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La felicidad de las glándulas felices

Mente colmena, pensamiento navarro.

Mente colmena, pensamiento navarro.

Nos gusta el Rally Dakar porque los participantes luchan solos contra el desierto acogidos a su privado sentido de la orientación, aconsejados meramente por su máquina. Hay una soledad productiva en el Dakar que nos agiganta a sus corredores. Nos gusta también el fútbol, que es el rey de los deportes colectivos, pero si bien se mira el gol suele nacer del alarde de una habilidad individual, y como mínimo del de la suma de ellas. Lo colectivo puro, la masa uniforme, cuando existe únicamente da pavor. “En toda emoción colectiva veo algo indigno”, confesó el aristocrático Borges en la antípoda exacta de Maradona y lo maradoniano, quien de todos modos fue un gran individualista.

Ahora el deporte se ha contagiado de los modos y el lenguaje de la empresa, y la empresa de los modos y el lenguaje del deporte, así que todo son objetivos, metas, reuniones estratégicas, trabajo en equipo, uno para todos, todos para uno, futbolines en la planta de la cafetería, excursiones al paintball para canalizar estrés y desvelo paternalista de los jefes por el fomento de “entornos dinámicos de trabajo”, agárrame esos pavos que se escapan del corral. Venimos repitiendo en estos textos que la principal nota definitoria de la sociedad primermundista es el infantilismo, que tiene que ver con la proliferación de boutiques y la ausencia de guerras civiles o mundiales. Ahora un hombre entrado en la cuarentena puede llegar a gerente de equipo en la planta treinta y cuatro de la Torre Picasso y conservar intacto el precinto de su voluntad madura, congelada la crisálida de su personalidad, inexplorado el umbral vertiginoso de las decisiones grandes.

Todo ha de hacerse en equipo desde la guardería, y a los padres del niño que no “socializa” se les asusta con pronósticos terribles de marginalidad y precrimen. Pero la prensa inca de la sociedad acabará puliendo al chaval de sus aristas más originales hasta que quepa en la horma, no se preocupen ustedes.

El proceso lo resume con desoladora lucidez George Orwell, que algo sabía de rebeldías individuales frente a la amenaza de la uniformidad: “La gran masa de seres humanos no es en grado extremo egoísta. Después de los treinta años abandonan la ambición individual; de hecho, en muchos casos abandonan incluso el sentido de ser individuales, y viven más bien para otros o simplemente existen sofocados por un trabajo vil”. El ser para la muerte de Heidegger se traduce en realidad por ser para la nómina, y eso en el mejor de los casos, preferiblemente fuera de España.

Ustedes habrán padecido la moda posmoderna, sonrosada, de la reunión imprescindible. Antes las reuniones eran excepcionales, y Rajoy acierta al darle este carácter de improbabilidad a las urgencias reunionistas de Artur Mas: para recitar la ley no se reúne uno. Ahora todo el mundo quiere que nos reunamos y que trabajemos en equipo y que nos equivoquemos en equipo, precisamente para que la culpa quede perfectamente diluida y Wall Street vuelva a mugir bajo el mismo entusiasmo inoculado por los viejos operadores impunes que encuentran amparo en la planta de arriba –porque arriba siempre hay otra planta­–, y a veces en la de al lado.

Yo no concibo que se pueda alumbrar una buena idea en común. En común se pueden mejorar las ideas ya nacidas, eso sí; pero las reuniones generalmente solo son excusas perfectas para no ponerse al teléfono del amigo cargante o de la esposa enojada. Las ideas brotan de una semilla plantada inadvertidamente, y más tarde de una mente sola y violentamente reconcentrada como los bebés son extraídos de un útero sanguinolento.

Cuando una madre da a luz, siente primero el amor físico a la criatura que lleva meses esperando, pero después experimenta un orgullo materno singular, absolutamente intransferible: “Yo he traído a esta criatura al mundo”. Es un orgullo de autor cuyo mérito más hondo permanecerá siempre vedado al padre.

Cuando un hombre alumbra una buena idea, un libro novedoso, una línea de negocio prometedora, suele quedar agradecido o bien a las musas o bien a su talento si es tan arrogante como para reconocerlo; y a continuación, de su propia maravilla ante lo parido extraerá las fuerzas necesarias para realizar el proyecto, allegarle los recursos, vigilar su sano desarrollo. Nadie se aplica a la idea de otro como a la suya propia. Este es el secreto de los emprendedores exitosos y no se precisan charlas de coaching para desvelarlo.

Una sociedad que estimula el comunitarismo melifluo como medio de producción extiende dos lacras: niega la satisfacción que regala el acto creador (y lastra en consecuencia la concreción de su alcance) y escamotea toda responsabilidad en el hipotético fracaso. El hombre reunido, el hombre amarrado a la galera aparentemente acolchada de la reunión, es un eunuco al que se le ha privado del placer de crear y del valor necesario para sobreponerse al fracaso, porque ese fracaso –como ese premio– quedará socializado, arraigará fuera de su conciencia, que le rebotará el eco de su vacío por las noches. Porque por las noches uno no tiene más remedio que reunirse con su conciencia sin pretextar una llamada a reunión de la secretaria. Por las noches estamos solos. A no ser que nos estemos acostando con la secretaria, obviamente.

“El de la Torre de Marfil vive, pero se asoma a las posadas, sin contagiarse por eso con las doctrinas que desvirtúan al hombre enrolándole en la gritería del bajo carnaval”, dice Ramón con ese estilo milagroso suyo hecho de fogonazos de magnesio. Y continúa: “Lo gregario mata, atrofia el sentido supervital, la sensibilidad de vivir, la felicidad de las glándulas felices, la única riqueza auténtica que es la del perfil propio, lo único que merece pasar por la miseria con tal de conservarlo”.

Pobre pero a solas, dirá el honrado de nuestro tiempo. O si alumbra la idea dirá rico y feliz, pero feliz por la felicidad de nuestras glándulas felices, que no pueden ser trasplantadas sin acusar rechazo.

(Publicado en Suma Cultural, 4 de enero de 2014)

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Fábula del mimo perfecto

Mimo redentor.

Mimo redentor.

En el país del paro el mimo es el rey. Si hay un arte netamente español es el de quedarse parado, pararse como se paran los mimos de la Puerta del Sol y de la plaza Mayor, de la calle Postas y de la plaza de Oriente. Una industria florece silenciosa y quedamente en el noble centro de Madrid, kilómetro cero –inmóvil– de una España que laboralmente no sabe echar a andar por mucho que suban las exportaciones y vuelvan los inversores, porque los inversores vuelven pero no contratan, o contratan tan precariamente que vale más quedarse parado.

Y esto lo han entendido mejor que nadie los buscavidas urbanos de calderilla, los comediantes de un arte menor, efímero, antiacadémico y callejero, libadores de la impresionabilidad turística, verdaderos emprendedores en un negocio sin otra norma que detenerse de la forma más original posible. Con horma en vez de norma.

El paradójico negocio de pararse ha de reinventarse cada día a fin de seguir impresionando al turista que ayer cruzó la plaza y echó el euro al cesto para desafiar una quietud perfecta. El turista hace sonreír a Adam Smith premiando con una moneda la bonita paradoja del mimo: el espectáculo que, para continuar, debe aquietarse. El turista elegirá siempre al mimo más arriesgado, a la estatua humana menos respirante, al equilibrista inasequible a los calambres. Pero otros mimos en la misma plaza compiten con él por pararse en una posición aún más complicada, soportando un maquillaje más espeso. Y así se construye una estampa urbana de liberalismo purísimo donde nadie regala nada y solo se premia la creatividad, reinando la meritocracia absoluta del ingenio y el mecenazgo ciudadano del arte sin subvención.

El cronista, afortunado por avecindarse en este Silicon Valley de la mímica que se extiende por las inmediaciones de Vodafone Sol, los ve cada día cambiarse bajo su manta verde, abultándola como gato en un saco mientras dura la metamorfosis, capullo del que emergerán convertidos en otra cosa más bella y más inútil: un minero de arcilla, con su boca de pozo y todo; dos chinos meditando uno encima del otro, unidos por un bastón; una lucha terrorífica de Alien contra Predator en la que vence quien mejor logra congelar su fiereza. Hace no mucho, en la era analógica del mimo, los artistas del quietismo buscaban el aplauso amparándose en la elementalidad de Charlot o la obviedad del Discóbolo. Pero la disciplina se va sofisticando, atraviesa su renacimiento y alcanza ya su manierismo, y hasta algunos artistas caen en un barroquismo gratuito, o son arrastrados a reyertas suburbiales como Caravaggio, o se entregan a la autodestrucción del brick de Solán de Cabras.

Hay muchas familias en el sector del saltimbanquismo civil. Está el monigote de Walt Disney que persigue el favor del niño y la limosna del padre. Hay el muñeco de la factoría Simpson que se orienta al turista yanqui de foto fácil. El superhéroe de Marvel refuta sus poderes con la exhibición inocultable de una panza humana, demasiado humana. De un lado a otro deambula inquieto el almirante sin cabeza, y ahora que es Navidad bueno será que no se lleve el inexorable Papá Noel la propina que merecen disfraces más creativos pero menos pertinentes.

Pero el oficio de estos titiriteros no iguala en exigencia física y psíquica el arte superior del mimo urbano. Estarse quieto y callado es una cosa muy difícil, por si no lo sabían. En España el silencio y el estatismo se consideran signos precursores del rigor mortis, de ahí que los españoles sean especialistas en no hacer nada a toda leche, y en consecuencia lideran las tasas del otro paro: el paro no estético sino estadístico. Pocas cosas tan españolas como la premura improductiva, la revolución de café, el toreo de salón. Por eso pasma el mimo que se sube a su cajón a las nueve de una mañana de diciembre y no se mueve hasta la hora del bocadillo, que se comprará con las monedas que le hayan arrojado los paseantes admirativos.

¿Qué pensará el mimo mientras no hace nada? ¿Maldecirá al joven que pasa a toda prisa frente a él con el móvil pegado a la oreja? ¿Se entretendrá ideando una escenografía más impactante, es decir, destinando recursos mentales a la I+D de su negocio? Y sobre todo: ¿cómo hace para no tiritar?

Kafka imaginó a un artista del hambre que languidecía en su jaula ante un público expectante. Durante un tiempo es considerado el más grande ayunador de todos los tiempos, y su empresario se forra exhibiéndolo como tal. Hasta que los espectadores, rehenes impenitentes de la última novedad, pierden interés por el hambriento perpetuo. En la fábula kafkiana el artista muere víctima de su propia perfección artística, cuyo secreto no era otro que la falta de apetito. Su jaula la acaba ocupando una pantera que vuelve a arremolinar tras los barrotes al pueblo curioso.

En alguno de mis paseos puertasolinos (Ramón) descubriré un día al mimo perfecto, al inapetente total de movimiento, al Miguel Ángel de la estatuaria apenas palpitante. Lo reconoceré porque un día se subirá a su cajón y ya no se bajará. Su cuerpo paralizado será donado al Museo Antropológico y allí quedará como el más extremo símbolo de una determinada coyuntura económica en España, del mismo modo que la mujer de Lot simboliza la nostalgia de Sodoma y Gomorra: el último exvoto de la iniquidad. Será entonces cuando empecemos salir de la crisis.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de diciembre de 2013)

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