Oscar Wilde fue un hombre santo

Cuando visité el inevitable cementerio parisiense de Père Lachaise, una de las cosas que más me sorprendió fue el abigarrado mosaico de besos femeninos –o masculinos– estampados a golpe de pintalabios sobre el granítico monumento funerario bajo el que reposaba Oscar Wilde, a quien sus delicuescentes narraciones nunca me habían empujado a considerar un icono pop. Tras leer la excelente selección de sus ensayos realizada por Lumen y titulada, misteriosa pero atinadamente, El secreto de la vida, entiendo perfectamente la pasión y gratitud contemporáneas que sabe despertar este pionero de casi todo, en quien tantos veneran al protomártir de la causa gay o a la encarnación insuperada del dandismo y a quien, sin embargo, haríamos un gran favor juzgándolo estrictamente por sus escasas y siempre lúcidas palabras, cuya exigencia ética y estética no puede chocar más con los melifluos programas de la posmodernidad, la propia democracia y la cultura popular.

El juicio que emerge del descubrimiento del Wilde ensayista –con razón, el editor Andreu Jaume asigna al género de la reflexión lo más perdurable de la obra wildeana– consagra, paradójicamente, la asombrosa coherencia intelectual del rey de la iconoclastia finisecular y la hondísima sensibilidad moral del mayor réprobo de la era victoriana, condenado en sede judicial por sodomía y encarcelado en Reading durante dos penosos años de descenso a los infiernos y redención final. El presente volumen se divide en nueve secciones, incluyendo piezas ensayísticas publicadas como tales en vida del autor, textos periodísticos, una selección de sus afamados aforismos y esa estremecedora confesión a caballo entre el reproche amoroso, la ascesis religiosa y el testamento estético que es De profundis, la obra ya desnuda de adornos que cierra el círculo cabal del pecador justificado.

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6 abril, 2013 · 20:52

Hasta siempre, comandante

La Parca bolivariana.

La Parca bolivariana.

[Reproduzco, por debilidad sentimental, la última columna que publiqué en la contraportada de La Gaceta un  jueves 7 de marzo de 2013, escrito la víspera de que entrara en vigor la huelga indefinida que acordamos los trabajadores en protesta por el impago de cuatro nóminas. Poco después la empresa suprimió el blog en el que durante años yo había ido archivando mis artículos. Ya no volvería a escribir en ese periódico]

«Aprendimos a quererte, / desde la histórica altura / donde el Sol de tu bravura / le puso cerco a la muerte». Hasta siempre, Comandante, le canta con Carlos Puebla el lacrimoso orfeón de orfandad bolivariana desde la tierra del petróleo ingente que sufragó la última gran novela de dictador, género que no cesa nunca en Sudamérica. Hugo Chávez no era el golpista, el militar tronado, el presidente sospechosamente electo, el logomáquico gorila acallado por el rey de su ex colonia: qué prosaísmo el del periodismo que lo juzgará con tal inobjetable exactitud, ciertamente. Uno, no siendo víctima suya, lo circunscribió a las tablas de la ficción que interpretó mientras existía y no lo piensa bajar de ahí ahora que ha caído el telón tumefacto de su vida.

Hugo Chávez no era un hombre real, de carne y hueso. Por eso me indignó tanto aquella portada de El País: porque nos presentaba a un Chávez en exceso biológico, violentamente desmilitarizado por la enfermedad, humanizado por un tubo. Para mí Hugo Chávez era un personaje genial, era Tirano Banderas, el coronel que siempre tenía quien le escribiera, el supervillano remanente de la Guerra Fría, el chivo en su fiesta televisiva, la reencarnación épica de Jesús Gil, el prohombre de bronce que se arranca del tremendo caballo erigido en el parque y se pasea por una cumbre internacional como un presidente contemporáneo cualquiera, o que reserva toda una planta del Villa Magna como si las estatuas ecuestres necesitaran descansar.

Aprendimos a quererle no –imposible– como se quiere a las personas, sino como se celebra a los héroes y a los antihéroes de las series de televisión menos complacientes. Los noticiarios sacaban un corte de sus palabras en televisión y el mando se negaba a cambiar de canal, magnetizado por aquella retórica novelesca, improbable, narcótica. No podía ser verdad, no podía existir alguien así en este mundo de burócratas aburridos que nos siembra la peligrosa semilla de la expectativa mesiánica. Era una suerte poder contar con Chávez como archibufón del planeta mediático, y no confiamos en que Beppe Grillo sea capaz de suplirle porque Grillo, con todos sus monólogos de cómico nihilista, nunca se pondrá delante de la televisión a anunciarle al pueblo, íntimamente con en revolucionaria comunión, que le ha comprado a los rusos unos cohetitos capaces de llegar a Washington, donde mora la bestia yanqui entre géiseres de azufre. No es posible que un antisistema declare algo así, porque el antisistema cree luchar por el futuro, mientras que Chávez luchaba abiertamente por el pasado.

Si puede haber paz para los febriles, alucinados, indesmayables hijos bastardos de Bolívar, descanse en ella al fin el penúltimo ectoplasma de la Revolución.

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Entrevista a Jorge Bustos (y II): «En el fútbol, el fin justifica los medios»

Lo que para un madridista como tú debe ser un trabajo gustoso es poder charlar de madridismo desde las tripas con periodistas declarados de la causa como Juanma Rodríguez.
El verano pasado me llamó Jesús Alcaide, consiguió mi teléfono llamando al periódico. Al principio estaba un poco nervioso, ya había ido a tertulias de Intereconomía pero al ser mi empresa me imponía menos respeto. Luego también está el recelo del nuevo que llega siendo además un periodista generalista como yo… Pero encontré enseguida una facilidad, una familiaridad en la que me encuentro comodísimo. Es un descanso, un gusto y encima me pagan ¡así que no puedo pedir más! Sí que me gustaría aprender más de fútbol porque leo a gente que tiene auténticas tesis sobre el 4-4-2. Yo a veces veo el fútbol y me fijo en instantes individuales de habilidad o de fuerza. Estoy aprendiendo poco a poco y no descarto algún día hablar de fútbol sabiendo algo.

Hay una frase que creo que le gusta mucho a Ruiz Quintano, o que al menos utiliza, de Ruano: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”. Habla del prestigio nacional, un prestigio que ahora la España plural solo concede al fútbol del Barcelona…
Eso es muy interesante. Ruano es quizá, con Camba, el mayor columnista de la historia del siglo XX, Umbral no sería nada sin él, un tipo que acudía al estadio y no sabía nada de fútbol, pero en ese momento la gran figura social de la época era Santiago Bernabéu. Él escribió esa frase con el matiz nacionalista que tiene y que alude también a esa universalidad o cosmopolitismo de la camiseta blanca. La descubrí y le pasé la cita a Iñaki [Ignacio Ruiz Quintano]. Iñaki ha leído todo Ruano y todo Camba, que ahora está de moda pero fue él quien lo empezó a reivindicar y es un honor que aún no se le ha reconocido. Él me descubrió a Ruano. En cuanto al sentido de la cita, visto desde ahora a mí no me gusta eso de unir una camiseta a unos valores, a una dimensión trascendente o política…El Madrid solo tiene que ser una cosa: el mejor equipo del mundo y el que más títulos gane. Pero nada más que un club, allá cada cual con sus peligrosas amalgamas.

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3 abril, 2013 · 11:05

Entrevista a Jorge Bustos (I): «Que te paguen por escribir en Internet es una utopía como la paz en el mundo o la Décima»

Amenaza con llegar a la cita en Casa Labra vestido de fundador del PSOE aunque finalmente no cumple. Jorge Bustos (Madrid, 16 de diciembre de 1982) es uno de esos periodistas de los que uno tiene una sensación de vacío al final del día si no le ha leído. Hablamos de periodismo, del Real Madrid, de boxeo y en caso de no vivir del periodismo, de trabajar de gigoló en Eurovegas.

Jorge, la semana pasada se celebró un Debate sobre el Estado de la Nación. Si hubiera un Debate sobre el Estado del Periodismo, ¿quién sería presidencia y quién oposición?
Estuve en el Congreso y me gusta ver a la clase política. No soy de aquellos periodistas que continuamente echan pestes de ellos, me divierten y me parecen muy necesarios. Del estado del periodismo no soy nadie para hablar y, acotando un poco la profesión, podría hacerlo del estado del columnismo. Descubro un problema y es que las vacas sagradas no se quieren ir. Además, los jóvenes periodistas se enfrentan al problema añadido de una crisis de “software” del  periodismo dentro de la crisis general. Aún no se ha encontrado la manera de que te paguen por escribir en Internet. Es una utopía: está la paz en el mundo, ganarse la vida escribiendo y la Décima. Al estado del periodismo lo único que podría pedirle es que leyera más, que dejaran de escuchar a sus profesores de Ciencias de la Información, lo cual es un oxímoron ya que la información no es una ciencia, y que leyeran. Que leyeran a los clásicos, que leyeran a periodistas muertos consagrados por el paso del tiempo para recuperar el lado intelectual. Tengo un discurso un poco aristocrático, pero es que el periodismo se ha democratizado tanto que ya uno no sabe encontrar la calidad. De ahí la petición de mejora de la capacidad intelectual. Lo demás son aplicaciones y trabajo de Apple.

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3 abril, 2013 · 10:55