El éxito descabellado de Taylor Swift nos interpela especialmente a quienes no comprendemos sus motivos. Un magnetismo global de tal calibre debe considerarse al margen de que nos gusten sus canciones. Porque si la cantante de Pensilvania encarna el mayor fenómeno pop de nuestro tiempo, y así lo acreditan sus números, entonces el swiftismo describe el espíritu de la época con una elocuencia que sería estúpido desoír.
Todos los liderazgos genuinos se construyen contra la adversidad. Por eso las autobiografías de los líderes suelen detenerse en algún sinsabor de infancia o en un revés de juventud, en una pérdida traumática o en la conciencia lacerante del rechazo padecido en su comunidad de origen. Son las pruebas que jalonan el camino del héroe, y ya demostró Propp en su morfología del cuento que estamos cableados para aplaudir al elegido que logra superarlas. Los negros que escriben las memorias de nuestros políticos se afanan por acomodar a su cliente en el palco de este paradigma imbatible, y la autora del Manual de resistencia de Sánchez no fue una excepción. Corresponde al lector medir el grado de dificultad de la aventura, que será proporcional al reconocimiento que merezca el aventurero, pero no se puede negar que el liderazgo de Sánchez nació cuando de galán de Pozuelo pasó a víctima de los barones. Ahí el relato se transformó en poder, que a su vez ha multiplicado las víctimas, alguna de las cuales reproducirá -quizá pronto- el esquema funcional de Propp batiendo a su verdugo. Porque el ciclo de la política es una dialéctica interminable.
Hace un lustro escribimos que en Sánchez todo es mentira salvo la ambición, y la mentira no ha hecho más que crecer desde entonces. En este momento el Gobierno es un holograma invasivo que a falta de consistencia presupuestaria nos ocupa el salón con fantasmas de la guerra, giras de míster universo concernido por la paz mundial y reclutamientos catódicos donde el kilo de bufón se paga (lo pagamos) a precio de soprano.
La boda de Almeida ha venido a desmentir que a cierta izquierda no le gusten las bodas de derechas; claro que le gustan. Lo que odian es reconocerlo. Se podrían llenar cientos de miles de divanes ibéricos con los cerebros incapaces de identificar las raíces de su resentimiento. A ese paciente que odia a los demás porque se odia a sí mismo un buen psiquiatra le prescribiría algo más que cabalgar sus contradicciones: abrazarlas.
Un error común entre analistas liberales consiste en seguir interpretando la política como un ámbito racional. O como uno que lo era hasta la desdichada irrupción de mamá internet y de papá populismo, progenitores de la vigente memecracia. Pero lo cierto es que jamás ha existido tal cosa como una democracia deliberativa, un ágora de sabios vigilada por una comunidad de ciudadanos autoconscientes. Eso no existía ni en la Atenas de Pericles, según prueba la injusta muerte de Sócrates. Que la contienda política se ha librado y se librará -si no lo remedia la IA- en el terreno movedizo de la emoción de masas lo sabía hasta Iván Redondo cuando reformuló solemnemente el lema cartesiano: «Yo primero me emociono y luego pienso».
Un designio cruel ha querido enfrentarme al documental sobre la génesis de We are the world y a la final del Benidorm Fest con pocas horas de diferencia. Caprichos del dios salvaje del algoritmo. El himno de 1985 contra la hambruna en Etiopía siempre me ha resultado incomestible, como nuestros tomates a Ségolène Royal. La letra es una redacción escolar -ahí se ve la mano de Michael Jackson– y la melodía cae como una melaza espesa sobre los tímpanos de su víctima hasta colapsarlos por completo. No cabe descartar que We are the world haya provocado más guerras de las que ha evitado. Pero el documental sobre el hito formidable de su grabación -una sola noche agotadora, una constelación de genios mitológicos currando juntos gratis como dóciles becarios- me ha reconciliado con el tema. Ahora lo oigo sereno.
Los mismos que manifiestan su perplejidad ante el posible retorno de Trump, responsable de aquel enero de 2021, se aburren del debate sobre la amnistía a los de octubre del 2017 y del 2019. Los mismos que se movilizaron contra Rubiales por el pico a Jenni no lo hicieron antes por las evidencias de sus prácticas corruptas. Los mismos que experimentan un irrefrenable temblor en las yemas de los dedos por el cual derraman en las redes su indignación ante un Baltasar embetunado mantuvieron un silencio estratégico cuando Bildu presentó asesinos en sus listas. Los mismos que cargaron contra la precariedad laboral cuando Fátima Báñez elevaba la tasa de empleo aplauden la fijeza discontinua si el orgullo estadístico parte de Yolanda Díaz. Los mismos que detectan xenofobia en la ultraderecha española apagan el sónar humanitario ante las señales de odio que emite la ultraderecha catalana.
La frase trae locos a todos los filósofos de la nación: «La verdad de las cosas es la realidad». Algunos se la atribuyen a Aristóteles, otros a Perón y todos a PedroSánchez, a la espera de que Irene Lozano zanje la cuestión inscribiendo la máxima en la faja de su próximo libro. Pero más allá de la autoría nos interesa ahora el significado. Procedamos a desentrañarlo con espíritu científico y sin ápice de ironía.