
El relato literario, para serlo, debe declararle la guerra al relato político. La literatura contribuyó a acelerar el fin de la era victoriana cuando se puso a denunciar su monumental hipocresía, la elaborada patraña que la civilización británica se contaba a sí misma. Señalar al monstruo moral que podía ocultarse tras las maneras impecables del gentleman: ese fue el propósito narrativo que guio entre otros a Robert Louis Stevenson y a Oscar Wilde.






