La noche del 23 de julio de 2023, a la altura de la constelación de Perseo, el cielo volvió a iluminarse con esos restos incandescentes del cometa Swift-Tuttle que los astrónomos llaman perseidas y los cristianos lágrimas de San Lorenzo. No sabemos si el llanto del mártir era alegre por la cercanía del paraíso o triste por el dolor de las quemaduras. Tampoco sabemos cuántos españoles llorarán de rabia y cuántos de euforia por la aparente continuidad del sanchismo. Cabe recordar a unos y a otros que las elecciones son como las perseidas: se repiten periódicamente. Pero en política nunca llueve fuego a gusto de todos.
Ningún poeta se atrevería a comparar a José Félix Tezanos con un cisne, porque los cisnes son símbolos de la gracia que según Ramón nacen de la nieve caída en el lago, mientras que el CIS de Pepefé es una broma nacida del moho acumulado en la fontanería de Ferraz. Ahora bien, si es verdad que los cisnes cantan cuando mueren, entonces el canto del cisne tezánico pone un coherente chimpún a su desvergüenza. ¿Alguien esperaba otra cosa de su última encuesta? Feijóo, que es más de prosa que de poesía, ha dicho que espera no tener que cesarle: confía en que presente voluntariamente su dimisión en cuanto su hagiografiado abandone Moncloa. Y lo hará, porque Pepefé no es un sociólogo común sino un sociólogo enamorado, y el amor por definición singulariza drásticamente el objeto de nuestra atención. El CIS de Tezanos no pulsa la opinión de la sociedad sino la de un solo hombre, íntimo momento en que el pulso de Pepefé se acelera con ternura. El día que no sienta el pulso político de Pedro, el CIS de Tezanos expirará por causas naturales. Solo que haciendo el ganso mejor que el cisne.
Francia es un paraíso, escribió Sylvain Tesson, poblado por gente que cree vivir en un infierno. De esa errónea percepción nacería la pertinaz inclinación del francés a la poesía de la revolución ante que a la prosa de la reforma. Pero lo que estamos viendo en las calles de Francia no es una revolución, fenómeno que teóricamente subordina la violencia a un propósito político, sinootra veda abierta de vandalismo.Fue un obispo de Blois, Henri Grégoire de Tours, el primero en usar esa palabra en un discurso de 1793 donde comparó los asaltos a las iglesias durante la Revolución francesa con el saqueo de Roma a manos de los vándalos en el 455. Por su labor en defensa del patrimonio se considera a Henri Grégoire el padre del conservacionismo: no en vano la hermosa Blois era la sede de la monarquía francesa antes de Versalles.
Nadie cae del cielo de las finanzas a la celda del talego sin experimentar un íntimo cambio. Rodrigo Rato (Madrid, 1949) rompe un silencio de 10 años para contar su versión de la historia que mejor encarna el auge y la caída de un hombre que fue una época. Llega en moto, se quita el casco, posa paciente y descarga su conciencia con sosiego y más ajustes de cuentas que actos de contrición. Para penar ya está Soto del Real.
Usted defiende que la politización no fue el problema de las cajas en España.
Los problemas que tuve en Caja Madrid y los que vi en las otras seis cajas no eran los créditos políticos. Eran operaciones bancarias, casi todas relacionadas con hipotecas. Caja Madrid tenía sobre todo hipotecas a inmigrantes que eran un problema, y otras, como Bancaja, tenían además préstamos a promotores en los que la caja entraba con un porcentaje. Eso es típico cuando las cosas van bien. Pero cuando la demanda se frena, los bancos se adaptan ampliando capital. Las cajas no tienen a quién cargarle las pérdidas porque no pueden ampliar capital. Ahí el timing es fundamental. Todo esto empieza en 2007. En ese momento todos los partidos tenían cajas regionales y no quieren privatizarlas. Y ahí se pierde un tiempo precioso. Pero las cajas han financiado la vivienda de las clases medias españolas.
Que el fundador de Bandera Roja en Zaragoza, escisión maoísta del PCE, terminara convertido en el periodista más influyente de la derecha democrática española desde la Transición hasta nuestros días puede sorprender a los sexadores ideológicos más superficiales. Pero quienes se hayan asomado a sus primeros textos y los cotejen con su recién publicado El retorno de la derecha (Espasa) descubrirán, por debajo de las inflexiones de la coyuntura política, un bajo continuo en la trayectoria de Federico Jiménez Losantos (Orihuela del Tremedal, 1951) que nunca ha dejado de servir a dos pasiones insobornables: la idea de España y el anhelo de libertad. Losantos se hizo comunista porque a comienzos de los 70 era la única manera honesta que el hijo de un zapatero de una aldea de Teruel tenía de comprometerse con la libertad política frente al régimen franquista. Y dejó de ser comunista cuando constató decepcionado, China y Solzhenitsyn mediante, que la izquierda catalana prefería alinearse con la burguesía nacionalista de pulsión hispanófoba antes que con las clases populares de cultura castellana que habían labrado la prosperidad de Cataluña. Visto así, el viaje a la derecha liberal de FJL sorprende mucho menos.
Este año electoral cierra definitivamente el ciclo político abierto por el 15-M, cuyo epígono decolorado ha sido Sánchez: empezó anaranjándose y acabó poniéndose morado. Aquella crisis de representación empuñó la bandera regeneracionista por las dos vías clásicas: la revolucionaria de Podemos y la reformista de Cs. Pero mientras que el nuevo marxismo proclamó que lo personal es político y elevó a la agenda legislativa su concreta circunstancia -desde la compra de un chalé caro hasta la visita al psiquiatra, pasando por las preferencias sexuales o el rencor hacia una estrella de la tele-, el nuevo liberalismo se esforzaba por defender el higiénico muro que desde Constant separa la esfera personal de la pública. Claro que para extrañar tu vida de antes ayuda mucho haber tenido una: una familia fuera de la política, un oficio fuera de la política, alguna inocente afición fuera de la política. No era el caso de los dirigentes de Podemos.
Más quisiera Cataluña haber engendrado a Velázquez, ese andaluz con acento andaluz que desenmascaraba a un Papa y enaltecía a un bufón. Hoy Cataluña manufactura tristemente el arquetipo contrario: folloneros que adulan al Papa sin dejar de blanquear la xenofobia nacionalista que no ha dejado de mandar sobre propios y charnegos desde que murió Franco, con quien tanto pactaron. Hace demasiado tiempo que faltan bufones catalanes de verdad, dignos artesanos de la mofa que arriesguen el tipo riéndose del poderoso cercano -el que riega la maceta de su subvención-, no del enemigo mitológico y por tanto inofensivo. No insultemos a los bufones clásicos asimilándolos al humor de TV3, que es una factoría de graciosos de corte, esas figuras serviles que en la comedia barroca siempre hacen pareja con su señor, del que solo se quejan con permiso. Quizá por eso no vuelven los toros a Cataluña pese al amparo legal: se conoce que allí se perdió la costumbre de tener suficientes cojones para torearlos.
Conduce su periodismo igual que su coche: sin cinturón de seguridad. Pero es tan menuda que está exenta de abrochárselo, como en cierta ocasión le explicó pacientemente a un agente de tráfico. Pilar Urbano (Valencia, 1940) merece la atribución de maestra del oficio porque no da lecciones de periodismo sino que lo sigue ejerciendo, libro tras libro. Ni la edad ni la fama logran retirarla de la pasión por la actualidad, de la documentación laboriosa, de la escritura ágil como su mente, de la narración trepidante, de la independencia probada. Se ha sumergido durante años en el procés, ha entrevistado a todos sus protagonistas y ha emergido con El alzamiento (editorial Planeta), porque pensó que no se había contado todo de la última sedición catalana. Y, sobre todo, no se había contado cómo cuenta las cosas la Urbano…
El título tiene una resonancia franquista que no parece casual: ambos alzamientos se justificaron por razones nacionales.
Yo tenía once folios con títulos, se me ocurren muchos. El editor me dijo: «Me gustaría uno que fuese como una piedra». Como un pedrada. Y se me ocurrió El alzamiento y le encantó. Pero no es mío sino de la sentencia, donde se alude a ese término 47 veces, mientras que «ensoñación» sólo se dice una vez. Y la gente se quedó con ensoñación.