Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Alcaldes de Altamira

Sima de los Huesos.

Ascensor evolutivo de la especie detenido.

Enternece que se les llame nueva izquierda cuando sus primeros dos meses de poder los retrotrae aproximadamente al estadio magdaleniense de la evolución, cuando nos empoderábamos pintando bisontes en el techo de Altamira. Y no nos referimos ahora a lo rupestre de su indumentaria (aunque al parecer Kichi se ha comprado ya su primer traje, y no sé por qué el Ibex no ha repuntado de gozo celebrándolo), ni al escaso refinamiento de su protocolo y dicción, ni a que se muevan en bici, lo que no deja de ser un alarde tecnológico respecto de la mula; sino al hecho entrañable de que los Kichi, Colau, Carmena, Ferreiro o Ribó se empeñen en gobernar en un plano puramente simbólico, altamirano, infantil. Una cabecita real en una caja, un consistorio que abre su balcón al pueblo, unas pellas traviesas en la misa del patrón, un callejero por renombrar.

Si la derecha descuida o ignora el principio empático del genuino liderazgo, nuestro populismo zurdo sustituye directamente la gestión por el gesto, el futuro por la nostalgia, la representación por el revanchismo y -pronto- el equilibrio presupuestario por el regadío ideológico. Programa este compartido por Artur Mas, en quien el chamán enajenado se ha impuesto al tecnócrata resentido de un modo ya irreversible. Que su lista de país integre a burgueses acomplejados y a antisistema con ambición en un mismo delirio identitario no puede escandalizar a Duran: nacionalismo y populismo casan tan dulcemente como tres por ciento y concejal de CiU.

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Cortesía de Arcadi Espada

Cortesía de un lector de La granja humana

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Triplete por defecto

Triplete. ¿Y?

Triplete. ¿Y?

Al madridista le cabían tres opciones: sentarse a ver la final con la pasión delegada en Morata, que ya era mucho delegar; impostar la equidistancia exquisita del aficionado al fútbol que, no jugando su equipo y habiendo perdido la entrada para la ópera, se pone un Barça-Juve por mera curiosidad antropológica; o no sentarse a ver nada sino salir a emborracharse tanto como para despertarse en pretemporada. Lo más inteligente quizá era mezclar las tres.

Cuando marcó Rakitic, con esa finura de confección con que el mejor Iniesta descosía zagas, pensamos seriamente en el Jägermeister. Y lo peor es que Messi ni siquiera necesitaba entrar en juego: a la media hora recibió el balón y lo cedió con desidia a un compañero, como María Antonieta los pasteles al pueblo. Se supone que Arturo Vidal era el compañero de reparto de Benicio del Toro en una de narcos, y Pogba el convicto patibulario al que el guardia, en su primer día en la trena, le pide que se agache para comprobar que no oculta cuchillas en el ano; pero quia. Por no hablar del provecto y bello Pirlo, quien ya ha desarrollado toda la facha de un profeta de Zurbarán. Permeables aduanas para la circulación del juego culé, y eso que este tampoco es lo que era. Ni la Juve ofrecía la resistencia italiana que esperábamos ni el Barça tejía su tela con el criterio espacial de antaño. Al descanso nos fuimos resignados a la inercia ganadora azulgrana y a la convicción de que esta Juve nunca debió llegar a esta final.

La segunda mitad, sin embargo, trajo una agitación agradable. Era de prever. La Juve se atrevió a atacar, arriesgando el castigo de la contra culé. Ambas posibilidades se consumaron: Morata recogió el rechace de un disparo de Tévez, y Suárez el de uno de Messi. Todo había cambiado para dejarlo como estaba. Era el momento de homenajear a Xavi, legendario jugador y desechable politólogo, para cronificar el resultado. Artur Mas exhibía en el palco la misma sonrisa leporina que le suscitó la pitada copera. Y sin embargo aún pudimos contemplar un duelo crítico de porteros más o menos vendidos, un penalti no pitado sobre Pogba, un gol bien anulado a Neymar y la hermosa agonía de la Vetusta Señora, menopáusica de calidad ofensiva pero voluntariosa como la que más. La puntilla le correspondió a Neymar, con esa crueldad final del leñador sobre el árbol caído que el año pasado exhibió Cristiano.

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Entrevista en esRadio por La granja humana, a partir del 2:27:50.

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Utopía española

Patriota razonando.

Patriota periférico razonando.

Sabíamos el lugar, el día, la hora y el minuto en que el Rey y el himno de España serían pitados en España por dos grupos de españoles deseosos de ganar la Copa del Rey (de España). Hasta ahí, yo no veo dónde está la contradicción. Desde Juana la Beltraneja opera aquí la disensión como garantía de añeja españolidad, y reparemos en que la Constitución del 78 es muy posterior al Tratado de los Toros de Guisando. Otra cosa es que la legislación vigente tipifique con mayor o menor ambigüedad el delito de ultraje a los símbolos del Estado; pero si la interpretación de la norma corre finalmente a cargo de jueces tan modernos como Santi Pedraz, no creo que las frustraciones identitarias del hombre-masa periférico vayan a quitar el sueño a los Eliot Ness de la Fiscalía.

No me esconderé en la ironía confortable ni en la identidad problemática de mi país. Yo sé que el español no aprende modales si no es a palos, y sé que si los pitidos hubiesen acarreado la suspensión de la final las cosas empezarían a cambiar, así como las multas abusivas han rebajado sensiblemente las muertes en carretera. Pero ni hay voluntad política para asumir el coste de una ley así ni hay coraje en los medios deportivos para hacer su pedagogía entre las aficiones, de cuyo progreso civilizatorio ya nos felicitamos a poco que no tiren hinchas a los ríos. El señor Cardenal y el señor Tebas pueden ponerse jupiterinos y anunciar sanciones, pero los madridistas aún esperamos que chapen el Camp Nou, cumpliendo la sentencia que desestimaba el amparo del lanzamiento de cabezas de cerdo y botellas de whisky en los elásticos márgenes de la libertad de expresión.

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El año del despiste

Karim, decisivo en un visto y no visto.

Karim, decisivo en un visto y no visto.

La magnanimidad del Estado, más allá del FROB, quedó acreditada en la primera parte por mediación de la clemencia blanca, que tuvo al Barça arrodillado y en lugar de desnucarlo le tendió la mano y pidió que continuara este clásico que nos hemos dado todos los españoles. El suflé va a la baja y la consigna es mantener cerrada la fábrica de independentistas.

Modric y Kroos, con la solidaridad franciscana de Isco y Marcelo, violaron el espacio sacral del mediocampismo culé. Durante media hora el estadio asistió a una oportunidad histórica para ahondar en la sofisticación de su victimismo, pero se quedó en eso: en oportunidad. Porque Luis Enrique es un pragmático y ha despenalizado el pelotazo y el contraataque, extintos anatemas del pope Pep. Así llegaron los goles locales: el segundo dañó especialmente la fe reencontrada de los de Ancelotti, que entregaron la segunda mitad a las incursiones dentadas de Suárez, Neymar y Messi. Quienes perdonaron, en exquisita correspondencia con la primera mitad, todo lo que estipulaba la Constitución y el Estatut. Pero tuvieron que ganar o habrían sido descorteses con el público.

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Chat del clásico con Sostres

Sostres / Bustos.

Sostres / Bustos.

¿Qué les parece que el partido se juegue un domingo a las nueve de la noche?
-JB: Si de mí dependiera no habría avisado al Barça de la hora del partido, como diría Shankly.
-Salvador: Me parece estupendo porque cuando el Barça juega el sábado, el domingo es aburridísimo.

Buenos días, Salvador y Jorge, ¿estáis de acuerdo, como se está comentando por ahí, que el Barca con el mejor Messi desde hace mucho tiempo, le va a dar un repaso a un Madrid en horas bajas? Jorge, ¿será el domingo uno de esos días que te gustaría que Cataluña fuera un país independiente y, consecuentemente, este partido no tendría lugar? Muchas gracias a los dos.
-JB: A mí no me gustaría que Cataluña fuera independiente ni aunque encadenáramos manitas una década. Bueno, entonces puede. Pero quizá no hemos reparado en que la rivalidad del clásico nos une en un odio redentor muy español. Mientras juguemos clásicos, el Estado está a salvo. Y el folclore.
-Salvador: El Barça es Messi, sin duda. Sin Messi, el Barça es un equipo caótico y desfigurado. Hasta irrelevante. Pero hacer pronósticos sobre los clásicos es aventurado. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Dar al Madrid por muerto es de cateto provinciano. Y te lo digo yo, que estoy rodeado.

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El ruido sordo de la endogamia

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

Abrió la sesión un atronador minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del 11-M: fue la parte más elocuente de la matinal parlamentaria, zambullida ya en el barro electoral. Por unos instantes todos nos pusimos de pie para pasar íntimamente el dedo por aquella cicatriz nacional aún tibia, acariciándola enmudecidos, y sólo se oyó el tableteo de los fotógrafos disparando. Hasta la pantalla del iPad de doña Celia exhibía la sombra del luto. El responso laico concluyó con un aplauso como futbolero y a partir de ahí todo fue a peor.

El señor Bosch tomó la palabra y preguntó por la pobreza infantil. Más tarde, Pere Macias, tras «solidarizarse con el pueblo de Madrid», inquirió por el fomento de la innovación industrial. Se hace escandaloso, si no imperdonable, que ERC y CiU olviden así sea por un día la identidad oprimida de su tierra. Si el tabarrón catalán continúa amortiguándose, nos tememos que cualquier miércoles se alce Tardà clamando que le duele España.

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Los Pujol: una tara hereditaria

Padrino crepuscular.

Padrino crepuscular.

Hijo de un contrabandista de divisas, padre de seis hijos imputados, está bastante claro que el problema de Jordi Pujol i Soley es hereditario. Y eso confesó al juez: que recibió una herencia de 140 millones de pelas de su padre, el travieso Florenci, y no supo qué hacer con ella. Comprendemos su apuro. En España solemos usar estas adversidades inopinadas para tapar agujeros una vez aligerado de ellas el diezmo para Hacienda, pero vaya usted a saber qué comportamiento etnológico dicta para estos casos el hecho diferencial del noreste.

Total, que lo fue dejando, lo fue dejando y al final se encontró con que el desagradable problema sobrepasaba los 400 kilos; un tamaño bien hermoso para esta clase de quistes fiscales que se esconden a los cirujanos de la Agencia Tributaria. Hay quien insinúa que semejante tumor no se hereda así como así, sin una exposición continuada a las radiaciones B emanadas del Presupuesto. Pero si a San Isidro, patrón de Madrid, le araban el campo los ángeles, ¿por qué a don Jordi, padrino de Cataluña, no se le iban a multiplicar los ahorros sin necesidad de recurrir a la plebeya institución de la mordida?

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Pla, un vencedor derrotado

El hombre que murió en la cama.

El hombre que murió en la cama.

Cuando oigo decir que ya es hora de empe­zar a estu­diar el fran­quismo sin apa­sio­na­mien­tos, reprimo un hondo sus­piro de melan­co­lía. Ya sería hora, sí, en un país nor­mal: no en uno que revive cada día el espan­tajo del dic­ta­dor para jus­ti­fi­car un deli­rio iden­ti­ta­rio o una eterna revo­lu­ción pen­diente, con­ce­der meda­llas retros­pec­ti­vas, prac­ti­car un revi­sio­nismo absur­da­mente nos­tál­gico y, en gene­ral, ganarse la vida del inte­lec­tual ses­gado con sine­cura ideo­ló­gica, que es el modelo inma­duro de la indus­tria cul­tu­ral española.

Pero a veces topa­mos con tra­ba­jos rigu­ro­sos, labo­rio­sa­mente edi­ta­dos y valien­te­mente pro­lo­ga­dos, muy ale­ja­dos del sec­ta­rismo que alienta en la colo­ni­za­ción cul­tu­ral (enjui­ciar las posi­cio­nes éti­cas de los bio­gra­fia­dos en tiem­pos béli­cos desde la con­for­ta­ble óptica de la pros­pe­ri­dad pos­mo­derna) como este libro del perio­dista Josep Guixà, obra lumi­nosa sobre la rela­ción ambi­gua entre Pla y otros cata­la­nis­tas mode­ra­dos con el fran­quismo. A dife­ren­cia de lo que se ha tra­tado de hacer con Ruano, redu­cién­dolo a nazi sin com­pren­der su pica­resca estruc­tu­ral (y sí: amo­ral, pero nunca faná­tica ni cri­mi­nal), este libro des­cribe con pro­li­fe­ra­ción de docu­men­tos y esfuerzo de com­pren­sión la polé­mica evo­lu­ción ideo­ló­gica del gran escri­tor y de algu­nos cole­gas, desde su crianza bur­guesa hasta su coque­teo juve­nil con el radi­ca­lismo izquier­dista de Macià; siguiendo por el defi­ni­tivo des­lum­bra­miento ante Cambó y el regio­na­lismo pac­tista de la Lliga (posi­ción con­ser­va­dora que ya nunca aban­do­nará); con­ti­nuando por su labor de espio­naje desde Fran­cia para el bando de Franco durante la gue­rra, cuya elu­ci­da­ción pre­cisa es la mayor apor­ta­ción de este libro; y ter­mi­nando por la des­con­fianza amarga con que unos y otros (cata­la­nis­tas y fran­quis­tas, e incluso cata­la­nis­tas fran­quis­tas, con­di­ción mucho más mayo­ri­ta­ria de lo que vende el mito nacio­na­lista y que Guixà docu­menta con lujo) paga­ron sus servicios.

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