A la espera de que gobierne la derecha para que el periodismo de élite redescubra la vocación de contrapoder (tan anacrónica ya como la de cartujo), los plumillas extramuros nos entretenemos con las piruetas sincronizadas entre Pedro y su servicio mediático. ¡Y cómo está el servicio! Por sostener el tren de vida del señorito calavera no hay charco que no se enjuague o polvo que no se barra. Y si no cabe bajo la alfombra, muy combada ya, se prende una fogata tuitera para confundirlo con el humo.
El sanchismo es un presentismo: desprecia el futuro e ignora el pasado cuando no puede manipularlo para justificar su presente, que es todo lo que tiene. Por eso Franco constituye una amenaza contemporánea en el cuento antifa de Moncloa mientras que ETA solo existe en las hipérboles prehistóricas de la derecha. «Nada se seca tan rápido como la sangre», le contestó De Gaulle -y era De Gaulle- a un asesor que invocaba los atentados del independentismo argelino para afearle a su jefe la apertura de negociaciones con los terroristas. Pedro, ágrafo de bulto redondo, lo expresaría de un modo más pedestre: sangre pasada no mueve molino. El muerto al hoyo y el vivo a la alcaldía. Para Bildu la perra gorda y para mí la perrera.
A mitad de discurso el Rey hizo un silencio, la cámara se acercó para encuadrar su gesto grave y pronunció cinco palabras subversivas rematadas por un tabú: «Y junto a la Constitución, España». Se trataba de algo nuevo en la retórica real, un énfasis resuelto en la palabra que la coyuntura gubernamental ha vuelto peligrosa: Es-pa-ña. Testigo preocupado de la discordia estratégica en el país de Sánchez, Felipe VI inauguró un ciclo discursivo en las dos juras de Leonor -la de la bandera en Zaragoza y la de la Constitución ante el Parlamento- que continuó durante la apertura de las Cortes y culminó en Nochebuena con una singular reivindicación española. Con una apelación urgente a la defensa de la unidad como base del progreso. Con una invitación desacomplejada a la toma de conciencia nacional.
Bajo el liderazgo espiritual de don Puente, los devotos operarios del muro están alcanzado sus últimos objetivos de blanqueamiento batasuno. Ya no son caretas las que están cayendo sino capuchas. Nos dicen que Bildu es la purita expresión del progresismo vasco; que su compromiso con la Constitución está fuera de duda desde que invistieron a Sánchez, aunque sea para planear juntos el troceamiento de la nación; que a los verdugos impenitentes que reciben homenajes y puestos de salida en listas no solo no les falta ningún tramo ético por recorrer sino que han ido más lejos en la defensa de la democracia que sus víctimas del PP. Nada como haber integrado un comando para demostrar tu hombría de paz.
Cuando se trata de dialéctica, Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) no pierde la forma. En vísperas del 45 aniversario de la Constitución defiende el legado al que él contribuyó decisivamente sin renunciar ni a la crítica ni al optimismo. Recibe a EL MUNDO en el barrio sevillano de Santa Clara, rodeado de vecinos que de vez en cuando se paran a saludarle con respeto. Es uno de los suyos.
La última vez que lo entrevisté, en mayo del 2021, el Gobierno de su partido no había indultado a los condenados del procés ni abaratado el Código Penal registrado la amnistía. Si en dos años vuelvo a entrevistarle, ¿qué España imagina que tendremos?
Hombre, yo espero que las aguas se calmen. La contestación a estos desafíos institucionales es tan fuerte que se tendrá que dar marcha atrás. Los jueces, los abogados, los inspectores de Trabajo y de Hacienda, el poder autonómico y municipal que ahora está claramente de parte del PP, lo que pueda venir de Europa, los periódicos nacionales y extranjeros coinciden en señalar una degradación de la calidad de la democracia. El Poder Judicial y el Supremo revocan nombramientos por inválidos. Esto tiene que amainar, porque si no amaina vamos camino del Caribe.
Podremos discutir todo menos que este Congreso no sea representativo: está exactamente igual de fracturado que la sociedad a la que representa. Y esa falla se manifestó cuando debía, en la solemne sesión de apertura del mandato, más que nada para dejar las cosas claras desde el principio. No fue un arranque sino un espóiler.
Nace el tiempo de la excepción, arranca el mandato del muro sobre los escombros del 78. La historia de España nos sale al reencuentro con el gesto torvo de antaño. Vuelven las carreras delante de las porras y hasta retorna el protagonismo de los cantautores. A cambio, por fin podremos bañarnos en ese río incesante que es el cine español sobre la guerra civil sin aquella gélida sensación de anacronismo. Anoche revisé La vaquilla y hoy empiezo el segundo tomo de los diarios de Morla Lynch, que ilustran bien las ventajas del asilo diplomático. Quizá también repase los editoriales de Camus en Combat.
La investidura se produjo hace unos días lejos de Madrid, en un hotel bruselense, pactada por un fontanero del PSOE -otros dicen que electricista- y un delincuente fugado de la Justicia. Pero como el espectáculo debe continuar y hay que guardar las apariencias, se ha programado en el Congreso una representación teatral en funciones de placebo democrático, a fin de tranquilizar a los burgueses que aún creen en el tinglado.