Archivo de la etiqueta: crítica artística

¿Hay que acabar con las series de TV?

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

No veas tanta serie y vente el Gem con Al.

Es significativo que uno de los portales más célebres y visitados por los espectadores piratas (valga la redundancia) de nuestro país se autotitule Series Yonquis. El nombre es de una eficacia publicitaria innegable entre españoles, tan tenaces en el liderazgo europeo del consumo de drogas como en la ostentación del farolillo rojo de los informes educativos. Solo que la droga de las series también puede ser educativa.

La ficción, efectivamente, es una droga para el hombre, y no solo para el hombre español, como lo prueba esta edad dorada del género serial que despuebla Hollywood de guionistas y actores, más atraídos por la ambición narrativa de las series que por el efímero relumbre de los largometrajes, y que ha obligado a todos los periódicos digitales a abrir blogs especializados en el análisis de series, blogs que son seguidos y comentados con profusión de neologismos camino ya del arcaísmo como friki o spoiler.

Que la ficción no es un lujo sino una necesidad es una verdad antigua que justificó la emergencia de los aedos y rapsodas del mundo clásico, de los dramaturgos del Siglo de Oro e incluso de los monologuistas del Club de la Comedia. El IVA al 21% puede obstaculizar su satisfacción, pero no extirparla, y si nos lo suben al 91% volveríamos a la linterna mágica y a las cajas de guiñol en la plaza.

Las series cumbre de las cadenas yanquis –amén de yonquis– AMC o HBO nos proveen ciertamente de una sofisticación dramática desconocida hasta la fecha. Sin considerarse uno un yonqui fetén, un colgao irredimible de la sorkinina (Aaron Sorkin, autor de El ala oeste entre otras) o la simonina (David Simon, autor de The Wire entre otras), he de reconocer que los mejores ratos de pantalla –incluyendo la de cine y hasta la del chat con top models- que he experimentado en los últimos tres años se los debo a este puñado de títulos gloriosos: Los Soprano, The Wire, Mad Men, Breaking Bad, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, House of Cards y alguna más. No muchas más porque no me he aventurado mucho más allá de estas grandes obras que los amigos me encarecían con razón. También he curioseado en otras producciones a mi juicio fallidas, como The Newsroom y Boardwalk Empire, aunque no es difícil encontrar en ellas momentos de verdadera maestría cinematográfica.

Si la ficción es droga, habrá mierda buena y mierda mala, y ustedes disculpen el argot del lumpen. La mierda antecitada es muy buena, posee todos los principios activos del más puro psicotrópico artístico. Meta azul del mismo Heisenberg de Breaking Bad, de hecho. Si a ustedes no les suenan estos nombres y estas ficciones, ustedes están fuera de su tiempo (cosa que tampoco es ningún drama, oigan). Siempre he creído que de haber continuado hasta hoy las bulliciosas tertulias en los cafés literarios, los Valle-Inclán y los Gómez de la Serna se juntarían hoy para comentar los episodios de estas series que constituyen sin duda la manifestación estética más importante e idiosincrásica de principios del siglo XXI, del mismo que la novela lo fue en el XIX, el ensayo en el XVIII, el teatro en el XVII y la poesía en el XVI.

Ahora bien. En la fiebre de las series, como en la del oro, afloran paladas de cuarzo, feldespato y mica por cada pepita áurea. Como adicción que es, el visionado compulsivo de series exige una enorme cantidad de tiempo y la oferta es inacabable. Ahora que viene el frío la adicción empeora, recluye a sus víctimas en el interior rancio de sus pijamas durante findes enteros, agarrota sus músculos, irrita sus córneas. Hay que medir muy bien si el beneficio espiritual compensa el sacrificio corporal, porque no está nada clara la ventaja.

La serie es una amante posesiva que nos quita de pasatiempos tan acreditados como el amor, el deporte o la lectura. ¡Antiguallas!, aducirán los frikis. Puede ser, puede ser. Pero no estamos seguros de que la sustitución del paseo serrano con la novia por el atracón de capítulos de Homeland –serie que me resisto a empezar a ver, porque se me acumulan tristes los libros en la estantería– representa un signo de progreso y modernidad. Más bien la conversación solipsista y fanática del devorador de series nos hace a veces el patético efecto del paletillo taurino que todo lo compara con el toro y su mundo, y cada situación de la vida le parece anticipada simbólicamente por el giro de culo de un mozo de espadas amigo suyo. Yo sostengo, más que nada por mis amistades, que se puede ser perfectamente moderno asistiendo a corridas de toros y perfectamente medieval rindiendo pleitesía a los diálogos de Sorkin.

Lo peor de las series, incluso de las buenas, es que proporcionan una cultura exclusivamente visual, de escenas memorables y personajes magnéticos. No es poco. Pero no es suficiente. Se ha dicho tanto, y sobre todo lo han dicho tantos cursis que produce alipori repetirlo, pero es que es verdad: el desarrollo del homo sapiens sapiens viene caracterizado por la sutileza creciente de su capacidad de abstracción, cifrada en el lenguaje verbal. Una persona que ve buenas series y lee buenos libros es un ejemplar sano y cabal del sapiens sapiens. Una persona que ha sustituido los buenos libros por las buenas series es un espécimen cojeante de la especie. Una persona que sustituye las buenas series por las series españolas es una anomalía genética que hace llorar a Darwin sobre el cuaderno de notas de Mendel.

¿Hay que acabar de una vez por todas con las series de televisión como con una lacra social cualquiera? Umm. Quizá la lacra no haya exhibido aún toda la obscenidad de su poder deletéreo; quizá el enclaustramiento catódico que fomenta no deba motivar el mismo rechazo social que la jeringuilla en el antebrazo. Todo se andará. Ya verán ustedes. Y los que dentro de un par de décadas sobrevivamos a la plaga con los cerebros limados pero aún hábiles podremos escribir el guión definitivo sobre cómo las series de televisión fueron nuestra Movida y sembraron de cadáveres intelectuales las añoradas pandillas de la juventud, cuando el lado salvaje de la vida se caminaba sin salir del cuarto, embutido en un pijama.

(Publicado en Suma Cultural, 9 de noviembre de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

El hombre (y la mujer) de Vitrubio

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Hombres limpiando, fijando y dando esplendor.

Durante siglos la crítica occidental vivió a salvo de Oscar Wilde y pensó pacíficamente que el arte imitaba a la naturaleza y no al revés. El arquitecto romano Vitrubio, conservador devoto de los órdenes griegos y formulador del canon arquitectónico indiscutido hasta el Barroco, expresó la idea de que las columnas, por ejemplo, no son sino las copias artificiales de los árboles sobre los que en edades primitivas se apoyaban las techumbres de los edificios. Fue el mismo Vitrubio quien calculó la medida armónica del hombre que luego plasmaría famosamente Leonardo. Y fue Vitrubio quien explicó que las proporciones de las columnas clásicas se basaban en las proporciones del cuerpo humano, con tres órdenes correspondientes a tres formas ideales de lo corporal: el dórico a las del varón, el jónico a las de la mujer y el corintio a las de la doncella, señorita o muchacha en flor.

Sería interesante recorrer, por ejemplo, los edificios públicos de Madrid con el libro de Vitrubio en la mano y con ganas de aplicarlo rigurosamente. Las consecuencias son fastuosas, seguramente injustas e indudablemente cómicas. Sin salir de la almendra central, nos topamos con la sede de la Real Academia Española, cuya limpia fachada neoclásica se sustenta sobre columnas de orden dórico, como expresando el predominio de lo masculino en una institución que aún hoy cuenta con solo seis académicas de cuarenta y seis sillones ocupados. Y si la dórica RAE se resiste a la feminidad, como decía Vitrubio, qué diremos de los pintores de El Prado, cuya fachada precedida por Velázquez repite el orden dórico con sereno, sobrio, viril neoclasicismo.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La Bolsa o la vida, ambas femeninas.

La idea vitrubiana de feminidad señorea, en cambio, la columnata jónica del Instituto Cervantes, con sus imponentes cariátides custodiando el chaflán. Si reparamos en que el hoy Instituto Cervantes se diseñó para Banco Central, podríamos concluir que su arquitecto vino a subrayar el tópico bíblico de la mujer hacendosa, o bien la deidad grecolatina de la feracidad, es decir, ese talento crematístico, ese don para la administración de los dineros que siempre se ha atribuido a las mujeres, según Pla «el ser antirromántico por excelencia».

Leer más…

Deja un comentario

4 noviembre, 2013 · 16:34

Luis Paret, nuestro primer dandi

'Carlos III, comiendo ante su corte'. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

‘Carlos III, comiendo ante su corte’. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

Me gustó el cuadro en cuanto lo vi, reproducido en aquella antología de El Prado que cogía polvo en la biblioteca de mi padre. Se trataba de Carlos III, comiendo ante su corte y lo pintó en 1775 el divino Luis Paret y Alcázar (Madrid, 1746-Madrid, 1799), que es uno de los artistas especialmente seleccionados para la muestra que el museo dirigido por Miguel Zugaza ha dado en titular “Belleza cautiva”. Hay que darse prisa en ir a ver la exposición porque echa el cierre el 10 de noviembre.

Paret es noticia porque El Prado ha adquirido un nuevo cuadro suyo para esta exposición, Muchacha dormida, aunque a mí me bastaba con ese almuerzo de Carlos III que forma parte de la colección permanente y que merecería traspasar el círculo admirativo de los iniciados para obtener algún predicamento popular, porque parece que en el XVIII español no hay más pintor que Goya. Quien por otra parte no es más que un oscuro busto de una gala de cine.

El cuadro es un portento barroco. El ángulo elegido para representar la escena no puede ser más teatral: desde la sombra de una suntuaria sala del Palacio Real asistimos a la pomposa comida del rey, servido por su corte con arreglo a un minucioso, exquisito y extenuante protocolo. Cada uno de esos adjetivos está subrayado por la técnica empastada de Paret, un caso originalísimo de terquedad rococó a lo Watteu en tiempos en que el canon lo marcaba el neoclasicismo ideal de Mengs que, muy pronto, conocería la brusca contestación prerromántica de lo goyesco. Paret ingresaría en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en la que empezó su formación a los diez años de edad) al tiempo que Goya, en 1780, cuando el aragonés aún no había abandonado el clasicismo de escuela con toque rococó para emprender su huida sorda y genial.

Paret no poseía la personalidad vehemente del genio, sino la chispeante del dandi, pero en sus mejores momentos de juvenil desinhibición sí alcanzó la genialidad pictórica, para más tarde abandonar la ardua senda del personalismo y acomodarse al canon imperante. Hay un famoso autorretrato suyo en que se dibuja engalanado de pitiminí, rodeado de elementos que lo identifican como un cruce entre el Amadeus de Milos Forman y un Oscar Wilde avant la lettre. Fue Paret un pre-prerrafaelita madrileño que había venido a este mundo a divertirse, a gozar de los placeres del absolutismo y de los saberes de la Ilustración, y a rodearse de belleza. También a rodear de belleza a los demás, en concreto al hermano de Carlos III, el infante don Luis, mujeriego compulsivo a quien Paret abastecía de cortesanas como un auténtico proxeneta de altos vuelos. Tan es así que el rey acabó enterándose y lo mandó al destierro.

Lo que a uno le gusta de Paret es una paradoja: la combinación inopinada entre su gusto por el primor y su discreta distancia de lo que pinta; Paret es el primer dandi de la corte madrileña porque atiende al detalle, y lo fija con esmero, pero al mismo tiempo se distancia de él como previendo la ridiculez anacrónica del absolutismo engolado a punto de ser barrido por los vientos de la historia.

Se ha señalado de Paret su sentido escenográfico, pero sobre todo su sentido del humor. Hay en este cuadro de Carlos III una guasa sutilísima, con algo de sátira y con nada de denuncia, porque Paret se sabe miembro propagandístico del Antiguo Régimen, y astuto logrero de sus favores pese a destierros y escándalos, pero al mismo tiempo adivina lo efímero del tiempo incierto que le ha tocado vivir. Mirando sus cuadros uno advierte un tributo último de devoción por el despotismo ilustrado, y también un guiño abierto al gozne de las revoluciones por venir.

De Paret admiramos su técnica puntillosa, colorista, delicada. Pero sobre todo aplaudimos una sabia sutileza que no rompe con lo vigente pero ahorra una sonrisa eterna para el futuro.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de octubre de 2013)

1 comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

Los macchiaioli: del café a la historia del arte

Hubo en tiempo en Europa en que el hostelero de una gran ciudad debía pensárselo mucho antes de abrir un café, porque al poco tiempo se le podía llenar el local de bohemios entregados a la bulliciosa fundación de un nuevo movimiento literario o artístico. Los cafés han contribuido tanto o más que universidades, talleres y academias al progreso de la cultura, así como a la ruina de los empresarios, porque una clientela de pintores y poetas suele resultar un pésimo negocio. Un poeta de café podía escribir cinco sonetos por cada café con leche; es una proporción que ningún hostelero puede resistir, por grande que sea su amor a la poesía.

El artista decimonónico necesita por tanto de un café, y necesita también un mecenas, porque salvo en casos de raro éxito burgués, la clase media consumista aún estaba por aparecer en la historia y la élite social no absorbía suficientes cuadros o novelas como para mantener dignamente a sus hacedores. Esto era así incluso en Florencia, donde juraríamos que a la frente de cada nuevo bebé se le atisba el numen del genio. A partir de 1852 el Caffè Michelangiolo de Florencia se convirtió en el lugar de reunión de un grupo de pintores mayoritariamente toscanos –aunque acabarían llegando de otras partes de Italia e incluso de Europa, como Degas o Manet– a los que un columnista local, con clara voluntad peyorativa (como corresponde a los columnistas), bautizó como los “manchistas”, macchiaioli en italiano. Los llamó así para burlarse de su resuelta voluntad antiacadémica, de su reniego de la ampulosidad romántica que marcaba el canon pictórico del momento, de sus ganas de pintar de forma diferente, sobre temas diferentes, con técnicas diferentes y desde lugares diferentes. Como suele pasar con los mejores insultos, el teórico del grupo (y para mi gusto el pintor más dotado: La sirga es un cuadro para llevárselo a casa, una obra maestra de vitalismo costumbrista capturado con todos sus matices) que era Telemaco Signorini abrazó en 1862 el epíteto con orgullo identitario, y hoy el término macchiaioli identifica a uno de los movimientos más talentosos, simpáticos, encantadores, luminosos y revolucionarios de la historia del arte moderno.

Leer más…

Deja un comentario

6 octubre, 2013 · 13:28

Aaron Sorkin o la arrogancia intelectual

¡Sorkin también besa!

¡Sorkin también besa!

Si pensamos en un guionista que haya elevado el tradicionalmente oscuro prestigio de su gremio al rango deslumbrante del icono pop, ese tipo es Aaron Sorkin (Nueva York, 1961). Sorkin, que se llama Aaron Benjamin Sorkin y tiene toda la pinta de ser judío, encarna al guionista genial por antonomasia de Hollywood y de la floreciente industria de las series en general, con todas las admiraciones cerradas y odios ciegos que eso conlleva. Del mismo modo que Clooney es el galán maduro por excelencia o la Streep la actriz talentosa por defecto, los guiones inteligentes a Sorkin se le presuponen. Es conocido principalmente por tres gestas narrativas: el guión de Algunos hombres buenos, las cuatro primeras temporadas de El ala oeste de la Casa Blanca y el oscarizado argumento de La red social. Su cosecha no exenta de bluffs sigue arrojando un saldo desmedidamente positivo a ojos de crítica y público. El cerebro de Sorkin empieza a citarse ya como una maravilla americana que sumar al Gran Cañón o que añadir al Monte Rushmore.

¿Es la cosa para tanto? Veamos. Sorkin yo creo que ilustra bien la nunca bien ponderada diferencia entre talento y genio. El talento es un grado superior de maestría que se tiene de forma natural, una facilidad especial para hacer algo bien. Se puede perfeccionar con disciplina. El genio tampoco se adquiere, pero no resulta perfectible, y más que una facilidad es una desviación espiritual no siempre tortuosa que fuerza a su propietario a irrumpir en una disciplina y a practicarla de un modo radicalmente diferente en virtud de un sentido propio y novedoso. Lynch es un genio. Sorkin es un talento. El progreso del arte debe más al primero que al segundo, pero es muy posible que el talento lleve la felicidad a más personas que el genio. Las tramas de Sorkin se ensamblan con la fluidez de una artesanía pulida sobre el armazón de premisas argumentales siempre verosímiles y crepitan al ritmo constante de la garlopa aguda del diálogo ingenioso, medido, depurado de viruta. La carpintería narrativa de Sorkin nos arma muebles perfectamente resueltos, armoniosos, en los que brilla la impronta olorosa de la inteligencia. (Es que he estado de mudanza).

Sorkin es brillante, pero es demasiado brillante. Este es el problema de nuestro talentoso guionista, entregado sin remedio a la frialdad de la razón. Los actores cuidadosamente escogidos de sus producciones se esfuerzan por vestir con carne de empatía el soberbio esqueleto del guión, pero al espectador nunca se le acaba de borrar la impresión de haber asistido a una danza tan perfecta como gélida. A un ballet ruso. Uno echa de menos al cisne negro que aporte algo de incontrolada sordidez a la historia. Sorkin es el empollón de la clase, pero de una clase de Sócrates que comparte con Alcibíades y Platón, y a su inteligencia demiúrgica le concedemos tanta admiración como desprecio a su compañía en el recreo.

Supongo que se lo habrán dicho muchas veces. Los productores le habrán pedido algo más de carnaza, de pasión, de sexo si tiramos la casa por la ventana. Y él se habrá escandalizado y buscado inmediatamente a otro productor que consienta su exquisitez progresista, encontrándolo enseguida porque para eso es el listo de la clase y el mimado de la industria. A Sorkin los sentimientos –como a Arcadi Espada– le parecen una frivolidad, y es posible que tenga razón, pero no debería perder de vista que los sentimientos son lo único que importa en la vida de la mayoría de seres humanos que pueblan el planeta, o al menos entre los que habitan el primer mundo, pues los del tercero están demasiado ocupados buscando comida como para identificarse con los desamores que se cura con batidos de arándanos una joven ejecutiva del Upper East Side. Es el tipo de temática sobre la que Sorkin jamás se explayará, y eso que le agradecemos, pero tampoco estaría de más que sus personajes, de vez en cuando, se den un beso con alguna gana, fingiendo por un instante que son mamíferos cabales y no sofistas atenienses en perpetua justa dialéctica.

Paul Johnson hizo que su clásico ensayo Intelectuales orbitara en torno a la decepcionante verdad de que en demasiadas ocasiones –desde luego nubarrón habitual en muchas de las cumbres más altas de la literatura y el arte– el intelectual que ama apasionadamente a la humanidad, ofreciendo los mejores frutos de su cerebro al fomento de la convivencia y a la denuncia de la crueldad, es el primero en maltratar al prójimo en particular. Aman la Idea de la Solidaridad Multirracial e Interclasista y lloran de bruces ante la imagen de la Humanidad Doliente, pero recluyen a su padre en el asilo o zurran a su esposa o dan a sus bastardos a la inclusa, tipo Rousseau, que sería el fundador de esta calaña de intelectual moderno, escindido entre su fe y sus obras. Los dramas de Brecht claman una apasionada defensa marxiana de los desheredados, pero el trato que Brecht dispensaba a las actrices compone un escalofriante muestrario de vejaciones y abandonos sin conciencia. Como el dramaturgo alemán hay miles de casos. Sorkin saltó a los periódicos cuando en plena fiesta de celebración por la firma de una segunda temporada de The Newsroom, despidió al equipo de guionistas al completo, como refiere Luis Rivas en la sagaz crítica de El ala oeste publicada en esta misma revista.

En descargo de Sorkin hay que reconocer que él es el primero en ser consciente de su arrogancia intelectual, de su incapacidad para la empatía. Se advierte en algunos de sus álter ego de ficción. Ese Josh Lyman de El ala oeste, el mejor personaje de la serie, es el asesor superdotado –y bien consciente de ello– que despide y contrata personal con la misma (in)sensibilidad y cuya vida personal ha sido sacrificada gustosamente en el altar sagrado de la política demócrata; pero cuenta con una némesis amorosa, Donna Moss, cuya frustración refleja el daño que la justicia ejercida sin caridad inflige al entorno. Tan soberbio como Lyman es Will McAvoy, el quijotesco editor y presentador de The Newsroom, al que su equipo no vacila en calificar de “cabrón” en encuesta popular a cargo de su productora ejecutiva.

Pero la conciencia de su altivez no la vuelve más llevadera, sobre todo porque no se atisba propósito de enmienda alguno. Sorkin está encantado de ser como es, de lo cual nos convence ese entrañable bronceado Zaplana que gasta en las alfombras rojas y que identifica pronto al narcisista enfermizo; pero sobre todo está encantado de haber encontrado la verdad, situada en el extremo centro, en la formación sublime de ese demócrata seráfico que es el presidente Bartlet o de ese republicano moderado igualmente inviable que es McAvoy. Sorkin no es demócrata ni republicano sino liberal, en el sentido americano, que viene a equivaler a progre en el sentido europeo. Y desde luego piensa que su liberalismo contiene la solución a los problemas del mundo, aunque este, terco y oscuro, se niega a escuchar la sapiencia escupida en aforismos vertiginosos por sus personajes. No es que Sorkin crea en la superioridad moral progresista: es que le saca brillo cada día. Si David Chase (Los Soprano) y Matthew Weiner (Mad Men) alcanzan cotas asombrosas de verosimilitud psicológica, David Simon (The Wire) y Aaron Sorkin prefieren no privarse de su ideología –izquierdista en el primer caso, pijiprogre en el segundo– y diluirla en las situaciones, en los diálogos sutilmente catequéticos y en las conclusiones ya condicionadas de los episodios.

Sin embargo hay que ser justos: hablamos de un guionista de cine y tele. Su voluntad de confundir opinión y panacea, ese estirado maniqueísmo que tanto simplificaría la consecución de la paz mundial y el pleno empleo, no deja de estar al servicio de un producto de entretenimiento, sometido además al dictamen del share por su costosa financiación. A Sorkin le gustaría enseñar (adoctrinar, si quieren), pero le interesa sobre todo entretener. Y esa apuesta clásica por el docere et delectare –ejecutada con maestría y sin vulgaridad­– entronca con la función más noble de la ficción desde tiempos de Horacio.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de septiembre de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

La exquisita alegría de ser Salvador Dalí

A Dalí (Figueres, 1904 – Figueres, 1989) le habría gustado mucho enterarse de que la completísima exposición a él dedicada en el Museo Reina Sofía está salvando del cierre a los locales de la zona. Aquel hijo rebelde del surrealismo, a quien el patriarca Breton –en perfecto anagrama de las letras que forman el nombre de Salvador Dalí­– rebautizó como “Ávida dollars”, nunca se avergonzó de su fortuna astutamente amasada, de su olfato fenicio, de su pionera encarnación del artista capitalista en la ya convencional tipología del escandaloso calculado. Dalí es otro de los nombres del éxito, y él hizo que el éxito y el narcisismo resultaran tan artísticos como el malditismo y la bohemia autodestructiva.

A Breton y a Orwell les cabreaba profundamente el individualismo irreductible de Dalí en tiempos de grandes causas colectivas, fueran éstas el marxismo o el socialismo (y más adelante la misma democracia, frente a la que el pintor de Figueres se declaraba anárquico-monárquico metafísico). Sus guiños manifiestos a Franco y su incalculable legado testado a favor del Estado español y no de la autonomía catalana terminan de convertirlo en un artista incómodo para la izquierda orejera y para el aldeanismo institucional que rige su tierra. Pero tratar de encorsetar a Dalí en las tumefactas taxonomías de la crítica engagé o pretender ahormarlo a los propósitos propagandísticos de la política de barretina no es menos disparate que subir el zapato de tu mujer a una balanza adornada y llamar a la ready made “Objeto objeto escatológico de funcionamiento simbólico”. Con Dalí ni se puede ni se podía contar para ningún empeño social que tratase de involucrar a más de dos personas: el genio y su musa, o sea, Gala. “La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición”, escribió Gómez Dávila, y Dalí, que presumía de no tener un solo amigo porque Gala colmaba toda la potencia afectiva de su corazón, no luchaba contra el mundo moderno sino que más bien ampliaba sus márgenes para hacer hueco en él a su disparatada egolatría. En estos tiempos de socialdemocracia espiritual –una forma de pacatería supletoria y simétrica del pietismo santurrón­– que glorifican la humildad de los que no pueden ser otra cosa que humildes, Dalí nos señala el santo camino de la autorreferencia:

Cada mañana, cuando me levanto, experimento una exquisita alegría, la alegría de ser Salvador Dalí, y me pregunto entusiasmado: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy este Salvador Dalí?”

Claro que es un camino sólo transitable por algunos elegidos, y en la im-pres-cin-di-ble entrevista concedida a Soler Serrano el propio genio rizaba el rizo de la modestia vanidosa:

–A medida que me admiro más, encuentro que soy una real catástrofe. Si hubiera dos mil Picassos, treinta Dalís o cincuenta Einsteins, el mundo sería prácticamente in-ha-bi-ta-ble. Pero que nadie se espante: no los hay.

No los hay, y por eso veneramos a los pocos que afloran. ¿Pero por qué la modestia en Dalí habría sido pecado? ¿Por qué suspendió el examen de graduación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando –enojando mucho a su freudiano padre– al negarse a desarrollar el tema de Rafael ante un tribunal de tres catedráticos, alegando que él sabía más sobre Rafael que los tres miembros del tribunal juntos? Pues porque, efectivamente, sabía más. Todo el genial invento de la personalidad de Dalí se sustenta en un talento nato para el dibujo, una dolorosa hiperestesia, una técnica superdotada, un estudio obsesivo de los maestros del Renacimiento italiano y del Barroco español, una imaginación densísima, una formación intelectual de primer orden. Sin nada de eso, Dalí se habría quedado en Damien Hirst o en cualquier otro payaso del star system museístico posmoderno.

Leer más…

Deja un comentario

14 agosto, 2013 · 12:23

Juan de Ávalos y los malos tiempos para la épica

Franco le pagó 300.000 pesetas por su trabajo escultórico en el Valle de los Caídos, y aunque Juan de Ávalos era republicano y socialista de carné –el número 7 de la agrupación de Mérida, en concreto–, aceptando este encargo engrosaba sin saberlo el panteón simbólico de tantos abeles ejecutados en la desmemoria de esta España machadiana por donde cruza errante la sombra de Caín; y cuando ha terminado de cruzar en un sentido, da media vuelta y cruza en sentido contrario. Y así pasamos los siglos.

Confiaría Ávalos –como cualquier artista español que eligió no exiliarse entre 1939 y 1975– en que la posteridad le juzgara exclusivamente por el talento demostrado en su obra y menos por el más célebre de sus clientes, pero aún es muy pronto para que se le haga esa justicia. Hoy, a los ojos astigmáticos del establishment cultural sigue siendo el escultor del mausoleo franquista cuya notable Piedad se derrumba grano a grano merced al pánico rector del político contemporáneo, de uno u otro signo: el pánico a que le llamen fascista si acuerda una partida presupuestaria para restaurar la obra que corona la fachada de la Basílica del Valle de los Caídos.

Leer más…

Deja un comentario

21 mayo, 2013 · 14:22

Una espada atravesará tu alma

La coincidencia es prodigiosa. Supongo que alguien más se habrá dado cuenta, aunque no vamos a levantarnos a mirarlo. Me refiero a la imagen restallante, conmocionada y conmovedora, que le ha valido el Pulitzer al fotógrafo Manu Brabo -esa b insidiosa, como la z de Letizia, pero igualmente legal-, segundo español en ganar uno de esos copetudos galardones que dan en Columbia. El primero fue otro fotógrafo, Javier Bauluz. Siempre dio España mejores pintores que escritores.

Brabo cubrió la guerra civil de Siria y capturó uno de esos momentos que en las guerras se encadenan con la negligencia de lo rutinario, pero que sacados de su contexto de ferocidad burocrática, es decir, llevados al punto de vista de los hombres en paz, adquieren súbito rango de icono. Cuántos milicianos caerían abatidos en parecida pose de martirio blanco a la de aquel que cazó Capa en Cerro Muriano, teorías de la manipulación aparte. Y es que eso es la guerra: el hábito de la barbarie; y el periodismo de guerra ha de ser su desautomatización, su individuación doliente o exaltante. Por eso es el mimado a la hora de los galardones: porque nunca habrá noticia más importante que la desarmante naturalidad con que los hombres aniquilan a otros hombres. Incluso a otros niños.

La Piedad de Manu Brabo.

La Piedad de Manu Brabo.

La coincidencia de la que hablo remite al célebre aserto de Wilde según el cual la naturaleza imita al arte, y no al revés. Todo en la fotografía de Brabo evoca -cómo no verlo- a la Pietà de Miguel Ángel, que representa la realización artística del dolor en abstracto, en estado puro. Las figuras, las causas, los efectos. Incluso la composición piramidal del grupo, las líneas paralelas de las piernas exangües, el brazo derecho que pende sin vida, la flaccidez oblicua de las cabezas de las víctimas -la de Cristo se vence a la derecha, la del niño a la izquierda-, el regazo que recoge el cadáver formando entre las rodillas que apuntan al espectador un embalse de sufrimiento. Wilde diría que esta analogía es plausible porque Miguel Ángel fijó primero el arquetipo estético del dolor por pérdida violenta de un ser querido, y en esta categoría archiva luego inevitablemente el espectador su visión del desconsuelo hecho realidad documentada.

La Pietà de Miguel Ángel.

La Pietà de Miguel Ángel.

Hay sin embargo diferencias de intensidad entre el arquetipo artístico y la realidad palpitante (o mejor dicho: la realidad que palpitaba hasta hace tan poco, que esa traumática privación es la que retrata el fotógrafo). Miguel Ángel, neoplatónico al fin, esculpe a una doncella serena que sujeta cualquier rictus de histeria; la cuota de verosimilitud trágica la cubre la mano izquierda de la Virgen, que se abre como inquiriendo una razón imposible: tratando de explicar, literalmente, el sindiós. El hombre que en la foto de Brabo sostiene a su hijo muerto se agarra a él con ambas manos y baja la cabeza descompuesta por el dolor pero sin aspaviento excesivo, porque cuando se sufre de verdad el teatro sobra.

Él también entiende ahora la amarga profecía que el viejo Simeón (Lc 2,35) le hizo en el templo a María cuando Jesús era tan solo un niño, como todos los niños de las guerras: «Y a ti, mujer, una espada te atravesará el alma».

Deja un comentario

Archivado bajo Otros