Todos hemos soñado con marcar un gol de chilena. Me refiero a una chilena perfecta, una chilena rara como una gema, como el oro de los buscadores febriles. La chilena es el último ochomil de los remates, el himalaya del gol. El cabezazo imperial, la falta ajustada, el disparo por la escuadra e incluso el taconazo burlón son golazos de ley. Pero la chilena es lo máximo, todos los niños sueñan con ella, y cuando dejan de ser niños alargan la infancia figurándose que aún tienen edad para marcarla si les llegara el balón adecuado.
Los niños que crecimos con la chilena de Hugo Sánchez al Logroñés siempre la reputamos la chilena perfecta. Por la altura alcanzada en el escorzo, por la plasticidad del movimiento, por la parábola implacable del balón. Recordamos también aquella de Ezquerro. Pero la de Hugo cuajó un modelo, era la chilena platónica materializada en el mundo. Ese molde ideal saltó anoche en mil pedazos en el minuto 64 de un Juventus-Real Madrid.


Queríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.
Mira que lo del Real Madrid en las noches de Champions ya no debería cogernos por sorpresa. Mira que llevan siglos los poetas advirtiéndonos de que la muerte y el amor son la misma cosa. Pero no lo habíamos entendido del todo hasta ayer, con el Bernabéu oscilando entre el sexo y la ceniza, entre San Valentín y la Cuaresma. Finalmente el Madrid se ajustó a los cánones litúrgicos y pasó de la penitencia a la resurrección, como suele hacer varias veces en una misma eliminatoria.








