
La coherencia es la única revolución pendiente.
Hasta ahora pensábamos que las resacas de Coca-Cola no existían, a no ser que se ingiera mezclada con ron o whisky, pero Ramón Espinar ha inventado la resaca sin alcohol: en los pasillos del Congreso no se hablaba de otra cosa que de su burbujeante adulterio. El senador va a tener que pedir perdón al partido por desviacionista, a Pepsi por los cuernos, a las espartanas, a las atenienses y a Billy Wilder por morirse sin haber podido rodar la segunda parte de Uno, dos, tres, basada en el grupo parlamentario de Unidos Podemos. No es para menos: o nos tomamos en serio la torá anticapi o nunca veremos el reino de la justicia instaurado en este mundo. ¿Qué va a ser lo siguiente, pillar a don Jordi Évole comprando en Mercadona?
La segunda resaca del día llegaba de Murcia, en cuya fiesta se ha colado Ciudadanos: Coca-Cola para todos y algo de comer, en concreto lentejas. Le ha tocado comérselas finalmente a don Maíllo y en el partido naranja a duras penas disimulaban la satisfacción, ni en el PP las ganas de revancha, aunque el argumentario genovés invita a reparar en la buena marcha de la economía murciana y a disertar sobre la presunción de inocencia, que nada tiene que ver con lo comprometido, firmado y declarado por el ex. Si sale absuelto, al cartel electoral y listos. Sobre esta guerra C’s-PP planea la feudal convicción de que el primero usurpa los votos del segundo, al que Dios en el Sinaí habría entregado el monopolio electoral del centro-derecha. «En economía la relación es fluidísima entre Toni y Fátima, entre Garicano y De Guindos. Si renunciamos a la regeneración, perderíamos nuestra identidad y todo les saldría gratis», defienden desde C’s. Sospecho que tres millones de votantes se quedaron en junio con Rivera para que hiciera exactamente lo que ha hecho en Murcia.


El trabajoso desbloqueo político apenas deja espacio estos días para discutir de nada más. Por ejemplo de regeneración democrática, procesos penales aparte. Y sin embargo las razones esgrimidas para bloquear la investidura de Mariano Rajoy apuntaban precisamente a la necesidad de una regeneración que el PP fue el último en aceptar. Lo curioso es que, cuando ya la tenía asumida, el PSOE entró en una crisis existencial de la cual emergió –si ha emergido– notablemente cambiado: preguntado por la exclusiva de este diario sobre las lecciones de corrupción en cómodos croquis de powerpoint que impartía el PP, el portavoz de la Gestora, Mario Jiménez, declaró no tener mucho más que añadir. Y el propio Javier Fernández ha tratado de explicar que la corrupción ya no puede servir para continuar bloqueando el país, como le sirvió al pedrismo para perseverar en el no. El nuevo PSOE confronta con Podemos, no con el PP, y ese viraje pone sordina a las demandas de limpieza institucional que hasta hace poco centraban el debate político.









