
Últimos especímenes del 78.
Lo que vimos ayer, entre pellizcos de incredulidad, no fue la agonía de un político que parecía crónico, tan identificado con el tiempo que parecía gobernar como nos gobiernan las estaciones: por imperativo cósmico. Lo que vimos ayer no fue la derrota de un orador tan experimentado que podía batir con el florete de su sarcasmo la descarga de artillería dispuesta frente a él por todos sus enemigos. Lo que vimos ayer no fue la traición al viejo muñidor de pactos imposibles, que confiaba en la lealtad comprada con dinero público sin sospechar que siempre hay alguien dispuesto a elevar la suma destinada al bolsillo de tu efímero aliado. Lo que vimos ayer no fue el garbo terminal, ciertamente admirable, con que un presidente apuñalado seguía dibujando molinetes retóricos en el aire antes de retirarse a morir oscuramente en su despacho. Lo que vimos ayer no fue la muerte política de un mineral, con toda la cobardía de los minerales que pesan pero no sienten, que caen pero no se arrojan.
No. Lo que vimos ayer fue el operístico estertor de un sistema -de una república dirían los franceses, de un régimen dirán los populistas- que ha consistido básicamente en que durante 40 años dos fuerzas antagónicas se alternaban en el poder español al arbitrio de un partido antiespañol. La coherencia narrativa en que a veces se complacen las historias de los pueblos exigía un final quintaesenciado: el de un firmante de la intervención de Cataluña pidiendo perdón a Joan Tardà por ser español y parecerlo. A su lado, efectivamente, Rajoy será siempre un español, vicio del que Sánchez se está quitando a toda velocidad por orden de sus nuevos dietistas de etnia mejorada.
Respondo a las preguntas de Letras Libres sobre cómo hemos cambiado






Cuando Gregorio Samsa despertó, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso hombre. Un signo inocultable del patriarcado pendía de su ingle y le interpelaba con descaro, erguido como una voluminosa acusación. Sabía bien lo que aquello significaba, había oído historias en la oficina, pero no quería creer que le hubiera pasado precisamente a él. Se palpó tembloroso. La protuberancia presentaba un tacto indefinible, ni muy blando ni muy duro, ni demasiado liso ni excesivamente rugoso. Podía moverla, pero no se caía. Estaba unida a él como un istmo de carne. Incluso parecía mantener la misma temperatura que el resto de su cuerpo.





