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Archivo de la categoría: El Mundo
El pendiente de Pablo Iglesias
Un concejal de éxito

Un concejal con atril.
Volver al trabajo es tener que atender a lo que dice Sánchez como si lo que Sánchez pudiese decir revistiera la más mínima importancia. Desde la lejanía se divertía uno leyendo a los exégetas de Sánchez y Redondo, como si estos dos campeones de la política instagram necesitaran exégesis para mayores de ocho años. Sánchez no hace discursos sino que se limita a ponerles rostro, ese rostro de gato satisfecho que se comió el canario un mayo de 2018 y no lo piensa escupir aunque se le caiga el país encima de la cola. «Resiliencia para todos y todas», decía nuestro concejal, porque Sánchez nunca ha dejado de ser otra cosa que un concejal de éxito, con ese horizonte a cuatro horas vista y esa retórica de telemprómpter pautado por emoticonos. Hay más política de Estado en las luces de don Abel Caballero que en las sombras de nuestro orador motivacional comprado en los chinos. Con qué cuajada postura de catálogo de Emidio Tucci miraba a izquierda y derecha, insistiendo en que «somos el país de la fibra óptica» cuando en realidad somos el país de los 50.000 muertos y el 20% evaporado del PIB. Lo que daría uno por un pantallazo del chat de los empresarios allí congregados, entre la vergüenza ajena y el aplauso debido para detener el hacha fiscal.
Cayetana no sabe militar

Política francesa.
Ya puede escribir Cayetana Álvarez de Toledo un libro sobre su caso titulado «El malentendido». Será un libro bien escrito, lo que sin duda su ¿antiguo? gremio tomará como una nueva provocación, porque hoy un partido es una factoría de ágrafos alineados. Y será un libro melancólico, jovellanesco, donde explicará por qué cometió el error de meterse en política por segunda vez. Pudiendo ejercer el periodismo, que es la política sin responsabilidad, y decir su verdad quizá desatendida pero blindada a toda represalia fuera del gusto del lector, se empeñó en militar bajo Rajoy primero y bajo Casado después.
Pero CAT, pese a su marcial apellido, no sabe militar. Contra ambos liderazgos, el de Rajoy y el de Casado, ahormados por la ley de hierro de la oligarquía mucho más que por los temperamentos personales de cada jefe, se han terminado estrellando su obstinada concepción de la política como una épica batalla de ideas racionalmente defendidas en el ágora y su nulo instinto de poder para sobrevivir en la política real: un turbio negocio donde se trafica con emociones simples hacia afuera y con lealtades complejas hacia dentro.
Sergio Ramos, el último cipotudo
No será el más exquisito ni quizá el más laureado, pero es el único futbolista que juega como si acabara de apearse de su propia estatua ecuestre. Y cuando acaba el partido, Sergio Ramos vuelve al parque donde se levantan los monumentos a los héroes de la patria, se encarama a su pedestal y se petrifica para seguir ejerciendo de gloria nacional el tiempo que media hasta el próximo compromiso sobre el césped. Noble y bélico adalid, caballero del honor.
Ramos es un cipotudo nato, un hombre que sobrelleva con asombrosa naturalidad la convivencia con su grandeza. El día que fue presentado en el Bernabéu, recién fichado del Sevilla por una cifra exorbitante -27 millones de euros de 2005 por un defensa de 19 años-, ya empezó a escandalizarnos su desparpajo. Allí estaba ese crío, llegando al vestuario de Zidane, Roberto Carlos, Raúl, Beckham o Ronaldo, mostrando con sonrisa suficiente el dorsal número 4 que acaba de dejar vacante nada menos que Fernando Hierro. Hoy Hierro es el tipo que una vez llevó el 4 de Sergio Ramos.
Nació en Camas, seguramente en un descampado, aterrorizando a las piedras contra las que chocaban sus tiernas rodillas al caer. Dejó tal huella en las categorías inferiores del Sevilla que ni le han perdonado su marcha ni se la perdonarán jamás; a él, que como Gengis Kan en el fondo es un sentimental, los abucheos en el Pizjuán todavía le duelen y ha tenido la debilidad de confesarlo más de una vez. No quiere entender que cada pitido furioso de los Biris, los ultras sevillistas, suma el más sinfónico tributo de admiración a que puede aspirar alguien criado en Nervión pero demasiado incontenible para caber entre sus orillas.
La virilidad de Ramos es tan arquetípica, tan caudalosa, que si Zorrilla reviviera lo convertiría en protagonista de un Don Juan cani de masas. De hecho, sus ilegales apuestas estéticas no son más que intentos infructuosos de matizar esa masculinidad animal que le constituye y que se derrama por el timbre cavernoso de su voz o la fijeza escalofriante de su mirada de escualo.
La caza del tibio

Cazador.
A Raúl del Pozo siempre le ha interesado el ruido de la calle. Dudo que se pueda ser periodista de otra manera: uno aprende que el periodismo consiste en extraer alguna melodía del estruendo diario, y resulta tan tentador ponerse a bailar al son de otros como quedarse sordo a la injusticia cierta. El problema es que ahora el ruido no se siente tanto en la calle como en las redes, que son las avenidas del decibelio, las trochas del exabrupto, los túneles del odio y los senderos de la traición. Raúl pega el oído a la red y me llama: «Ha empezado la caza del equidistante. Toca elegir bando, hay que ser facha o rojo. Pero yo soy de lo que me sale de los cojones». Y ese cojonudismo no es la irracionalidad ibérica que denunciaba Unamuno, sino el genuino talante liberal que suele atesorar quien no va presumiendo de rótulo ideológico.
Sánchez pone el ruido, Abascal la furia

La pinza que nos aprieta.
Para el votante de Vox es difícil de aceptar que el partido que le gusta, el partido de las verdades del barquero que no verás en los medios, el de los españoles aguerridos que se baten contra la asfixia progre… constituya precisamente el mejor aliado de la asfixia progre. Su garantía de permanencia en el poder. Sé que para el voxero esta afirmación es contraintuitiva, incluso aberrante. Pero es así. A más Abascal, más Sánchez.
Llevamos dos años explicándolo pero lo haremos una vez más: Vox fragmenta el voto de la alternativa al sanchismo y moviliza a la izquierda. Es la única razón -el miedo a Vox de una mayoría de españoles ubicados en el centroizquierda- de que el personal termine votando con pinzas a alguien como Sánchez. La ley electoral y la sobredimensión nacionalista se encarga del resto. Así que mientras Vox se empeñe en seguir al dedillo contra el PP el mismo manual de Podemos contra el PSOE, consolidará a Sánchez en Moncloa como Iglesias prolongó la vida útil de Rajoy. Por eso esbozó una unánime sonrisa la bancada socialista, arrejuntada en pleno norcoreano, cuando Abascal anunció la moción de censura para septiembre.
El escrache bueno

Escrache bueno para Podemos.
No se le puede negar a Podemos vocación pedagógica: explican la política para tontos. Su fe en la estupidez de la gente a la que se dirigen es infinita, porque para cerrar el círculo de su lerda pedagogía deben imaginar a sus votantes como cretinos de baba y consigna. Armado con esa fe uno puede, si no mover montañas, al menos mudarse a una de ellas; en concreto a la sierra de Guadarrama, donde se ubica Galapagar.
El síndrome de Gauguin

Tita, hijo y Gauguin.
Viene un tiempo feo sin síndrome de Stendhal pero con síndrome de Gauguin, aquel pintor francés que se tomó verdaderamente en serio la crisis de los cuarenta. Gauguin, se nos dice, dejó una vida de corredor de bolsa sobre el alienante asfalto de París para entregarse al arte por el arte en el edén polinesio. Podríamos verle como un sucesor de Thoreau, solo que sin puritanismo, o como un precursor de Greta Thunberg, solo que con talento. Lo que se nos oculta es que Gauguin no encontró precisamente la felicidad en las paradisíacas islas Marquesas, donde murió sifilítico perdido, abandonado por los marchantes y deprimido hasta el intento de suicidio. Así que el síndrome de Gauguin no debería servir para alentar el deseo infantil de retroceder al confort uterino cuando el adulto alcanza el arduo ecuador de una vida secuestrada por el capitalismo, sino para advertir de que esa huida puede acabar en un infierno peor que el purgatorio del que se pretende escapar cuando el problema lo tiene el afectado y no su entorno. Son innumerables las novelas y películas escritas con este argumento, por no hablar de los beneficios que esa garrafal pulsión emancipatoria ha reportado a los concesionarios de coches pintureros y a los bufetes de abogados matrimonialistas.







