La próxima revolución, como todas las anteriores, la harán jóvenes airados sin mucho que perder dirigidos por el resentimiento de quienes no ganaron todo lo que esperaban. Perdedores de la globalización que aguardan su momento para auparse a la cresta de la ola sobre hombros más lozanos, delimitando el terreno de la guerra cultural y marcando con dos garabatos al enemigo. Luego, una muchachada ingenua los seguirá hasta las afueras de Hamelín. Lo de siempre.
Todavía hay formas de viajar de incógnito en esta sociedad hiperconectada. Pongamos que un expresidente español necesita citarse en Ginebra con un prófugo de la justicia sin que nadie se entere. Se puede hacer: Suiza es un país habituado a la discreción, lleva décadas guardando los secretos financieros (y políticos) más inconfesables de su selecta clientela. Pero hoy en día el más tonto puede sacar su móvil y hacerte una foto inoportuna esperando en la cinta de equipajes con cara de párroco en un burdel; o saliendo de una tienda de suvenires con una caja de bombones para agasajar a tu interlocutor, que no en vano pertenece a una reconocida casta de pasteleros gerundenses.
El ciudadano sale de su portal en el madrileño barrio de Argüelles con el cabreo bajo la gorra y la rojigualda sobre los hombros, y comienza a ascender la cuesta de San Vicente hacia la plaza de España. Allí ha convocado el PP una manifestación para antisanchistas de todos los partidos, y nuestro ciudadano está decidido a desafiar el calor, el polen y el atávico recelo de la derecha a la disputa de la calle con la izquierda. Como ese hombre habrá otros 100.000 según los organizadores y 50.000 según el delegado imputado del Gobierno, así que dejémoslo en 75.000. No está mal para un domingo de junio y está mal para un país secuestrado por la mafia si tomamos al pie de la letra a la oposición. En resumen, la mani constituye un éxito orgánico para Feijóo al tiempo que blinda la impavidez de Pedro.
No puedo creer lo que cuentas que pasó. Acá sería impensable. Por la mañana nos llevaron al cerro de Monserrate, contiguo al cerro de Guadalupe: la ciudad se derrama a sus pies hasta donde alcanza la vista. Los bogotanos los llaman cerros con un punto de ironía, porque forman más bien una cordillera frondosa a tres mil metros sobre el nivel del mar que ciñe la extensión caótica de Bogotá con una corona verde. No fue fácil llegar hasta arriba porque los indígenas se toman muy a pecho la fiesta obrera del primero de mayo. El presidente Petro los necesita en la calle bien movilizados; quiere decirse inmovilizando a todos los demás. Llegaron veinte mil del Cauca y acamparon en el campus de la Universidad Nacional antes de montarse en sus chivas engalanadas, guerrilleras y contaminantes. Cortaban carreteras ondeando la minga bicolor y blandiendo varas de mando, revolucionarios exitosos por un día.
La democracia en Hispanoamérica es un triste oxímoron que se ha prestado mejor al realismo mágico que al rigor de la historiografía. Santiago Muñoz Machado ha tenido que dedicar mil páginas a compensar ese desequilibrio. El resultado se titula efectivamente La democracia en Hispanoamérica (Taurus), un empeño colosal que sigue el modelo de Alexis de Tocqueville, a quien la parte sur del continente le importó bastante poco. Al fin y al cabo era francés. Pero un español cabal no deja de sentir como propio el cíclico fracaso del constitucionalismo liberal en aquel hemisferio consanguíneo que ya no comparte rey pero sí cultura, lengua, religión y afectos. Lo escribió Nicolás Gómez Dávila en uno de sus punzantes escolios: «La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas». La buena noticia es que la metrópoli se está esforzando tanto por converger políticamente con sus antiguas colonias que quizá pronto todos los hispanos volvamos a agruparnos bajo el signo unánime del caciquismo.
La noticia de que las enfermedades más reputadas de nuestros reyes no se debieron a la consanguinidad habrá decepcionado a los republicanos de corazón. Pero analizados todos los encastes dinásticos desde don Pelayo hasta Felipe VI, las conclusiones de la genetista Teresa Perucho parecen irrefutables: patologías tan monárquicas como la gota o la sífilis no fueron fruto de la herencia sino de la amoralidad. Y la amoralidad está al alcance de cualquiera, mientras que debías ser un rey o un palurdo para casarte con tu prima.
En el Valle del Jerte están a punto de florecer al unísono un millón y medio de cerezos. Al pie de la sierra de Gredos hemos visto anteayer esos árboles sagrados ocupando las terrazas de un graderío natural como tenores de un coro mudo, con las ramas cargadas de ramilletes listos para el estallido inminente que se espera el día de San José. Durante unos pocos días, más bien horas, la naturaleza se recreará en su propio poder. Deparará el espectáculo de una belleza delicada y violenta al mismo tiempo, capaz de inspirar el haiku de un poeta o destrozar los nervios de un hiperestésico. No siendo una cosa ni la otra, el turista de mochila e Instagram trata de ajustar al máximo las fechas de su reserva en Plasencia y alrededores en busca de la foto definitiva.
Era la metáfora perfecta, casi obvia, para explorar la representación de un tiempo y un espacio. ¡La escalera interior de un bloque de pisos! El no-lugar por donde suben y bajan los trabajos y los días, las pasiones inútiles de las vidas vulgares. Pero el caso es que solo se le ocurrió a Antonio Buero Vallejo. España como una escalera a lo largo de tres décadas: de 1919 a 1949. El antes y el después de una guerra civil, el durante interminable en el que se consumen sus inquilinos-ciudadanos.