de la progresía. “La intelligentzia despreciaba el fútbol por reaccionario y franquista. Pero en eso el Partido Comunista se equivocaba, porque el fútbol es precisamente el lugar donde el obrero se iguala al empresario y al político. No hay clases en un estadio”, explica el director de El crack.

Para Chencho Arias, ese desprecio del fútbol vigente durante décadas en las filas de la izquierda proviene de la utilización propagandística que del deporte había hecho el fascismo, pero todo apunta a que el fascismo más bien se servía de cualquier cosa para su propaganda, fuera el fútbol, la ópera o el cine documental. “Luego está esa bobada de que Franco era madridista. Franco no entendía mucho de fútbol, pero su jugador favorito era Samitier, centrocampista del Barça”, cuenta Chencho­. “Una vez fue el Barça a El Pardo para entregarle la insignia del club al Caudillo. Franco, al recibir a la delegación culé, buscó con la mirada a Samitier, que no había podido venir, y exclamó: “¡Pero dónde está Sami!”. A esta tarea de desmitificación del pedigrí antifranquista en ciertos clubes se suma Garci: “Cuando el Athletic encadenaba Copas del Generalísimo, y Gainza subía al palco a recoger la copa de manos de Franco, el general le decía amistosamente: “¡Hasta el año que viene, Piru! Y todo el estadio vitoreó a Franco en el 64 cuando España gana la Eurocopa a la URSS, con quien iba secretamente todo el estamento intelectual del país”.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Pero Chencho Arias y José Luis Garci no se dejan embaucar por el romanticismo del tiempo pasado. Les gusta demasiado el fútbol, y el fútbol es ante todo una afirmación del instante. Al introducir la cuestión candente, la decadencia intuida de La Roja –“Nunca la hemos llamado así; siempre fue la Selección”–, Chencho coincide conmigo en que España vive un momento crepuscular, pero Garci apuesta todo su dinero a que los chicos de Del Bosque se vuelven a traer la Copa a casa. “Creo que Del Bosque debería mantener el sistema de tiquitaca retocando algunos puestos, incluyendo a Coke por Xavi, que para mí ha sido el mejor medio ofensivo español desde Gento. La baja de Puyol también puede notarse y Xabi Alonso está justo. Pero Juanfran, Jordi Alba, Silva, Cazorla, Diego Costa… son relevos de garantías. Y Casillas en la portería”. Chencho confía en la laureada capacidad de Del Bosque para crear ambientes propicios en el vestuario. Y cuestionan a los rivales: que Brasil juega a la contra, que Argentina depende del capricho de Messi, que Alemania ya no da tanto miedo, que si acaso la Bélgica de Courtois y Hazard y el Chile de Vidal van de tapados…

La ventosa mañana pasa, pero ellos no han venido a hablar de su libro sino de fútbol. Algo –como sabía Bill Shankly­– mucho más importante que una mera cuestión de vida o muerte.

(Revista Leer, número 253, Junio 2014)

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Respeto en el velatorio

Ponte de rodillas.

Ponte de rodillas.

“Aquí no vamos a tener ese debate”, advertía Carreño, comisario de una ortodoxia acorralada. Porque la crítica se impone a raudales y desborda los venales márgenes del gañote mediático, del entrañable forofo de granito, del camachismo aferrado al clavo de la tautología ardiendo: “¡España es nuestra Selección!”, clamaba don José Antonio en el minuto 88. Ahora habrá un gato tiñoso maullando de tristeza en el bombo rajado de Manolo.

España, aquel equipazo. Cuánto le debemos. Ni una traición a su memoria gloriosa. A las duras y a las maduras. Y otros argumentos de tapa de rabas que ignoran que en el fútbol, como en el periodismo, vale uno exactamente lo que vale su último partido o su último artículo. El fútbol es el puro presente, y el presente de La Roja es tan patético, ha sido tal la real desnudez exhibida contra Holanda que ciertamente solo podemos hablar de este grupo de futbolistas desde ese respeto que reclamaba aterrado Telecinco: el respeto exacto que se guarda en un velatorio ante un cadáver todavía tibio.

Pero no pasa nada, e incluso aún es posible que lleguemos a cuartos, como antaño. Don Vicente lo tuvo claro. Veía acercarse Brasil y veía alejarse la juventud de sus muchachos y veía acercarse a don Louis Van Gaal, siempre positivo, siempre inteligente, escondiendo en el puño de la mano el tornillo que sujetaba la carpa del tiquitaca español. Pero don Vicente, como buen marqués, apostó por conservar y no por progresar, y vino a Brasil a triunfar o morir con los suyos, hermosa hidalguía. ¡Que inventen ellos!

Por toda novedad, un nueve verdadero que era Diego Costa, faro de costa para novedosos pases en largo a la espalda de la defensa del Feyenoord. Lo malo de Costa es que de faro tiene la fijeza pero también el cemento, y tarda en armar la pierna lo mismo más o menos que se tarda en subir a la Torre de Hércules, por citar el faro más viejo de España. Es cierto que superó el minuto ocho, para cabreo de Simeone, pero también que perdonó cuando aún había espacio para la inclemencia. Como vio que tratando de marcar como nueve cierto no lo hacía, lo intentó por lo falso y le salió: penalti bien simulado y gol de Xabi Alonso. La solicitud arbitral en estos trances también es consecuencia de la estrella pectoral, oiga. Y al menos no era japonés. Mediaset al completo vio penal indubitable, claro. Antes había declarado un déjà vu en un rechace de Iker a tiro de Sneijder. Esta precipitación en la analogía que trae la simpleza siempre acaba produciendo monstruos.

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14 junio, 2014 · 1:56

Los cuatro predicados del madridismo

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose de forma inexorable al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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12 junio, 2014 · 14:16

Sin perdón

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Esta vez no vamos a pedir perdón por ser el mejor equipo del mundo. Por haberlo sido y por seguir siéndolo. No vamos a pedir perdón por ganar la Copa de Europa por décima vez, ni tampoco por haber aumentado el tamaño ya desproporcionado de nuestra gloria a costa de las esperanzas del Atleti.

Por una vez nos vais a perdonar si no pedimos perdón por generar millones de euros con una marca planetaria, al mismo ritmo que nacen nuevos aficionados por todo el mundo, sin que el club deje de pertenecer a los socios. Ni vamos a compadecer a nuestros rivales porque sean peores que nosotros.

Tenéis que entender que esta vez no queramos pedir perdón por las brazos al aire de Florentino en el gol de Ramos a centímetros de la cara de Villar, ni por la carrera de Xabi Alonso tras el gol de Bale, ni por el torso de mármol de Cristiano Ronaldo tras el suyo, ni porque Ancelotti sea tan querido por sus jugadores, ni porque nuestro joven vestuario evidenciara una unidad como no se recuerda hace años.

No vamos a pedir perdón tampoco por haber fomentado la abstención en las elecciones europeas con nuestra absorbente hazaña, porque a una Europa decadente quizá el Real Madrid sea la única épica que le queda. Tampoco nos arrepentimos de haber fundado la Champions con el aristocrático deber de retenerla en Chamartín cada primavera.

No pediremos perdón, perdonadnos, por aspirar desde ya mismo a ganar la Undécima. Por querer ganarlo todo cada año y por llevar la exigencia a niveles inasumibles por la mediocridad ambiental que empatiza con el derrotado para disculparse a sí misma.

Nos vais a perdonar, pero hemos ganado la Décima y somos los mejores. Lo sentimos de corazón.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de mayo de 2014)

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Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

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25 mayo, 2014 · 1:49

Solo existe Lisboa

Continuará.

Continuará.

La Liga que buscaba desesperadamente a un dueño acabó encontrándolo por la mínima en la última jornada. Y hay que felicitar al campeón. Ocurre sin embargo que el campeón de Liga se enfrenta al Real Madrid este sábado en una final de Copa de Europa. Y ese es un trono que sí tiene dueño: aquel que se sentó sobre él más veces que nadie. Nueve, en concreto.

El Real Madrid espera la batalla de Lisboa a solas con su historia viva y su leyenda en marcha, con el recuerdo de doce años de tentativa frustrada, con el estímulo de las dinastías que regresan al escenario épico donde se coronaron. Y piensa en el rival mucho menos de lo que creen los medios especializados, porque a estas alturas el Madrid solo tiene un enemigo verdaderamente peligroso, que es él mismo.

El equipo debe salir al Estadio da Luz con el alma pintada de guerra, decidido a convertir cada minuto en una definición de competitividad. La afición, que espera hace mucho un partido así, no espera del pabellón blanco otra altura que la máxima, la cima, la cúpula europea.

Para escalar allí, habrá que vencer a un campeón reciente de conocido coraje. Importa menos la táctica que la frialdad de la mente y la temperatura del corazón. No nos interesa cómo se gane la Décima: nos interesa que se gane. Con ocupación territorial, con bombardeo aéreo, con caballería ligera o con honderos entusiastas. Da igual.

Frotaos los ojos. Sí: al fin ha ocurrido. Ya está aquí. Adelante.

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