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Las damas de hierro también lloran

Único llanto documentado.

Único llanto documentado.

[Escribí en La Gaceta lo que reproduzco a continuación el 17 de septiembre de 2012, día en que Esperanza Aguirre anunció entre lágrimas su dimisión. Las lágrimas de Aguirre, como las de Chuck Norris, curan el cáncer, pero no se le había visto llorar hasta la fecha, siquiera bajo una balacera hindú o un helicóptero grávido. De aquellas lágrimas -hoy queda claro que prematuras-, mezcladas con el polvo de la mentira programática, bajan hasta Génova los actuales lodos de la división interna. Ingenuo de mí que pensé que Aguirre, efectivamente, se estaba despidiendo]

Las damas de hierro también lloran, pero nunca lo harán por frivolidades como una balacera terrorista en Bombay o un accidente de helicóptero. Esperanza Aguirre sólo llora cuando dimite y por eso sólo la veremos llorar una vez en la vida. A una dama de hierro se le quiebra de veras la voz cuando se despide de sus periodistas más incisivos, como ella misma reconoció. Y en esa nostalgia anticipada de la emboscada mediática revela Aguirre su temple anacrónico de auctoritas sin complejo, de político previo a los sonrosados tiempos del gabinete profiláctico. ¡Dimitir en una rueda de prensa con preguntas, dejarse preguntar entre lágrimas hasta que enmudecen los preguntadores atónitos! Fue el postrer desafío torero de Aguirre a Rajoy, alérgico a la modalidad interrogativa del lenguaje y al propio concepto de curiosidad civil, de modo que el alivio cierto que bajo los chorretones de la emoción constatábamos en la lideresa ha coincidido por primera y última vez con el alivio superviviente de Mariano, ingeniero mayor del puente de plata.

¿Por qué se va Esperanza? En España, y esto en el caso de tener mucha vergüenza, uno se va antes de que lo echen. Pero con la garantía de tantas mayorías absolutas –Madrid es de derechas, no hay mucha vuelta de hoja– como veces siguiera presentándose, no queda más remedio que abundar en la excepcionalidad política de Aguirre, que sonreía traviesa al blandir su triunfo final:

—Lo llevaba pensando hace mucho tiempo. ¡Y no se ha filtrado! ¿Se han dado cuenta ustedes?

Aguirre era sobre todo una forma de estar frente al toro de los medios que ya no veremos más. Nadie para, templa y manda igual entre los correveidiles alcornoqueños y veletas que nos va dejando la partitocracia. Aguirre se quedaba de pie en la trayectoria menos airosa, como Belmonte, y o te quitabas tú o había cogida. Un periodista sabía que había cogido a Aguirre porque normalmente quedaba peor que ella. Ella dominaba el arte de cavar trincheras y hacer levas de partidarios, y también el de acoger conversos y no dejar prisioneros. Son habilidades bélicas propias de los viejos y heroicos juegos de tronos que ofertan de primeras el pacto y de últimas la guerra y no al revés, como se hace ahora. Imaginamos a Aguirre pactando con el oncólogo como en el chiste del paciente que aferra al dentista de los huevos:

—¿Verdad que no vamos a hacernos daño, doctor?

Personalmente opino que el cáncer es una de las razones fundamentales por lo que apareja de cansancio vital incompatible con el navajeo trapero del puesto. Aguantar, con escasas compensaciones y la vanidad colmada, no tiene sentido pero irse en la victoria está al alcance de altiveces en peligro de extinción. No quiero decir que la enfermedad constituya el motivo fundamental porque ante esta adversaria eso sería sobrevalorar al cáncer; y el apacible retorno a la familia, a estas alturas de vivencia en el poder, supone para Aguirre antes un aprendizaje horaciano del beatus ille que una añoranza sentida. Pero en el fondo yo creo que Esperanza Aguirre se va para darse el gustazo definitivo de mirar las caras de tonto que se les quedan a sus enemigos, desposeídos súbitamente de todo argumentario, es decir, de chivo expiatorio, con el vídeo Marquesa Antisocial, toma VII a medio montar.

Aguirre dice adiós con un pasado cumplido, un presente de huelgas y un futuro de rescate. Su mutis exhausto parece sobrellevar discretamente una certeza terrible: la vecindad de novedades testimoniables preferiblemente desde casa, lo cual quiere decir más o menos que vamos a morir todos y pronto. Ella se va y deja al articulismo huérfano de sus micrófonos indiscretos y sus rajadas gloriosas que actuaban sobre la jodida disciplina de partido como esa palanca de hierro que Sam Spade profesaba en El halcón maltés como epistemología favorita:

—Mi método para averiguar las cosas es arrojar, violenta e impredeciblemente, una barra de hierro en medio de la maquinaria. Por mi parte, no tengo inconveniente, si tú estás segura de que las piezas, al saltar, no te van a hacer daño.

Yo, que no la voté, la voy a echar de menos a diario.

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La pizarra de Dios

El Vicediós bávaro.

El Vicediós bávaro.

[Benedicto XVI, prodigioso Papa emérito, ha vuelto hoy al Vaticano para alojarse definitivamente en uno de sus conventos hasta que el Jefe le llame a su presencia. Lo hace -y no hay casualidades para un alemán, y menos para un alemán que es Vicediós, retirado pero Vicediós- un día después de que su Bayern destrozara al Barcelona en la más humillante derrota encajada por un equipo en semifinales de Champions desde que hay memoria. Por si fuere oportuno, reproduzco a continuación una columna aparecida en La Gaceta el 1 de marzo de 2013 sobre la teología futbolística de Benedicto XVI, que pedía aprender a vivir con el espíritu del niño. O sea, como Piqué antes del partido]

Aunque lo lógico es que todo Papa sea siempre del Real Madrid, tanto por colores como por historia, Joseph Ratzinger es al parecer seguidor del Bayern de Múnich, cuyo presidente Uli Hoeness ha anunciado que preparan una camiseta honorífica con el “Joseph” a la espalda. Cuenta Rosalía Sánchez que siendo Giovanni Trapattoni entrenador del Bayern y Ratzinger cardenal itinerante entre Roma y Múnich, un amigo común los puso en contacto y desde entonces el teólogo telefoneaba con frecuencia al técnico para interesarse por la evolución de su equipo. Habría que convencer a Trapattoni de que publicase aquellas conversaciones, pues podrían contener la fórmula del sistema de juego infalible: la pizarra de Dios.

Unos años antes de aquel encuentro, cuando el planeta fútbol giraba en torno al Mundial de 1978, el entonces obispo de Múnich se contagió de la fiebre futbolística al punto de descender del púlpito al micrófono, del prelado al tertuliano, y grabó un mensaje radiofónico sobre la naturaleza fascinante del deporte rey que luego se editaría junto con otros textos en forma de libro, titulado Trabajador de la verdad. En aquella breve e impagable pieza, Ratzinger, el indiscutido teólogo, se aleja paradójicamente del evangelio apócrifo de la pontificación argentina que tanto triunfaría después –esa jerigonza metafísica a lo Valdanágoras– y explica con prosa limpia y pedagogía clara el sentido antropológico del deporte, que no es el pan y circo que cacarea por boca de ganso insomne el gafapastismo bobalicón, sino honda nostalgia del edén perdido que como sabía Rilke se encuentra en la infancia, y escuela para lo que espera después:

—Aquel grito que pedía “pan y juego” era la expresión del deseo de una vida paradisíaca. En este sentido, el juego se presenta como una especie de regreso al hogar primero, al paraíso; como una escapatoria de la existencia cotidiana, con su dureza esclavizante. Sin embargo el juego tiene, sobre todo en los niños, un sentido distinto: es un entrenamiento para la vida. Le enseña a cooperar con los demás dentro de un equipo, mostrándole cómo enfrentarse con los otros de una forma noble. Al contemplarlo, los hombres se identifican con ese juego, haciendo suyo ese espíritu de colaboración y de confrontación leal con los demás. Al pensar detenidamente en todo esto, se plantea la posibilidad de aprender a vivir con el espíritu del juego, porque la libertad del hombre se alimenta también de reglas y de autodisciplina.

De todo el sublime magisterio impartido por Benedicto XVI, yo me quiero quedar con su teología del fútbol: aprender a vivir con el espíritu niño del juego, plantear con los otros una confrontación leal y no olvidar nunca que sin disciplina no puede haber gloria.

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La historia de Intereconomía contada por un becario

[Yo no la he escrito, pero busco y no encuentro razones para no dar eco en mi blog a esta historia de Intereconomía contada por un valiente becario. Sobre todo porque no descubro en ella inexactitudes digamos clamorosas, más allá de innecesarios ataques personales. Y porque así me ahorro escribirla yo. Incluye vídeo con intervención sindical a la cámara de un Bustos aterido pero con la mente clara]

Corren malos tiempos para esta profesión. La crisis nos conduce hacia una catarsis que está dejando a su paso varias defunciones y muchos despidos. Cadenas, revistas, agencias y periódicos certifican con su muerte la obligada transformación de un sector embarrancado.

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9 abril, 2013 · 12:39

Waiting for Maggie

[Reproduzco, por si fuera oportuno, la página que le dediqué el 10 de enero de 2012 en La Gaceta al biopic de Margaret Thatcher, protagonizado por Meryl Streep, que nos dio a una dama de cobre. Eso sí, formidablemente interpretada]

Al cine prefiero ir con mujeres, aunque también he ido bastante con hombres, incluso con niños –no míos, según me aseguraron– y probablemente con ácaros invisibles prendidos a la ropa en las tórridas noches de verano. Para ver La Dama de Hierro no encontré acompañante, pero casi mejor –pensé luego–, porque así sería todo de la Thatcher por un par de horas. No creo que Margaret sea de la clase de mujeres que admiten fácilmente la competencia de otras en un plan de cine.

English: Margaret Thatcher, former UK PM. Fran...

Iron Lady. (Wikipedia)

Las dos advertencias que me habían hecho sobre la película resultaron de lo más fundadas. Meryl Streep al parecer sabe algo de interpretación, eso por un lado. Este papel otoñal suyo equivale al de Marlon Brando en El Padrino por calado artístico, cota de madurez y hasta por concomitancia argumental: el tema shakesperiano del poder y sus efectos. Y dos: la industria del cine occidental se ha internado tanto en el lugarcomunismo de progreso que ya no sabe cómo desandar el camino de las baldosas melifluas para retratar debidamente a una mujer memorable no por mujer, sino por adalid desafiante del conservadurismo. Quiero decir que la Thatcher es la Dama de Hierro y en la película la muestran mayormente como a la anciana de cobre o así. Su ideología desacomplejadamente conservadora se yergue como piedra de escándalo insalvable para cualquier guionista o cinero posmoderno, con todas las servidumbres rosas o verdes o marrón glacé que el público necesita para irse a dormir echándole la culpa a otro, que es como duermen los niños. La película falla porque traiciona la razón vital de la propia biografiada, tal y como ella misma la expone en una visita al médico, pasaje excepcionalmente thatcherista de la película:

—¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente… ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien.

Se me quedó grabada de una vez esta retahíla como de sermón de la montaña tory que colisiona con el imperio Disney del cerebro licuefacto, este algodón de azúcar que habita hegemónicamente las paredes craneales de nuestra sociedad pueril en el lugar del seso individual y reivindicable.

La película, como los jueces maniqueos, se deja ir por la pendiente del aplauso feminista cuando describe el ascenso de la hija del tendero en un mundo de machos inmovilistas, pero enceguece ante sus triunfos verdaderos, los hechos políticos, y justifica su caída por su falta de empatía proponiendo la demencia senil como justo castigo narrativo a tanta soberbia. Y eso, como diría Fouché, es peor que un crimen: es una equivocación. Es no entender que Maggie siempre prefirió hacer antes que ser. Otra cosa es que la política haya devenido identitarismo –sustituir la trabajosa forja de un carácter individual por una hospitalaria militancia: la gay, la nacionalista, la vegetariana o la del club de las almendritas periodísticas al punto de sal–, como bien olfateó el Zapatero paladín de las minorías en su primer mandato, cuando se podía uno mear en los hechos y la prima de riesgo estaba vacacionando. Si Chacón quiere aspirar a algo más que a Dama de Barro(so), debería dejar de enredarse en viajes de la identidad catalana a la almeriense pasando por la cabra de la Legión y ponerse a hacer, verbo que custodia el secreto de la perennidad de su rival Rubalcaba, que se cena políticos con imagen desde hace un cuarto de siglo.

Luego está ese marido de celulosa, un payaso alucinatorio que sólo parece existir para dar base a un nuevo aforismo: “Detrás de una gran mujer sólo puede haber un pelele”. Esperemos que el de Merkel mantenga mejor la dignidad.

Seguiremos esperando una película valiente sobre la más valiente de las mujeres del siglo XX –una señora que hundía barcos enemigos y bebía whisky–, del mismo modo que Soraya sueña ya con su propio biopic protagonizado por la eterna Streep.

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Hasta siempre, comandante

La Parca bolivariana.

La Parca bolivariana.

[Reproduzco, por debilidad sentimental, la última columna que publiqué en la contraportada de La Gaceta un  jueves 7 de marzo de 2013, escrito la víspera de que entrara en vigor la huelga indefinida que acordamos los trabajadores en protesta por el impago de cuatro nóminas. Poco después la empresa suprimió el blog en el que durante años yo había ido archivando mis artículos. Ya no volvería a escribir en ese periódico]

«Aprendimos a quererte, / desde la histórica altura / donde el Sol de tu bravura / le puso cerco a la muerte». Hasta siempre, Comandante, le canta con Carlos Puebla el lacrimoso orfeón de orfandad bolivariana desde la tierra del petróleo ingente que sufragó la última gran novela de dictador, género que no cesa nunca en Sudamérica. Hugo Chávez no era el golpista, el militar tronado, el presidente sospechosamente electo, el logomáquico gorila acallado por el rey de su ex colonia: qué prosaísmo el del periodismo que lo juzgará con tal inobjetable exactitud, ciertamente. Uno, no siendo víctima suya, lo circunscribió a las tablas de la ficción que interpretó mientras existía y no lo piensa bajar de ahí ahora que ha caído el telón tumefacto de su vida.

Hugo Chávez no era un hombre real, de carne y hueso. Por eso me indignó tanto aquella portada de El País: porque nos presentaba a un Chávez en exceso biológico, violentamente desmilitarizado por la enfermedad, humanizado por un tubo. Para mí Hugo Chávez era un personaje genial, era Tirano Banderas, el coronel que siempre tenía quien le escribiera, el supervillano remanente de la Guerra Fría, el chivo en su fiesta televisiva, la reencarnación épica de Jesús Gil, el prohombre de bronce que se arranca del tremendo caballo erigido en el parque y se pasea por una cumbre internacional como un presidente contemporáneo cualquiera, o que reserva toda una planta del Villa Magna como si las estatuas ecuestres necesitaran descansar.

Aprendimos a quererle no –imposible– como se quiere a las personas, sino como se celebra a los héroes y a los antihéroes de las series de televisión menos complacientes. Los noticiarios sacaban un corte de sus palabras en televisión y el mando se negaba a cambiar de canal, magnetizado por aquella retórica novelesca, improbable, narcótica. No podía ser verdad, no podía existir alguien así en este mundo de burócratas aburridos que nos siembra la peligrosa semilla de la expectativa mesiánica. Era una suerte poder contar con Chávez como archibufón del planeta mediático, y no confiamos en que Beppe Grillo sea capaz de suplirle porque Grillo, con todos sus monólogos de cómico nihilista, nunca se pondrá delante de la televisión a anunciarle al pueblo, íntimamente con en revolucionaria comunión, que le ha comprado a los rusos unos cohetitos capaces de llegar a Washington, donde mora la bestia yanqui entre géiseres de azufre. No es posible que un antisistema declare algo así, porque el antisistema cree luchar por el futuro, mientras que Chávez luchaba abiertamente por el pasado.

Si puede haber paz para los febriles, alucinados, indesmayables hijos bastardos de Bolívar, descanse en ella al fin el penúltimo ectoplasma de la Revolución.

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