Combate muy táctico en la sesión de control, un poco como el Canelo contra Crawford del otro día. Golpe, esquiva, contragolpe. La violencia siempre es hija de la desesperación, y esta vez el Gobierno no se empleó a fondo en el control de la oposición porque cree atravesar un momento dulce gracias al humo de Gaza, que difumina las derrotas parlamentarias y esconde (temporalmente) los escándalos de corrupción. Al menos hasta el próximo auto judicial.
La coherencia es una virtud de derechas. La izquierda ni siquiera la concibe como virtud. Begoña Gómez encabezaba marchas abolicionistas años después de llevar la contabilidad de las saunas de su padre, donde el producto estrella era la carne de efebo latinoamericano. David Sánchez Pérez-Castejón, la batuta más enhiesta del repertorio, residió en Moncloa mientras declaraba sede fiscal en unas ruinas de Elvas recién compradas a fin de pagar menos impuestos. Por lo que sea, el fiscal general Ortiz no quiso filtrar esta pillería tributaria para ganar la batalla del relato de la sanidad, la educación y la dependencia («¿De quién depende?»). Irene Montero se pone al frente de una manifa antisistema a pesar de levantarse 15.000 pavos brutos al mes con dietas, merced a su muy sistémica condición de eurodiputada. No alertada por semejante disonancia cognitiva, que en tímpanos morales menos embotados que los suyos rugiría como la turbina de un Boeing 737, doña Irene se hace acompañar a pie de pancarta por escoltas que le pagamos todos para encararse con policías que también pagamos todos: el sistema es ella pero el antisistema también. Otegi presume de la imagen de España en el mundo gracias a esta Vuelta (al pasado). Bardem se presenta en los Emmy para «denunciar el genocidio de Gaza», pero su performance de consolación por la magra cosecha de galardones habría ganado credibilidad si no recordáramos la vez en que reservó una planta de la clínica israelí Cedars-Sinai -uno de los hospitales privados más exclusivos de Los Ángeles- para que doña Penélope pudiera parir como Yahvé manda. Y Marlaska afirma impávido el carácter «pacífico» de la algarada que reventó la Vuelta mientras 22 de sus hombres se reponen de las heridas.
Nos habían prometido una buena bronca parlamentaria para fijar el patrón cacofónico del nuevo curso. Si se han despellejado hasta en agosto a cuenta de los incendios, fantaseábamos nosotros, malo será que se relajen en septiembre. De hecho los gobernadores civiles del sanchismo que rotulan la televisión del Movimiento juraban que el PP se había entregado a la crispación para competir con Vox. No es que sea una acusación demasiado original, pero sirvió para que nos asomáramos a la sesión de control con alguna vaga esperanza en el espectáculo.
Durante años defendí que se podía ser una persona viciosa pero un político virtuoso. Que la conducta íntima de nuestros dirigentes no tenía por qué influir en la eficacia de su desempeño institucional. Invocaba la ya tópica contraposición entre el alcoholismo notorio de Churchill y la germánica morigeración de Hitler. O relacionaba el puritanismo de Robespierre con el despliegue sistemático del terror social. A ese moralismo intransigente que accionaba la guillotina opuso Constant su reivindicación de la esfera privada.
Juntar en el mismo espacio físico a Felipe de Borbón y a Álvaro García Ortiz produce un chasquido visual que daña la córnea. Es como un avistamiento marciano, un festival de rayos gamma, un desafío astronómico. Cuando el cristal líquido proyecta ese emparejamiento inverosímil, el ojo del contribuyente recibe la misma cantidad de radiación que un liquidador de Chernóbil. Es como mirar fijamente un eclipse solar, y no porque tengamos un rey sol sino porque aún tenemos un fiscal oscuro. Un agujero de gusano con sonrisa de guiñol que devora la dignidad institucional de cuantos incurren en la temeridad de aproximársele. Solo contemplar ese acercamiento en el telediario puede provocar ceguera vitalicia. Uno nota cómo el cristalino se endurece, cómo el humor vítreo entra en ebullición, cómo la retina se acurruca en defensa propia, cómo el nervio óptico se retuerce como un regaliz masticado por un chimpancé.
De la entrevista a Pedro Sánchez en la televisión de Pedro Sánchez ya se han escrito todas las tautologías que convienen al caso. Si acaso nos sorprendió que nada nos sorprendiera, acostumbrados como estábamos a los conejos que sacaba de su frenética chistera de mago de barraca. Me temo que la granja de asesores ha sufrido un severo episodio de mixomatosis. Ya no quedan conejos en la colina de Moncloa. Será culpa también del cambio climático.
Las cosas han ido demasiado lejos hasta para él. Acaba de colgar el teléfono al CNI y las novedades no son halagüeñas. Más bien son una catástrofe. Lo de Pompeya fue una ola de calor comparado con lo que se le viene encima. Tres nuevos informes de la UCO están a punto de filtrarse. Un amplio dispositivo policial se prepara para un registro exhaustivo en Ferraz. Y el juez ultima el suplicatorio de dos aforados socialistas con altas responsabilidades institucionales. Esto ya no se lo pasa ni Rufián.
El periodismo de investigación está de enhorabuena. Por fin dejará de ser confundido con los bulos de los seudomedios, con las deposiciones de la fachosfera, con el fango esparcido por la máquina del fango. Con el fascismo, en una palabra. Por fin los demócratas residentes en España encontrarán el referente informativo que venía faltándoles hasta la esperada irrupción de Leire Díez en la escena editorial. No todo lo puede hacer Silvia Intxaurrondo.