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Breve entrevista en Rolling Stone

Número 173 de Rolling Stone, marzo de 2014.

Número 173 de Rolling Stone, marzo de 2014.

[Me llena de orgullo y satisfacción haber sido uno de los cuatro elegidos por la revista Rolling Stone para su reportaje «El imparable ascenso de la nueva columna». En él, el camarada periodista Rubén Romero y el caravaggiesco fotógrafo Adolfo Callejo presentan un retrato verbal y visual de Nuño Rodrigo, analista de Cinco Días; de Isaac Rosa, novelista y columnista de eldiario.es; de Manuel Jabois, que ya era amigo antes de venir a El Mundo; y de uno mismo que, siendo todos saludablemente jóvenes, es el más joven de los cuatro. Pasé una gratísima mañana charlando de todo con Rubén, al que agradezco que no haya reproducido los pasajes más escabrosos. El tono de cabreo generacional, en todo caso, se recoge fidedignamente. Reproduzco el texto publicado aun a sabiendas de que ello me terminará de cerrar todas las puertas que no me hayan cerrado ya mi personal incompetencia, algún brote cainita o la mera maledicencia]

«En el columnismo hemos de matar al padre»

La historia de Jorge Bustos es la de un niño raro: a la edad en la que sus compañeros soñaban con ser futbolistas o astronautas, él sólo imaginaba un futuro en el que fuera columnista. «Con 16 años me pedí una antología de artículos de Julio Camba. Así de friki era», admite. Después, hizo estudios literarios, fundó una revista y acabó cubriendo las fiestas regionales en La Gaceta («con resaca se escribe fatal», confiesa). Al contrario de lo que dicen los prebostes, no piensa que el público lector se esté extinguiendo: «En España, a la hora de conceder una columna, el estatus está muy por encima de la calidad. Ya puedes ser muy bueno, que si no tienes contactos políticos, has hecho algún favor o sales en televisión, no te van a coger. Dicen que los jóvenes no compran periódicos porque no les interesan. Y tal vez es que no se sienten representados en los periodistas que les ofrece el establishment, anclado en los opinadores de la Santa Transición que aún copan micrófonos y columnas. ¿La solución? «Hay que fomentar el relevo. Me gustaría librar una guerra freudiana y ‘matar al padre’. Ya está bien. Tiene que continuar el ciclo de la vida».

Collage de nuevo columnismo. Sección Rock & Roll de la Rolling de este mes.

Collage de nuevo columnismo. Sección Rock & Roll de la Rolling de este mes.

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Camba, el nómada perdurable

Nomadismo memorable.

Nomadismo memorable.

¿Qué diría Camba si pudiera levantarse para contemplar el éxito inconcebible de que hoy gozan sus antologías de artículos, un siglo después de haber sido escritos? ¿No es extraordinario que sus crónicas periodísticas, género que se supone pegado a la actualidad, sean objeto de un frenesí editor como solo se reserva a los autores que acaban de morir o de recibir el Nobel, y sean consumidas con general aceptación por los lectores de 2014?

Pero este febril revival de Camba que arroja nuevas ediciones cada mes deja de ser inconcebible y extraordinario si reparamos en los méritos únicos de un escritor de periódicos que según la exacta apreciación de Pla creó una fórmula sin antecedentes en la literatura española, y que según el ojo fotosensible de Ruano alumbró páginas de observación tan brillante que obran la paradoja de triunfar sobre el paso del tiempo, siendo así que fueron escritas para el periódico del día, ese proverbial envoltorio del pescado de mañana.

Si Camba viera hoy cómo se le reedita, cómo se le lee y cómo se le cita probablemente haría dos cosas: en primer lugar descolgar el teléfono para llamar a su editor y preguntar por sus márgenes de beneficio; y a continuación, colgar el teléfono y girarse en la cama para seguir durmiendo en la ancha cama de la suite 383 del Hotel Palace. No hay que olvidar que don Julio fue el articulista antiliterario por excelencia y que su odio más auténtico se dirigía “al miserable que inventó la imprenta”. Sin embargo, como suele suceder, la renuncia a toda pose literaria genera la mejor literatura; en este caso periodística, es decir, no ficcional.

El último de los Cambas llegados a mi agradecido buzón –adonde ya han llegado prácticamente todos los anteriores– es fruto del trabajo abnegado del investigador Francisco Fuster, que entrega en estas Crónicas de viaje de la benemérita editorial Fórcola la antología definitiva del Camba corresponsal. Que es como decir de Camba entero, porque desde que en 1900, contando dieciséis, se escapara de casa para echárselas de anarquista en Buenos Aires hasta que en 1949 fijara su residencia en el Palace, donde moriría 13 años después, durante ese medio siglo de vida este nómada intermitente no hizo otra cosa que viajar y escribir sus impresiones del extranjero. Fue un corresponsal sin arraigos posibles, observador de un irónico adanismo y arquitecto de ángulos paradójicos que explican la singularidad de sus piezas. Al corresponsal de Villanueva de Arosa no le interesaba la cobertura política como la sociológica y la cultural. En la mayoría de sus crónicas se sirve de la posición admirativa del recién llegado, se construye una fingida ingenuidad y parte del prejuicio generalmente extendido sobre el país concreto en que se encuentre para luego darle la vuelta con su conocido juego de silogismos sorpresivos.

Así, envidia en el dulce París la cocina y la moral de los franceses. Se ceba con la hipocresía inglesa, que consiente la máxima libertad de expresión y la mínima de comportamiento fuera de férreas convenciones. Descree en Estambul del cacareado progreso turco, critica con humor el machismo coránico –“La turca no solo está guardada por su virtud, que alguna vez cedería, sino también por el turco, que no cede nunca. Para seducir a una turca, la imposibilidad consiste en seducir al turco” – y anota que en Turquía no vale la pena ser bonita, porque por culpa del velo toda belleza es anónima. Con desagrado simétrico al de Lorca, aunque empleando la sátira en lugar de la lírica, deplora la mecanización del individuo que fomenta Nueva York. Se ríe de la obsesión alemana por lo colosal. Disiente de la teatralidad romana, ciudad demasiado grandilocuente para su decidido gusto antirretórico. Constata que en Suiza no hay suizos. Y en su Madrid adoptivo encuentra la exactitud imperecedera para definir la capital como “un pueblo de comentaristas”.

La selección obedece al criterio personal del antólogo, a quien hay que agradecer la laboriosa molestia de recuperar artículos rigurosamente inéditos en formato libro: rescatados directamente del amarillento periódico de la época. El volumen lleva un prólogo entusiasta de Antonio Muñoz Molina, quien acierta a explicar la melodía liviana pero perdurable de la fórmula cambiana: “Ocurrencias instantáneas, que se abren y se cierran casi como un golpe de abanico, poseen una trabazón interior y proponen una unidad de lectura tan acabadas como las de un poema. Crónicas perfectamente arbitrarias, que casi nunca tienen un tema identificable, que jamás tratan asuntos de gran importancia –ni de pequeña importancia, la mayor parte de las veces– contienen intacto el tono de una época, no porque su autor tuviera la pretensión de hacerlas intemporales, sino porque cultivaba una distancia irónica hacia todo lo importante de su propio tiempo”. Solo matizaría a don Antonio que el gran tema identificable en Camba, como en Pla, es precisamente la huida de la solemnidad y de la ideología, y que ese estilo de ser y escribir blinda estos textos contra el naufragio militante de su siglo, les confiere su milagrosa vigencia que es elevación del costumbrismo a categoría.

Por nuestra parte, y aunque a nuestro amigo Hughes le empiece a estomagar ya la fiebre cambiana, nunca nos cansaremos de reivindicar la artesanía perfecta y pegadiza de don Julio no como un tributo nostálgico sino como un espejo posible, un estandarte alzado para salvar lo que quede del futuro periodismo.

(Publicado en Suma Cultural, 8 de febrero de 2014)

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La barbarie de los programas de cocina

El espejo del alma.

El espejo del alma.

Cómo que qué tengo en contra de los programas de cocina. Lo tengo todo en contra, todo. Hubo un tiempo en que la afición culinaria delataba al bon vivant, en que comer bien iba indisolublemente aparejado con hablar bien, en que las madres repetían que en la mesa y en el juego se descubre al caballero. Pero la tele ya no enseña nada de eso sino al señor Chicote, un Sancho Panza con mandilón situado a mil jodidas millas de ser un caballero en la acepción que manejaba Brillat-Savarin, fisiólogo del gusto, francés perfecto que fundó la moderna literatura culinaria.

Me enoja esta moda menestral de los programas de cocina que infestan la parrilla televisiva de las cadenas privadas pero sobre todo de las cadenas públicas: ¿qué eso de que los contribuyentes depauperados estemos pagando la confección de unos platos suntuosos que no nos vamos a comer? ¿Cómo vamos a seguir embaulándonos tristes sándwiches y latas de Litoral frente a una pantalla cargada de suculencias inaccesibles cocinadas por chivos expiatorios de la dictadura del reality?

Todo lo empezó Ferrán Adrià, cuyo restaurante postinero era frecuentado por respetables hombres de letras de la derecha y de la izquierda –a partir de los 3.000 euros al mes se suavizan todos los extremos ideológicos: las dos Españas quedan perfectamente soldadas–, personas que sabían conversar. Personas que habrían leído El libro de la cocina española de Néstor Luján, quien postuló en este autorretrato esa necesaria correlación entre las funciones vitales de nutrición y relación: “Me gusta comer, beber, hablar con los amigos, y no creo haber sido un mal conversador. Soy enemigo de la intolerancia y de la perfección, de los predicadores de las dietas y de los administradores de las depresiones saludables. Adoro a la gente inteligente, porque pienso, alarmado, que tener ideas pronto será considerado como una enfermedad de psiquiatra”. Pero Arguiñano jamás será capaz de balbucear nada parecido a esto, y al genial Adrià –decimos genial Adrià como decimos bella Afrodita– una noche de juventud se le cayó toda su capacidad dialéctica en el puchero del nitrógeno líquido.

¿Y no actuarán de oficio los psiquiatras nacionales alarmados como Luján ante esta morbosa exhibición pantagruélica en un país de parados? ¿Qué clase de anémicas mentes sancionan en los audímetros esta opulencia empalagosa de comida por la tele a todas horas? Todo colectivo humano se obsesiona con aquello que tiene prohibido: el comunista con el dinero, el meapilas con el sexo, el nacionalista catalán con lo español, el parado con la comida. Ahora todos abrigan deseos de ser chef, y yo digo que esa pulsión es la misma que llevaba al hidalgo del Lazarillo a colocarse un reguero artificial de miguitas en las comisuras de los labios para echarse a la mísera calle de la España renacentista a fardar de atracón.

Pero quizá sea más sencillo que todo eso. Quizá sea simplemente que mientras cocinas y comes no tienes que pensar gran cosa, algo que siempre asusta al público. Es como programar un documental en donde los protagonistas no zigzaguean por la sabana tras una gacela de Thomson sino que pelan patatas o escalfan huevos. Un producto meramente animal, vaya.

Hace un año y medio cubrí el III Congreso de Mentes Brillantes al que, en un innecesario alarde de ironía macabra por parte del organizador, fue invitado como conferenciante estrella el amo de El Bulli. Tras oírle encadenar penosamente una abrupta ringlera de fonemas, en una crónica que titulé “La Bullipedia no es una logopedia”, escribí esto: “Concederemos que Adrià cocina bien porque yo no distingo un fogón de un orinal, pero eso no prueba sino que cocinar bien exige aptitudes intelectuales muy inferiores a las que demanda la emisión de un discurso articulado, mínimamente inteligible, equiparable al menos en eficacia comunicativa a la gestualidad rudimentaria de los niños-lobo, ya que no al sofisticado sónar de los delfines”.

Padecemos en esta hora una fiebre de televisión gastronómica que cabe atribuir también a la muerte reciente de todos los guionistas españoles. En su defecto, sale barato montar realities de cocinillas aficionados y dejar que sus rencillas miserables se derramen sobre el altar público de la santa audiencia.

La etnología ha dado noticia de cierta tribu suramericana cuyos miembros se escondían para comer, cada indio tras un árbol, horrorizados ante la posibilidad de que otro compañero les viera meterse cosas en la boca. Nosotros, menos sofisticados, hemos aceptado practicar una actividad tan grosera como comer en compañía unos de otros a cambio de satisfacer un peaje de urbanidad y buenas maneras, la primera de las cuales estipula que la comida ha de funcionar siempre como un accidente aristotélico de la conversación, que es la verdadera sustancia. Y he aquí que va la tele y eleva la manduca a centro y fin de su prime time, mientras los espectadores aplauden y salivan.

Una sociedad que sacraliza de este modo la cocina, que la vacía de su dimensión humanista –la filosofía nació en los banquetes, incluso el amor platónico nació en El banquete–, es una sociedad de animales que se figuran heraldos del sibaritismo. Cuando en la mítica Síbaris no habría sitio para Chicote, porque los gritos estaban prohibidos a fin de no perturbar la placidez vital de los sibaritas. El materialismo zafio de Master Chef no tiene nada que ver con La casa de Lúculo de Julio Camba, y la expulsión del programa de un aspirante no cabe en la sentencia de Cunqueiro según la cual “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

Mucho me temo que de la civilización de Cunqueiro solo queden las sobras. Pero a mí no me importa porque yo, como Rajoy en las cumbres, soy un decidido partidario del tupper.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de enero de 2014)

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Entrevista a Hughes (I): «El periodismo deportivo ya no es solamente informar, sino alegrar un poco»

Hay una persona que eres de los pocos que llegó a conocer, que es Juanan, @van_Palomaain, que dejó de estar con nosotros en agosto, lamentablemente. Y él de ti, por ejemplo, decía: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson: la santísima trinidad de Internet”. ¿Cómo lo recuerdas, a Juanan?
Pues… a ver, yo lo conocí una noche, una tarde-noche, y era una persona entrañable, la verdad. Tengo que decir que toda la gente que he conocido de Internet, que tampoco ha sido mucha, pero a veces parece que se comen a los niños crudos al teclado, y que son gente… luego son todos… parecen todos bellísimas personas, para comértelos a besos, ¿no? Juanan era una persona muy entrañable, en lo que yo vi. Era un chico muy carismático, con mucha gracia. Tenía mucha gracia. Y luego, la verdad es que era muy generoso, con sentido del humor. Tenía un talento para comentar, para retratar las cosas, ¿no? Y era un aficionado sui géneris, también. A mí, vamos, me cayó muy bien, y… bueno, qué te voy a contar del shock que fue vivir eso. Fue tremendo.

Bueno. Vamos a pasar a otras facetas tuyas. Aunque seas economista de formación, haces un poco de periodismo. ¿Cuáles son tus periodistas de referencia?
Bueno… a ver, los periodistas del siglo XX que ha leído todo el mundo, o los que me gustan, ¿no? Son Camba y compañía. Y luego pues, hombre, los periodistas vivos… también los que lee todo el mundo: pues Ignacio Ruiz Quintano, Gistau, Manuel Jabois… leo también a Arcadi Espada, muchísimos. Es que me voy a olvidar de alguno. Y algunos de ellos, tengo ya la fortuna de tratarlos y de ser incluso amigo: Jorge Bustos, que le leo mucho también… Eso, hablando de la gente que toca el tema del Madrid, ¿no? Luego, en otros ámbitos del periodismo, pues… podría citar alguno más, pero yo diría que éstos son referencias en cuanto al periodismo. Y luego, los periodistas clásicos de toda la vida pues Camba, Josep Pla, Ruano… Ruano, muchísimo. No, los que todo el mundo; yo es que creo que todo el mundo leemos lo mismo y a los mismos, ¿no?

Hughes y Bustos.

Hughes y Bustos.

Y, diferenciándote un poco de los periodistas madridistas, éstos mismos que has nombrado, Ruiz Quintano, Gistau, Bustos, Jabois, ¿cuál es tu sello personal? ¿Qué te diferencia de ellos, o qué te asemeja incluso, también?
Hombre, pues aquí ya… No lo sé, eso lo tendría que decir otra persona, ¿no? Yo no lo sé. Hombre, es que me parece, aparte, que seguro yerro el tiro si hablo de mí. Eso es como cuando te oyes… cuando me oiga la voz… bueno, no lo pienso oír, pero cuando me escuchara la voz en esta grabación, me voy a espantar, ¿no?, de la voz que tengo. Pues esto es igual, ¿no? No lo sé. Lo tendría que decir el lector, cuál es mi rasgo distintivo. Yo, hombre, no lo sé. Sí que te digo que yo no imito a nadie. O sea, escribo con bastante verdad, de las cosas que escribo, ¿no? Y poco más, no sé. No sé qué rasgo puede identificarme.

En el primer foro de debate de Primavera Blanca, que se hizo el 23 de octubre, hace poco menos de un mes, se trató el tema del periodismo, Twitter, y todo esto, y estuvieron invitados Siro López y Juan Ignacio Gallardo. Uno de los temas que se trató era lo del “madridismo con camiseta”. Y uno de los asistentes, de los participantes, en el momento de preguntas, llegó incluso a hablar del “madridismo con dorsal”: el periodista que defiende mucho a un jugador. ¿Cuál es tu opinión sobre todo esto, el periodista que se identifica con un club y con un jugador?
Creo que todo cabe, todo vale. A mí, como lector, me gusta… me he acostumbrado a leer al periodista-personaje, al periodista-forofo, al periodista-frío; a ese tipo de periodista tan divertido que va de objetivo, y que nunca tiene equipo, y que parece que depende la verdad, u Occidente, de que el tío tenga o no tenga equipo, que no es tan importante; el periodista que dice que no tiene equipo y se le nota claramente que tiene un equipo… Yo creo que todo vale, y que, viendo venir a cada cual, pues está bien. Aparte de que el periodismo deportivo yo creo que ya no es solamente informar, sino también distraer, divertir, alegrar un poco… Entonces, bueno, hemos citado periodistas que son madridistas, y lees lo que escriben porque te gusta, por una metáfora, por un giro personal… No creo que sea importante. No creo… Yo no me fijo para nada en eso. No me interesa de qué equipo sea cada cual, si es o deja de serlo.

¿Y cómo fue tu paso de bloguero a luego estar en La Gaceta, ahora en el ABC, escribir las crónicas?
¿Cómo ocurrió? Pues fue rápido. Al poco de abrir el blog, me llamó La Gaceta. Bueno, me llamó Jorge Bustos desde Valencia, que estaba haciendo una entrevista a Camps, y me puso en contacto con Maite Alfageme, y empecé a escribir en La Gaceta. Allí escribía columnas de tema general, nada político, un costumbrismo así un poco desvaído, un poco… [risas], pero no sobre fútbol. Y luego, pues eso, no recuerdo… fue hace un año y pico… Una cosa siguió a la otra. Ya, a partir de ahí, fue ininterrumpido el proceso. Yo mantuve el blog después, pero luego ya ocurrió lo del ABC, y abrí otro blog en el ABC. Simultaneaba mi trabajo con la escritura en el periódico, y ya se hizo muy complicado mantener el blog. Y bueno, pues eso: fue muy rápido, ha sido una cosa detrás de la otra. No me paro a recordarlo, pero fue muy… En La Gaceta estuve, no llegó a un año. Escribí en verano una columna en la contraportada, y luego pasé a escribir televisión; y luego ya salté al ABC a finales del 2012. Y bueno, esa es la historia [risas].

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10 diciembre, 2013 · 14:12

El formol delicioso de Julio Camba

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Sus crónicas alemanas están entre lo mejor del articulista gallego.

Parece una paradoja que el auge editorial de Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) coincida con la ruina del periodismo tradicional, amén del cincuentenario de su muerte que se conmemoró el año pasado. Asombra la vigencia de la prosa cambiana en su estilo y en sus temas, sancionada por el favor de nuevas generaciones de lectores que descubren al gran genio español del columnismo del siglo XX ahora que cualquier bloguero con pretensiones se llama a sí mismo columnista. Pero quizá no sea tan paradójico el resurgir de Camba (a quien hace diez años nadie leía ni reeditaba en este país) en tiempos críticos para el periodismo, porque es conocida la facultad selectiva de las crisis para expurgar únicamente lo mejor con cierto ánimo de reivindicación. Y Camba no sólo es de lo mejor que le ha pasado a la historia del periodismo español, sino de lo mejor que podría sucederle a su futuro.

La editorial sevillana Renacimiento, con un primor ya reconocible, publica ahora las crónicas escritas por Julio Camba entre 1912 y 1915, siendo corresponsal en Alemania para La Tribuna primero y para el ABC de Torcuato Luca de Tena después:

–Pero si yo no sé alemán.
–Eso no importa, lo hará usted muy bien –le contestó el fundador de ABC.

Camba, que venía de cubrir las corresponsalías más excitantes de Londres y, sobre todo, de París, encaró Berlín con una desgana que la siempre fina ironía de sus artículos deja traslucir perfectamente. «Yo soy el hombre menos alemán del mundo», declaraba, y aunque pasó allí dos años y escribió algunas de las mejores crónicas de su vida periodística, nunca llegaría a encariñarse de lo germánico. Regresó aliviado a Madrid en los inicios de la Gran Guerra, aunque él dijo que volvía por aprensión de sabiduría, porque empezaba a notarse «síntomas así como de ir adquiriendo un criterio científico para todas las cosas» y él no quería defraudar a sus amigos castizos del café volviendo del país de Kant hecho un sabio de levita.

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29 noviembre, 2013 · 17:52

El hombre (y la mujer) de Vitrubio

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

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4 noviembre, 2013 · 16:34

Papá, ¿por qué estamos en Europa?

Qué jartá de democracia, oigan. Aguanté cinco horas exactas de debate parlamentario, de pluralismo político, de polifonías minoritarias, de réplicas y contrarréplicas, de bostezos ahogados e incontinencia urinaria. Es lo que pasa cuando la sesión de control al Gobierno de los miércoles viene precedida de la sesión informativa del Consejo Europeo. De Europa siempre vuelve Mariano Rajoy más estadista que nunca, intenso y pedagógico como una institutriz de piano. Como ese tipo tan pesado del chiste al que le preguntas qué tal está y va y te lo cuenta.

Bueno pues Rajoy nos ha contado hoy cómo están las cosas por Europa con tanta paciencia, con tanta prolijidad que a los cronistas más jóvenes nos entraban ganas de coger a los venerables reporteros de la Transición por allí aún presentes y preguntarles por qué estamos en Europa, como el niño del Atleti que necesita que su padre le invoque razones que justifiquen tan ardua militancia.

A la mañana de este miércoles en el Congreso le pasa lo que según Camba les ocurre a las palabras alemanas, que son tan largas que hay que coger perspectiva y entornar los párpados para juzgarlas en toda su magnitud. A las nueve y cinco comenzó el presidente a desgranar la letanía temática: del comercio interior al mercado digital único, de la unión bancaria a la convergencia fiscal. Pero se extendió sobre dos asuntos de rabiosa actualidad: la escandalera clueca del espionaje yanqui –qué fuerte, qué fuerte– y el grito en el cielo de la tragedia de Lampedusa.

Ambos temas se prestaban luego a atractivas bifurcaciones dialécticas en torno a las partidas de cooperación, los incentivos al desarrollo, la prevención en origen, la inteligencia compartida y otros entretenidos sintagmas informalmente distribuidos a lo largo de la rica gama que media entre el pleonasmo y el oxímoron.

Oxímoron parece la comparecencia del director del CNI, general Félix Sanz Roldán, que vendrá al Congreso a hablar para que nadie se entere, pues lo hace en la comisión de secretos oficiales que cursa a puerta cerrada como los entrenos de Mourinho. Suponemos que Obama fletará un par de unidades móviles para asegurarse de que llega la señal sin interferencias.

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30 octubre, 2013 · 19:32

El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: «Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César». Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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