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La impúdica lucha contra el reloj

Reseña de 'Manu' en Revista Leer.

Lo último de Jabois en ‘Leer’.

[Reproduzco a continuación mi crítica del último libro de Manuel Jabois que acaba de publicar la Revista Leer en su número especial de verano]

A Ruano se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

Manuel Jabois no ha necesitado ser corresponsal en Berlín –aunque sí en Sanxenxo, donde nació en 1978– para alcanzar la sabia conclusión de Ruano. Su novedosa forma estilizada y autoparódica, descaradamente personal, de ejercer el columnismo le ha granjeado una meteórica posición entre las firmas imprescindibles del articulismo patrio, hoy desde las páginas de El Mundo, y estoy seguro de que su antología de columnas Irse a Madrid (también editada por Pepitas de calabaza) quedará como hito renovador del género. Tras publicar unas memorias futboleras de candorosa niñez (Grupo salvaje, Libros del K.O.), abunda ahora en la veta subjetiva con un dietario de madurez primera: aquella que inaugura la experiencia decisiva de la paternidad. El autor lo cuenta todo, desde la concepción hasta el parto de su hijo Manu, porque sabe como Ruano que en la salvaje exposición de sí mismo radica magnetizado el interés lector. Y sin embargo en el escritor hecho que es Jabois el impudor no puede sino funcionar como la más refinada de las máscaras, bajo cuya brillante comicidad encontraríamos la cara sombría de la soledad y la insatisfacción, saldo consabido en la pugna de la escritura contra el tiempo.

La fluidez musical de un fraseo ya inconfundible amalgama suavemente lo coloquial con sencillas notas de perfecto lirismo, acreditando un dominio poco habitual del tono y del ritmo que no permite suspender la lectura, a cuyo término llegamos con una ansiedad caníbal de la próxima ración de sí mismo.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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4 julio, 2013 · 16:37

Mantengan sus máquinas por debajo de los 233 °C

Me pongo a escribir cuando acaba de anunciarse el logro de células madre embrionarias a partir de un adulto; o sea, la Piedra de Rosetta de la clonación terapéutica. Representa, por supuesto, una noticia trascendental. La ciencia avanza que es una barbaridad. Los científicos, claro, se muestran orgullosos, pero es un orgullo que nuestra tecnificada sociedad de consumo tiene vedado a los humanistas. Sencillamente porque los humanistas van quedándose sin público ante quien enorgullecerse.

El admirable paradigma del hombre del Renacimiento, dominador de las ciencias tanto como de las letras, cuyo privilegiado enciclopedismo pudo datarse aún en los albores del siglo XX –pienso por ejemplo en el doctor Marañón-, hoy no sólo no es plausible sino que además resulta indeseable. ¿Para qué sirve un físico que haya leído a los clásicos grecolatinos? Únicamente para escribir artículos que solo leerán otros físicos que se preguntarán para qué sirve leer a los clásicos grecolatinos. Si aplicamos esta lógica rasa de un debelador pragmatismo a la universidad obtenemos como resultado el Plan Bolonia, que garantizará la extensión y la profundidad de la ignorancia humanística por toda Europa, donde ayer nacieron el Renacimiento y la Ilustración. La consecuencia la refleja el mercado con su inclemencia habitual: los licenciados de letras se mueren de hambre.

Y la cosa no queda ahí sino que, gracias a la perversa noción de gratuidad que ha instaurado Internet, irá a peor. Pero si vamos a ponernos distópicos, invoquemos a un profesional. ¿Quién no recuerda la siniestra cota de temperatura a la que arde el papel desde que Ray Bradbury la usara como título de su descorazonadora novela? Pues sí: los libros arden exactamente a 451 grados fahrenheit, lo que equivale a 233 grados Celsius. Pero Bradbury no era un bestsellerista de ciencia ficción. Su estilo seco, limpio y preciso, capaz de originales estallidos de adjetivación, no ofrece historias exóticas para aliviar las ganas de evasión del personal, que también, sino que ante todo le participa una preocupación inquietante por el reverso tenebroso que una tecnología desembridada depara a una comunidad teóricamente feliz.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica hecha por Truffaut.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica de Truffaut.

Esa novela emblemática de 1953 en que los bomberos queman libros por orden del gobierno para prevenir toda emergencia de espíritu crítico en sus gobernados es el desarrollo de un relato previo titulado “Los desterrados”, incluido en un volumen de cuentos que Bradbury publicó en 1951 bajo el título de El hombre ilustrado. El relato sitúa en Marte a un puñado de escritores clásicos que se han exiliado porque en la Tierra se ha decretado la quema general de todos los libros; cuando el último ejemplar de un autor se consume, ese autor queda simétricamente reducido a cenizas ante los ojos horrorizados de sus colegas de exilio. Edgar Allan Poe trata de liderar una revuelta contra los bárbaros autos de fe de los terrícolas, que acaban de amartizar para seguir quemando libros en el planeta rojo. Poe se persona en casa del huraño Dickens para pedirle apoyo:

–Hace un siglo, en la Tierra, en el año 2020, proscribieron nuestros libros. Oh, algo horrible. Destruir así nuestras obras… (…) Hemos pasado un siglo entero en Marte, esperando que la Tierra se ahogara a sí misma con el peso de sus sabios, y las dudas de sus sabios. Y ahora vienen a arrojarnos de aquí, a nosotros y a nuestras tenebrosas creaciones, y a todos los alquimistas, brujas, vampiros y espectros que, uno a uno, se retiraron al espacio. La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más salida que el éxodo. Ayúdenos, señor Dickens. Habla usted con mucha elegancia. Lo necesitamos.

El cuento acaba mal, como exige la distopía fetén. En ese mismo volumen Bradbury nos habla de estereoperiódicos montados sobre un casquete que pasa de página cada tres parpadeos; de casas inteligentes cuyas mesas segregan el desayuno ya preparado; de una esposa amantísima que para demostrar amor a su marido astronauta desconecta, la víspera de cada viaje interestelar, todos los aparatos y le cocina por sí misma, lo que sugiere un interesante silogismo: a más primitivismo, mayor humanidad. Recorre el libro una desconfianza cerval hacia la tecnología, igual que en la odisea espacial de Arthur C. Clarke. Cuando la ciencia infesta la Tierra, dice Bradbury, fuerza el exilio del humanismo, no admite mezclarse con él como propugnaba la vieja Ilustración. La epigenética incorporará evoluciones físicas adaptadas al nuevo medio enteramente audiovisual: quizá nos crezcan los ojos y los oídos y se nos afinen las yemas de los dedos y perdamos del todo la habilidad verbal. Y entonces ni siquiera resultará descifrable un texto de Bradbury que permita a un futuro lector improbable murmurar: “No podemos decir que no nos lo advirtieran”.

(Revista Leer, número 243, Junio 2013)

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11 junio, 2013 · 14:36

Cómo acabar de una vez con el columnismo

Si algo me ha enseñado Twitter es que la gente sigue consumiendo columnas. Algo tendrán para ser el único género periodístico con lectores en mitad de esta crisis de paradigma que a paso ligero va cerrando la analogía gremial entre periodistas y zurcidores de pergamino previos a Juan Gutenberg. Minutos después de la hecatombre nuclear propiciada por los cohetitos de Kim Jong-un, alguien glosará la noticia en una columna más o menos chispeante y su link circulará por la Red. Quizá ya nadie pague por él –el autor se sustentará de yerbas, como el sabio de Calderón–, pero leerán el texto entero y no su mero titular.

Eso será porque la columna verdaderamente causa una elevación del periodismo hasta la literatura o quizá una rebaja de esta al ras de la opinión pública. La columna es un pacto del estilo con la actualidad, y mientras su disfrute siga vigente no se extinguirá del todo la áurea edad del humanismo, pese a todas las decadencias bárbaras que nos acechan, con la telerrealidad, la disciplina de voto y los días mundiales contra la obesidad infantil a la cabeza.

El aserto de Umbral según el cual la mejor literatura de los años ochenta y noventa –fruto de la libertad expresiva detonada en la Transición con el fin de la censura– se hacía en los periódicos acaso denigra la calidad de aquella literatura mucho antes que enaltece la de aquel columnismo. Umbral debía saber que su frase solo ganaría veracidad aplicada a los años en activo de articulistas realmente imbatibles como Mariano de Cavia, Azorín, Julio Camba, Josep Pla, Gaziel, Manuel Chaves Nogales, Agustín de Foxá, José María Pemán, Corpus Barga, Wenceslao Fernández Flórez y, clavado sobre todos ellos en la cruz de guía del oficio, César González Ruano, en cuyo celebrado obituario resumió Jaime Campmany el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Lo de cobrar no deja de ser una provocación en estos tiempos, pero ya decía el doctor Johnson, en máxima muy aplaudida por Pla: “No man but a blockhead never wrote, except for money”. Precisamente son los rápidos ingresos del periodismo los que han atraído siempre a los escritores menesterosos –valga el pleonasmo–, decantando de aquel fructífero intrusismo la canonización literaria de la columna, aunque a críticos tan exquisitos como Cyril Connolly el precio a pagar le parecía demasiado elevado: “Nada envejece tan rápido como la candente actualidad, y en el periodismo no hay nada más valioso que ella. El escritor que se dedica al periodismo abandona el tempo lento de la literatura por otro más rápido, y ese cambio le perjudicará. Gradualmente la ligereza del periodismo se convertirá en un hábito, y el placer de ser pagado a toca teja y, más especialmente, de ser alabado del mismo modo, llega a hacerse indispensable. Y no obstante, del admirable periodismo que ha aparecido en los semanarios literarios, ¡cuán poco resiste la reimpresión!”.

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Cuando en España se trata sobre columnismo literario, las mentes mejor intencionadas aún prorrumpen en el patriarcado omnipresente de Francisco Umbral, y con razón. Pero Umbral es un enano –muy dotado para la publicidad de sí mismo, lo que también es un talento– subido a los hombres de un gigante como Ruano, quien a su vez se subía a los hombros de Ramón, que estaba encaramado sobre Larra y con el otro pie en el bullicio de las vanguardias, y así sucesivamente porque nadie es el Adán literario, como sentenció Rubén Darío. En todo caso Umbral predicó con la autoconciencia de ningún otro el evangelio necesario de la columna y ahormó un estilo propio tan seductor, tan brillante, que por un momento se volvió peligrosamente hegemónico. Sus epígonos han proliferado en camadas bastardas imitando el sonajero y no la letra, aprendiendo una concreta técnica de ordenar modismos en una frase, como si umbralear fuera la única actitud decorosa puestos en el grave trance de teclear una columna. Esta es la manera en que Umbral ha estado a punto de acabar de una vez por todas con el columnismo, porque la personalidad es todo lo que tiene el columnista y el estilo es el hombre, nunca su escuela.

Ajenas a la preceptiva umbraliana se alzaron ciertamente poderosas alternativas de dispar ideología como José-Miguel Ullán, Manuel Alcántara –que vive, oigan, y aún escribe a diario sin repetirse–, Rafael García Serrano o el propio Campmany. En la siguiente generación encontramos a las firmas que hoy retienen el menguante prestigio del oficio –de Manuel Vicent a Raúl del Pozo, de Federico Jiménez Losantos a Arcadi Espada, de Ignacio Ruiz Quintano a David Gistau– y hablamos de la columna de rango estético, no de la tribuna confidencialísima o de la coima al ex político a duras penas alfabetizado. Me detendré un momento en Ruiz Quintano y Gistau y no porque sean mis amigos, que también. Afectos aparte, me parece evidente que Ruiz Quintano encarna la estirpe viva del ABC legendario, y a cada artículo suyo hoy sigue afluyendo la prodigiosa memoria de un lector exquisito y la prosa esencial de un maestro al que se le ha revelado la alquimia entre casticismo e ilustración. Gistau, por su parte, ha renovado el enrarecido parque de metáforas del articulismo patrio abriéndolo a las corrientes de la cultura pop, y le asiste el envidiable don de concitar el asentimiento a su observación, que nunca es tópica, encauzada por un fraseo largo, matizado, irreverente. La gracia de Rosa Belmonte o la insolencia de Carmen Rigalt sostienen igualmente este género ya sin género, pero si en este país se tuviera memoria y dinero para reeditar se podría disertar sobre columnismo femenino pionero de la mano firme de Sofía Casanova, Concha Espina o Carmen de Burgos, por no recurrir ya a doña Emilia Pardo Bazán.

El diario El País hizo lo que pudo por erradicar el columnismo en España subordinando cualquier veleidad literaria a la autoridad informativa de su mancheta, y así aligeró de columnas el periódico como el marido que somete a su oronda esposa a una liposucción, ignorando el viejo aforismo según el cual cuanta más masa, mejor se pasa. El País se convirtió en un periódico aburrido excepto en sus partes menos afectadas por la fatwa objetivista: crónicas de corresponsales, críticas de cine –territorio en el que hoy brilla el malvado Luis Martínez, de El Mundo–, crónica deportiva o taurina, géneros que merecerían artículo aparte. El desastre se consolidó cuando otros periódicos y sobre todo las facultades del oxímoron académico –ciencias de la información– abrazaron la nueva doctrina. La decadencia de la lectura como alternativa de ocio y la ruina de la educación nacional hicieron el resto, no sin cierto entusiasmo.

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Pero cuando parecía que la Logse y Apple iban a terminar de una vez por todas con el columnismo, he aquí que comparecen algunos novísimos empeñados en alargar la agonía del arte de Camba y Ruano. Sus dos mejores adalides actualmente son Manuel Jabois, llamado a Madrid desde Pontevedra para marcar una época en El Mundo, y un valenciano que se hace llamar Hughes y escribe en el ABC con la misma cadencia lírica y nunca igual con que llegan a la playa las olas sensuales del Mediterráneo. Jabois, agraciado con una imaginación celta capaz de alumbrar sagas y el descaro necesario para hibridar géneros sin permiso, domina la paradoja y la ironía con la novedad de los maestros, a los que tiene metabolizados por formación y por naturaleza. Hughes poetiza el tema más banal con la osadía vanguardista de un Giménez Caballero, revolviéndolo en espirales de humor hasta que borra todos los límites entre lo sólido y lo líquido, entre seriedad y levedad. De ellos es el futuro, si la crisis y Kim Jong-un respetan finalmente la vida de sus lectores.

(Revista Leer, número 242, Mayo 2013)

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