Archivo de la etiqueta: cultura pop

Castrar a Picasso

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Genio trabajando.

El oficial nazi que inspeccionó el piso donde vivía Picasso en el París ocupado no pudo reprimir una pregunta de incredulidad o de asombro ante una fotografía del Guernica que guardaba el artista:

– ¿Y esto lo ha hecho usted?

El genio, que no siempre fue tan valiente, replicó:

– No. Lo hicieron ustedes.

El Reina Sofía conmemora con una exposición monográfica el cuarto de siglo que cumple allí el famoso lienzo, completado en 33 días de trance por una mano chamánica. Más que un cuadro, el Guernica es un artefacto explosivo que Picasso detonó para siempre hace ocho décadas y que sigue estallando cada día ante los ojos del espectador que se atreve a mirarlo. No como consumidor, no como turista -ni siquiera del ideal-, sino como un hombre consciente.

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3 abril, 2017 · 11:28

Teoría del chupón necesario

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Cuatro chupones.

España gana bien, pero a nadie le entusiasma. Ni los aficionados llenaron las gradas de Gijón ni los ditirambos las crónicas del partido. Lopetegui hace bien su trabajo, el juego de la Selección prolonga una identidad futbolística que arranca de Aragonés y los jugadores son majos y marcan más goles de los que encajan. Pero los vemos triangular sin tasa en el televisor un viernes por la noche y bostezamos. ¿Por qué?

A riesgo de parecer poco científico -el fútbol es la única disciplina para la que los españoles no escatimarían en I+D-, yo creo que a España le falta un chupón. Un jugador que sortee defensores con el balón cosido, que drible y finte, que regale elásticas y bicicletas, que se vaya por velocidad y domine el cambio de ritmo. Un ‘primus inter pares’ que prenda el amor. O el odio.

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26 marzo, 2017 · 18:07

Disney al Valle de los Caídos

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No da para más.

Se cumplieron ayer 50 años de la muerte de Walt Disney sin que nadie se manifestara en el Valle de los Caídos Criogenizados en protesta por la vigencia de su paternalismo. ¿La pluma de Mises, la política de Reagan, el cardado de Thatcher? Quia: las cuentas por el consumismo desorejado y el dogma del crecimiento perpetuo -pero sin dejar de ser un niño- hay que pedírselas al lapicero de Disney. Medio siglo después no ha aparecido otro tan decisivo en el modelado de la psique primermundista. Hoy nadie discute su atroz responsabilidad en la infantilización de Occidente, pero entre nosotros la señaló el primero Ferlosio, con su lucidez escasamente diplomática: «Disney, ese gran corruptor de menores nunca bastante execrado, el mayor cáncer cerebral del siglo XX». Considerando en frío, imparcialmente, la vehemencia de don Rafael, concluimos que está justificada.

Walt de Chicago debió beber la cicuta como la bebió su más famoso antecesor en el delito de la corrupción de menores, Sócrates de Atenas. Porque si la inteligencia crítica de Sócrates amenazaba la cohesión de la comunidad, el ternurismo cremoso de Disney rebaja al electorado y lo convierte en tribunal de niños que ha de elegir entre absolver a un médico o a un pastelero, por recuperar la metáfora de Platón, más partidario del despotismo ilustrado. Los niños siempre absolverán a quien les garantice el azúcar de la demagogia, contra el que en este diario se ha alzado Robe Iniesta: «Lo malo de la democracia es que todo el mundo pueda votar. Y no digo que yo esté capacitado, pero habría que pasar varios exámenes. La Historia nos tiene que servir para algo. Pero ¿cómo puede votar un tío que no sabe quién fue Napoleón? Esa gente que piensa nada más que en comer donuts y ponerse más gorda de lo que está, ¿va a votar?» Quién nos iba a decir que la defensa de la epistocracia vendría de Extremoduro.

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El bueno (Rajoy), el feo (Pedro Saura) y el malo (Monedero) de esta semana en La Linterna de COPE

Participé en El Debate de TVE de esta semana: conciliación laboral y otros asuntos de rabiosísimo interés como una disputa con la representante de Podemos

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16 diciembre, 2016 · 10:54

El rock del ‘establishment’

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Entrevistando a Loquillo en el María Cristina.

La música popular es una religión partida en sectas muy solemnes. Cada una defiende la pureza de sus contornos como savonarolas del metal, el pop indie, la electrónica o el flamenquito garrapatero. Hace días los acneicos puristas del rock afearon a Loquillo que se prestara a salir en un spot de Gas Natural. Lo quieren maullando a los gatos del callejón o denunciando las injusticias del capital, como si la ideología de las estrellas describiera otra órbita que su ombligo. Cuando Bono se pone a salvar el mundo no hace sino autopromoción. Y cuando Richards se esnifa a su padre, lo mismo. Que los utopistas atascados en Woodstock saquen sus zarpas doctrinarias del espléndido individualismo rockero, invento capitalista que actualiza la mecánica carnavalesca formulada por Bajtín para afianzar el orden establecido a base de subvertirlo en un tiempo y un lugar bien acotados: concierto, festival, antro de sábado. Nos desahogamos y estamos listos para el lunes.

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5 diciembre, 2016 · 12:48

Bob Dylan contra el pueblo

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Y además, Dylan también ha escrito.

Que Bob Dylan gane el Nobel de Literatura parece la última victoria del populismo, que conquista el corazón más frío de la élite: la Academia Sueca. Al lado de este cónclave de exquisitos, el Vaticano de Bergoglio se antoja un comité federal del PSOE. Y sin embargo sus fallos anuales imantan la atención del planeta como ninguna cita electoral lo lograría, salvo si se produjese en Corea del Norte. Lo habitual es que nada atraiga tanto la curiosidad de la plebe como los usos más rancios de la aristocracia, norma que durante siglos han observado con lucrativo escrúpulo los novelistas, los dramaturgos y los editores del corazón. Pero los tiempos están cambiando, según cantaba el agraciado, y vivimos unos en que las élites deben fingir que se interesan por el pueblo, razón que explica que Donald Trump compita por la presidencia de la primera democracia surgida de la Ilustración. Que los académicos suecos quieran hacerse perdonar su olimpismo distinguiendo al gran icono vivo de la música popular expresa perfectamente el signo horizontal, demofílico y gatopardesco de nuestra era.

Y, sin embargo, está bien que Dylan haya ganado el Nobel. Asumo demasiado riesgo en esta defensa, porque España es un país que no deja mucho espacio entre el cuñado sentimental y el esnob genialoide. Y si el primero celebró ayer el galardón a pecho limpio, el esnob de red social tardó segundos en rasgarse la túnica inconsútil de su excepcionalidad, que no puede tolerar la coincidencia con el sentir general, y por ello inferior. Y es verdad que Dylan no necesita abogados como cantante pero sí como escritor.

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Mi videocomentario en COPE sobre el Nobel a Dylan, con todos los matices convenientes

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14 octubre, 2016 · 10:56

El fútbol (no) es así

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Boda argentina por el rito maradoniano.

El antropólogo Manuel Mandianes es enviado por él mismo al planeta fútbol como un etnógrafo a una tribu remota, y desde el centro de aquella jungla envía este informe pericial que retrata al deporte rey como aquello en lo que ya se ha convertido: la primera expresión antropológica de nuestro tiempo. La genuina religión de las sociedades secularizadas y hedonistas. La actualización solo en apariencia trivial de la frase de Carlyle según la cual toda comunidad humana se funda sobre el culto a sus héroes.

Más que un ensayo, este libro es un curioso estudio académico, escrito con el tono técnico de un científico del CSIC, que analiza los diferentes aspectos del fútbol -del entramado industrial al impacto mediático, del comportamiento de los jugadores al de los hinchas- como si Mandianes jamás hubiera oído hablar de semejante fenómeno. El asombro estratégico que adopta el autor ante algo tan abrumadoramente invasivo y cotidiano causa asombro a su vez en el lector, pero ayuda a desautomatizar las muchas verdades que tenemos interiorizadas sobre el fútbol, que ya no sabemos si sigue siendo la más importante de las cosas sin importancia o algo mucho más importante que una cuestión de vida o muerte, como sugería Shankly.

Mandianes acierta al presentar este juego global como la expresión religiosa más rica de nuestro tiempo, insistiendo en lo que tiene de rito y de fe para proporcionar un sentido de pertenencia a los hijos de la fragmentariedad posmoderna, en la cual la producción de sentido existencial ya no se confía a los fundamentos sino a los acontecimientos. Acontecimientos tales como un partido de fútbol. Se sirve para ello de un estilo poco elaborado, arrítmico, pautado por recortes de prensa cuya actualidad ha caducado aunque no su valor documental; pero ya hemos dicho que el autor no ha querido escribir un ensayo, sino un informe casi despersonalizado, sin juicios de valor. Se conduce como un Lévi-Strauss en un estadio.

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7 septiembre, 2016 · 12:32

El Prometeo negro

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Un hombre siempre se levanta.

Hace ya mucho que la muerte besó la lona, noqueado por el mito. Y hace menos que su memoria personal, destruida por el Parkinson, fue fiada a la memoria colectiva, la que alza monumentos a sus inmortales. ¿De quién es Muhammad Ali? ¿A quién pertenece su leyenda? ¿A los negros, al boxeo, al pop, a las voces de la contracultura? No hay identidad que pueda reclamarlo en exclusiva porque Ali es orgullo de una raza más amplia: la de los hombres libres.

Nunca supo el ladrón que le robó la bicicleta a los 12 años el inmenso favor que nos hizo. El fuego ya ardía en él, una rabia indefinida y cósmica que el policía que atendió su denuncia supo encauzar por el aliviadero reglamentario: un gimnasio de boxeo. Allí aprendió Clay no ya a defenderse, sino a ofender de palabra y de obra. Creció guapo e ingenioso, ordenando con criterios apolíneos cien kilos de músculo y varias toneladas de egolatría que sólo unas piernas hechas para el claqué podían desplazar con tanta gracia. Golpear y ser golpeado le parecía una ordinariez, así que perfeccionó su propio estilo: el baile ingrávido, la esquiva elástica y ese jab larguísimo que ejecutaba girando sutilmente el guante al impactar, para cortar la piel de su adversario. La lengua de la serpiente. El picotazo de la abeja cuando deja de zumbar.

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5 junio, 2016 · 13:58

“La ironía total lleva al nihilismo”

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El clasicismo aporreando al tertuliano-centauro. Museo de Historia del Arte, Viena.

La entrevista tuvo que hacerse en tres sesiones, en tres bares de tres hoteles de Madrid, pues coincidió con la publicación en El Mundo de una conversación con Montoro, con firma en un recuadro del entrevistado, y, claro, durante tres días su móvil no paró de echar humo: llamadas de la redacción, llamadas del ministerio, llamadas de las televisiones… Sirva lo anterior no como composición de modo ni de lugar ni de tiempo, en todo caso de personaje: Jorge Bustos, un periodista que lo mismo es capaz de un scoop que hace moverse el suelo del partido en el Gobierno que de llegar al punto final de una columna sin esfuerzo aparente, que de frecuentar las tertulias del prime time sin parecer un tertuliano, que de estrenarse como autor -y aquí va la razón de esta entrevista- con un libro de ensayo. Un libro que huye del recurso facilón del refrito recopilatorio, del manual de autoayuda del que solo se alimenta de galletitas chinas y de frases de almanaque, del comentario a mil fotos en blanco y negro de Steve McQueen y Audrey Herburn, del relato nostálgico de uno que aprendió a escribir en los cuadernos de caligrafía Rubio. La granja humana, en fin, lecciones amenas de Filosofía -y de Política, y de Literatura, y de Sociología…- profunda.

 -Quien llegue a su libro por sus columnas y, al revés, a sus columnas por su libro, ¿se llevará una sorpresa o verá en el trayecto una lógica continuidad?

-No debería llevarse una sorpresa, creo. El libro pretende conectar con el género canónico del ensayo, de más aliento que la columna, y la columna es, a su vez, un subgénero del ensayo. El resultado de esos dos vectores son los ensayitos de tres o cuatro páginas de los que está compuesto el libro, en el que he tratado de huir de cierta tendencia al academicismo aplicando el tono ligero del columnista pegado a la actualidad.

 -¿Cree haberlo logrado?

-En un primera versión del libro no. Porque cuando me llaman para hacerme el encargo, enseguida pienso en Ariel como la gran editorial del mundo académico y fijo en mi cabeza un lector ideal al que me quiero dirigir, un catedrático campanudo cuya aprobación debo merecer. Cuando enseño en Ariel lo que llevo escrito, me dicen que lo rehaga. En su momento, me cabreé bastante. Pero ahora entiendo la labor benéfica del editor.

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18 noviembre, 2015 · 12:15