
Keylor atajando a Kane.
Vamos a reconocerle a Pochettino que ha armado un equipo de ingleses lozanos y marciales, capaces de humedecer las papilas de cualquier supremacista. Si el Procés tiene a los Jordis, el Tottenham tiene a los Harrys, o sea, Winks y Kane, que es un Ryan Gosling satinado y sin bozo pero con muy mala idea. Su gol no lo metió él sino Varane, pero el Bernabéu, siempre ecuménico con quien mejor le daña, habría preferido anotárselo a Kane.
El Madrid presentaba su medular constitucional, la que forman Kroos, Modric y Casemiro, pero a menudo no se bastaron para someter a esta Albión rubia e insolente. Isco parpadeaba sin llegar a iluminar y Achraf, que podría ser una continuación de Asensio por vías árabes, enseñaba el alfanje desde el costado sin acabar de hundirlo. Cristiano se desesperaba a voces con su estadística interior y Benzema seguía a lo suyo, que es el fútbol tántrico: acopia descontento tribunero a base de fallos hasta que el embalse del odio está lleno, y entonces se da el gustazo de romper ese dique de injusticia en el momento menos pensado, como hizo contra el Getafe.

Las rotaciones de Zidane son como la libertad de expresión: las defendemos siempre que el titular coincida con nuestra opinión. En cambio cuando Zidane decide censurar a Kroos o a Modric -que ya hay que ser libre para eso- porque compra el excéntrico argumento de que también son humanos y necesitan descanso, o cuando el equipo rotado a conciencia empata en Levante, enseguida nos lanzamos al culo del francés para escrutar a fondo, menear la cabeza con ademán de hortelano y concluir que la flor que allí brotaba firme y cuajada de títulos se marchita ya sin remedio.










