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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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El aznarismo no muere, solamente se transforma

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Era tan difícil competir en regeneración moral con la foto entre Pep Guardiola y el papa Francisco que el Congreso, esta mañana, acabó directamente votando a favor de ir a la guerra.

De acuerdo: es una guerra bendita por todos los organismos internacionales, con sus cartas de la ONU en regla y su villano probado en forma de Estado Islámico, cuyas cabezas cortadas son bastante más visibles que las armas de destrucción masiva. Pero al observador formado en la bullanga antibelicista de 2003 no deja de resultarle curioso que el envío de 300 soldados españoles a Irak –en principio la moción lo tenía todo para perder pelos en la gatera indignada del trending topic: soldados, españoles, Irak– genere tamaña indiferencia en sus señorías, en los propios reporteros y en la opinión pública hecha carne en las tertulias, donde a cambio la pitanza la ponían nombres de lo más doméstico como Acebes, Rato, Montoro, Wert o Duran. Cada uno por lo suyo.

Me fumé el pleno de presupuestos en la firme convicción de que el alivio así causado a mis hipotéticos lectores primaba sobre su derecho a la información. Pero cuando llegué al hemiciclo para el debate guerrero, el saurio Montoro seguía allí. O quizá era su doble, una suerte de dron parlamentario que don Cristóbal envió al cumplirse las 24 horas desde que empezara a desgranar optimismo económico. Para entonces las entendederas del hemiciclo estaban tan estragadas que Montoro se permitió un experimento del que nadie tomó nota, excepto este cronista servidor de ustedes: en medio de un murmullo de intensidad constante que equiparaba la Cámara Baja a la sobremesa de cualquier mesón en sábado, el ministro más odiado se permitió un colofón que a primera hora del martes habría desatado una lluvia de zapatos:

–La desigualdad es intolerable. Me preocupan especialmente nuestros jóvenes, que merecen un horizonte de esperanza con independencia de su origen social, del mismo modo que nuestros mayores tienen garantizadas las pensiones…

¿Qué dicen ustedes que ocurrió entonces? ¿Cómo creen que la oposición recibió semejantes provocaciones? Con la nada, señores. Con la indiferencia más oceánica. Para entonces la única manera que habría tenido Montoro de recuperar la atención de nuestros representantes y de la prensa habría sido pormenorizar los conceptos tailandeses en que Arturo o Iranzo o cualquier otro de los men in black desglosó su noche más loca.

Toda la atención que no se dispensaba al hemiciclo la atraía en los pasillos la expectativa de un canutazo inverosímil de Rajoy, para ver si se avenía a nombrar “la persona por la que usted pregunta”, o de Soraya, que había dedicado diez conspirativos minutos a reunirse con Duran Lleida, felón de la voluntad del poble y aliado en ciernes de la estrategia gubernamental para dividir el voto nacionalista. Pero don Mariano y la vice pasaron delante de nosotros, de nuestras libretas y de nuestros micros como el agua transcurre sobre la piedra.

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¿Era Franco culé?

La viva imagen de la sintonía.

La viva imagen de la sintonía.

Al general Franco el fútbol no le gustó nunca. Lo que de verdad le gustaba era el cine. Y en eso era de lo más coherente, porque el fútbol depende excesivamente del azar mientras que el cine resulta de un trabajo de dirección milimétrico y obsesivo. A un dictador lo que le interesa es el control y la propaganda, dos tareas demasiado serias como para dejarlas en los pies de unos señores que corren en calzones detrás de una pelota de cuero.

Para Franco el fútbol representaba una vulgaridad tan banal como para los comunistas, aunque estos odiaban mucho más el fútbol porque decían que distraía al proletariado de la lucha política. Otro más entre los diagnósticos garrafales de nuestros Pablemos de los sesenta, pues si hay un espectáculo igualitario en el que las clases desaparecen por un par de horas y una sola afición sufre o goza al unísono, ese es el fútbol. No ha sido hasta hace muy pocos años que los intelectuales europeos (los latinoamericanos y los yanquis lo llevaban con más naturalidad) se han atrevido a confesar sus aficiones deportivas, e incluso a escribir sobre ellas.

Franco tardó muchos años en descubrir el potencial propagandístico del deporte español –eso lo ha hecho mucho mejor la democracia–, pero cuando se dio cuenta lo usó a placer, como se espera de un buen dictador. A él el equipo que más le ponía era el Athletic de Bilbao, cuyas victorias explicaba el NODO como una consecuencia natural de la pureza racial vasca, que para Franco –vamos a ver si contamos de una vez la verdad a los niños– encarnaba la quintaesencia de la españolidad heroica y mística: la de Juan Sebastián Elcano e Ignacio de Loyola.

Cuando los deportistas españoles empezaron a ganar por el mundo, El Pardo se apresuró a airear sus hazañas con enternecedor paternalismo. Lo mismo daba que se tratase de Santana, Ángel Nieto, Paquito Fernández Ochoa o el Piru Gainza, que llegó a familiarizarse tanto con las finales de la Copa del Generalísimo (nueve copas de esas tiene en sus vitrinas el Barcelona y otras nueve el Athletic por seis el Real Madrid), que saludaba confianzudo al dictador: “Hasta el año que viene”.

El generalísimo se dio cuenta de que el fútbol podía servir muy eficazmente a la cohesión nacional allí donde podría parecer que no le querían demasiado. No es que Cataluña no quisiera a Franco, y de hecho sabemos que Barcelona fue una ciudad tan retóricamente facha como cualquier otra, según acredita la hemeroteca de La Vanguardia (Española) que durante un tiempo fue exhumando en su blog Arcadi Espada para combatir la desmemoria y la manipulación. Ahí está la foto del brazo en alto de Samaranch, catalán perfectamente honorable para los estándares de la época. Pero nunca estaba de más aumentar el afecto de los catalanes por el Régimen, para lo cual hoy como ayer suele bastar el dinero. Así que Franco, mediante decreto firmado en Meirás del 23 de septiembre de 1965, no dudó en recalificar los terrenos del viejo campo azulgrana de Les Corts para que los Bartomeu de entonces pudieran construirse el Camp Nou con el dinero sacado de la venta de los terrenos recalificados: 228 millones de pesetas. De entonces.

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Imprescindible post de Jarroson al respecto del fantasioso documental de TV3: «La razón por la que esconden, manipulan y adoctrinan es el saber que esa gloria que envidian les es inalcanzable«.

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Hasta el rabo todo es ébola

Qué solos se quedan los cadáveres políticos, dijo Bécquer.

Qué solos se quedan los cadáveres políticos, como dijo Bécquer.

En la festividad de Santa Teresa, patrona de los escritores, el debate parlamentario no versó tanto sobre Teresa Romero –que si todo va bien no será por fortuna la mártir de la sanidad pública que algunos necesitaban– como sobre Ana Mato, a quien todos ven ya como la última advocación de las causas perdidas. Y cuando digo todos incluyo al Gobierno, que se esfumó de la bancada ministerial dejando a la ministra completamente sola a los pies de la oposición. En sus vecinos de escaño solo eché en falta el traje profiláctico y la escafandra orgánica con que la disciplina de partido reacciona a la caída en desgracia de un compañero.

Yo no sé si Ana Mato acabará siguiendo la amarga senda de Gallardón no bien pase la emergencia sanitaria, que don Mariano es para eso muy suyo; pero sé que hoy la imagen de Mato respondiendo en completa soledad a los ataques de PSOE y compañía me inspiró suficiente piedad como para olvidar su probada glosofobia. Quizá esa es la sensación que perseguía despertar Rajoy, a quien uno nunca sabe ubicar exactamente en la escala que va de don Tancredo a Maquiavelo. Que se lo digan al pobre Artur.

La sesión la abrió Rosa Díez con su característica energía vocal para clamar contra la vergüenza de las tarjetas opacas. Ciertamente, si hay un asunto que merece la generosidad de decibelios de doña Rosa es este.

–Ustedes no han hecho todo lo que tenían que hacer. El FROB debe personarse en el caso. Llamen a sus barones y que les cuenten cómo montaron el fraude. Y luego depuren responsabilidades.

“En mi opinión está usted equivocada, señora Díez”, repuso Rajoy con ese sosiego diabólico que puede desquiciar al más templado, no digamos a Rosa Díez. “El FROB está personado en la causa general de Bankia, y si esto no lo hubiéramos investigado nosotros, no habrían salido a la luz los hechos. En las próximas horas remitiremos nuevas investigaciones a la Fiscalía y pediremos la devolución de las cantidades. No está de más reconocer las cosas”. Ante semejante alarde de calma la portavoz de UPyD no pudo contenerse y quiso hacer uso de un tercer turno de palabra no contemplado en el reglamento, como le recordó Posada, cuyo temperamento mezcla con originalidad un normativismo prusiano y la campechanía de un mesonero de Castilla.

Cayo Lara ardía de indignación contra “golfos” y “tarjeteros”, pidió cárcel a falta de guillotina y reclamó una comisión de investigación como si alguna hubiera servido para algo desde Napoleón. Ya podría haberle cedido un poco de su retórica vergüenza al hombre de IU en la orgía crediticia, señor Moral Santín, cuyos apellidos proclaman lo contrario de lo que es. Por lo demás, la especialidad académica de Amoral Diablín ha quedado desde luego acreditada: el tipo ha resultado catedrático de Economía Aplicada. Vaya si lo es: 456.522 pavos se aplicó a sí mismo con cargo a los demás. Catedrático es poco.

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Mezclen por favor el fútbol con la política

Identidad... patrocinada.

Identidad… patrocinada.

Desde que la Selección Española celebrara por las calles de Irún y San Sebastián –con inequívoca adhesión local– su inverosímil plata en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, la trama de afectos que el fútbol anuda inevitablemente con la política ha cambiado bastante. Hoy se trata de debatir sobre si Piqué es digno de defender la camiseta de un país en que no cree, incluso de un país que oprime al país en que sí cree, y sobre si el club más que un club que juega en el Camp Nou debería desplazarse en autobús por los campos regionales de la Comarca a partir del primer día después de la independencia. No son inquietudes banales, pues ilustran la degeneración del sentimiento patriótico en España, que por otro lado nunca fue demasiado unitario y solo intenso en ocasiones trágicas o bien en la poesía del exilio.

–La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos.

Esta frase del historiador Hobsbawm sintetiza por qué es imposible separar el fútbol de la política, especialmente en semana de selecciones nacionales como la que nos ocupa (y nos aburre). Toda selección de fútbol funciona como resistencia simbólica de un Estado-nación a la aldea global a la que nos aboca la tecnología. Sus victorias hacen felices a los ciudadanos de ese Estado, y cuando suceden sus presidentes o primeros ministros reciben a los héroes en palacio y la foto copa orgullosa las portadas de diarios generalistas, no solo deportivos. El Mundial es la más alta ocasión del fútbol, la que consagra nuevas estrellas y derroca a las viejas, la que forja las leyendas y la que expide pasaportes a la Historia, y lo es precisamente por su dimensión política: es la épica guerrera por medios lúdicos. Aparte de su archisobada cita sobre las muchas lecciones éticas que había extraído del fútbol, el futbolero Camus escribió otra sentencia seguramente más verdadera: «El fútbol es el modo que ha encontrado Europa de atacarse sin destruirse».

La política es una negociación entre la identidad y el pragmatismo, y precisamente la identidad es el nudo sentimental que da cuerpo a un equipo de fútbol; sea una identidad escolar, municipal, provincial, nacional o de amigos contra la droga. Sin indentidad, sin el ansia de la gente de proyectar esperanza sobre unos jugadores, no hay fútbol. Por eso es una gilipollez suplicar a tertulianos acalorados que no mezclen el fútbol con la política, como hacen algunos insípidos conductores de programas deportivos, temerosos de perder audiencia a poco que se salga la cosa del carril del buenismo. La audiencia está para perderla. A base de proteger a la audiencia de cualquier arista conceptual es como la hemos idiotizado definitivamente.

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Pedro de la Paralipsis y el cuento del lobo/ébola

Pedro Sánchez, probablemente rectificando.

Pedro Sánchez, probablemente rectificando.

Acudíamos al Congreso con la esperanza, en verdad desmedida, de que sus señorías no cedieran a la españolísima tentación de tirarse el ébola a la cabeza como anteriormente se tiraron un petrolero partido, un tren reventado en Atocha o incluso un puñado sangrante de asesinados por una mafia norteña. Pero ay, no por nada son diputados españoles, emergidos congruentemente del cainismo nacional, garantes de una representatividad indudable.

La segunda esperanza que nos animaba a encarar el madrugón parlamentario imaginaba a Rajoy parafraseando a Gertrude Stein para zanjar, en ausencia de Valle-Inclán y Azcona, una de las polémicas más delirantes en la delirante historia de nuestra opinión púbica:

–Un perro es un perro es un perro es un perro.

Pero Rajoy no ha leído a Stein, aunque algo debería saber ya sobre generaciones perdidas.

También perdimos la esperanza que la víspera nos hizo concebir el buen Pedro Sánchez, Pedro de la Preveyéndola para Rosa Belmonte o Petroscopia para los malvados muchachos de Monedero. Y es que Sánchez, la víspera, por una vez había acertado a la primera y no a la segunda al negarse a secundar en este momento procesal las exigencias dimisionarias contra la ministra Mato, alegando que lo primero es respaldar al Gobierno en el esfuerzo por controlar la emergencia sanitaria, que luego ya habrá tiempo para cebar la guillotina. Semejante arranque de sensatez no podía durar, y efectivamente no duró. La posmodernidad del líder socialista ha alcanzado tal grado de perfección líquida que ha logrado equiparar el sostenimiento de la misma opinión más allá de las 24 horas con un ejercicio de fascismo. Si un día llega a La Moncloa, suponemos que su ministro de Economía llevará al Parlamento los Presupuestos Generales del Estado no en una tableta sino directamente en tablillas de cera, de manera que cada cual los pueda ir modificando por horas. A demócrata no le gana ni Twitter.

El caso es que Pedro Sánchez cambió la pregunta que figuraba en el orden del día –estaba registrada una cuestión sobre la reforma laboral– para lanzarle el bichito a la bancada pepera diez segundos después de anunciar solemnemente que no pensaba hacerlo. A esta figura retórica se le llama paralipsis, y resulta muy eficaz para impostar responsabilidad sin privarse del placer del golpeo:

–Vaya por delante que desde mi grupo no vamos a contribuir a sembrar dudas en unas circunstancias excepcionalmente graves. Pero pedimos claridad y rigurosidad (sic: basta con “rigor”, don Pedro). Los profesionales sanitarios trabajan en circunstancias difíciles por los recortes y la privatización. Es más que evidente que su ministra ha provocado más incertidumbre. Aclare los riesgos y fallos. Explique si hay riesgo de infección y ponga todos los recursos necesarios. Responda: ¿puede decir que tiene bajo control la infección? ¿Puede garantizar que no hay riesgo?

Rajoy, que por alguna razón se esperaba la sutil encerrona, sacó el papel que se había hecho preparar y leyó en limpio tono tecnocrático, sin avenirse a polemizar, que lo prioritario es el trabajo del comité de seguimiento, que hay que confiar en los profesionales, que no es fácil el contagio, que hay que mantener la tranquilidad y que informarán puntualmente de las novedades. Desde su escaño, vestida de celeste purísimo, Ana Mato le miraba con una súplica en los ojos. Luego tomó la palabra y descartó dimitir, algo (descartar dimitir, no dimitir) que hace más o menos cada dos años y en lo que, no nos engañemos, atesora toda la experiencia que le falta en oratoria anticrisis.

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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El ídolo caído, su iglesia intacta

Franco derrotado demasiados años después.

El general Franco derrotado también demasiado tarde.

Amaneció derribada la estatua iraquí de Jordi Pujol en Premià de Dalt y yo lo lamenté mucho recordando un comunicado impecable –¿la pluma de Espada?– de Libres e Iguales, que se manifestó en contra de la corrección artificial de la Historia. Había que dejar a Pujol en su pedestal para que los hombres no olvidaran la clase de becerro que un día adoraron. Pero ningún pueblo sometido al mito es capaz de resistir la exhibición frontal y cotidiana de la verdad, así que ahora la estatua languidece en un almacén municipal del mismo modo que otros almacenes estatales ocultan un Franco a caballo. Como si la obra de ambos próceres no caminara a plena luz del sol que alumbra por igual a antifranquistas con retardo y a pujolistas sin vergüenza criados a los pechos del tres por ciento, a la espera de que la Udef los ilumine del todo.

Estoy por asegurar que el autor del derribo fue un independentista canónico, un tierno brote de esos que el nacionalismo paternal ha ido cultivando bajo el estiércol fresco de su invernadero mediático. La historia de las religiones nos enseña que el mayor fervor acaba degenerando en la iconoclastia más violenta. El santo fue derribado de su peana –esa altísima peana que quería compensar su estatura, hoy un rasero más moral que físico– con gesto sacrílego, que es el negativo de la devoción, porque como saben en Montserrat no queda otra fe en Cataluña que el nacionalismo y Pujol es su profeta.

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