El fango es como los ansiolíticos: cuando te enganchas necesitas doblar la dosis para obtener el mismo efecto. Los plumillas acudíamos al Congreso con las expectativas cenagosas muy altas, calzados con katiuskas y cubiertos por impermeables, confiando en recibir la crecida de fango que promete cada sesión parlamentaria. Y sin embargo apenas se nos obsequió con un puñado de lamparones.
Esta década de eclosión populista habrá servido para revelarnos un vínculo insospechado entre la heterodoxia capilar y la ideológica. No hay demagogo con ambiciones que entre todos los conflictos que propugna no empiece por declararle la guerra al peine, símbolo del establishment que todo populismo viene a derrotar. Es como si las ideas alborotadas que bullen por debajo del cuero cabelludo necesitaran manifestarse también por encima, como una floración mutante, nutrida con abono de Chernóbil. Existen mil maneras de capilarizar el apetito revolucionario o reaccionario del populista; del látigo occipital de Iglesias al flamígero tupé de Trump, y del caos oxigenado de Boris a la calavera tintada de Berlusconi. En todos el peinado delata más de lo que oculta: una personalidad hirsuta, narcisa, desquiciada o perezosa. Pero aquí y ahora nos interesan los perfiles pilosos de Javier Milei y Carles Puigdemont.
Por si fuera poco drama el desplome de su partido y la dimisión de Aragonès, Gabriel Rufián tiene que soportar que Figo se mofe de él en las redes. ERC arrancó a don Gabriel de su baja de paternidad para que acudiera a tapar vías de agua en precampaña. Incluso pactó con Sánchez la pregunta sobre su fe en la Justicia que sirvió de preámbulo al psicodrama del divo en fuga. Rufián ha sido un jornalero de la bronca, un aplicado obrero del muro, un charnego reclutado durante el procés para medirse libra por libra con la chulería mesetaria.Rufián era el Joselu del parlamentarismo que nos solucionaba la crónica en el minuto previo al bostezo final. Lo mismo te blandía una impresora que exhibía unas esposas o depositaba solemnemente tres balas sobre el atril, precipitando en Pedro otra de esas lipotimias impostadas con las que aspira a que la causa (la masacre de Melilla) quede sepultada bajo la sobrerreacción.
Mucho indepe se ha quedado en casa, feliz deserción. Para que la cordura triunfe solo hace falta que los locos no hagan nada. ¿Saldrá ahora definitivamente del manicomio Cataluña, contribuyendo así a la salud mental de toda la nación? La respuesta está flotando en el aire que rodea la montura de las gafas de pasta de don Salvador Illa.
Sucede el lunes por la noche en el taxi que me devuelve a Barcelona desde Terrassa. El conductor, un hombre ni joven ni viejo, maneja con silencioso orgullo un bello Tesla que habría emocionado a Marinetti. Parece simpático. Se me ocurre preguntarle por las elecciones, motivo de mi viaje a Cataluña. Y entonces rompe a hablar, el recelo derrotado por la jovialidad, con esa clamorosa falta de prudencia que solo pueden permitirse los niños y los taxistas.
El trayecto que va de Alejo (Vidal-Quadras) a Alejandro (Férnandez) cuenta una historia de numantinismo mutante: a menudo desesperado, ocasionalmente esperanzador, nunca triunfal. Porque militar en el partido de Fraga y de Aznar y de Rajoy en Cataluña, sin llegar a las cotas de heroísmo que exigieron los años de plomo en el País Vasco, jamás ha deparado demasiadas satisfacciones. Pero el que aguanta y se queda tiene sus motivos, y son tan catalanes como españoles.
Una primavera más los titulares entonan el cantar de la gesta inverosímil, resignados a hacer surco en la leyenda. Pero cuando la epopeya adquiere la nota familiar del costumbrismo, sin perder por el camino un ápice de épica, quizá sea hora de elevar la excepción a norma de una vez.
Que el separatismo sea residual entre los jóvenes catalanes debería no solo tranquilizar a los conservadores sino también bañar en humildad a los progresistas: hasta la ingeniería plurinacional mejor financiada tiene sus límites. Por lo demás la noticia consternará a un número creciente de conservadores separatistas, esos españoles hartos que fantasean con perder de vista a Cataluña de una santa vez. En cualquier caso el futuro parece escrito: Cataluña se queda. El furor doctrinario del nacionalismo y la sumisión estratégica del PSOE habrán servido para envilecer la convivencia, asegurar los sillones de una casta y enriquecer a un puñado de corruptos envueltos en esteladas, pero se estrellarán contra la indiferencia mayoritaria de los catalanes de mañana.