
De la espuma digital ha emergido Gaby Rufián con rango de tribuno de la plebe, y nuestro Lerroux de Santa Coloma se ha creído el título. Lo cierto es que nunca resultó tan parlante su apellido como cuando queriendo defender a las víctimas de la dana terminó victimizando a Mazón, ejercicio contraproducente que la izquierda no debería perdonarle en el caso de que PP y Vox acaben sumando otra mayoría absoluta en Valencia. Si ese escenario sigue siendo el más probable después de la dimisión (tan imprescindible como tardía) de un presidente autonómico, habrá que buscar la causa en la caprichosa nigromancia del progresismo. Porque no todos los muertos son igualmente aprovechables: los desnucados por ETA arden peor en esas piras de agitación y propaganda que los de las cunetas franquistas. Pero los valencianos con los que uno habló en Paiporta el mes pasado repartían con bastante equidad las culpas de su desgracia. Y les enfada ver que toda la responsabilidad la asume el dimitido, con cuyo cadáver político siguen ensañándose los alimoches parlamentarios, mientras el partido de la rosa (al que competían la emergencia nacional, el despliegue militar y las ayudas económicas) se va de rositas. Discretamente acaba de licitar el Gobierno las obras del barranco del Poyo que bloqueó durante años. A buenas horas reconocen su trágica omisión.













