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Un siglo de ‘La metamorfosis’

«Cuando Gregorio Samsa despertó…»

Aquí nueva entrega de El Parnasillo, conmemorando los 100 años de la publicación de La metamorfosis, del bueno de Kafka. Como tenía a don Víctor García de la Concha compartiendo estudio, la sección ha quedado un poco corta, así que el análisis kafkiano continuará la semana que viene.

Reseña excesivamente generosa de La granja humana a cargo de mi querido Adolfo Torrecilla, que fue la primera persona que me empleó como periodista; en concreto para escribir reseñas literarias, a mis tiernos 19 años.

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10 septiembre, 2015 · 14:03

Maestros del insulto

El día del debut con Herrera en Cope.

El día del debut en el estudio central de Cope.

Aquí el debut de mi sección de curiosidades literarias que se emitirá todos los jueves a partir de las 11.20 en Herrera en COPE. Inauguramos El Parnasillo con el insulto literario, ese género en desuso que convendría recuperar.

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5 septiembre, 2015 · 13:20

Simpatía por Iglesias

"Qué lúser estás hecho, Alberto".

«Qué lúser estás hecho, Alberto».

Repasa uno este verano la historia de griegos y romanos y constata que en materia de poder no hemos sido capaces de inventar un solo vicio. ¡Qué envidia de Tucídides o Livio, que pudieron hacer la crónica política de su país sin que nadie les pisara los temas! El entusiasta de Juego de Tronos que añada a su militancia HBO una cierta curiosidad intelectual y se aventure en los estertores del siglo de Pericles, o en las intrigas sangrientas que sucedieron a la pax augusta, comprobará que el tal Martin no es como mucho otra cosa que un hábil sastre de tramas ya sucedidas. Miento: creo que en ningún episodio hemos visto a un rey que, tras matar a su mujer embarazada de un patada abortiva en el vientre, en un acceso de nostalgia se case con un joven cuya cara le recuerda a la difunta, y al que castra para asemejarlo aún más. El tipo se llamaba Nerón. Los romanos comentaron al enterarse: «¡Ah, si su padre hubiese hecho lo mismo…!».

De todas estas historias, gracias a las cuales he sobrellevado ese penoso trance de bajar a la playa que nos impone un tétrico mandato de felicidad social, me ha divertido especialmente la breve experiencia bélica del poeta Horacio. Nuestro Quevedo comparte con Horacio hasta sus achaques, y desde luego su talento satírico. Pero Quevedo tiró de espada siempre que pudo con tanto arrojo como vocación, mientras que Horacio encarna el paradigma del intelectual purista, que no arriesga ni se mancha, parapetado en su severidad virgen de acción.

Se encontraba Horacio en Atenas estudiando y allí coincidió con Bruto, que por entonces ya había hincado el puñal miserable en su genial padrastro y combatía a su legítimo heredero, Octavio. A Bruto le cayó en gracia aquel joven de aguda labia y le concedió por las buenas el mando de una legión. Se comprende con ese criterio que Bruto perdiera la batalla. Se vio el sensible Horacio en el fragor de la pelea, tiró yelmo, escudo y espada y echó a correr de vuelta a Atenas, donde se puso a componer una exaltada pieza sobre la necesidad de dar la vida por la patria.

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18 agosto, 2015 · 15:53

La granja humana: la crítica de Santos Sanz Villanueva en El Cultural

La página en papel.

La página en papel.

[Reproduzco a continuación la generosa crítica que a Santos Sanz Villanueva le ha merecido mi libro en El Cultural. Espaldarazos así le animan a uno a seguir juntando letras]

El treintañero Jorge Bustos (Madrid, 1982) tiene como bagaje principal un columnismo reflexivo, sin prejuicios, nada estridente y pertrechado con saberes humanísticos raros en nuestros días. A ello se suma el crítico literario de muchas lecturas, templado y sólido. Ambos rasgos confluyen en La granja humana. Fábulas para el siglo XXI, un sabroso rosario de artículos periodísticos de carácter unitario que hacen una interpretación moral de nuestro inquietante presente político; tan actual que en el libro encontramos tanto los imprescindibles dii maiores, los Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, como los comparsas de la picaresca nacional, Bárcenas o el pequeño Nicolás. En sus páginas aparecen la derecha y la izquierda en su impronta más reciente, la vieja política (en epígrafe de obvia resonancia orteguiana) y la política atenta al futuro, los trujimanes del bipartidismo y los «Robespierres posmodernos». A todo ello el autor da un agudo repaso bajo un ingenioso paraguas: aprovecha la fabulística clásica (Esopo, Fedro, Samaniego, Iriarte…) y moderna (Monterroso, Kafka, Schopenhauer…) para iluminar por analogía los comportamientos contemporáneos.

Bustos rescata las populares historias de la lechera, la cigarra y la hormiga, las ranas que piden rey, la zorra y la liebre, el león y el ratón, la zorra y las uvas, la liebre y la tortuga, el burro flautista, y otras hasta medio centenar largo, y establece ilustrativos paralelismos con fenómenos públicos actuales. Arranca con un repaso a manifestaciones varias de la demagogia. Sigue un examen de la corrupción en su magnitud política pero también como forma común de degeneración moral. Continúa analizando la crisis del bipartidismo derivada de un mal estilo de hacer política. Habla a continuación de los deberes de los ciudadanos. Y cierran el bestiario apuntes no políticos que se fijan en la cultura o el propio periodismo.

El primer mérito de Jorge Bustos es la valentía de abordar los espinosos asuntos que entran dentro de un programa de reflexión social tan amplio. Su postura general es la de un ejercicio de ecuanimidad que se autoexige contemplar las razones a favor y en contra del motivo enjuiciado y aducir la consecuente postura personal. Dos notas definen su actitud independiente. Una reside en ignorar la trampa de lo políticamente correcto. Así lo hace en cuestiones tan delicadas como el feminismo o el debate entre libertad e igualdad. La otra, auténtico sostén de su pensamiento, es una desafección clara de la postmodernidad, a la que atribuye un relativismo moral en las antípodas de la sociedad regida por sólidos principios que él respalda. A partir de estos criterios reparte zurriagazos sin cuento, denuncia incongruencias de la vida pública y censura cegueras y egoísmos, pero siempre sin hacer sangre, con ironía y desparpajo.

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3 agosto, 2015 · 14:15

Tres cortesías por ‘La granja humana’

Gallardón y Pombo, con el autor disfrutando en el medio.

Gallardón y Pombo, con el autor disfrutando en el medio.

[Reproduzco aquí tres reacciones a la presentación de mi libro, La granja humana, ayer en la librería Cervantes y Cía de Malasaña. La primera es la esmerada reseña del acto publicado por mi compañera Lorena G. Maldonado en El Mundo hoy. La segunda es el teletipo de Europa Press recogida por La Voz de Galicia, lo que no deja de ser un capricho exótico. Y la tercera es el encuentro digital mantenido esta mañana con los lectores de elmundo.es. Todo lo cual configura una jornada literalmente inolvidable]

CUANDO ESOPO ENCONTRÓ A RAJOY

Jorge Bustos es literariamente arisco y no se autocensura: observa el mundo con un ojo de tigre viejo y otro de filósofo ilustrado, se despeina con intención y se asume incómodo pero cierto. Como Twain, cuando se ve del lado de la mayoría, hace una pausa para reflexionar, y de esas cavilaciones vinieron estas fábulas. Ayer presentó su primer libro, La granja humana, en la librería Cervantes de calle Pez, acompañado del escritor Álvaro Pombo y de Alberto Ruiz-Gallardón [«ex político, por favor; político es incorrecto», matizó al comienzo de su intervención, con guasa]. Era aquello una asamblea de hombres insurgentes [cada uno, arriesgado en su estilo] que charlaba con la licencia de haber renunciado a aceptar la política [y la vida] como un monolito de doctrina pacífica.

En la granja, Bustos se agarra al «género didáctico» de la fábula [como dice Álvaro Pombo] desde Esopo a Monterroso pasando por La Fontaine y Kafka, para pincharle al mundo moderno y ver qué es lo que le sangra. Aguirre reencarnada en raposa, Rajoy en puerco, Iglesias en león y, al final, todos [no se escape nadie] en la versión más franca y primitiva de nosotros mismos. Una transformación animal, eso sí, sin imprudencias: «La obra de Bustos es reflexiva. Si pensar ya es difícil, hacer pensar a los demás… casi imposible», esboza Pombo. «Él va más allá. Consigue que el lector repiense. Ésta debe ser la tarea cotidiana del mejor periodismo, del inteligente, del afilado».

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ALBERTO RUIZ-GALLARDÓN: «YA NO SOY POLÍTICO, NI VOLVERÉ A SERLO»

El exministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón ha señalado este jueves que no quieren que le definan como político porque ya no lo es, ha dicho, ni volverá a serlo y ha reconocido que los políticos han «decepcionado» a todos aquellos que confiaron en ellos.

«Ya no soy político, ni volveré a serlo», ha apuntado Ruiz-Gallardón a raíz de una semblanza de su figura por parte de la editorial Ariel -que le definía como tal- en la presentación del libro La Granja Humana. Fábulas para el siglo XXI, del periodista y escritor Jorge Bustos. También, ha apuntado que los políticos han hecho «las cosas tan mal» que han «transitado en un mundo» en el que han «decepcionado» a quien confió en ellos.

Asimismo, durante la tertulia que ha mantenido Ruiz-Gallardón con el autor del libro y el escritor Álvaro Pombo, se ha preguntado si los políticos deben decir lo que piensan o aquello que les va a «mantener» en el poder. Ante esta reflexión, ha alabado que Bustos haya sido «hipercrítico» en su libro al hacer un repaso de la actualidad «como si fuera un dibujante», ya que los lectores son capaces de reconocer a los personajes.

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ENCUENTRO DIGITAL CON JORGE BUSTOS

1. Hola, ¿se irá Casillas del Madrid?

Se irá algún día, claro. Todos vamos a morir, aunque reconozco que su caso suscite dudas teológicas, no siendo un portero de fútbol sino un santo posmoderno. ¿Cuándo se irá? Pide demasiado dinero para irse este año. Su otra opción es el banquillo, parece.

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Entrevista en Periodista Digital por ‘La granja humana’

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Trapiello, ‘autor’ del ‘Quijote’

Se van acabando las excusas para leer el 'Quijote'. Pero nacerán otras.

Se van acabando las excusas para leer el ‘Quijote’. Pero nacerán otras.

Por el tamaño de las empresas que acomete y por la constancia de su afán, Andrés Trapiello es el escritor más quijotesco de España. Hay que serlo para mantener un registro personal de pasos perdidos que arroja ya 18 volúmenes -en octubre verá la luz el siguiente, bajo el título Seré duda-, de donde salen los gigantes convertidos en molinos; o para reformular el canon literario de la España cainita en Las armas y las letras; o para salir airoso de dos continuaciones de la novela inmortal –Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza y otras suertes– y una biografía del genio. Pero hay que serlo sobre todo para arrostrar la suerte suprema del quijotismo, que no podía ser otra que reescribir el Quijote.

Aunque lleva toda la vida preparándose para esto, Trapiello ha invertido exactamente 14 años en verter el anguloso idioma de Cervantes al castellano actual. O eso dice la cubierta del libro que ayer presentó en la Residencia de Estudiantes, flanqueado por dos escuderos de academia como José-Carlos Mainer y Jordi Gracia. Adaptar el Quijote a los hispanohablantes: paradoja sobre atrevimiento. Terreno abonado al escándalo purista. «En cuanto se filtró el proyecto -lo mantuve en secreto durante años precisamente para evitar maledicencias-, fue saludado con críticas. El Quijote es el libro que acumula el mayor número de fracasos de lectura de la historia. Quizá a los que no lo entendieron les molesta que, gracias a esta versión, haya otros lectores que sí lo entiendan», ironizó el escritor leonés. Aislar la novela con el precinto de lo sagrado no contribuye a su difusión entre las nuevas generaciones, ciertamente.

Se diferencia Trapiello de Pierre Menard -el personaje de Borges que escribió el Quijote coma por coma pero sin memorizarlo ni copiarlo- en que los giros cervantinos más incomprensibles, los refranes ya anquilosados y el léxico caído en desuso (a menudo porque el objeto que designan ya no existe) han mutado a inteligibles, lo cual no quiere decir que la edición de Trapiello sea hija de la purga y el remiendo, como es la de Pérez-Reverte. Sigue siendo un Quijote íntegro y exigente, pues conserva la música de la sintaxis de la Edad de Oro. El escrutinio semántico ha sido, pues, especialmente donoso; y cuando las dudas asaltaban al traductor, siempre tenía a mano a Francisco Rico para fijar la expresión pertinente, ni muy arcaica ni muy moderna. Se trataba de frotar el liquen que el tiempo ha depositado en el estilo sin raspar la roca viva de la lengua. La nuestra.

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Cortesía de la Revista LEER a propósito de mi debut en la Feria del Libro.

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Animales de campaña (electoral)

Portada del libro imprescindible que se publicará el 2 de junio.

Portada del libro imprescindible que se publicará el 2 de junio.

Ahora que esta­mos en cam­paña, supongo que se impone hablar de esta­fa­do­res. Se dice que cuando te enga­ñan una vez, el cul­pa­ble es el esta­fa­dor; pero que si ese mismo te engaña otra vez, el cul­pa­ble ya eres tú. A mí siem­pre me ha pare­cido que dos opor­tu­ni­da­des son muy pocas para apren­der si habla­mos de seres huma­nos, esos ani­ma­les de los que tam­bién se ase­gura que son los úni­cos que tro­pie­zan dos veces en la misma pie­dra. O en la misma sigla.

En reali­dad hay otros ani­ma­les tan rein­ci­den­tes como el hom­bre, y no menos leta­les que él, como por ejem­plo el escor­pión. En la cono­cida fábula de Esopo, una rana ayuda a un escor­pión a vadear un río per­mi­tiendo que se enca­rame a su verde espalda, con­fiando en que el ala­crán no le picará por­que se aho­ga­rían los dos. Y sin embargo le pica. Y cuando ambos se están aho­gando, la rana le pide expli­ca­cio­nes y el escor­pión res­ponde com­pun­gido: no lo he podido evi­tar, está en mi natu­ra­leza. Como está la men­tira en la natu­ra­leza de la política.

Los grie­gos eran pro­fun­da­mente deter­mi­nis­tas, algo así como los taxis­tas o cuña­dos de la His­to­ria. Si eres un griego clá­sico tie­nes que acep­tar que las cosas son como son, y que tie­nen poco o nin­gún reme­dio. Todo se reduce enton­ces a sobre­lle­var el pro­pio des­tino inexo­ra­ble con la mayor dig­ni­dad, lo que nos con­ver­tirá en héroes del pue­blo pri­mero y, si por ven­tura hay algún dra­ma­turgo en la sala, en per­so­na­jes inmor­ta­les des­pués.

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