
El relato literario, para serlo, debe declararle la guerra al relato político. La literatura contribuyó a acelerar el fin de la era victoriana cuando se puso a denunciar su monumental hipocresía, la elaborada patraña que la civilización británica se contaba a sí misma. Señalar al monstruo moral que podía ocultarse tras las maneras impecables del gentleman: ese fue el propósito narrativo que guio entre otros a Robert Louis Stevenson y a Oscar Wilde.







Cualquier esthéticienne que valga lo que cobra seguramente habrá pasado más de una rato observando no los cuadros de Stevenson o Wilde, sino el enorme cuadro que hay junto a los ascensores del museo del prado donde como en uno de esos frescos pompières de la sociedad de naciones aparecen junto a todos los lideres de la guerra de los treinta años unas cuantas cortesanas embadurnadas de albayalde. Aparte de que lo que a mi me evocan son los monstruos de las profundidades de que hablaba el rey Lear, recordar -no será necesario si es una buena esthéticienne, pero bueno- que el albayalde cubriría los estragos de la viruela, aunque envenenando a la maquillada.