Francia es un paraíso, escribió Sylvain Tesson, poblado por gente que cree vivir en un infierno. De esa errónea percepción nacería la pertinaz inclinación del francés a la poesía de la revolución ante que a la prosa de la reforma. Pero lo que estamos viendo en las calles de Francia no es una revolución, fenómeno que teóricamente subordina la violencia a un propósito político, sinootra veda abierta de vandalismo.Fue un obispo de Blois, Henri Grégoire de Tours, el primero en usar esa palabra en un discurso de 1793 donde comparó los asaltos a las iglesias durante la Revolución francesa con el saqueo de Roma a manos de los vándalos en el 455. Por su labor en defensa del patrimonio se considera a Henri Grégoire el padre del conservacionismo: no en vano la hermosa Blois era la sede de la monarquía francesa antes de Versalles.
Hay un progresista en España que está liando el petate para echarse al monte a refundar el maquis contra el fascismo inminente. Se ve a sí mismo como el padre de Ismael Serrano, haciendo dulce guerrilla urbana en pantalones de campana, y va dando el cante del apocalipsis facha por las redes y las tertulias y hasta por las columnas de un periódico antaño decoroso. Nuestro hombre, nuestra mujer, ha escuchado tantas canciones al alba y ha hocicado tanto en la parcial memoria de su tribu y ha fantaseado tantas veces con la gloria de haber sido la decimocuarta rosa o con la toma del Cuartel de la Montaña que no soporta haber llegado tarde a su cita con la Historia: cuando empezó a opinar, la democracia española ya estaba hecha. Para seguir sosteniendo su ilusoria identidad de combatiente, esa húmeda mitomanía de antifa de Ikea, necesita que los gobiernos de PP y Vox reproduzcan sus personalísimas fantasías de dominación y resistencia. Y si no las reproduce, peor para los hechos. En el tuit premoderno de un esbirro de Buxadé avistan el vuelo del Dragon Rapide, por más que la incompetencia de Vox (literalmente: falta de competencias) amenaza seriamente con frustrar su sed de épica.
La entrevista de Feijóo en El Hormiguero comenzó bajo una enorme tensión: la posibilidad terrible de que Pedro Sánchez irrumpiera en cualquier momento con unas gafas, llamando Pabliño al presentador y silbando la melodía de Verano azul. Su afán de foco ha alcanzado tal grado de paroxismo que no hay en este instante ningún podcast universitario a salvo de una llamada personal de La Moncloa.
Cuando el PSOE presumía de ser el partido que más se parecía España no fundaba tal vínculo en la clase social, pues el obrerismo perdió sentido hace tiempo en las sociedades posindustriales, sino en la diversidad territorial. Desde que Feijóo tomó las riendas del PP -dejando la rienda larga por contraste con el centralismo casadista-, y sobre todo desde que el 28 de mayo los españoles retiraron abrumadoramente el poder territorial al PSOE para confiárselo al PP, el partido que más se parece a España es el liderado por un gallego flexible y templado que ha hecho del respeto a los acentos singulares de la nación su paradójica seña de identidad.
Que el fundador de Bandera Roja en Zaragoza, escisión maoísta del PCE, terminara convertido en el periodista más influyente de la derecha democrática española desde la Transición hasta nuestros días puede sorprender a los sexadores ideológicos más superficiales. Pero quienes se hayan asomado a sus primeros textos y los cotejen con su recién publicado El retorno de la derecha (Espasa) descubrirán, por debajo de las inflexiones de la coyuntura política, un bajo continuo en la trayectoria de Federico Jiménez Losantos (Orihuela del Tremedal, 1951) que nunca ha dejado de servir a dos pasiones insobornables: la idea de España y el anhelo de libertad. Losantos se hizo comunista porque a comienzos de los 70 era la única manera honesta que el hijo de un zapatero de una aldea de Teruel tenía de comprometerse con la libertad política frente al régimen franquista. Y dejó de ser comunista cuando constató decepcionado, China y Solzhenitsyn mediante, que la izquierda catalana prefería alinearse con la burguesía nacionalista de pulsión hispanófoba antes que con las clases populares de cultura castellana que habían labrado la prosperidad de Cataluña. Visto así, el viaje a la derecha liberal de FJL sorprende mucho menos.
A este cronista le dijo una vez Pedro J. Ramírez: «Federico cree que la izquierda es mala y que la derecha es tonta». A esa conclusión solo se llega después de militar en ambas y conocerlas a fondo. En El retorno de la derecha -pronto best seller- la voz más influyente de la derecha española desde la Transición repasa las siglas de la no izquierda -UCD, AP, PP, UPyD, Cs, Vox- para constatar su adecuación o su traición a los principios inmutables de su base social, que hoy espera ganar la batalla contra el sanchismo.
Afirmas que todos los problemas de la derecha se resumen en que los representantes no se reconocen en los representados y viceversa. ¿No pasa lo mismo en la izquierda?
No, porque la derecha ha cambiado hasta nueve veces de partido. La izquierda tiene al PSOE y a los comunistas. El bloque numérico de la derecha social no ha cambiado: son 10, 11 millones desde la Transición. ¿Qué es lo que cambia? La derecha no cree en la política profesional. Cree en la familia, la nación, la propiedad, la Historia de España, la religión o al menos la tradición religiosa, cosas más de sociedad civil que política. Pero tiene una idea instrumental de los partidos. El problema es que en la derecha se instala una negación de su pasado, que no viene del alzamiento de Franco sino de antes: del sectarismo republicano. Las raíces de la derecha están en aquella vivencia traumática, y en cómo luego los mataban por ir a misa o les quitaban lo que habían heredado de sus padres. ¿Cómo no va a tener derecho a existir y a gobernar media España? Y esa injusticia, convertida en terror ya en la guerra, explica que la derecha se entregara a Franco. Dicen, vamos a dedicarnos a la familia, a lo nuestro, a rehacer nuestra propiedad, se casan con los del otro bando, reanudan la vida fuera de la política. En ese sentido Franco les viene bien, pero al mismo tiempo que salva al enfermo lo escayola. Y cuando al escayolado le quitan la escayola en democracia, no puede andar.
La legislatura que nació de un drama en Cataluña merecía agonizar con una farsa en Madrid. Con un candidato emblemático del consenso propuesto por un partido entregado a la fabricación de disensos. Con un presidente que cerró ilegalmente el Parlamento imponiendo el filibusterismo mediante respuestas kilométricas a preguntas no formuladas. Con una vicepresidenta sin partido que trata a sus votantes como a párvulos y luego abronca a un anciano que pagó con cárcel la lucha por la democracia que ella heredó. Con una condenada por terrorismo reprochando un «error histórico» al coautor de los Pactos de la Moncloa. De este destrozo de la política institucional, degradada a superposición chillona de relatos divisivos, solo se sale de dos maneras: escarbando más hondo en la disolución populista o regresando a la edad falible pero adulta de los políticos que primero hacían y luego narraban. No al revés.
Hay un hombre que padece íntimamente el advenimiento anual del8 de marzo. Como esas familias mal avenidas cuando ven acercarse la cena de nochebuena, este hombre no encuentra motivo de celebración en la gran fiesta del feminismo, movimiento que a él sólo le ha traído desgracias. Su rudimentaria inteligencia emocional nunca ha dejado de representarse la sexualidad como un juego de suma cero en el que la cuota de poder y de placer ganada últimamente por ellas equivale a la que ha perdido él. Ni chistes verdes le dejan contar ya. Este hombre no comprende que extendiendo su sentido de la deportividad a la esfera afectiva ganaría atractivo, y reduciría los fracasos que alimentan el resentimiento machista que aleja a las mujeres de él. Pedalea en una rueda inmóvil que le hace sufrir y lo radicaliza.