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Últimas lecciones del profesor Alonso

El estratega.

El estratega.

Teníamos pendiente hablar de Xabi Alonso cuando la gloria de Ronaldo se nos cruzó por medio. Si Cristiano es el comandante que carga en primera línea de batalla, Alonso es el estratega que guarda el orden de la formación, y también el profesor que alecciona a los cadetes en la escuela militar. A los cadetes y a los veteranos, pues todos le obedecen en el campo y a todos coloca con el brazo, que es una extensión del cuerpo técnico. Fue Ancelotti el que le bautizó con toda propiedad, el que reconoció su magisterio futbolístico cuando más falta hacía, cuando buscábamos el equilibrio como el arca perdida. Ancelotti, que sabe lo que es jugar en ese arduo puesto de mando e intemperie; Ancelotti, que como entrenador edificó sus éxitos sobre la inteligencia de Pirlo, el pariente italiano de nuestro elegante vasco.

Xabi Alonso, con su porte caballero y su conversación universitaria, es el futbolista menos futbolista del mundo. Hay que remontarse a Pardeza y Butragueño para encontrar una textura humana semejante, unas inquietudes distintas al imperio de la Play que gobierna los ocios del deportista contemporáneo. En la tertulia que en Real Madrid TV le dedicamos por la feliz noticia de su renovación, dije que posiblemente sea el único futbolista del planeta capaz de escribir sus memorias sin necesidad de un negro. Tampoco necesita a un negro para defender el medio centro del Madrid, porque su clase es tan incontestable como su coraje cuando el partido exige trinchera, choque y deslizamientos por el barro.

Alonso es guipuzcoano y de la Real, fe íntima que profesa sin dobleces, pero igualmente admite que el madridismo ha ido calando en él como cala cualquier causa a la que se entrega lo mejor de uno mismo. Lo que empezó siendo profesionalidad, que es el mínimo exigido por la afición, ha terminado cediendo a estandarte unánime, indiscutido, con lo imposible que resulta la plena conformidad del madridismo, no digamos ya de la prensa satélite. Pues bien: a Alonso hoy todos le respetan porque se lo ha ganado, y esta es una de las primeras lecciones que nos recuerda el profesor de Tolosa: todavía hay en el fútbol una cosa que no se compra, y es el respeto.

Podríamos glosar ahora otras lecciones suyas sobre el campo, como la generosidad con que ha asumido el retraso de su posición para facilitar la tarea de los centrales al tiempo que cede el lucimiento del juego creativo a Luka Modric, quien por otro lado no puede recorrer mejor su trecho hasta entregar el testigo a los delanteros en la carrera del gol. Alonso es admirable porque no ejecuta un solo movimiento para sí mismo; porque cada una de sus maniobras refuerza las costuras de una idea de equipo.

Pero yo quiero celebrar una virtud suya no futbolística sino personal: la decisión de atarse al Madrid desde la libertad absoluta de un contracto ya expirado. En un tiempo en que el último representante de una estrella menor exige renovaciones anuales cuando no mensuales, la decisión de Xabi de quedarse adquiere el brillo de lo deseado. Xabi ha elegido sin presiones y seguirá dando lecciones en el Madrid porque le da la Real gana. Y en esa forma limpia de decidir su futuro nos ofrece su penúltima lección el profesor Alonso.

(La Lupa, Real Madrid TV, 22 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 70:25.

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Madrid, rompeolas de todas las basuras

La Justicia en España no es ningún cachondeo sino un salón victoriano de caballeros que ponderan las virtudes del garantismo entre chupada y chupada a la pipa de ébano. Solo así se explica la premura exquisita en la aplicación del enjuague estrasburgués a los Dexter de la boina o la generosidad franciscana con el jefe de máquinas y el capitán del Prestige, que no en vano atiende por Apostolos. Tanto gritar nunca mais para acabar así y con Rajoy remontando en las encuestas. A veces, por debilidad, se deja uno llevar por esas gotas de sangre jacobina, pero en la calle y en el Twitter te engordan tanto la expectativa que la decepción termina resultando indefectible.

De todos modos, ahora que parecen sellados del todo los hilillos del caso Prestige en Galicia podría ser buen momento para retomar la protesta higiénica en Madrid, que no tendrá mar pero nada en chapapote. La mierda empieza a superar tal nivel que en National Geographic ya se plantean redimensionar la Meseta Central y elevarla a la categoría de cordillera. Entretanto, Ana Botella culpa a los líos privados que se traen concesionarias y sindicalistas, que han hecho de Madrid el teatro público de su agria polémica salarial. Botella, por lo menos, no se ha ido a Lisboa, algo es algo, pero modestamente opinamos que podría hacer más. Incluso podría aprovechar para irse a su casa.

Si usted quiere un aumento o pretende contener la rebaja salarial decretada por su jefe no se va a la Cibeles y defeca en la corona de la diosa. Pero eso es porque usted no tiene la suerte de pertenecer al gremio de los barrenderos sindicados, los cuales configuran el verdadero pilar de la democracia y no el periodismo, que de hecho esparce más que recoge.

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14 noviembre, 2013 · 11:55

El otro Wilde

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Oscar Wilde no estuvo solo en la dramática contienda contra la era victoriana. A su lado peleó con gloria poco reconocida el caballero británico Hector Hugh Munro (Birmania, 1870 – Francia, 1916), por sobrenombre Saki, el más afilado cuentista británico de entresiglos y uno de los talentos más sutilmente divertidos del ámbito anglosajón junto con el estadounidense O. Henry. El celebrado Wodehouse debe tanto al magisterio cómico de Saki como el añorado Tom Sharpe, que en junio de este mismo año decidió morirse en Gerona al constatar el decepcionante retraso de la recuperación o de la independencia, una de dos. Antes de morir, sin embargo, dejó escrito: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». No creo que se puede recompensar mejor la entrega de un escritor al juicioso mandamiento de Sainte-Beuve: «Leed cosas grandes, escribid cosas agradables».

Saki leyó a los grandes ironistas de su tradición cultural, de Sterne a Swift, y escribió unos cuentos gratísimos de leer que bien leídos no están exentos de amargura íntima ni de aullido social. Lo que me gusta de Saki es que no necesita operaciones exhaustivas como las de William Makepeace Thackeray (otro inglés nacido en la India) para abrir en canal a la sociedad eduardiana. Con tres incisiones muy localizadas pone la moral porcina de una marquesa a chorrear sangre boca abajo. Sus cuentos van al grano tras una ambientación impresionista y mantienen unas constantes estructurales y temáticas cuya reiteración obsesiva no preocupa en absoluto al autor. Y lo que es más importante: tampoco al lector.

Tenéis varias ediciones. Yo he manejado los Cuentos Completos en Alpha Decay y las Crónicas de Clovis en Valdemar, aunque hay algunas otras fruto de un feliz, y reciente, redescubrimiento editorial. Las piezas narrativas de Saki suelen estructurarse en torno a una escena de corte teatral, en donde los diálogos y las descripciones psicológicas canalizan el veneno de la sátira costumbrista: conversaciones en salones de mansiones londinenses o coloniales, fiestas o clubes de bridge. Aristócratas de afilado ingenio y pícaros arribistas alternan golpes de florete dialéctico abrumando al lector-espectador que asiste a un despliegue sintáctico y verbal deslumbrante. Los vicios de clase —la hipocresía, la avaricia, las maniobras del gorrón o la pesadez del charlatán— son satirizados sin piedad, con el efecto multiplicador que se logra envolviendo la carga vitriólica en elegantes capas de referencias indirectas y elaboradas perífrasis y comparaciones. El estilo relampagueante de las comedias wildeanas, vamos.

Se trata de una literatura que toma a los lectores por inteligentes. Exige un paladar medianamente distinguido para apreciar tanto un enredo endiablado como un moroso dibujo de caracteres, una erudición exótica, una nota macabra y una sintaxis sin miedo a la subordinación. De los ingleses siempre sorprende un poco esa simultánea aptitud para el escándalo y la permisividad, caras de la misma moneda de la civilización. Fue el puritanismo victoriano el que condenó a Wilde, pero solo después de llenar durante años los teatros que representaban sus obras. Al final parece que el único precepto absoluto es el que promulgara en mármol Michi Panero: «Lo único que no se puede ser en esta vida es un coñazo». Ni Wilde ni Saki aburren jamás.

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6 noviembre, 2013 · 13:40

Siente al Rayo a su mesa

El Rayo es, en números redondos, el peor equipo de la Primera División, aunque está capacitado para hacer un buen papel en Segunda, al César lo que es del César. Al Rayo, sin embargo, contra todo espíritu científico, le siguen diciendo que es un equipazo, del mismo modo que hay telepredicadores en Texas que desmienten a gritos que vengamos del mono. Pero el hecho es que venimos del mono, incluido Paco Jémez, el brahmán de Vallekas, uno de esos sabios pancescos del fútbol al que le han dicho que es un genio y se lo ha creído. Jémez lleva el guardiolismo más allá del juego de un equipo incapacitado para practicarlo: lo lleva a su propia indumentaria. Ya nadie le apea del chalequito, cuyas sisas no revientan durante los partidos de puro milagro; tales son los trances epilépticos que se apoderan durante los encuentros de este místico castizo, cuarto pastor de Fátima contemplando el rostro de la posesión sobre el muro pelado del Estadio de Vallecas.

Pese a que es una máquina de perder puntos, a Jémez se le perdona todo en virtud de una pulsión españolísima llamada aporofilia o amor al pobre, una forma laica de misericordia que sirve al primermundista exitoso para lavarse la mala conciencia de su íntima prosperidad. Sobra bibliografía al respecto, lean ustedes las memorias de Carlos Barral o las carantoñas de Hollywood a los Panteras Negras contadas por Tom Wolfe. En cada entrevista Jémez no pierde la ocasión de vocear el mísero presupuesto de su club, en la esperanza de que terminemos de confundir la falta de dinero con la falta de puntos. Yo prefiero ser del rico Madrid porque soy pobre, que ir con el pobre Rayo porque se es rico, como hace Robinson. Pero si yo fuera vallecano y me viese colista cada semana, le pediría al señor Jémez que, ya que somos pobres, dejase de intentar jugar como los ricos, porque el dinero y los puntos en Liga es lo único en esta vida que no se puede ocultar.

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4 noviembre, 2013 · 16:30

Papá, ¿por qué estamos en Europa?

Qué jartá de democracia, oigan. Aguanté cinco horas exactas de debate parlamentario, de pluralismo político, de polifonías minoritarias, de réplicas y contrarréplicas, de bostezos ahogados e incontinencia urinaria. Es lo que pasa cuando la sesión de control al Gobierno de los miércoles viene precedida de la sesión informativa del Consejo Europeo. De Europa siempre vuelve Mariano Rajoy más estadista que nunca, intenso y pedagógico como una institutriz de piano. Como ese tipo tan pesado del chiste al que le preguntas qué tal está y va y te lo cuenta.

Bueno pues Rajoy nos ha contado hoy cómo están las cosas por Europa con tanta paciencia, con tanta prolijidad que a los cronistas más jóvenes nos entraban ganas de coger a los venerables reporteros de la Transición por allí aún presentes y preguntarles por qué estamos en Europa, como el niño del Atleti que necesita que su padre le invoque razones que justifiquen tan ardua militancia.

A la mañana de este miércoles en el Congreso le pasa lo que según Camba les ocurre a las palabras alemanas, que son tan largas que hay que coger perspectiva y entornar los párpados para juzgarlas en toda su magnitud. A las nueve y cinco comenzó el presidente a desgranar la letanía temática: del comercio interior al mercado digital único, de la unión bancaria a la convergencia fiscal. Pero se extendió sobre dos asuntos de rabiosa actualidad: la escandalera clueca del espionaje yanqui –qué fuerte, qué fuerte– y el grito en el cielo de la tragedia de Lampedusa.

Ambos temas se prestaban luego a atractivas bifurcaciones dialécticas en torno a las partidas de cooperación, los incentivos al desarrollo, la prevención en origen, la inteligencia compartida y otros entretenidos sintagmas informalmente distribuidos a lo largo de la rica gama que media entre el pleonasmo y el oxímoron.

Oxímoron parece la comparecencia del director del CNI, general Félix Sanz Roldán, que vendrá al Congreso a hablar para que nadie se entere, pues lo hace en la comisión de secretos oficiales que cursa a puerta cerrada como los entrenos de Mourinho. Suponemos que Obama fletará un par de unidades móviles para asegurarse de que llega la señal sin interferencias.

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30 octubre, 2013 · 19:32

Ana Pastor, sacerdotisa del fuego sagrado

Deontología es nombre de mujer.

Deontología es nombre de mujer.

Ana Pastor es el espejo en el que hoy se quieren mirar las más soñadoras de entre las recién licenciadas en Periodismo. Soñar y licenciarse en Periodismo constituyen hoy actividades de una violenta incompatibilidad, pero dejémoslo ahí. Si la facción pija o reporterismo de tacón elige quizá la referencia meteórica y poco sesuda de Sara Carbonero, aquellas que se notan tocadas por el nimbo sacro de la vocación de informar preferirán sin duda la prestigiosa carrera de Ana Pastor, dama brava y suspicaz, morena de mucho progreso y poca broma a la que, según tuit de Hughes, cualquiera le va con una mentira conyugal. “Dulce estilete”, la bautizó Emilia Landaluce con su habitual acrimonia.

Puestos a licenciarse en la sede más pura de la corrección política, que es la Facultad de Periodismo de la Complutense –de cualquier universidad pública–, lo cierto es que tomar a Pastor por modelo es lo más coherente que se puede hacer. Oigan, y tampoco es mal modelo. Ana Pastor es una periodista sagaz y atractiva, más valiente que la media, con más escrúpulos profesionales de lo que se le censura y menos de lo que se le elogia, imbuida de una dignidad gremial que portavocea con una eficiente mezcla de naturalidad y desprendimiento. A su llegada a La Sexta se apresuró a declarar: “No soy el fichaje estrella de La Sexta”; lo que visto en un titular, como todo semiótico sabe, equivale exactamente a dar por sentado lo contrario. Por cierto que muchos colegas critican sotto voce que Pastor fichara por La Sexta, uno de cuyos jefazos es su señor marido, Antonio García Ferreras; pero semejante rasgado vestimentario me parece de un fariseísmo singularmente estúpido y beato, y de hecho a mí lo que me escandalizaría es que un marido enamorado de su mujer, a la que sabe capaz y en paro, teniendo él poder y tratándose de una empresa privada no la incorporara inmediatamente a la franja de máxima audiencia. Mucho ha tardado Ferreras, para mi gusto.

Pero mientras que Ferreras es mourinhista y bienhumorado –a este cronista le saludó una vez con verdadera camaradería–, su esposa profesa el periodismo con una seriedad inalcanzable, un hieratismo y una exigencia ética como de sacerdotisa de la información, de vestal en vela que evita que se apague el fuego sagrado de la objetividad. Yo creo que con el tiempo se acabará tomando la crisis con más guasa, como se la toman sus propios entrevistados –sobre todo los ministros–, pero de momento no se permite una frivolidad en antena. Todo lo que hace, presenta o modera lo reviste de un carácter de máxima prioridad democrática, como si junto a aquel icónico velo ante Ahmadineyad se le hubiera deslizado al mismo tiempo cualquier vestigio de superficialidad, y desde entonces ya sólo se debiera a la VSR: la Verdad Sin Rodeos. La verdad descubierta por el velo, como tituló Bernini su alegoría más directa. En el caso de Pastor, claro, verdad equivale a progresismo de manual. Hace poco firmaba una tribuna en El País en donde abroncaba a un señor chapado a la antigua que puso el grito en el cielo al ver a dos gays besarse en un Vips de Madrid:

–Señor ofendido: lo que a mí me preocupa como madre es que mi hijo sea el personaje que insulta y humilla a una pareja. Lo que me preocupa como madre es que mi hijo tire de la intolerancia para afrontar lo que no comparte o lo que no entiende –escribía Pastor, desde la cúspide de la indignación cívica.

Y oigan, no es que en el fondo de este caso concreto no estemos de acuerdo: es que por las formas se escurre una solemnidad aceitosa, levítica, que espolea la reacción antes que el deseable asentimiento. En todo caso, Ana Pastor ha sabido hacer lo único que importa en este oficio, sobre todo si se ejerce en España: volverte lo suficientemente reconocible como para ser odiada por unos e idolatrada por el bando contrario, al margen de tus íntimas convicciones, que a su vez pueden ser variables. Por eso cuando la vuelta al poder del PP acabó dejándola sin desayunos –como con cada cambio de gobierno viene ocurriendo en el ente dizque público desde la Transición, con toda la anormal normalidad de lo español–, medio país salivó de gozo y el otro medio la erigió en penúltima Juana de Arco de la libertad de expresión. A nadie medianamente perspicaz se le ocultaba el sesgo izquierdista de su intervenciones –no por nada hoy escribe en El País y sale en La Sexta–, pero la imbatible ley de la superioridad moral de la izquierda se aplica con fervor en estos casos, reputando rigor aséptico lo que no era sino ortodoxia progresista. Para asepsia, la de la inmortal Ana Blanco, que rivaliza en eternidad catódica con Jordi Hurtado y que lleva no sé cuántas legislaturas dando el Telediario de la uno sin que se le conozca ideología ni se le mude un solo pelo del casquete capilar egipcio. Eso sí es dar información pura y dura, señores.

Y aunque haya trascendido la amistad entre el matrimonio Ferreras-Pastor y el matrimonio Barroso-Chacón, yo no advierto en Ana Pastor una vocación tan clara de ingeniero social como la de su hábil compañero Évole, ni la veo en conspiraciones para acabar de secretaria de Estado de Comunicación de doña Carme Chacón. De momento, vamos. Opino que le apasiona de veras el periodismo, y opino que le falta talento para ser Oriana Fallaci. Es, ni más ni menos, una periodista de izquierdas que hace bien su trabajo, con todo el mérito que hay en tener trabajo siendo periodista, menor ciertamente si eres de izquierdas.

No me resisto a ceder el colofón de este perfil a Meseta (@la_meseta_uber), uno de los tuiteros más implacables de mi colección, quien en una inspirada tarde del 6 de julio de 2011 cazó este sentidísimo tuit humanitario de nuestra protagonista: “El cuerno de África se muere. 9 millones de personas morirán este año de hambre si no se actúa, si no hacemos nada. Visto en el telediario”. Y no se supo contener:

@anapastor_tve yo de momento me estoy metiendo un bocata de mortadela entre pecho y espalda que no se lo salta un gitano. ¡¡Aprended, negratas!!

(Publicado en Suma Cultural, 15 de junio de 2013)

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