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«Oh justo, sutil y poderoso veneno» (Los escritos de la anarquía)

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

No se trata de otra antología que viene a surfear la ola editorial tan postrera como bienvenida que vive el artículo cambiano. Gracias a esta colectiva reivindicación, hoy Julio Camba ocupa el mismo panteón que Larra como genios mayores del género articulístico, y esto no es ditirambo concedido por gusto personal sino mera taxonomía. Pero sobre el articulista gallego, que fue la pluma más leída y mejor pagada de su tiempo, se abatió después el consabido anatema que Trapiello esclareció en Las armas y las letras: aquellos que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. Puesto que Camba había dejado en evidencia la República (que contribuyó a traer) y tras la guerra ni repudió a Franco ni se exilió a otro sitio que al Palace, a despecho de su lacerante genialidad fue encontrado culpable por el sanedrín cultural de la gran revancha.

Por eso coincido con Arcadi Espada en que a Julián Lacalle, editor de este monumento bibliográfico para cambianos y apetitoso para todos, quizá le ha movido en su ingente labor rastreadora un íntimo deseo de sustraer a Camba de la filiación conservadora que pesaba sobre él. Como si el conservadurismo fuera pecado en un escritor inmortal. El caso es que Lacalle ha querido dar la medida exacta de aquel anarquismo juvenil que le conocíamos al personaje únicamente por El destierro, memorias de juventud que el gallego camufló de novela y pieza de un perfecto equilibrio entre la distancia irónica, que es su marca de madurez, y la peripecia sentimental de una novela beat.

Es la primera joya de un volumen que abarca textos publicados entre los 16 y los 22. A esta edad su estilo ya es el del Camba que conocemos y estudiamos tratando de destripar su mecanismo de relojería paradójica. Pero alguien que culmina su maduración estilística a los 22, por fuerza ha de ser más que interesante a los 18. Y allí descubrimos a un Camba inédito que foguea la pluma en textos de combate que hoy un fiscal perfectamente tipificaría entre los delitos de enaltecimiento del terrorismo. Desafió al presidente Maura a que le matara, por ataques a la moral cristiana fue juzgado y sufrió cárcel, y no tuvo reparo en dar publicidad martirial a su encierro con tal de atraer lectores -que pagaran la suscripción- al diario antisistema que dirigía: El Rebelde. Entretanto, su escritura maduraba a toda velocidad y él apuraba en Madrid la bohemia primisecular con la arrogancia del que se siente llamado a epatar al burgués y bendecido por el don de la suprema inteligencia.

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26 mayo, 2014 · 15:37

Almas bellas vs. policía

El "Lorca" que le hicieron a Pasolini.

El «Lorca» que le hicieron a Pasolini.

Pier Paolo Pasolini nació de teniente y campesina, combatió a los nazis y fue capturado en campaña, se afilió al Partido Comunista y le expulsaron bajo acusación de una homosexualidad incontinente que pervertía a los cándidos cachorros de Gramsci. Todo ello sin dejar de declararse cristiano. Dando tumbos siempre personalísimos acabó en el cine, donde continuó haciendo travesuras. Era un tipo difícil de alinear. Por eso volvió a sorprender a la intelligentsia la postura antigregaria, insobornable, de una coherencia ofensiva, que Pasolini adoptó durante los disturbios del mayo del 68:

–Todo el mundo se pone de parte de los estudiantes, pero yo voy con los policías, porque yo siempre estaré del lado del proletariado.

A los guevaritas de bate y cantazo que salieron a cazar maderos el sábado por la noche no se les podrá gritar, ciertamente, lo que Ionesco a los pijiprogres del mayo francés:

–¿Adónde vais, insensatos? ¡Mañana seréis todos notarios!

Lamentablemente, para llegar a notario y disfrutar de los placeres bien ganados de la condición burguesa se precisa una porción fértil de cerebro que no encontrarán las ondas P300 del escáner neuronal en las mentes vírgenes de los pobres milicianos que le pusieron al 22-M el consabido broche de la violencia criminal con coartada política.

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28 marzo, 2014 · 12:38

El marqués y la esvástica

A la caza del último maldito.

A la caza del último maldito.

Al joven Ruano se le grabó lo que le dijo un día Vargas Vila: “Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada”. Tres años han pasado Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas investigando la parte más monstruosa de la leyenda Ruano, abriendo archivos de media Europa para pasar el mito del último maldito español por el logos histórico. Lo logran solo en parte, y en parte han de contemplar frustrados cómo el espectro del dandi se lleva, sonriéndose, su turbio enigma a la tumba, así como en vida había diseminado siempre su verdad medida y mediada a través de memorias, diarios, artículos y libros. Ruano fue inapresable vivo, escapó de todo y de todos, en primer lugar de sí mismo. Y lo es también muerto.

Los autores acreditan que Ruano vendió su pluma a Goebbels siendo corresponsal en el Berlín de 1933, y que colocó propaganda nazi a media docena de diarios españoles. También que salió de Cherche-Medi delatando a sus compañeros de cárcel a la Gestapo, que allí lo había encerrado por traficar con salvoconductos para judíos desesperados a los que además estafó sus bienes y cuyas mansiones okupó mientras el mundo se desangraba; mercado negro que involucraba por lo demás a numerosos españoles, de izquierdas y de derechas, Falange y maquis, y a la mitad colaboracionista de Francia. Pero aunque algún judío estafado por Ruano acabó en Auschwitz o tiroteado en Andorra, el libro no prueba la implicación directa del periodista. Fue un indeseable pero no un criminal, y la condena a 20 años de trabajos forzados que Francia le impuso en 1948 –el gran aporte documental del libro– le imputa exclusivamente “inteligencia con el enemigo”. Esa sentencia fue la razón de que Ruano, huido y alcoholizado en Sitges, no viajara más a Francia.

El reportaje participa del método compositivo del Nuevo Periodismo en la línea del excelente En nombre de Franco de Arcadi Espada: narración en primera persona, exhibición del work in progress al tiempo que del hallazgo, estilo cuidado. Hay capítulos soberbios, como el dedicado al heroico Bermúdez Cañete. Otras veces se echa en falta mayor condensación para eliminar reiteraciones y ahorrar pistas falsas.

Pero ya que el libro combina la exhaustividad con la percepción subjetiva, uno añora mayor ambición ensayística: por qué la fascinación. Fascinar significa atraer y repeler a la vez, pero los autores se preocupan tanto de asentar su repulsa que nos hurtan el reconocimiento de su atracción por Ruano. No puede tratarse sin más de derribarle de un pedestal por lo demás inexistente. Solo en el epílogo ensayan una clasificación de maldad de lo más interesante. ¿Fue Ruano abducido por el nazismo como lo fue Knut Hamsun, premio Nobel? Por supuesto que no. Fue un hedonista doblado de mercenario para pagarse los vicios. ¿Es peor hacer propaganda nazi por dinero que por convicción? Sala Rose dice que sí, pero yo creo que no: el fanático es más dañino porque es más difícil de desactivar. De hecho, Ruano se jugó el trabajo y perdió la protección de Hitler y Mussolini al ausentarse de la caravana de prensa que iba a cubrir la cumbre bilateral del Eje porque vino su madre a verle a Roma. ¿Fue un antisemita infame? Menos que Quevedo pero lo fue, y solo cambió cuando se dio cuenta, apunta lúcido Garcia-Planas, de que el odio a los judíos era una forma de odiarse a sí mismo, pues toda su vida temió ser alguien tan irrelevante como lo eran los judíos bajo los nazis. Por eso se obsesionó con la hidalguía y el monarquismo, por el que quisieron pasearlo los milicianos y que también le perjudicó ante Franco, a quien despreció toda su vida y cuya moral nacional-católica fue desafiada por 30 años de amancebamiento público con Mary de Navascués*.

La reseña en página.

La reseña en página.

Que César González-Ruano vivió olímpicamente desprovisto de escrúpulos morales ya se sabía. Que en él la ética estaba no ya subordinada sino suplantada por la estética, y todo impulso empático cedía al hormigueo del propio placer, frecuentemente depravado, era bien conocido en los veladores del Gijón. Que fue, en suma, un canalla y también el prosista mejor dotado del oficio, capaz de entregar en diez días un libro de 250 páginas o de escribir seis artículos en una mañana de café, todos ellos antológicos, está perfectamente documentado. Que la publicación de esta obra, verdadero cuadro wildeano en el desván horrible del siglo XX, desencadenara una fatwa editorial que condene sus maravillosos textos al ostracismo entre beato y tiránico de la corrección política, lo lamentaríamos mucho.

(El Cultural, 21 de marzo de 2014)

* Frase ausente en el papel por falta de espacio.

Aquí lo que escribe sobre el particular Fernando Díaz de Quijano.

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El diván de Montalbán

MVM y su hijo, DVS, en la hora del esplendor en la hierba.

MVM y su hijo, DVS, en la hora del esplendor en la hierba.

El hijo único de Manuel Vázquez Montalbán firma en propia declaración este «acto de expiación paternofilial» que cae sobre el indefenso ataúd de su padre como un último perno inclemente, desmañado, comido por óxidos varios y compatibles: el arrasador complejo de inferioridad, el ajuste de cuentas freudiano, el arranque sentimental, el memorialismo cainita, la autocompasión patética, el desahogo contra terceros, el comentario político, el acceso lírico, el brindis al sol felliniano y hasta alguna parrafada de sintaxis madura. Todo ello cabe y se sucede sin concierto en estos Recuerdos sin retorno que le han dejado publicar a Daniel Vázquez Sallés, contra el que no tenía uno nada antes de leer su libro.

El autor, quizá por encargo lucrativo, quizá animado de una generosidad filial en la efeméride del primer decenio sin el padre de Pepe Carvalho, afronta la escritura de una obra que debiera por íntimas razones haber observado un proceso más serio de elaboración, un propósito más claro de destino o, al menos, debiera su desnortado autor haber contado con una piadosa asistencia editorial, así sea por la limpia memoria del patriarca. No es que Vázquez Montalbán salga malparado de estos recuerdos filiales, ni tampoco más explorado de lo que ya estaba por el propio autobiografismo solapado de Montalbán, ni elucidado en sus posibles incoherencias, como esa de ser a un tiempo terca ama de llaves del comunismo español y teórico pionero del nuevo gourmet de clase media-alta. El delicado género de la carta al padre, para ser literatura de observación y no documentalismo de niño perdido, exige la afirmación de una nueva personalidad mediante la reivindicación orgullosa, o bien el ajusticiamiento a lo Kafka; pero la obrita digamos compuesta por el vástago de Manuel Vázquez Montalbán no hace ni una cosa ni la contraria: explota desde la portada el apellido paterno para acabar endilgándonos la confesión más idiosincrásica que original de un varón barcelonés en plena crisis de los cuarenta, hijo de padre talentoso a quien el cielo y la genética se negaron a transmitir el don, dóciles al inflexible aforismo: Quod natura non dat, Salmantica non præstat.

El texto vale como documento elocuente del tema del padre no intencional. Si Vázquez Sallés se propuso emprender un paseo proustiano por el tiempo compartido, en la práctica sólo se lame las heridas de una vida marcada (para bien y) para mal por el hierro de un papá titánico, castrante. Así los Panero. En este caso, el relato en primera persona traslada la voz de un hombre aplastado por la relevancia del destinatario al que se dirige. Unas veces lo defiende de un Arcadi Espada o un Vidal-Folch implacables con los turistas del ideal. Otras veces le reprocha su incapacidad para el cariño, o la existencia vicaria a la que la fama del padre tiene condenado al hijo: «En este planeta de los simios, no soy el puto mono de feria al que pueden lanzar cacahuetes cada vez que recuperan sus historias de la puta mili». Desde luego, si el autor aspira a un reconocimiento propio que suelte amarras con las prebendas dinásticas, no lo conseguirá con ese lenguaje.

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11 marzo, 2014 · 12:13

Ruano y el antifascismo

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

El nombre de Ruano sale del más polvoriento de los olvidos editoriales por la vía más efectiva en este país: vinculándolo con el fascismo. Ya se sabe que hay dos únicas formas hispánicas de cosechar alguna fama cultural: ser fascista y ser antifascista. La modalidad fascista fue hegemónica hace ya varias décadas, y la antifascista lleva siéndolo demasiadas desde que palmó el dictador, aunque ello exija resucitarlo cada día para seguir luchando contra su espantajo y poder echárselas de Laszlo en Casablanca.

Si usted es escritor o cineasta y tiene la desgracia de ni ser fascista ni ser antifascista, usted debe reciclarse cuanto antes en el cincado electrolítico o el reparto de routers inalámbricos a domicilio o bien se morirá usted de hambre. Yo diría, parafraseando a Ramón, que en esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son solo los demás y no nos dejan nada. A cada cual, según sea su temperamento, corresponde luego elegir qué forma de fascismo prefiere: el fascismo fascista o el fascismo antifascista. Qué quieren: así funciona el debate intelectual en España. No lo he inventado yo, que nací en 1982.

El libro que ha obrado el milagro de devolver a César González-Ruano al escuálido candelero del debate libresco nacional se titula con mucha intención El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, y lo publica Anagrama el 19 de marzo. Sus autores son la filóloga alemana Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, quienes han pasado tres años investigando los turbios negocios del genio del columnismo en el Berlín de Goebbels y en la Francia colaboracionista, donde el autoproclamado marqués de Cagigal se dio la gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo.

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6 marzo, 2014 · 10:10

Cita en Zugarramurdi

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Amèlie Nothomb ha señalado que la Inquisición constituyó un hito progresista, pues antes de ella a las brujas se las quemaba sin proceso previo. Algo es algo. En ese sentido, las sesiones de control al Gobierno de los miércoles escenifican el mismo avance instituido por Torquemada, si bien en la hoguera democrática arden más bien las vanidades que desinhibidas señoras de Zugarramurdi. Son fuegos fatuos sin la espectacularidad del alarido poseso –como mucho el abucheo de bancada– y con las cenizas de cada ministro fénix puntualmente regeneradas para la pira de la semana que viene.

Este cronista tiene la incómoda impresión de que los verdaderos incendios se declaran en todas partes menos en el Congreso: en Suiza a cuenta de la cuenta de Granados, censor del fraude fiscal en mil tertulias; en Ceuta, a propósito del muro de las lamentaciones negras; en Andalucía, al hilo del hilo telefónico entre Moreno Bonilla y Dolores de Cospedal, apagado o fuera de cobertura en este momento; o en el Canal de Panamá, o en la Extremadura del extremoduro Monago, o en los Madriles revueltos de Espe, o en Kiev, o en Venezuela o qué sé yo. En cualquier sitio menos en el hemiciclo soberano.

La voluntariosa Soraya Rodríguez trata de paliar esta dislocación de la noticia concentrando en su pregunta semanal todos los asuntos de actualidad que pueden dañar al Gobierno. La rea de su torquemadismo sumario es tocaya, paisana y compañera de insti: Soraya Sáenz de Santamaría. Entre ambas se entabla una sorayomaquia más pirotécnica que combustible, prendida en la mañana de hoy por una traca compuesta de los siguientes petardos:

1) Molinos o gigantes. Acusación de pucherazo electoral por la voluntad autonómica de recortar el parlamento manchego en 15 diputados.
2) Gürtel. Analogía abrupta entre la trama corrupta y la mentada reforma estatutaria: «es la misma filosofía: sobres de más y escaños de menos» (sic);
3) Elegía ceutí. Se pide la dimisión del delegado del Gobierno y se formula una amenaza escalofriante: si Interior no entrega al Parlamento en 24 horas las cintas con las cinco horas de grabación de los hechos del Estrecho, este grupo parlamentario registrará ip-so fac-to una petición de demanda de amago de comisión de investigación. Ojito.
4) «¡Y además no fue penalti!», completó oficiosamente Gistau desde la tribuna de prensa.

La vicepresidenta se puso en pie, se arremangó mientras Posada trataba de apagar las teas recién encendidas y contestó solo al primer punto, que era el previsto en el orden del día. Dijo que recortar el número de diputados obedece a una demanda de ajuste que está en la calle hace tiempo. Se entiende la pataleta con que la Cámara recogió este pretexto de ahorro: no se mete uno a estudiar oposiciones si baja la tasa de reposición, y no se mete uno a medrar en un partido si le achican la boca del embudo que traga torrentes de ambición y escupe chupitos de escaños.

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19 febrero, 2014 · 19:10

Twitter y la prédica solemne

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

En agosto de 2012 la periodista Laura Marcus publicó en The Guardian un artículo en el que se preguntaba si Twitter era algo más que una caja de resonancia de la izquierda global. Se preguntaba si el usuario de la red social del pajarito o pajarera virtual debía renunciar definitivamente no ya al debate ilustrado, que para eso no te da una columna el Guardian, sino a la normalización pública de las posiciones conservadoras. Al certificado ACNUR del pensamiento que van repartiendo los gurús de progreso y sus movilizadas huestes. La señora Marcus llegaba pronto a la conclusión de que sí, de que Twitter es de izquierdas, y proponía un sencillo experimento de verificación: “Como anecdótica evidencia, mira más allá de tu timeline y lee los tuits de los hashtags más populares: da la impresión de que hay un consenso de izquierdas”.

El clásico tonto con balcones a Twitter enseguida refutará esta afirmación diciendo que en Twitter hay de todo, y que él tiene un primo facha que no se corta un pelo tuiteando. Pero todas las tesis entrañan una generalización como todos los tontos un caso particular. Lo importante es que el muestreo sea representativo; observar la correlación de fuerzas y certificar una hegemonía que en Twitter, como en toda esfera pública, corresponde efectivamente al consabido discurso de la corrección política. Por otro lado, la automática censura que se abatirá en cascada sobre los tuits del primo facha no servirá sino para corroborar la tesis de la columnista del Guardian.

Un año después, en julio de 2013, publicaba Guy Sorman una tercera en ABC en la que definía la Red como “campo de batalla ideológico donde las minorías organizadas y activas se imponen a la mayoría silenciosa. La Red es antidemocrática, populista, extremista y de izquierdas la mayoría de las veces, personas a quienes ni la verdad ni la realidad importan”. Y relataba a continuación su frustrante pelea con Wikipedia: cada vez que corregía las inexactitudes que un biógrafo anónimo y malvado vertía en la entrada “Guy Sorman”, una hora después la mano negra deshacía la corrección y restablecía, brillante, la calumnia. Ante semejante ultraje el quijotesco Sorman elevó directamente su queja al inventor, el señor Jimmy Wales, a quien se encontró un día en algún guateque transatlántico. El propio Wales vino a darle la razón y le reconoció la inestabilidad de las biografías wikipédicas, “sobre todo en personas vivas”. Con humor y resignación, el bueno de Sorman apostillaba: “Si estamos de acuerdo con tal o cual autor o persona pública, es raro que vayamos a la Red para manifestar nuestro apoyo, mientras que los adversarios tienen el tiempo y la ira para hacerlo. «Cuando estamos muertos», me tranquiliza Jimmy Wales, «las biografías se estabilizan y se vuelven más objetivas»; en definitiva, basta con esperar”.

Sorman se declara liberal, y se lamenta de que la abnegada dedicación a actividades productivas niegue a los liberales el tiempo que derrochan en activismo cibernético los vagos de los izquierdistas, todo el día con la teclita, viene a decir Sorman. Yo no estoy tan seguro como el tercerista de ABC de que el vicio digital sea privativo de la sensibilidad izquierdista; pero sí coincido con él en que existe una asimetría ideológica en la Red respecto del cuerpo sociológico real. Si no aceptamos la tesis de la falta de pereza del bolchevique, ¿a qué se debe esta hegemonía de lo rojo en Twitter que no se compadece con la del azul gaviota en votos?

Rachel Gibson, profesora de Política en la Universidad de Manchester, asegura que hay pruebas de que las redes sociales tienden al progresismo “porque los usuarios de Twitter tienen niveles más altos de educación que el resto de la población, así que tienden a ser más progresistas y abiertos. Además, Twitter no es un medio de masas como la televisión. Aún lo utiliza una minoría de la población”. Me callaré mi opinión sobre los criterios de selección del profesorado que imperan en Manchester si su docente Gibson juzga realmente que los niveles de educación en Twitter son altos. Prefiero quedarme con la segunda frase, que constata la realidad de que la élite profesional de un país primermundista suele tener ya cuenta en Twitter aparte de tragarse realities de televisión, mientras que la masa popular del mismo país solo hace lo segundo, aunque cada vez lo compagina más con lo primero.

Ahora bien: el hecho de que crezca la representación ciudadana en Twitter no conlleva en absoluto un enriquecimiento del debate público. Es lo que Cass Sunstein llamó hace años la “balcanización de la red”, la facilidad que brinda internet para elegir solo a los afines y blindarse ante la exposición fortuita de opiniones que podrían desafiar nuestro punto de vista. Claro que hay algunos tuiteros jovellanescos que siguen a sus propios discrepantes y tratan de comprender el enfoque ajeno. También hay algún político que ha escrito personalmente sus memorias y un par de escoceses que se han hecho selfies en el lago Ness con el monstruo de fondo. Pero es mucho más habitual que la mentalidad online se rija por férreas afinidades electivas. “Offline pasa casi lo mismo”, concluye Gibson en un rapto de genuina lucidez.

Porque es cierto. Fuera de Twitter el individuo humano propende igualmente a juntarse con sus afines, a despellejar sumariamente a los que piensan distinto y a emitir interjecciones extemporáneas. Debatir no debate nadie desde lo de Popper y Wittgenstein, y miren cómo acabaron. La diferencia es que en la calle uno no busca el nihil obstat de la opinión pública sino la sonrisa del amigote, siempre piadosa con nuestra carne y con nuestro hueso. Twitter, como toda opinión publicada, se rige en cambio por la hipocresía de la prédica solemne. Si quieres triunfar ahí, tienes que estar muy atento al día internacional contra la callosidad infantil, a la jornada universal por los derechos de la mujer conservera y a la semana por la visibilidad del indigenismo lesbiano a fin de exhibir en tu avatar los lacitos correspondientes. Y antes de que se abatan sobre mí los amantes de las hojas del rábano, ya advierto que estoy a favor de todas esas causas; solo es que no sé hacer lazos.

Todo periodista, todo tuitero, es siempre un poco de izquierdas porque lleva la protesta en la sangre, porque aspira a una utopía, porque tiene una receta para el mundo y desea que este le escuche. El político, en cambio, tiende siempre a ente de derechas porque aunque tuviera una receta ahora tiene que dar trigo, y el arte de lo posible es siempre un arte conservador. Y luego está el contribuyente, que mira a un lado y a otro y le pide a la Virgen que se quede como está.

El pasado 3 de febrero se produjo en España la primera condena a una tuitera por su estricta actividad tuitera. Tiene 21 añitos, se llama Alba González Camacho aunque en su cuenta se las echa de “Loba Roja” y combinaba las selfies picantonas con la más ortodoxa exaltación del terrorismo: “Que vuelvan los GRAPO… Necesitamos una limpieza de fachas urgente”; o bien: “Prometo tatuarme la cara de quien le pegue un tiro en la nuca a Rajoy y a De Guindos”. Pocas bromas con la niñata, que no pisará el talego por puro paternalismo judicial, vulgo garantismo y falta de antecedentes. Ahora ya los tiene, y aunque mantiene activa su cuenta –más de 14.000 seguidores–, está advertida y ahora se corta. Supongo que en el submundo leninista ya será una heroína con derecho a silueteo Korda.

Aclaremos que cuando decimos que Twitter es de izquierdas no nos referimos a su ala más violenta, por supuesto, sino a la extensa melaza socialdemócrata; pero sí señalamos tres hechos: que internet va dejando de ser Vietnam, afortunadamente; que el dudoso honor de la primera condena en la historia española de la jurisprudenciatuitera corresponde a una izquierdista radical; y que son esas minorías activas y ultras las que desplazan el polo del debate y terminan estirando esa asimetría falaz pero verosímil de la que se quejaba Sorman: “Esta apropiación de la Red por parte de minorías activas no tendría importancia si la Red fuese insignificante, pero no lo es porque acaba con el papel para convertirse en la principal fuente de la información”.

Es cierto que la batalla digital la ganan a diario las tesis llamadas progresistas, pero se trata de victorias tan virtuales como el crédito de Wikipedia. Yo pienso, como Wilde –vaya tuitero nos perdimos–, que nadie libra una batalla a muerte por lo que sabe que es cierto. Por su verdad empírica y cotidiana. Por eso los felices burgueses tuitean poco y mal, pues están demasiado ocupados en ser burgueses felices, que es la culminación de todos los deseos de la especie.

(Publicado en Suma Cultural, 15 de febrero de 2014)

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La vigorexia otoñal del aznarismo

El aznarismo es un ismo correoso que se resiste a morir. No hay imagen más elocuente del aznarismo que aquellos abdominales extemporáneos de su fundador en la playa, musculado contra natura en un anacronismo pectoral que lo es también político. No era aquella una musculatura juvenil sino casi atemporal, como la de un elfo maduro. Aquel tegumento de piel se atirantaba no sobre el músculo sino sobre la determinación implacable de un espíritu. La vigorexia de Aznar –y esto creo que no se ha entendido bien, y por eso se le buscaban francesas a lo Hollande o becarias a lo Clinton– era de naturaleza espiritual, lo cual le ha obligado no a mantenerse en forma durante su mandato, que también, sino sobre todo a seguir entrenándose después como conciencia de la nación, ejercicio mucho más exigente que el mero gobierno.

El aznarismo que hoy se revuelve contra el PP de Rajoy invoca principios traicionados como los había invocado Fraga contra el pragmatismo de la UCD, pero al final Fraga se reveló como un político Dorian Gray que dejaba al franquista pudriéndose en el desván pero que en la escena achicaba espacio ideológico al BNG. Si Fraga crecía en progresismo a medida que no podía andar, Aznar se ha medievalizado a golpe de abdominales. Quiero decir que en política los principios no se invocan para reformar a la sociedad sino para desprestigiar a tus rivales, preferiblemente a tus compañeros de partido. Se invocan para pisar moqueta y una vez allí levantar una esquinita y meter debajo la voz de la conciencia. Luego se va o se le echa a uno de la moqueta y los principios reaparecen como por ensalmo, y uno acaba dando lecciones de vigorexia espiritual en platós y en presentaciones de libros.

Pero Aznar no siempre fue su propia caricatura derechista. Aznar llegó a ser liberal, llegó a ser centrista y a la vez periférico de catalán en la intimidad. Ni derogó la ley del aborto socialista ni recentralizó las competencias autonómicas: antes bien las llevó más lejos que nadie con tal de gobernar. Aznar sacrificó a Vidal-Quadras, aunque ahora los meten en el mismo saco antimarianista. Aznar desechó a Mayor porque no quería un PP democristiano y desechó a Rato porque no quería un PP pijo. Aznar purgó a toda figura heredada de Alianza Popular en mucho menos tiempo del que ha tardado Rajoy en hacer lo propio con el aznarismo, en aplicación escrupulosa del ciclo de la vida y la santa ley de la selva política. Así que menos fascismo, caperucita.

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30 enero, 2014 · 13:15