Archivo de la etiqueta: El poder desgasta a quien no lo tiene

Pablo Iglesias, el ‘outsider’ que a cambio del poder aparcó la ideología

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Iglesias, por Ricardo.

Algún desván de Vallecas guarda el retrato del hombre que será Pablo Iglesias dentro de muchos años, cuando -como le advirtió Zapatero– la democracia le haya cambiado más de lo que él haya podido cambiar la democracia. Bastante más. Lo único que espera Iglesias para entonces es que, al descorrer el velo que protege el lienzo de miradas inocentes, no aparezca la imagen bronceada y próspera de Felipe González. Ese «decrépito moral», según declaró nuestro hombre en el foro de EL MUNDO esta semana. Un Dorian Gray cuyo carisma de luchador por el cambio, piensa Iglesias, ha quedado desfigurado en el mareo suntuoso de las puertas giratorias.

Y sin embargo los analistas, en su previsible ejercicio de analogía, no se cansan de señalar las semejanzas que Albert Rivera pretende con Suárez y que Pablo Iglesias guarda con Felipe. A quien sus padres votaron con el entusiasmo del 82: el mismo que desmiente que le bautizaran por casualidad con el nombre del fundador del PSOE, ya que el apellido lo tenía. La historia es tan recurrente como los lemas electorales, y el líder de Podemos no sólo desea abanderar el cambio en España, sino que cambia él mismo por el camino. De blandir el mazo con que hacer saltar el «candado de la Constitución» a pedir un retorno al «espíritu de la Transición»; de la Unión de Juventudes Comunistas de España, donde entró con 14 años, a la socialdemocracia nórdica que ahora reivindica tras desencantarse de lo bolivariano; de los escraches que cimentaron su predicamento en la izquierda callejera al cuero brillante del escaño que ocupará tras el 20-D; de la ruptura a la reforma; del asalto al timbre. De Juego de Tronos a Borgen. Mutaciones meteóricas que va registrando el cuadro simbólico del desván vallecano.

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30 noviembre, 2015 · 17:15

La dignidad de Cataluña

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Polifonía rota por la causa.

Ayer se celebró una efeméride poco recordada, y eso que afectaba directamente al periodismo, que es el receptáculo natural de toda efeméride. Se cumplían seis años del editorial conjunto titulado ‘Por la dignidad de Cataluña’, publicado un 26 de noviembre de 2009 y suscrito por doce periódicos con sede en Cataluña

He releído la pieza con atención. «Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa», encabezaba el editorial uno de sus párrafos de prosa calculadísima, a un tiempo templada y pasional. Se trata de una cumbre del género florentino: esa sutil presión que carga la llamada a la conciliación con la advertencia de la represalia. No era un editorial de periódico sino de nación, y el hecho de que en Madrid causara escándalo y orgullo en Cataluña ya auguraba una divergencia irreductible: un periódico madrileño aspira a revelar algo que haga daño al Gobierno, aunque en el peor de los casos sea mentira, mientras que un periódico catalán propende al control de daños de su Generalitat, aunque en el mejor de los casos el daño lo inflija la verdad. Esto solo sucede cuando el oficio, cuya única causa ha de ser la información, abraza con desarmante naturalidad una causa alternativa que juzga superior, y que Jordi Pujol -el editorialista mayor de Cataluña- sintetizó en la expresión «hacer país». Ahora bien: cuando los colegas catalanes deciden hacer país no a través de la ocultación sino precisamente de la transparencia, como hizo ‘La Vanguardia’ cuando filtró la crispada reunión de los pretorianos de Mas, hay que reconocer que logran una repercusión inalcanzable Ebro abajo.

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27 noviembre, 2015 · 10:18

Einstein ante Rajoy

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Rajoy, un desafío para la ciencia.

El marianismo es un movimiento político que niega el movimiento político. De haber tenido que analizar el marianismo, Einstein sin duda habría concluido -resignado- que el espacio-tiempo acotado a una jornada en Moncloa no es dinámico, sino estático. Pues don Mariano es el único pedazo de materia conocido a cuyo contacto la energía renuncia a transformarse, e incluso se destruye. Y así, mientras la ciencia va descubriendo nuevas dimensiones de lo real -tengo entendido que la cuarta ya se ha quedado obsoleta-, el universo marianista tiende a comprimirse, y si por él fuera quedaría reducido a un punto primigenio y fijo, ubicado en la ría de Pontevedra, a partir del cual la política del «sentido común» para la «gente normal» no conociera alternativa.

Sin embargo, fuera de Moncloa el mundo sigue fastidiosamente sometido a la relatividad general. No eran precisamente relativistas sino fanáticos los que atentaron en París, pero su crimen obliga a Hollande a tejer pronto una alianza militar, con sus cazabombarderos y sus fragatas, o sea, la cosa menos estática que existe. La calle tampoco permanecería quieta, sino agitada por los demonios familiares del agit-prop municipal y espeso. Y ése no es el escenario electoral que soñaba para el 20-D el marianismo, al que tan grata demoscopia le estaba reportando la solidez institucional frente a los lemmings indepes. Muchos se meten en política para canalizar algo; Rajoy para hacer de dique.

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En El Parnasillo de COPE, esta semana, cómo acabar de una vez por todas con los cuentos de Navidad

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25 noviembre, 2015 · 10:49

Bipartidismo: no apto para jóvenes

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La cola de la capilla ardiente de Suárez, marzo de 2014.

Rara vez el primer borrador de la historia que es el periodismo ofrece dos imágenes tan sucesivas y tan opuestas para resumir un cambio de ciclo. El sábado 22 de marzo de 2014, ocho columnas de manifestantes salidas de los cuatro puntos cardinales del país confluyeron en Madrid para formar la llamada Marcha de la Dignidad, que condensó la indignación social por los parados, los desahucios y los recortes. La manifestación del 22-M discurrió con normalidad hasta que hacia el final de la jornada desembocó en disturbios entre radicales y agentes de policía, con un balance de 24 detenidos y un centenar de heridos. Pero sobre todo sirvió para aglutinar la base social del partido que por entonces se preparaba para dar la campanada en las elecciones europeas de mayo: Podemos. «Fue un día muy emocionante, ver a tanta gente en las calles queriendo cambiar las cosas», rememora Cruz Díez, de 35 años, educadora y activista señera de la marea verde que ha canalizado las protestas contra los recortes en la enseñanza pública. «Ahora quienes han cambiado son los de Podemos», apostilla.

Al día siguiente, con la Castellana todavía sin barrer, saltó la noticia de la muerte de Adolfo Suárez, el piloto de la Transición que ese nuevo partido tildaba de apaño y venía a impugnar. Cerca de 30.000 españoles devotos de su figura desfilaron por la larga cola que daba la vuelta al madrileño barrio de Cortes hasta adentrarse en el Congreso de los Diputados, donde se había ubicado la capilla ardiente del primer presidente de la democracia. «En la cola había personas de todas las edades, pero la mayoría superaba los 40. Parecían de la generación anterior a la del difunto: estarían en la adolescencia o la primera juventud cuando Suárez llegó al poder, y vivirían aquellos acontecimientos con la excitación de los grandes cambios políticos», explica Marta, que hizo tres horas de cola para despedirse del féretro del hombre que renombró Barajas. Ella no quería perderse lo que consideraba un momento histórico aunque reconoce que su edad -no ha cumplido los 30- era la menos representada en el cortejo fúnebre que rodeaba la Carrera de San Jerónimo.

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23 noviembre, 2015 · 11:20

Cualquier día muere Franco

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Pinta de muerto tiene, pero no hay que confiarse.

El día menos pensado se muere Franco y vamos a tener una desgracia. Convendría que este país se fuera preparando para el hecho simbólico -del biológico se cumplen hoy 40 años ya- de su desaparición, porque hasta ahora no hemos sabido conducirnos sin invocar cada día su vivificante recuerdo. Hay que reconocer que Franco legó muchas instituciones duraderas -los pantanos, el CSIC, la ‘Complu’, la seguridad social, la paga extra- pero la más consistente de todas ellas ha sido sin duda el antifranquismo. A los que nacimos con Felipe en La Moncloa nunca dejará de sorprendernos la falta de puntualidad de los antifranquistas, que proliferaron mayormente a partir de 1975. Cuando ya su misión se la había madrugado la madre naturaleza.

El físico de Franco ocupaba más bien poco espacio, pero su nombre goza de una lustrosa sobrerrepresentación. Los patios de los colegios de los noventa todavía se dividían entre rojos y fachas, y a poca tele que se vea en sus casas sospecho que los niños de ahora continúan blandiendo la misma pasión taxonómica, pues los viejos hábitos tardan en morir, cantaba Jagger, y en España tardan más. Celta o ibero, cristiano viejo o judaizante, culé o vikingo: nuestra idiosincrasia se antoja fatalmente binaria, y que no venga nadie con sutilezas centristas. Por eso quizá el discurso contra azules y rojos de Rivera le llega demasiado pronto a nuestro entrañable electorado.

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20 noviembre, 2015 · 10:39

La cuchara de Albert Rivera

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La perfecta simetría.

Ustedes habrán jugado en alguna boda aburrida a sostener una cuchara por su centro de gravedad: la cuchara se balancea a izquierda y derecha sobre su dedo, pero no termina de decantarse porque entonces caería con estrépito y su pareja rezongaría que no se le puede sacar de casa.

Albert Rivera sujeta la cuchara de la intención de voto como nadie en España: su dedo marca el centro exacto como el de Colón las Indias, y el electorado español sigue esperando que el cubierto se le decante por algún lado. Espera en vano. Rivera es un equilibrista que habla sin papeles y pisa sin red, y no hay modo de desequilibrarle.

Lo intentó nuestro director, David Jiménez, dándole la mala noticia de que EL MUNDO no respaldaría su candidatura -ni ninguna otra- porque este diario apoya propuestas y no siglas. Tardó segundos Rivera en refutar que eso fuera una mala noticia, porque él cree en la libertad de prensa. Casi nos agradece la falta de respaldo. Los reflejos son la primera condición del táctico.

Pero lo original del líder de C’s es que hace táctica con la estrategia: electoralismo con medidas a largo plazo como el pacto de Estado por la Educación. En el manual retórico del centrista no ha de quedar afirmación sin matiz: «No soy muy de himnos y banderas pero sí pido respeto». O bien: «Odio la guerra pero odio más el terrorismo».

Se trata de anular la bipolaridad clásica de la política española, lo que le permite distinguirse no sólo de los viejos partidos, sino también de Podemos: «Ellos proclaman que el miedo cambia de bando; yo no quiero ni miedo ni bandos». Y si las elecciones se ganaran sólo por el centro, como se cacarea, Rivera sería presidente; pero nos maliciamos que en España tiene aún Goya mucho que pintar.

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Hoy, en El Parnasillo de COPE, el mediocre autor de La Marsellesa que sufrió un rapto de genialidad

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19 noviembre, 2015 · 13:16

El aborto de una nación

El viñetista Ricardo también pensó en un Delacroix bufo.

El viñetista Ricardo también pensó en un Delacroix bufo.

Pasado el mediodía titulamos: «El Parlament escenifica la ruptura con España». Todo el tino inapelable del titular recaía en el verbo, que evoca tablas y actores: un escenario y la farsa que sobre él se representa. Cataluña siempre fue la tierra del diseño, la fábrica del postureo, la cuna de cómicos: una acreditada meca de la ficción. Ayer se programaba un gran estreno, pero la función quedó deslucida por la grisura -casi pacatería- de la oratoria insurgente: cuando uno decide separarse de la realidad, habitar resueltamente en la húmeda fantasía, debe hacerlo a lo grande, poniéndose campanudo y pintarrajeándose a lo Wallace. Pero ay, Romeva y Anna Gabriel no hablan de revolución sino de desconexión, porque su causa está más cerca del folleto de una startup que de un cuadro de Delacroix.

La resolución nace muerta como el aborto de una madre loca y abandonada. Pero ese aborto será enterrado sin la grandeza que necesitaría el martirologio de la nación naciente: bastará un mail del TC. Extramuros del Parlament, el gran vodevil generaba indiferencia, a excepción de los cuatro gatos cursis con sus cuatro enhiestos deditos, gesto que no es ciertamente el saludo romano pero que tampoco iguala la vis subversiva de la manita de Piqué. Si algo vuelve estomagante al independentismo es su impenitente cursilería, que ha contagiado incluso al más alto rango militar: oír al general Rodríguez prescribir amor a Cataluña, ahogar la sedición en achuchones, se antoja menos tolerable que si reclamara los manidos tanques por la Diagonal.

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10 noviembre, 2015 · 10:56

Tú eres Pedro (Sánchez)

Sobre las canas de Pedro edificaremos el pasado del PSOE.

Sobre las canas de Pedro edificaremos el pasado del PSOE.

Llamarse Pedro parece un buen comienzo para liderar un proyecto ambicioso, sea la Iglesia Católica o el Partido Socialista Obrero Español. En cambio apellidarse Sánchez tiende a estropear cualquier augurio. De Pedro Sánchez muchos -cada vez más- critican que acierte principalmente cuando rectifica, la última vez esta semana, que inauguró adjudicando en televisión al PSOE la ley del divorcio y reconociendo al día siguiente en radio que fue cosa de la UCD y que él entonces tenía nueve años. Normal que no se acordara.

En todo caso si los errores de don Pedro se atuvieran al pasado del país no sería grave, porque para eso están los historiadores. El problema es que atañen a su futuro, que es para lo que deberían estar los políticos. Así, el aspirante socialista a La Moncloa promete derogar en parte la reforma laboral y luego derogarla entera; anuncia que extirpará la religión de todos los colegios y más tarde solo de los públicos; forma lealmente junto al Gobierno para plantar cara al separatismo catalán y a continuación censura a Rajoy por ceñirse a vías judiciales y desechar las políticas. El sanchismo es una fábrica de arrepentimiento más productiva que el más sórdido adulterio. El sanchismo se nos antoja el único movimiento político al que cabe pedir no más autocrítica, sino menos. No mayor humildad, sino alguna autoestima.

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9 noviembre, 2015 · 11:08