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España bien vale un partido

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades compatibles. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

La foto de la bendita excepción a una regla triste: la de las identidades excluyentes. La distribuyó EFE y fue tomada (en Viena) en 2008.

«La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos»: la puntería de este aserto de Eric Hobsbawm puede probarse perfectamente en el campo de pruebas del fútbol español, teatro de identidades siempre en conflicto que ha analizado con académico rigor Alejandro Quiroga Fernández de Soto, profesor en Newcastle y Alcalá de Henares y autor de varios trabajos sobre historia contemporánea de España.

Mucho ha tardado la investigación universitaria en elevar el fútbol a categoría de estudio serio. De hecho, este es el primer ejemplo acabado que conozco, muy alejado del tono banderizo, informal, adocenado y agotador que caracteriza este boom editorial de libros de fútbol que estamos viviendo a rebufo comercial del Mundial de Brasil. Pero lo cierto es que el fútbol constituye una manifestación sociológica de primerísimo orden, tan significativa de nuestro tiempo como la moda o el cine; es quizá la mayor industria de ocio y consumo del planeta, en ascenso constante desde los años veinte del siglo pasado; y es también un poderosísimo canal de propaganda masiva y de construcción nacional. La anomalía era no haberlo estudiado antes. Como dice el autor, «a través de los comentarios futbolísticos, los medios de comunicación han reescrito en los últimos años las narrativas sobre la identidad española». Lo que es España y sus pedazos, o lo que creen ser, o lo que aspiran a ser y no son: todo ello ha quedado en las hemerotecas, retratado en el discurso deportivo que bajo distintos regímenes ha formado y deformado a los españoles, deseosos de identificarse con once personas cuyos nombres conocen y cuyo triunfo o fracaso sienten como historia viva y símbolo propio.

Mediante un escrupuloso rastreo de materiales eminentemente periodísticos, el profesor Quiroga va componiendo el retablo evolutivo de la identidad española desde el origen de la selección nacional de fútbol hasta su brillante presente, pasando por sus tribulaciones legendarias. Hablar de fútbol es una forma de hablar del estado de la nación, en España y en el mundo, e incluso quizá sea la forma más directa de hacerlo en este país atravesado de complejos y suficiencias históricas que, cuando no se exalta, se odia, y viceversa, o a la vez. Así, asistimos primero a lo que el autor denomina «la narrativa de la furia y el fracaso» que a todo aficionado no demasiado joven le resultará familiar: esa ambivalencia apasionada y fulminante que llevaba a los medios, del nodo a El País, a celebrar una épica clasificación para cuartos de final y a deplorar unos días después la enésima eliminación vergonzosa e inevitable. Este estereotipo idiosincrásico que bascula del coraje a la fatalidad dominó el relato del periodismo español –y hasta el extranjero, que se ha mecido cómodo durante décadas en el tópico de la furia roja y el quijotismo individualista de los españoles– durante todo el siglo XX, y solo cedió ante la creciente sofisticación del juego del equipo nacional a principios del siglo XXI, culminada con el ciclo triunfal de 2008 a 2012: dos Eurocopas y un Mundial.

El libro repasa los pocos pero resonantes hitos de que pudo aprovecharse la propaganda franquista para explotar su idea retórica de una España corajuda y heroica, cuya hazaña fundacional fue la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920, gesta que la selección española celebró por las calles de Irún, Bilbao y San Sebastián con inequívoca adhesión local. Más tarde, de hecho, el franquismo aplaudiría el coraje ancestralmente vinculado a la raza vasca como quintaesencia de la «furia española». Esos pocos hitos gloriosos fueron el gol de Zarra en Maracaná en 1950, que dio a la selección su primer paso a semifinales de un Mundial y que motivó un telegrama caluroso de Franco por haber vencido a la Pérfida Albión; el triunfo en la Eurocopa de 1964 nada menos que contra la Unión Soviética, con todo el Bernabéu dando vivas al Caudillo y el nodo vendiendo la gesta como la consabida cruzada anticomunista; o el pírrico pero emotivo 12-1 contra Malta, que no era más que un partido de repesca, pero que sirvió para actualizar el mito de la furia española entre los andares titubeantes de la naciente democracia. A su vez, se evocan como mojones inolvidables del fatalismo nacional la cantada de Arconada ante Francia en 1984, el codazo impune de Tassotti a Luis Enrique en 1994 o el robo arbitral en el Mundial de Corea de 2002, entre tantos otros.

El autor acierta a desmontar con datos algunos mitos persistentes, como el pretendido madridismo de Franco, quien en realidad explotaba propagandísticamente lo mismo las Copas de Europa del Madrid que los triunfos de Bahamontes, Ángel Nieto, Manolo Santana o Paquito Fernández Ochoa. Lo mismo, apunta bien Quiroga, hizo luego la democracia, con Zapatero fotografiándose con «La Roja» en La Moncloa y prometiendo un ministerio de Deportes, o Rajoy acudiendo a Gdansk al debut de España en la Eurocopa de 2012 horas después de anunciar el rescate financiero del país. Especial interés revisten los capítulos que analizan los conflictos identitarios asociados al fútbol en Cataluña y el País Vasco, vehiculados a través de dos clubes que se pretenden más que clubes y lo consiguen: el Barça y el Athletic de Bilbao, el único equipo del mundo que todavía alinea únicamente a jugadores vascos o criados en clubes vascos, apelando a un anacrónico «etnorromanticismo», dice el autor, que quizás hubiera que llamar racismo a secas.

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17 junio, 2014 · 13:38

Algodoneros. Tres familias de arrendatarios

James Agee, reportero.

James Agee, reportero.

“O se hace literatura, o se hace precisión o se calla uno”, se equivocaba Ortega. Porque la literatura, si no es precisión, no es literatura. Una falacia muy asentada en la tradición periodística española encuentra incompatibles el estilo rico y el escrúpulo documental, la prosa frente a los hechos, cuando lo cierto es que sin una alta competencia idiomática quedan sin registro muchos matices de lo real. Cuando el trabajo verbal y la fidelidad fáctica coinciden en el mismo reportero sabemos que estamos ante un gran escritor, aunque haga literatura de observación. Lo fue James Agee (Knoxville, 1909-Nueva York, 1955), formado en Harvard, poeta laureado, Pulitzer póstumo de novela con Una muerte en la familia. En 1932 se colocó de redactor en la revista Fortune, la misma que vetó la publicación del largo reportaje sobre los algodoneros de Alabama que le había encomendado en 1936 y que se publica ahora en España un año después de haber visto la luz por primera vez en Estados Unidos.

Tras rehacerlo varias veces para volverlo más vendible, Agee se rindió y confinó el manuscrito definitivo al cajón donde lo halló su hija pequeña en 2003. Reutilizando aquel material sí logró publicar en 1941 Elogiemos ahora a hombres famosos, hoy un clásico del periodismo americano, pero la crónica original e inédita es esta que tituló Algodoneros. Su prologuista afirma que el motivo de la censura es un misterio, pero uno se lo explica perfectamente: se trata de una lectura explosiva, sostenida por un tono de furiosa serenidad, de incendiado laconismo que va detonando la indignación social en el lector sin ceder ni por una sola frase a la demagogia. Esto lo más extraordinario y lo más natural a la vez: que la potencia de la denuncia de Agee, su fuego moral arde en la pura, descarnada pero amena descripción de la jornada, el alojamiento, la comida, la ropa, la salud, el trato con los negros o los terratenientes de tres familias miserables de aparceros sureños en los años 30, cuando la Gran Depresión venía a agravarse por la abyección estructural, secular y propia, del esclavismo del Sur.

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16 junio, 2014 · 20:55

Respeto en el velatorio

Ponte de rodillas.

Ponte de rodillas.

“Aquí no vamos a tener ese debate”, advertía Carreño, comisario de una ortodoxia acorralada. Porque la crítica se impone a raudales y desborda los venales márgenes del gañote mediático, del entrañable forofo de granito, del camachismo aferrado al clavo de la tautología ardiendo: “¡España es nuestra Selección!”, clamaba don José Antonio en el minuto 88. Ahora habrá un gato tiñoso maullando de tristeza en el bombo rajado de Manolo.

España, aquel equipazo. Cuánto le debemos. Ni una traición a su memoria gloriosa. A las duras y a las maduras. Y otros argumentos de tapa de rabas que ignoran que en el fútbol, como en el periodismo, vale uno exactamente lo que vale su último partido o su último artículo. El fútbol es el puro presente, y el presente de La Roja es tan patético, ha sido tal la real desnudez exhibida contra Holanda que ciertamente solo podemos hablar de este grupo de futbolistas desde ese respeto que reclamaba aterrado Telecinco: el respeto exacto que se guarda en un velatorio ante un cadáver todavía tibio.

Pero no pasa nada, e incluso aún es posible que lleguemos a cuartos, como antaño. Don Vicente lo tuvo claro. Veía acercarse Brasil y veía alejarse la juventud de sus muchachos y veía acercarse a don Louis Van Gaal, siempre positivo, siempre inteligente, escondiendo en el puño de la mano el tornillo que sujetaba la carpa del tiquitaca español. Pero don Vicente, como buen marqués, apostó por conservar y no por progresar, y vino a Brasil a triunfar o morir con los suyos, hermosa hidalguía. ¡Que inventen ellos!

Por toda novedad, un nueve verdadero que era Diego Costa, faro de costa para novedosos pases en largo a la espalda de la defensa del Feyenoord. Lo malo de Costa es que de faro tiene la fijeza pero también el cemento, y tarda en armar la pierna lo mismo más o menos que se tarda en subir a la Torre de Hércules, por citar el faro más viejo de España. Es cierto que superó el minuto ocho, para cabreo de Simeone, pero también que perdonó cuando aún había espacio para la inclemencia. Como vio que tratando de marcar como nueve cierto no lo hacía, lo intentó por lo falso y le salió: penalti bien simulado y gol de Xabi Alonso. La solicitud arbitral en estos trances también es consecuencia de la estrella pectoral, oiga. Y al menos no era japonés. Mediaset al completo vio penal indubitable, claro. Antes había declarado un déjà vu en un rechace de Iker a tiro de Sneijder. Esta precipitación en la analogía que trae la simpleza siempre acaba produciendo monstruos.

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14 junio, 2014 · 1:56

Los cuatro predicados del madridismo

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

Madridismo. Lisboa, mayo de 2014, Praça da Figueira.

El madridismo es una identidad proteica, lo que quiere decir que se puede predicar de diversos modos.

Hay un madridista rilkeano o biológico que explica su afición remontándose de forma inexorable al tiempo detenido de la infancia, la tarde cristalina en que su padre lo llevó a conocer el Bernabéu. Este madridista es un niño grande cada domingo, o cada sábado o cada miércoles, según le apetezca ubicar el encuentro del Real Madrid al capo televisivo que fume más puros en un momento dado. Cuando decimos rilkeano no queremos decir poético, porque la poesía –la literatura– exige el intento individual de nombrar las cosas por primera vez, sino más bien angelical bajo su aspecto feroz de hooligan fiel a un ritual gregario, un sudor coral, un cántico formulario, una masticación común de pipas o cacahuetes.

Nuestro primer tipo de madridista es por tanto bueno y sentimental, y siempre tiene disculpa porque vive en la sencilla verdad de que el fútbol es la patria del hombre contemporáneo, de que el Real Madrid conforma su identidad menos cuestionable y de que la cabalgada de Bale despierta en la memoria el reflejo inmediato de sus propias carreras sin norma en el patio del colegio. Llegado el momento llevará a su vástago al Bernabéu una tarde solar que cristalizará en la retina infantil, y perpetuará así un sentido de pertenencia que pasa de generación en generación según el canon bíblico del pueblo elegido. Esta es la categoría mayoritaria, obra bruta de la genética.

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12 junio, 2014 · 14:16

Cuando despertó, la monarquía todavía estaba allí

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

El ruedo nacional desde la tribuna de prensa.

En el Día Mundial del Cáncer de Próstata del año del Señor de 2014, las Cortes españolas ratificaron la voluntad de Juan Carlos I de abdicar la Corona, uso transitivo de un verbo cuya mera pronunciación ha caído sobre el corral de gritos de la opinión nacional como el nombre de Jehová entre las barbudas de La vida de Brian.

En la tribuna, dos barbas en absoluto postizas tejiendo una fronda bipartidista –constitucionalista– bastante menos rala de lo que se vende: 299 síes sociopopulares de 341 votos emitidos, más el apoyo testimonial de UPyD, UPN y Foro Asturias. Todos los demás se abstuvieron (CiU y PNV) o votaron en contra con lujo de pretextos publicitarios: el tétrico abandono del hemiciclo, ikurriña en mano, por parte de la aldea amaiurense; la traviesa reverencia de Tardà a la bancada popular tras su reivindicación de la “república catalana”; o el borborigmo de la Chamosa, que votó sí y añadió, para excusarse: “¡Que se jubile ya!”. En la reiteración del sintagmita-pretexto en que los muchachos de Lara y Llamazares amparaban su no –“¡Por más democracia, no!–, nosotros advertíamos una cierta vergüenza de inadaptado, una manera de explicarse a sí mismos la contradicción entre las prerrogativas del escaño y la monarquía parlamentaria que se las proporcionó. Vote usted no y vaya en paz, oiga, que esto no es la II República para temer represalias. Eché de menos que algún constitucionalista en la sala diese a los jacobinos la única réplica posible en su turno, la única verdad de facto: “Por más democracia, sí”. Tan solo el popular José Albendea, taurinamente, echó la pata adelante y gritó: “Sí, ¡viva el Rey!”

Rajoy y Rubalcaba opusieron a la fiebre papanatas del republicanismo retórico sendos discursos de una gravedad inequívoca, autoconsciente, trascendental, de los cuales –como Vallejo– tenemos ya el recuerdo al contemplar de reojo el burbujeo de la sopa frentepopulista. Veremos, que el Sistema es un hígado inescrupuloso capaz de deglutir melenas bolivarianas y expeler disciplina de partido con dieta de comedor. Por fortuna.

–No estamos para modificar los hechos sino para subrayarlos, para aplicar la Constitución en un marco de normalidad y naturalidad propias de una democracia madura (sic), ratificar la voluntad del Rey y cumplir el mandato de la soberanía nacional, expresado en 1978 y también en 2014 –advertía don Mariano, como si en las tertulias de la tele se atendiese al Derecho.

Pero el presidente no se iba a limitar en un día como hoy al recitado administrativo y a la grisura tecnocrática, sino que quiso rendir balance lírico del reinado: “Sería necesario estar ciego de obstinación para no reconocer los méritos que ha cosechado el Rey que ahora nos deja”; “hábil piloto”, “impecable ejecutor” y otros cariños no por manidos menos ajustados. Ponderó la transformación formidable que ha experimentado el país durante los últimos 40 años. Señaló que ningún español, por primera vez en siglos, presencia la sucesión de la Jefatura del Estado de forma traumática. Y recordó una y otra vez que debatir la forma del Estado no estaba en el orden del día. Quia, reglamentos, minucias aburridas de registrador cenizo. El bar tricolor no se lo iban a cerrar hoy a Izquierda Plural y otras periferias levantiscas, que por algo cuentan más por su voz que por su voto.

Rubalcaba, devenido socialista de guardia en servicios póstumos al Estado, desgranó en su intervención una pedagogía elemental de teoría política para aquellos entre los suyos que le quieran oír, que no son muchos:

–¿Podría esta Cámara no votar esta ley? No. ¿Podría esta Cámara votar no a esta ley? Eso sería tanto como obligar al Rey a seguir reinando contra su voluntad. No votamos hoy la sucesión: eso ya lo hicimos en 1978 –aquí me faltó un aplauso de su bancada, y eso que soy del 82–. En España hay un rey pero no somos súbditos, sino ciudadanos de los cuales emana la legitimidad del rey. Los socialistas hoy votaremos sí porque, sin ocultar nuestra preferencia republicana, sabemos mantener nuestros acuerdos.

Si no llega a conceder la preferencia republicana, allí mismo recibe un zapatazo de Madina, punta de lanza de ese adanismo sonrojante que todo lo va copando. (Por cierto que este cronista cede a los expertos forenses de la Complutense la distinción entre tres neocadáveres ideológicos de la efebocracia insurgente: ¿en qué se distinguen Edu Madina, Alberto Garzón y Pablo Iglesias? Si los tres se fusionaran en un mismo cuerpo de pelo rojo, tipo Goku, ¿verdad que el rechazo orgánico quedaría clínicamente descartado?)

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11 junio, 2014 · 17:12

El último monárquico de mi generación

Abdicación de un Rey.

Abdicación de un Rey.

No sé si seré el último monárquico de mi generación, pues nací –perdonadme– en 1982 y pertenezco por tanto a la camada de cachorros mejor parida del Sistema, crecida en tal prosperidad que la Historia le ha permitido aburrirse y andar ahora pidiendo revoluciones más o menos estéticas para recorrer con alguna emoción cada domingo por la tarde. Mi padre es monárquico por lecturas y mi madre republicana por temperamento, pero sobre mi educación yo soy monárquico por pura metafísica, como Dalí. La monarquía es una idea hermosamente anacrónica y sorprendentemente funcional que defiendo y defenderé como todas las cosas irracionales, que son aquellas que están precisamente necesitadas de defensa. Aunque la decadencia intelectual de mi país va exigiendo, orwellianamente, el enojoso recuerdo de lo obvio.

Obvio es que toda monarquía parlamentaria encierra un oxímoron, que a los reyes no se les vota y que su pervivencia consagra un privilegio. Obvio es que los miembros de una Casa Real del siglo XXI no se ganan el jornal arando campos ni comandando a los ejércitos en singular batalla, sino que pastan en el Presupuesto como el último concejal de Bildu o como el gabinete de prensa de cualquier Instituto Cervantes. La democracia tributaria tienes estos gajes, que uno no sabe qué vicios del último descastado subviene con sus impuestos, pero los de la Zarzuela los conoce todos, y al menos allí un Rey pidió perdón por cazar elefantes cuando en todo caso debiera haberlo pedido por cazar ratones. Obvio es que las monarquías europeas encabezan todos los índices de prosperidad del primer mundo, y nadie le va a dar lecciones de democracia a Inglaterra, cuyo genio asombroso volvió compatibles la decapitación de un rey antes que nadie y la patente mundial del parlamentarismo. Obvio es que las repúblicas cuestan también dinero, que los aspirantes a presidente republicano saldrían de alguna facción cainita de la partitocracia –topando con la desafección de la contraria– y que ante un jefe de Estado llamado Felipe González no se pondrían los jeques tan ceremoniosos como ante un rey. Obvio, en fin, es que la monarquía instaura el poder simbólico de una familia no sometida a la fiscalización de las urnas, y obvio es que esa es precisamente su ventaja, su garantía de estabilidad, su premisa de abnegación, su tarea sin jefe ni vacación posibles, cumpliendo agendas diplomáticas que suscitarían las protestas de cualquier alto directivo y renunciando prácticamente a la vida privada. En un tiempo en que se apela al pueblo para votar a la puta televisiva que se echa de una isla, es bueno que coloquemos alguna institución a salvo del escrutinio bajo y tornadizo de medios, partidos y plebe. Obvio es que España cuando no ha sido reino ha solido ser caos, que a veces es ambas cosas al tiempo y que discutir ahora la jefatura del Estado son ganas de degenerar hacia cuatro o cinco ruinosas repúblicas ibéricas en menos de un lustro.

Monárquico no es cortesano. Los monárquicos –hará falta recordarlo, claro– perdonamos corinnas pero no urdangarismos porque manchan de negro y no de rosa la institución que querríamos ver resplandeciente. No han de confundirnos a los monárquicos con los cortesanos, que sería como confundir a los ensayistas con los tertulianos, al boxeo con el Pressing Catch y al noble escalafón de los bufones con los payasos de la tele. El monárquico suele ser pobre y crítico; el cortesano, melifluo e interesado. El monárquico tiene un ideal, un único ideal en pie entre los embates groseros de la mesocracia, dos si es del Real Madrid. Y nada más.

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2 junio, 2014 · 18:59

La luminosa magnesia de Manuel Alcántara

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

La guardia aún alta de Manuel Alcántara.

Hay dos lecciones que sacar de La edad de oro del boxeo, la modélica antología de crónicas pugilísticas de Manuel Alcántara que acaba de publicar Libros del KO (no podía ser una editorial con otro nombre), con esmeradas introducciones de Teodoro León Gross y Agustín Rivera, más un fraternal epílogo de Garci. La primera de ellas es que el boxeo es el único deporte al que nadie llama juego, en sentencia famosa del histórico cronista. La segunda, que el periodismo deportivo se puede hacer con clase y estilo. Ambas lecciones resultan subversivas.

El boxeo, como la decencia inmobiliaria, estuvo muerto en España un tiempo largo pese a haber dado campeones tan ejemplares como Javier Castillejo, y solo últimamente parece que repunta algo la afición en los gimnasios urbanos, en las veladas regulares de Sanse o Leganés, en las barriadas de chándal y periferia. El mismo Alcántara, en la entrevista que incorpora el volumen, afirma que la crisis puede estar alimentando las dosis de frustración necesarias para desahogarse pegando. Si Alcántara tiene más razón que De Guindos, entonces pronto veremos a los profesores de pilates gloriosamente derrotados por pegadores de doce onzas.

Al boxeo se le llama «noble arte» desde que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry (y padre del amante de Wilde), estableció doce reglas para golpearse del modo más caballeresco posible. Pero la nobleza, si llega, llega después; antes hay que estar bastante mal de la cabeza y pasar mucha hambre para elegir la carrera sacrificial sobre el ara de las dieciséis cuerdas. Así ha sido siempre y así sigue siendo: he tenido algún contacto con boxeadores profesionales o amateurs y ninguno había salido precisamente de La Moraleja. Pasé un tiempo haciendo guantes con un ingeniero extremeño que estudiaba oposiciones y tenía una izquierda como para descontracturar lomos de elefante. Y otro, empresario vasco, cambiaba la corbata por el casco sin perder la elegancia. Excepciones, en todo caso.

El boxeo tiene sus haters entre el clero vigilante de la opinión pública, sin llegar tampoco al campo semántico del genocidio hasta el que han desplazado la tauromaquia. Es lógico, tratándose la nuestra de una sociedad entrañable, dominada por la obsesión infantil de soñarse prósperos, perennes y confortables a la vez y de continuo según el modelo triunfante de la publicidad. En el toreo se mata a unos animales que mugen como en los audiolibros infantiles de Mi primera granja pero con mayor verismo y vierten litros de sangre aparatosa sobre la arena, mientras que en el boxeo se imprime a rostros humanos vistosas tumefacciones y, si estás a pie de ring, te pueden caer unas gotas de sangre tibia, de sudor caliente o directamente un protector bucal con diente dentro. Es la clase de espectáculo que explica de qué va la cosa en este valle, y es la clase de mercancía que no hay forma de colocar a una masa de consumidores cuya edad mental, en las sociedades desarrolladas, se ha cifrado en los doce años exactos. Quince todo lo más, si vivimos en Finlandia.

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1 junio, 2014 · 20:36

Señales de vida bipartidista

"Ya les gustaría", se dicen.

«Ya les gustaría», se dicen.

Hoy en el hemiciclo se habló de cosas secundarias como la justicia universal. ¿Qué importancia puede tener que 43 narcotraficantes –o eso dice Irene Lozano– sean excarcelados por culpa de la reforma que acota la jurisdicción de los llaneros solitarios de la Audiencia Nacional, mientras no encarrilemos la sucesión de Rubalcaba? El todavía secretario general del PSOE se ausentó hoy de la sesión, y sobre su escaño vacío creímos vislumbrar por unos segundos la sombra alargada y pendulante de una coleta: la coleta de Damocles, vulgo Podemos. No estando Rubal tampoco apareció Rajoy, claro, porque el bipartidismo es un tango que no se puede bailar solo. Que faltase también Duran ya entra dentro de las clandestinas exigencias de la secesión o bien del servicio de lavandería del Hotel Palace, y no queremos conjeturar.

Encomiables, conmovedores fueron los esfuerzos de la bancada socialista por ejercer su labor de oposición como si no pertenecieran a un partido recién jibarizado por las urnas, una vetusta organización que pierde a raudales capacidad de colocar a sus miembros, que es lo último que debe perder un partido político. Cuando los diputados del PSOE se levantan en el escaño ya empezamos a temer que en vez del micro enarbolen un violín, mientras la bancada entera se empina de popa y se parte por la mitad, hundiéndose en el Atlántico norte.

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28 mayo, 2014 · 17:00