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Keep calm and Real Madrid

Benzema, James y un portero batido.

Benzema, James y un portero batido.

El Real Madrid debutó en la competición de la que es dueño y señor metiéndole cinco goles al Basilea. Algunos titulares sin embargo ya estaban escritos y daba mucha pereza cambiarlos, así que tras la paliza se prefirió hablar de que el Basilea es una banda que está en la Champions al parecer por capricho personal de la Eurocámara. El día que solo ganemos de dos goles habrá que convocar elecciones, supongo.

La pura verdad es que el equipo ha comenzado la Liga de Campeones como el año pasado, es decir, dando espectáculo, y ya sabemos en qué gloriosa cima lisboeta acabó la temporada. Por supuesto se puede mejorar, juntar líneas y aumentar la concentración, pero la noticia, tristemente para el club de conspiradores de la guadaña prematura, es que el Madrid exhibió ante su público algunas de las jugadas de ataque que explican el llenazo constante del estadio y el brillo limpio de sus estrellas cuando cae la noche en Europa.

De esas estrellas yo quisiera ahora destacar dos, que no son Ronaldo ni Bale, porque elogiar el fútbol de Ronaldo y Bale viene a ser como decir que Velázquez es un buen pintor. Yo quiero hablar de James y de Benzema, precisamente porque tienen detractores, de buena o mala fe, que no entienden el raro talento del francés y que se ciegan ante la calidad cada vez más innegable, necesaria, del colombiano.

La historia es vieja y cada año se repite. James no hacía falta, solo es un maniquí de camisetas, es demasiado bajito, es demasiado católico… lo que ustedes quieran. Pero contra el Basilea fue el mejor jugador de blanco, demostrando una capacidad de adaptación vertiginosa, derrochando movilidad y ejecutando la audacia de ese último pase que entronca con la estirpe de los mejores media puntas que han pasado por Chamartín.

En cuanto a Karim, uno ya empieza a desear que nunca le falten detractores, porque cuanto más le critican, más posibilidades tiene de marcar en ese partido. El martes lo hizo con un golazo soberbio, tras una pared eléctrica con Cristiano que no está al alcance de esos nueves puros que algunos reclaman como científicos locos. Por no hablar de la jugada del cuarto gol, que el francés inició.

Paciencia, señores. La Champions ha empezado y el Madrid sigue donde la dejó.

(La Lupa, Real Madrid TV, 17 de septiembre de 14)

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Madrid bubbaloo

Esquema táctico del Madrid en Anoeta.

Esquema táctico del Madrid en Anoeta.

Los filósofos de la posmodernidad creen que vivimos en un tiempo posthistórico, el fin de todos los relatos, la ideología de la crisis de las ideologías. En un tiempo así la política se reduce a fiscalidad: a decidir cuántos tributos recabas y de quién, y cómo los inviertes. De un modo vagamente análogo, el fútbol posmoderno va girando a tiempo sin jugadas, sin carreras, sin cronología: en el fútbol contemporáneo solo empiezan a contar ya las jugadas a balón parado. Muy pronto las prórrogas se desempatarán con saques de esquina, por estimarse el penal demasiado falible.

Cuando ese estadio se alcance, el Real Madrid jugará la Copa UEFA o como la llamen ahora y se lamerá las heridas contra el Standard de Lieja y rememorará las áureas décadas en que ganaba Champions y salía en Forbes. Eso o aprender a defender los balones aéreos; y la primera es la verosímil, de momento.

Un Madrid sin Cristiano completó una primera media hora brillante en Donosti, enseñándonos a los parroquianos más dóciles que la fe puede conciliarse con la razón. El balón circulaba rápido del interior de Kroos al exterior de Modric, de Isco a Benzema, de Bale a Bale con un caño gozoso de por medio. En el minuto cinco, Ramos había introducido el balón en la red al modo en que Monedero dice que Bin Laden “introdujo” (sic) dos aviones en las Torres Gemelas. Fue un remate a un córner botado por Kroos para demostrarnos que no solo Simeone sabe godinizar el fútbol. Con la ventaja de pared, el Real acorraló a la Real en su área con circulaciones de lujo a juego con el color de la camiseta. Un Madrid bubbaloo. El chicle más codiciado de nuestra infancia, una chuche que estallaba en azúcar líquido a la primera masticación. Así fue el golazo del galés: Luka condujo por banda derecha y vio un hueco inverosímil donde aguardaba apostado Gareth; logró estirar el balón hasta allí, Bale lo pasó a su vez por entre las piernas del zaguero y por último lo recogió suavemente para ajustarlo al palo de Zubikarai. Pura golosina.

Pero ay, ese mismo chicle al cuarto de hora se volvía correoso en la boca, su elasticidad moría como la tersura en la cara de una actriz vieja y al cabo nos encontrábamos mascando un filete de posguerra sin sangre ni sensación, una masilla absurda del color de un hematoma incipiente. Soy madridista irredento y no cerraré la analogía. Pero ganas dieron de salir del bar escupiendo.

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Derbi o lucha de clases

Balón parado, épica india.

Balón parado, épica india.

Partido a partido, patada a patada, el Atleti empezó el curso donde lo dejó, con su fútbol miliciano de mara centroamerindia, más que entrenada, adiestrada por el Cholo. Es el campeón de Liga y el tercer equipo más rico de España –¿qué pensará el Mirandés de sus 100 kiletes en fichajes este verano?– pero el único orgullo con que juega es el del resistente trabucaire tipo cura Merino frente a los ejércitos napoleónicos. Y contra el Madrid, pase; lo malo es que hace lo mismo contra un Villarreal.

Di Stéfano en los cuatro puntos cardinales del graderío blanco, acompañado de música de cuerda y un My Way que va perdiendo su poder de evocación por mero efecto del sobamiento. Arrancó el partido, Kroos recibió y fue zancadilleado. En ese aleph quedaban concentrados la declaración de intenciones, la consigna, el programa, el resumen y el colofón. Pero no se redujo a eso la táctica rojiblanca: también zancadilleaban a Cristiano, a Bale y a Modric; que no se diga de la variedad de recursos atlética.

Pero no se puede decir que al Madrid le sorprendiese todo esto. Sabían muy bien la clase de chapapote táctico que sabe verter su rival, y durante toda la primera parte no acertaron a limpiarlo con su triángulo de parabrisas: Luka, Kroos y Alonso. Había ganas de verlos a los tres juntos, un centro del campo jugón como no se recuerda en Chamartín, pero al término de los primeros 45 minutos se hubo de reconocer lo que de whisful thinking había en esas ganas a estas alturas de principio de origen de inicio de temporada. El croata no se movía bajo la almohada a rayas, el alemán era anulado por la milicia india y el vasco tenía el encargo de sostener el equilibrio demasiado atrás como para lanzar el ataque blanco. Se intentó, en consecuencia, penetrar por las bandas, abusando al principio del carril de Marcelo y Cristiano, al que enseguida cerraban el paso dos retiarios de Simeone con pértigas y nunchacos. Bale y Carvajal se abrían mejor paso a machetazos por la banda contraria, anticipando con cuentagotas la fluidez que alcanzarían en la segunda parte. Benzema se limitaba a esperar, como buena célula durmiente.

Para colmo, un par de pérdidas allí donde el pecado es mortal hasta para el papa Francisco propiciaron sendas paradas de Iker, vendido ante Mandzukic y Saúl, a los que faltó convicción para seguir avanzando y evacuaron disparos flojos. Por lo demás, el partido fluía hacia el clásico asedio numantino sobre la portería de Oblak, que no es Courtois pero tampoco Pinto. Al Atleti le quemaba la bola en los pies de un modo chaplinesco. Rifaban el pelotazo hacia su punta croata: si la bajas bien, si no también. Nosotros a lo nuestro. Únicamente en alguna jugada aislada de Koke brotaba la nostalgia de aquel juego inventado por los ingleses en que se avanza pasando o regateando y se intenta marcar gol. Si la presión fuera hermosa, el Atleti sería la Victoria de Samotracia. Pero.

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In Kroos we trust

Reyes de Europa. Más aún.

Reyes de Europa. Más aún.

–Sinunaduda partido de muchos quilates –resumía antes de empezar Radomir Antic en ese dialecto escarpado suyo por el que se despeña toda gramática. ¿Cómo se habrá hecho entender entre tantos equipos españoles como ha entrenado? Junto con el origen del euskera, queda el misterio verbal de Rado para arqueólogos del indoeuropeo.

El Real Madrid empieza la temporada a la altura vertiginosa de su mito, ganando con suficiencia al Sevilla en la campiña galesa que primero vio corretear al niño Gary Bail (en antiqués). El de Cardiff no pudo marcar en su tierra pese a que lo intentó con esa machacona inocencia de sus carreras sustanciales, donde el balón parece mero accidente y el viento silba en su diadema de dama de Elche celta.

Hierro se pinzaba el índice y el pulgar en el banquillo con la mirada tensa y racial, que no tiene nada que ver con la de Zizou. Carletto mascaba chicle; lo mascaría también sobre un vehículo anfibio en Omaha.

Comenzó el Madrid encadenando fallos primorosos en defensa, a un millón el fallo, pero no tardó nada en asentarse y ponerse a desplegar ese juego que, con Kroos y James, ya no podrá ser del todo igual al que detonaba la BBC. Será complementario, pero a nadie se le oculta que, sin renunciar a la tendencia genética a la verticalidad, este Madrid mejorado por el medio deberá perfeccionar la técnica costurera de la circulación paciente y la posesión con sentido. Otra opción es turnarse para que en cada partido se ocupe de marcar los goles una línea distinta, tal es la versatilidad del potencial ofensivo blanco.

Pero un jugador como Kroos es de los que imponen el estilo. Anoche parecía que hubiera ganado no ya la Décima, sino incluso la Novena y la Octava. Qué imperio. Que alemanidad admirable en el criterio siempre correcto para cambiar el juego, para posicionarse, para meter la pierna cuando se debe. Qué bueno es Toni Kroos. Y qué barato, coño.

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13 agosto, 2014 · 10:30

Juanan: año uno

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y la canción de Oasis favorita de Dick.

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y su canción favorita de Oasis.

Estando en Galicia de vacaciones me pidió Juan G. Leániz, de la web Meritocracia Blanca, que participara junto a Hughes en el podcast de la noche del 25, día de Santiago, aniversario de la desgracia de Angrois que segó la vida de Juanan, Van Palomaain o Dick para el madridismo tuitero. Aunque tenía un compromiso esa noche -en concreto cenar en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira, en otra gratísima velada gallega- no quise dejar de participar de algún modo, así que grabé y envié unas palabras de tributo y memoria que este podcast reproduce a partir del minuto 4:18, y que complementan quizá el recuerdo que aquí ya dejé escrito de él, con la pena aún caliente. Recomiendo, si se tiene tiempo, oír la tertulia entera, porque Hughes, Antonino y Juan glosan con libertad y buen sentido el fenómeno de las amistades digitales en el mourinhismo, el carismático influjo que sobre él ejerció Van Palomaain (del puro underground a las abiertas celebraciones de Arbeloa) y, sobre todo lo anterior, la figura polifacética, irreductible y entrañable de Juan Antonio Palomino: madridista genial, tuitero inolvidable.

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… y al final siempre gana Alemania

La gloria.

La gloria.

Quizá estaba todo contenido en el guiño cómplice de Müller a cámara durante la presentación de las alineaciones. Hace falta mucha confianza para ejecutar ese guiño en un momento así, señores. La proverbial confianza germánica, su renovado orgullo nacional, la inercia mecánica de la victoria. Y sin embargo entre las ruedas dentadas de la máquina introdujo su pata Mascherano para cortocircuitar una superioridad prevista y solo cumplida a medias: al principio y al final. Con eso suele bastar. Y bastó, con todo merecimiento. Deutschland, Deutschland über alles: sois hermosos y eficientes como las metáforas de Marinetti. Enhorabuena, Angela. No por nada os odia Pablemos y os espía Obama.

La teoría sabelliana de la ocupación de los espacios contra el ser y el tiempo del reloj alemán. La racialidad contra la geometría. La presión de la tribu contra el orden de la tropa. La baja de Khedira contra la baja de Di María. La lengua doblada de Sabella contra la lengua indomable, agramatical de Kiko Narváez. América contra Europa. Y todos los tópicos contra todos los lugares comunes que se sirven liofilizados para estimular los embotados sentidos del espectador estival.

Contra todo pronóstico la final empezó como un partidazo. Alemania ensayaba su juego de toque hispánico corregido y aumentado por la urgencia vertical, el pase interior a la busca impaciente de un remate. O sea, el tiki-taken. Argentina invocaba al Cholo y se apretaba atrás para recuperar y lanzarse en pos de Messi o de Higuaín, que en aquel tiempo aún parecían peligrosos. Alemania llegaba tocando pero no culminaba la jugada, y Messi respondía conduciendo hasta la línea de córner para exorcizar cuanto antes el complejo de inferioridad porteño. La facilidad insultante de Müller volcado en la derecha, con las medias tan bajas como su estrés, conocía la réplica del cambio de ritmo de Messi, quien parecía recuperado para la historia del fútbol. “Mira cómo corre ahora”, me escribió un amigo culé. Espera, amigo, tan solo espera. Messi completó una buena primera parte, sin excesos tampoco, pero nunca fue el pibe que se siente llamado a ocupar el hueco dejado por Di Stéfano. De hecho, Messi no se siente llamado a nada por nadie, ni siquiera por él mismo. Fue languideciendo a medida que avanzaba la final de su vida y acabó mandando al Corcovado una de esas faltas que ya solo se conforma con provocar.

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14 julio, 2014 · 17:52

A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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Las mejores hamburguesas: con las vacas sagradas

Él nos lo dio, él nos lo quitó.

Él nos lo dio, él nos lo quitó.

Cuando el típico periodista le preguntó a Cela si le sorprendía que le hubiesen dado el Nobel de Literatura, Cela contestó:

–Sí: me esperaba el de Física.

Cuando nuestros amigos más inocentones nos preguntan si nos ha sorprendido la eliminación de España de este Mundial respondemos que sí, porque también esperábamos que nos eliminaran de la Superbowl. De cualquier competición de élite, en general.

Se puede discutir el grado de vejación con que vaticinábamos el desalojo mundialista, pero lo que no se discute es que la acusación de ventajismo, tan automática en las mentes inferiores como la obsesión por la coherencia según Emerson, no procede esta vez salvo como pretexto autoengañoso para la escapada de gañote de los tertulianos energéticos. Se murmuraba, se mascaba, se recortaba el cadalso rojigualdo junto al Corcovado como mínimo desde que se supo la lista, como normal desde las alarmas emitidas en la Confederaciones y como máximo desde la implosión del guardiolismo.

Las razones de muerte tan anunciada bullen en Twitter, en las tertulias, en las barras de bar y en las deliberaciones del Consejo de Ministros, así que podemos ahorrarnos la manida relación. Ha hecho fortuna el sintagma de Gomá, “descorche generacional”, y baste señalar de momento que tal descorche no existe más que como deseo severamente taponado. Lo viejo, en La Roja y en todas partes salvo en la Corona, no acaba de morir y lo nuevo no ha sido convocado.

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24 junio, 2014 · 10:29