
No entendemos la decepción de una parte de los católicos españoles con la jerarquía de la Iglesia por haber apoyado la regularización de inmigrantes ya integrados, decisión asumida en el pasado por gobernantes tan escasamente zurdos como Reagan o Aznar. Uno puede definirse como católico o como nativista, pero no las dos cosas a la vez. Con el evangelio en la mano, la decepción más bien debería surgir de haber oído a monseñor Argüello derogando el sermón de las bienaventuranzas, sobre el que se edifica la doctrina social católica: «¡Malaventurados los negros, los moros y los sudacas, porque ellos se quedarán sin papeles!». Llámenme librepensador, pero no acabo de encajar una maldición como esa en mi edición canónica de la Biblia (BAC, 2010).







Como no soy particularmente engagé aproveché las tardes de domingo de un año que pasé en un colegio mayor religioso (imagino; no hubo ninguna presión proselitista en el año que pasé allá) para leer los informes de Ruedo Ibérico que abundaban en su biblioteca sobre cuestiones de clase. Los inmigrantes que describía, sesenta/setenta, eran jóvenes o no tan jóvenes que residían en viviendas prefabricadas bajo acuerdos del ministerio español y la embajada de turno y allí pasaban ‘los mejores años de su vida’ (¿Era sarcástico el tipo que inventó el dicho?) con tal vez alguna aureola de huríes proletarias en el cabezal de la cama. Hoy hablan y no paran de los pisos Paco que en buena parte con su esfuerzo se perpetraron en España . Imagino que las embajadas de Marruecos y demás se cuidarán de cual es el público que viene a España como las embajadas de Suiza se cuidaban de qué arbeiterguests admitían en sus cantones ¿Jorge?