Archivo mensual: febrero 2014

La madurez de Pepe

Costa no marcó. Pepe sí.

Costa no marcó. Pepe sí.

Del dulce momento que atraviesa el Madrid solemos destacar las estadísticas goleadoras, la facilidad de este equipo para llegar al área y perforar las defensas más numantinas. Nadie mete tantos goles ni da tantas asistencias como el Madrid. Y desde luego ninguna plantilla posee tantas variables en ataque ni a tantos hombres bendecidos con el instinto de gol. Así es y así debe ser, porque si otros prefieren ser recordados por el número de rondos en los que participaron, al jugador del Madrid se le ha reivindicado siempre por la cantidad o la calidad de sus goles.

Sin embargo, el buen aficionado sabe que el primer factor del éxito en la alta competición es la defensa. De lo que más orgulloso se siente Ancelotti hoy no es de la famosa BBC, porque Cristiano, Benzema y Bale no necesitan demasiadas lecciones para hacer bien su trabajo, sino de que sus centrales hayan cerrado la puerta trasera por la que se colaban demasiados intrusos en la primera parte del campeonato. Y gran parte de ese mérito corresponde a Pepe, que no solo ha recuperado su mejor estado de forma sino que también parece haber alcanzado una madurez de la que nos sentimos orgullosos como el hermano mayor de un chaval especialmente travieso que acabó encadenando sobresalientes.

Pepe es hoy uno de los mejores centrales de Europa porque a su generoso despliegue físico suma una sobriedad nueva, eficaz, concentrada en lo esencial. Su presencia siempre fue temible para los delanteros, pero es que él mismo se ocupaba de fomentar una leyenda licántropa como la de Romasanta. Ahora los delanteros no le evitan por temor, que también, sino porque saben que por ahí no van a pasar. Pepe no pierde la posición, anda seguro en el juego aéreo, está atento a las ayudas, sale rápido al corte, presiente los pases del rival para ejecutar sus célebres anticipaciones y no añade más agresividad a los uno contra uno que la estrictamente constitucional. Pero cuando el partido se pone bélico, como quiso el Atleti, Pepe tampoco ha olvidado cómo sobrevivir en el frente. Que se lo digan a Diego Costa, que no solo no pudo marcar sino que tuvo que ver cómo marcaba su némesis.

Durante la era Mourinho, Pepe fue el termómetro humano que marcó la fiebre competitiva que necesitaba el quipo para hacer frente al mejor Barça. Contra los azulgrana hizo sus mejores partidos, en especial aquella final de Copa que remató otro portugués, y también sufrió el puro prejuicio arbitral. Pepe fue excesivo en lo necesario y a veces también en lo superfluo.

Todo aquello pasó como una militancia de adolescencia, y para demostrarlo hasta se ha dejado crecer una melena afro, mullida y desenfadada, con la que yo sospecho que acolcha mejor el balón. El Pepe de hoy es el mejor de los Pepes porque se ha instalado en la madurez sin perder un ápice de fiereza. Con Pepe de encargado de seguridad, el público del teatro puede despreocuparse y disfrutar de la función.

(La Lupa, Real Madrid TV, 7 de febrero de 2014)

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7 febrero, 2014 · 20:00

El PP y Faulkner

La cocina del CIS, pese a todo lo que se dice, no alcanza el grado de artificio de un doctorado de Rahola o un acta de Ayza Gámez. Cuando yo mismo empezaba a creer que la existencia de tales encuestados era una exageración, un día del pasado enero llamaron a la puerta de casa de mi novia y la amable señora del umbral se presentó como enviada por el mismísimo Centro de Investigaciones Sociológicas.

En ese momento yo estaba en la ducha. Como no estoy acostumbrado a poner nota al Gobierno en pelotas salvo cuando escribo en verano, la encuesta se la hicieron a mi novia, que se mostró muy cicatera en la valoración del equipo de don Mariano a excepción de Soraya, a quien mi novia llama “Sorayita” y por la que siente una positiva admiración de género. Le puso una nota inconcebiblemente alta. Completado el interrogatorio la encuestadora se marchó a otro bloque de pisos, arguyendo que debe observar un complejo criterio de selección geográfica para garantizar la representatividad de la muestra. Ya solo me falta conocer al depositario de un audímetro para darle un vuelco completo a mi escepticismo vital.

Por las razones expuestas, netamente autobiográficas, tiendo a concederle más crédito a este sondeo que a los anteriores so pena de bronca de pareja. El PP arroja el peor dato desde que llegó al poder, pero es que el PSOE cae otro poquito más, no se sabe ya desde dónde, aunque el voto del cabreo –a quién votaría usted mañana mismo– es para los socialistas (¡la intención es lo que cuenta, Alfredo!). Los clásicos recientes del CIS se mantienen: IU y UPyD suben, todos odian a Wert y a Gallardón, y Rosa Díez es la líder más valorada desde Aníbal, cuyos elefantes barritaban como doña Rosa en sesión parlamentaria. El CIS es generoso con Artur Mas y con Iñigo Urkullu, a cuyas respectivas formaciones aleja mínimamente de las zarpas jacobinas de ERC y Bildu. Cañete es el más valorado, y no solo por la perfección decimonónica de su barba sino porque la gente considera que es el único que se dedica a algo tangible: la agricultura, las cosas de comer. Vox aún no cosecha reacciones en esta encuesta pero a cambio tiene la de El Gato al Agua, donde Vox se hace el solitario en las trampas.

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6 febrero, 2014 · 12:50

Fantasías arbitrales y problemas familiares

Ayza y su cuadrilla.

Ayza y su cuadrilla.

Ya hay que ser un niño raro para soñar con ser árbitro de mayor. Y una vez cumplido ese extravagante sueño, ya hay que ser un árbitro raro para expulsar a Cristiano Ronaldo con una roja directa, gesta que no se veía en un campo desde la temporada 2009/2010, la primera del portugués en España, a quien nadie había avisado suficientemente de la terrible diferencia que existe entre el arbitraje inglés y la picaresca hispana.

Ayza Gámez es por tanto un hombre de fantasías extravagantes, un hombre que exhibe sus disfunciones sin demasiado pudor. Es cierto que Ronaldo debió contenerse, pero no es fácil hacerlo cuando los defensores vascos llevan todo el partido confundiendo tus tibias con troncos de leña. Se equivocó al levantar la mano ante el rostro desencajado de Gurpegui, que no necesitaba más para rodar por el suelo como fulminado por un ictus. Pensábamos que el fútbol vasco se caracterizaba por una noble frontalidad sin engaños ni adornos, pero se conoce que la escuela dramática de La Masía imparte cursos por correspondencia al resto de autonomías.

Ayza Gámez no es que cayera en la trampa: es que estaba encantado de caer. Ya saben ustedes la famosa sentencia de Oscar Wilde: el mejor modo de evitar la tentación es caer en ella. Y hacia allí trotó alegre Ayza, la mano temblando de emoción en el bolsillo del pecho, incrédulo ante el generoso regalo del destino que al fin le iba a permitir aliviar su íntimo deseo de expulsar al mejor jugador del mundo. Si parece agresión, es que es agresión y punto.

Más tarde, para que nadie pusiera en duda sus tendencias, hurtó la última jugada al Madrid anticipando el final del encuentro. Es siempre improbable marcar en el último minuto, pero Ayza prefirió no correr riesgos. Y para acabar, como sospechaba que no todo el mundo tiene por qué compartir la siniestra originalidad de sus gustos, apuntó en el acta el gesto de tocarse el mentón que Cristiano dirigió al cuarto árbitro camino del banquillo. Lo cual delata sus dudas sobre la materia punible en la jugada de la roja, pretendiendo justificar la expulsión con argumentos a posteriori. Un héroe del pito, este Gámez.

Vamos a confiar en que el Comité corrija el despropósito nacido de las caras fantasías de Ayza y minimice sus efectos en Liga. Vamos a confiar en ello aunque solo sea para compensar la elección de Clos Gómez como árbitro del derbi copero. Clos Gómez, el héroe de la final de Copa en que expulsó a Mourinho y a Cristiano. Clos Gómez y Ayza Gámez: dos hombres sin duda afortunados, pues según la doctrina de Sánchez Arminio carecen de problemas familiares.

(La Lupa, Real Madrid TV, 4 de febrero de 2014)

La locución, calentita, aquí mismo.

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San Mamés resiste la romanización

El Barça perdió porque le afectó mucho la muerte de Luis –al fin y al cabo inventó el tikitaka– y el Atleti ganó porque se lo debía a Luis. El Madrid no aclaró sus sentimientos respecto de Luis y acabó empatando.

Los sentimientos son importantes sobre todo cuando se juega en San Mamés. El sentimiento es una tara evolutiva que afecta al sapiens sapiens –a unos más que a otros– y que normalmente justifica sus peores decisiones. Pero nunca se puede subestimar el sentimiento, sea el de un árbitro mezquino, sea el de una grada hostil que animó unánime a su equipo-nación bajo una gran txapela espiritual, omnímoda e intimidatoria como la nave de Independence Day. Nunca mejor dicho.

Pero el Real Madrid no empató por el árbitro sino por un golazo indefendible de Ibai Gómez, que voleó el rechace de una falta como se volea contra el frontón, con toda su alma vizcaína. El alma normalmente envía esos disparos al osito del Guggenheim, pero esta vez lo envió al palo cruzado de Diego López con una linealidad sin dobleces. Un gol muy vasco y muy hermoso. Hay madridistas que andan rezongando por el resultado porque se descontaba el adelantamiento al Barça, y que se enojan con el buen Carletto por sustituir a Jesé y por demorar demasiado los cambios con un empate en el marcador. Pero Carletto estaba defendiendo su punto con un equipo confundido y en minoría, y hoy el Madrid sacó un empate que le deja a tres puntitos del liderato y una imagen de seriedad nada desdeñable en el primer partido exigente del año. Tensión competitiva contra doping sentimental (nada que ver con Gurpegui) igual a empate.

Carletto por tanto no es un italiano sentimental, operístico, sino pragmático, y eso a mí me da confianza porque alguien tiene que pensar en la comida mientras la afición llena cántaros con tripletes. Piano, piano, señores. El Madrid encara la temporada de verdad y el Athletic Club hizo un partido de un compromiso extenuante, intenso, rico en calorías de contacto y jarabe de choque que fundamentan la dieta local desde los primeros intentos de romanización. La causa de que Cristiano cayera en la provocación, cuando nunca lo hace por más que le buscan, debe buscarse en el comportamiento aizkolari de los aborígenes, que se figuraron maderos tiernos en el lugar de tibias lusas y actuaron en consecuencia durante todo el partido. Benzema dejó claro que no es francés de la parte de Iparralde y miraba las esquirlas que saltaban a su alrededor como el noble contempla un linchamiento popular tras los visillos de palacio. Hasta Ramos parecía frágil.

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3 febrero, 2014 · 14:35

Las tres vanidades del escritor-icono

Salinger en su laberinto.

Salinger en su laberinto.

Lo más seguro es que no hubiera misterio ninguno en Salinger enclaustrado. Y que se mantuviese oculto porque sabía, como saben todos los genios, que en el trato humano con el admirador siempre acabará decepcionándole. Uno se adapta con facilidad al anonimato: basta con no escribir tuits durante una semana para perder las ganas de escribir tuits en la semana entrante. Así que no idealicemos el eremitismo salingeriano porque es la tentación más cómoda en la que puede caer un escritor.

La voluntad bartlebyana de desaparecer es una vanidad literaria como otra cualquiera, aunque más sofisticada que otra cualquiera porque busca el aplauso del tiempo y la conciencia; a un ego así no pueden satisfacerlo sus coetáneos, sino que requiere el diálogo entre inmortales que establecía Maquiavelo en su aposento:

“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortas antiguas de los antiguos hombres, donde, una vez recibido con amor por ellos, me alimento de ese majar que es sólo mío, para el que nací; donde no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus actuaciones; y, por su humildad, ellos me responden; y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Hoy impera una vanidad más burda, lineal, que persigue la caricia del público sobreexponiéndose a él en todas las instancias que disponga la sociedad de la información. Esta segunda vanidad no reviste el mayor interés y la comparte el columnista umbraliano con la pedorra televisiva, ambos necesitados de cariño como todo quisque. Pero luego hay una tercera vanidad literaria que nace del conflicto y la negociación entre la conciencia y el mundo, y que lleva a algunos escritores a dudar entre apartarse de la fama o convocarla de forma retorcida, hipotecarla a un futuro descubrimiento. Fue el caso de autores que venden y convencen como Bolaño, Foster Wallace, Rulfo, Miller, Kafka y tantos grandes autores cuya canonización viene de la mano de un cierto malditismo. Porque el malditismo cosecha seguidores con un cierto efecto retardado pero inexorable desde el mismo momento en que la publicidad obre el milagro favorito de la cultura pop: señalar a un genio por cada excéntrico. La gente consume excentricidad porque la centricidad ya la ocupan ellos.

Alguien dijo una vez, y lo he buscado pero no encuentro quién fue, que la literatura consiste en saber que el vecino de al lado es Leon Tolstoi y rechazar la tentación maruja de llamar a su puerta para quedarnos en nuestra casa leyendo Anna Karenina. Eso es y de eso se trató siempre, pero los tiempos exigen una espectacularización de la cultura que Vargas Llosa tiene estudiada en un reciente ensayo. Ya no basta con entregar los mejores frutos de tu talento en forma de obra a la sociedad: tienes que representar activamente un personaje para ella. Tienes que hacer promociones itinerantes observando un discurso políticamente correcto –o soltando esas pildoritas de incorrección política que últimamente resultan tan políticamente correctas– y conceder todas las monerías mediáticas que la multinacional editora demande de ti por contrato. No importa tanto que seas Tolstoi como que seas tú quien llame diligentemente a la puerta del vecino a vender tu Anna Karenina.

Aún así el vecino muchas veces no quiere abrir porque está viendo en la tele un reality culinario, y entonces los editores se preguntan cómo hacer descender la santa fama sobre su autor. ¿Por qué hay autores con groupies y otros mucho mejores que no venden ni en edición de bolsillo? ¿Perjudica a un autor ese ascenso al cielo de los iconos en su estricta consideración literaria a cargo de la crítica más adusta? ¿Con cuánta frecuencia un escritor es castrado por sus propias bacantes, dejándole eunuco irremediable a partir de cierto punto exitoso de su carrera? Los caminos de las groupies son más inescrutables de lo que parece, pues poseen un fino olfato desarrollado en innumerables antros de música en directo y olfatean enseguida el tufillo plastificado de quien es producto del márketing. Por otro lado, hay malditos honradísimos en su autodestrucción o su locura que tampoco venden, por ejemplo Robert Walser. La cosa no es nada sencilla.

Parece que alguna estrategia hay que adoptar para ser leído. Vallar tu casa con alambre de espino, lograr la titularidad de una silla tertuliana, drogarte sin control en un estudio de renta antigua y tener un amigo editor que vaya contando tu desgracia. Pero seguramente la mejor estrategia para ser leído consista en saber escribir.

(Publicado en Suma Cultural, 1 de febrero de 2014)

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