Cierta vez Ledesma Ramos, cofundador de Falange, se dirigió a su tocayo Maeztu buscando su complicidad y le llamó nacionalista. Don Ramiro, un conservador sin ínfulas revolucionarias, protestó: «¿Nacionalista yo? El nacionalismo es chusma y petróleo».
Sabrán ustedes que finalmente el partido Sumar ha sido fundado. Durante años la existencia política de Sumar ha pertenecido a un orden puramente teórico, al brumoso ámbito de las hipótesis descabelladas, tales como la reunificación de Mecano, los avistamientos del Área 51 o el fichaje de Mbappé. Pero según los indicios más fiables Yolanda Díaz ha logrado aterrizar la idea platónica de Sumar sobre la realidad burocrática del registro de partidos hechos y derechos. Es cierto que Díaz lleva casi un lustro siendo ministra, pero hasta ahora ejercía su poder orgánico desde Castroforte del Baralla, la ciudad flotante de Torrente Ballester que vivía a caballo entre la existencia y la nada. Esta clase de prodigios solo pueden causar sorpresa fuera de Galicia.
El abrazo entre los diputados de Junts y ERC en Madrid tras la aprobación de la Ley de Amnistía podría repetirse en Barcelona la noche del 12 de mayo, y esa es una clase de reconciliación que entristece a Salvador Illa. Y ni siquiera hará falta que se abracen bajo forma de coalición para volver inútil una posible victoria del PSC: basta que Junts amenace con boicotear todas las votaciones en el Congreso si el poder en la Generalitat se lo reparte Illa con ERC, clausurando de facto la legislatura sanchista. ¿Se conformarían los neoconvergentes con recuperar el Ayuntamiento de Barcelona? ¿Qué cabeza propiciatoria rodará antes para satisfacer el próximo chantaje del prófugo, la de Collboni, la de Illa o ambas? ¿Veremos a don Salvador vender en campaña muy serio el retorno a la gestión mientras en Suiza la cúpula de su partido trama el referéndum con Puigdemont? ¿Se encamina el PSC a otro triunfo melancólico con tal de que el derrotado en las generales de julio conserve su puesto? Son preguntas que atormentan las noches de nuestro filósofo de la normalización pese a que de día, en los campanudos mítines con Pedro, debe fingir que se siente lealmente acompañado.
Si medimos éxito político por el respaldo popular en los sondeos o en la calle y no por la sintonía con la dirección del partido, Emiliano García-Page está en su mejor momento. Recibe a EL MUNDO cuando Pedro Sánchez ha cedido a la amnistía integral que pedía Puigdemont y que indigna al presidente de Castilla-La Mancha.
La trama de Koldo le ofreció mascarillas y usted las rechazó. ¿Qué le llevó a albergar sospechas?
De entrada quiero precisar que afecta a la imagen del PSOE pero no al PSOE en términos de participación. Hay unas cuantas personas que han hecho barbaridades y que lamentablemente colectivizan esa mala imagen, pero ni de lejos afecta a multitud de cargos públicos y de alcaldes o responsables que se comportan con otro criterio. No deja de ser una cosa excepcional, por mucho dolor que nos ocasione. En la pandemia no había fórmulas mágicas. En todos los presidentes que he conocido -del PP, del PSOE, incluso lo he dicho de Torra, que en esto fue muy español- me he encontrado a gente compartiendo el mismo dolor, teníamos básicamente los mismos problemas y terminamos dando las mismas recetas. Illa hizo un trabajo impecable de coordinación entre los consejeros. Salvo la gente desaprensiva y los depredadores económicos, la mayoría estábamos a lo que estábamos.
Entre los progresistas más honrados, los que todavía escuchan el susurro de su conciencia bajo el tintineo vil del precio del poder, cunde esta correosa esperanza: «Nos hemos comido esta amnistía infame para poder desplegar ahora nuestra agenda social. Por fin se volverá a hablar de políticas materiales para mejorar la vida de la gente». Con todo el dolor de mi liberal corazón debo recomendar a estas sufridas almas bellas que abandonen toda esperanza. Nada remotamente progresista sucederá ya en esta legislatura secuestrada por el supremacismo catalán y roída por la corrupción orgánica.
Los caminos de la indignación ciudadana son perfectamente escrutables. A cualquiera le indigna una trama de corrupción en la que intervienen putas, áticos, ferraris, mordidas, políticos cazalleros, mariscadas, rescates millonarios, reuniones secretas de la mujer del césar, decenas de miles de muertos, la ruina de muchos más y el severo confinamiento ilegal que sufrimos entretanto. La historia lo tiene todo para capturar sin esfuerzo la atención del público y precipitar su reacción moral. Y sin embargola corrupción política que extiende la amnistía es mucho más grave que la corrupción económica del caso Ábalos. Por si esta afirmación contradijera el juicio popular, trataremos de justificarla.
Excelentísimo señor Álvaro Redondo Hermida. Tres días en la vida de un hombre dan para mucho. En tres días un pagano puede escuchar la voz de Dios, como Saulo camino de Damasco. O puede jurar amor eterno a una mujer apenas entrevista, como le sucedió a Dante al topar con Beatriz en Florencia. O puede destruir su reputación ante los ojos de todos los españoles, empezando por sus compañeros de carrera, que no dan crédito al cambio obrado en su criterio jurídico entre el 26 y el 30 de enero, fecha en que se reunió con su superior jerárquico, primer fiscal general reprobado por desviación de poder.
Cumplió Junts su amenaza y tumbó la ley de amnistía porque no era lo suficientemente integral, es decir, lo suficientemente humillante para la democracia española. Ahora el partido de Pedro tendrá que sentarse otra vez en la Comisión de Justicia, con el dilatador puesto, para que pasen por el esfínter del articulado la alta traición, el terrorismo malo, las evasiones de los Pujol y una remesa de pinganillos con traducción simultánea al ruso. Si Irene Lozano hubiera trabajado para Dostoievski, en lugar de Crimen y castigo habría titulado Poder y amnistía.