
El presidente ha empezado a aburrirse de unas vacaciones tan largas. Pensó que tantas semanas seguidas de descanso en el palacete canario del rey Hussein eran exactamente lo que su matrimonio y su persona -no necesariamente por este orden- precisaban para mitigar los sinsabores del curso político y reponer fuerzas con vistas al padre de todos los otoños calientes. Pero agosto arrastra despacio sus horas sin relieve, cortas de emoción, escasas de desafíos a la altura de su carisma.






