Una emoción cotiza al alza en nuestra vida pública: la venganza. Sin salir del Congreso, entre los partidos de la declinante mayoría que sostuvo al Gobierno cunden los aspirantes a vengadores de novela, para solaz de los plumillas parlamentarios. Tiene pinta de que este curso vamos a mojar la pluma en sangre, que suele ser el tintero de las mejores crónicas.
Tiene advertido el presidente que no se le moleste durante su retiro vacacional. Antes de volar a Lanzarote, en el último consejo de ministros del curso, dejó meridianamente claro que su descanso era un asunto de seguridad nacional. Que nadie debía importunarle a menos que se acabara de producir una verdadera catástrofe: otra pandemia, la invasión de Polonia por parte de Putin, la filtración de una nueva carta de recomendación de Begoña a favor de una empresa subvencionada por el Gobierno. «No me llaméis ni aunque el Teide entre en erupción. Si sucede, ya veré yo el humo desde La Mareta», sentenció ante los ojos atónitos y serviles de sus ministros y ministras.
Al presidente no le gusta la poesía. Todos recordamos el día en que se refirió a Albert Camus como «aquel viejo poeta argelino». Lo cierto es que no dio ni una: Camus era de nacionalidad francesa, escribió novela, drama o ensayo y murió joven. En otra ocasión se plantó en Collioure y habló de la «cuna soriana» de Machado, cuya infancia -como sus lectores de verdad saben- son recuerdos de un patio de Sevilla.
Otra de las cosas que nos quiere arrebatar el sanchismo es el derecho a la desconexión estival, y no debemos dejarnos. Cuando hasta en agosto se suceden los escándalos y la intensidad política no cede al marasmo veraniego existe la tentación de soltar la jeremiada: ¿queda alguien ahí para escandalizarse? ¿Es algo más que un puñado el número de conciencias a las que les sigue doliendo España bien entrado el periodo vacacional? Nos acordamos entonces de aquellos que se fueron a los toros la tarde en que llegó a Madrid la noticia de la pérdida de Cuba y Filipinas, y concluimos siglo y cuarto después que el españolejo no ha superado su atávico pancismo, su incurable alienación institucional.
El presidente ha suspendido sus vacaciones por un día para citar a cuatro estrechos colaboradores en La Moncloa. Son María Jesús Montero, Pilar Alegría, Santos Cerdán y Óscar Puente. La intempestiva convocatoria los ha sumido en el desconcierto y ha desatado una cascada de nerviosas conjeturas en el discreto chat que comparten los cuatro. ¿Adelanto electoral? ¿Crisis de gobierno? ¿O sencillamente Pedro necesita otra vez apoyo moral y carantoñas del servicio?
La escena ocurre en una residencia de verano, propiedad del Estado español. Es la hora de la siesta y el presidente ha dado orden de que nadie lo moleste. Toma un cuaderno de notas y el bolígrafo que le regalaron en Davos y sale al jardín. Elige tumbona, empuña el boli, concentra el gesto y comienza a escribir. En el sopor de la tarde a los oídos presidenciales solo llega un sonido: el eco de la Historia.
Siguen yendo los periodistas a las ruedas de prensa de Pedro como si Pedro estuviera moralmente capacitado para responderles. Como si el tétrico palacio de La Moncloa fuera hoy algo distinto que un laberinto de espejos de barraca ferial diseñado por el hermano tonto de George Orwell. Mis compañeros se acreditan, van, preguntan cuando les dejan pero sistemáticamente topan contra el muro facial de un hombre absurdo, vaciado de sentido como un grito munchiano, reducido a una enorme jeta hialurónica, elástica e impermeable. Si la piel de la cara de Pedro Sánchez pudiera clonarse quedaría obsoleto el kevlar para los chalecos de los marines.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.