Son las diez de la mañana del 3 de octubre cuando Pedro Sánchez baja del audi oficial frente al Palacio de la Zarzuela. El subcampeón del 23 de julio concurre a la ronda de consultas con Felipe VI para reclamar su derecho a ser investido tras el fracaso aritmético de Feijóo. Ambos, Rey y presidente en funciones, saben que esa investidura solo será exitosa si el candidato cede al chantaje de los dos mismos políticos –Oriol Junqueras y Carles Puigdemont– contra los que el Rey pronunció el decisivo discurso del que hoy se cumplen exactamente seis años.
Cuando Pedro caiga y se rompa el hechizo del poder habrá que pararse a pensar cómo un enano moral logró someter a tantos. A académicos cum laude que se rebajaron a discípulos de un plagiario. A juristas prestigiosos que pusieron su ciencia al servicio del alivio penal para trucar la balanza de la diosa. A socialdemócratas de clase trabajadora que ampliaron los privilegios de la burguesía catalana. A auditores fiscales que ampararon el despilfarro en el clientelismo. A diputados con educación que aplaudieron la bajeza. A periodistas respetados que trasladaron la redacción a La Moncloa. A purgados del partido que se postraron ante su verdugo en busca de redención, quizá para ser purgados de nuevo en un círculo depravado de pasión por la obediencia. A comunistas que engordaron al socialtraidor que los devoró. A conservadores vascos que se diluyeron en su rival abertzale. Todos siguieron a un flautista esquizoide que los perdió.
La ola autocrática que se prepara para descargarnos encima una amnistía infame se estrelló este domingo contra el rompeolas alzado en la plaza de Felipe II, el rey que decidió la capitalidad de Madrid. El escenario era nuevo y el formato también: ni aún manifestación ni ya acto de partido, el gentío desbordó las costuras propias del mitin cerrado y colapsó las calles adyacentes al WiZink Center -O’Donnell, Alcalá , Goya, Conde de Peñalver- con la desorientación propia de la falta de costumbre. Otra cosa que la gente de orden jamás perdonará a Pedro Sánchez es haberla obligado a manifestarse. Los papeles tradicionales están invertidos: la izquierda insta al silencio frente al privilegio y la derecha se echa a la calle en defensa de la igualdad. Otra revolución psiquiátrica que le debemos al sanchismo.
Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
Usted no sabe quién es Valentín González Formoso. Yo tampoco, y eso que me pagan por saber esta clase de cosas irrelevantes. Pero lo peor para don Valentín no es nuestra ignorancia al respecto de su existencia sino la de los votantes gallegos, que llevan catorce años votando mayoritariamente al PP. Porque Valentín González Formoso es el actual jefe del PSdeG, y este domingo aprovechó un mitin del único jefe del PSdeG -y de cualquier agrupación socialista del país- para desmentir el arraigado tópico de la indefinición galaica:
Él le gritó «¡que te vote Txapote!» y Pedro respondió «ya me ha votado». Así empezó su idilio a primera vista, una amistad instintiva bajo los ropajes equívocos del odio.
La escena sucedió en la playa. El presidente, sintiéndose al fin legitimado por las urnas -con la legitimidad que solo da quedar segundo-, se atrevió a salir a la calle, a pasear por los alrededores del palacete estival, a echarse una carrerita matutina por la arena flanqueado únicamente por cuatro guardaespaldas. Pero ninguno de los cuatro pudo evitar que un chaval que sesteaba al sol sobre su toalla se incorporara como un resorte al verle pasar y prorrumpiera en el famoso ripio.
Ahora que el PSOE está a punto de hacer con Puigdemont lo mismo que Rubiales con Jennifer Hermoso -lo de Sánchez será un beso de tornillo en varias lenguas-, una insuperable repugnancia se ha instalado en el cuerpo liberal y conservador del país, que se niega a serlo de países. El personal no encuentra consuelo, y no lo comprendemos, porque le sobran razones para sacudirse de una vez este luto paralizante y narcisista. Basta ya de lamerse la llaga, damas y caballeros del centroderecha: no les educaron para eso. Es hora de levantar la cabeza, empuñar la honda y sonreír a la fealdad del gigante de pies de barro. Primero porque su caída será más dura, empujada por un cúmulo de circunstancias económicas y territoriales suficientemente inventariadas: de las reglas de gasto a las elecciones vascas y catalanas. Y segundo porque eso de la oposición más poderosa de la historia no es frase hecha. Nunca un Gobierno fue menos estable y nunca una oposición acumuló tanto poder municipal, autonómico y parlamentario. Las ocasiones para convertir cada día de la legislatura de Pedro Puigdemont en un infierno delicioso serán innumerables. Falta, claro, que Feijóo se lo crea. Que descubra su propio arsenal. Y que lo despliegue sin miramientos hasta que la prensa sanchista fiche de columnista a Marcial Dorado. Ya tardan.
Empieza a resultar extraño oír hablar español en el Parlamento de España. Por fortuna esta lengua anacrónica, vinculada a la represión histórica de Cataluña y de los mapuches patagónicos, será progresivamente purgada de nuestras instituciones gracias a la nueva etapa de avances democráticos que inauguramos este jueves en el Congreso, sede de un número de soberanías todavía por determinar. Los últimos partidarios de «la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles» -según reza un polvoriento legajo que nos dimos entre todos, etcétera-, habitamos el cuento de Cortázar de la casa tomada: el cordón sanitario sobre los propietarios legales según la escritura del 78 se va estrechando.