Archivo de la etiqueta: populismo y otras hierbas

Los Reyes son los niños

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Ilusión.

Cuando uno es niño y llegan los Reyes, se pregunta por qué no pueden ser todos los días igual de maravillosos. Cuando uno es adulto y llegan los Reyes, se pregunta por qué no pueden ser todos los días igual de maravillosos. En el primer caso, uno es el inocente destinatario de la maravilla y no se plantea cómo ha sido posible. En el segundo, uno es el estratega de esa ilusión y no deja de maravillarse de la bendita ingenuidad de los niños ni de la excepcional cooperación de los adultos, capaces de urdir con minucioso celo un monumental engaño colectivo por un día. Cada 6 de enero celebramos la madre de todas las operaciones posverdaderas, una enorme mentira piadosa que contamos a los niños para recabar su alegría, del mismo modo que el político populista cuenta su trola al votante en la esperanza de recabar su voto.

Yo, que soy un empedernido buscador de transversalidad, he detectado en la infancia el gran valor transversal de nuestro tiempo. Todo el mundo está de acuerdo -cineastas, diputados, pedagogos, penalistas, locutores y monjas- en que la ilusión de un niño es sagrada. El propio Jesucristo pensaba así y, no siendo amigo de condenar a nadie, pormenorizó la pena apropiada a aquel que contamine el alma de un niño: «Más le valdría que le colgaran una piedra al cuello y lo arrojaran al mar». La sacralidad de la infancia atraviesa siglos. Y hoy, cuando presumimos de laicidad, el dogma no sólo no ha remitido, sino que se extiende a la adolescencia e invade la mayoría de edad. Pixelamos sus rostros. Vigilamos a sus profesores. Anticipamos sus traumas. Les privamos de sus tareas. Multamos a las televisiones que no observan el horario infantil. Y ampliamos la feliz irresponsabilidad del infante hasta que cada ciudadano se convence de que los derechos preexisten a los deberes.

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El bueno (Juan Carlos I), el feo (Junqueras) y el malo (‘El Chicle’)

 

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6 enero, 2018 · 10:31

Odiar a los pobres

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Otro amigo de los pobres.

La Fundéu, donde pasamos pocos pero doctos ratos juntos, ha elegido aporofobia como palabra del año. Es un compuesto griego que vale traducir por rechazo a los pobres y que acuñó Adela Cortina con benemérito propósito de denuncia. Yo se la escuché hace unos años a Jesús Caldera, que andaba por entonces regularizando inmigrantes en el gobierno de Zapatero. Pese a la novedad de su significante, su significado es tan antiguo como la xenofobia o aversión al extranjero, incluyendo al charnego de Tabarnia. Ahora bien, aporofobia, lo que se dice aporofobia, la experimentan todos los bolsillos. Es un recelo transversal que habita en el clasismo de los ricos tanto como en la esperanza de los pobres, que maldicen su condición, y cuyo mayor deseo es dejar de ser pobres. Porque la pobreza no le gusta a nadie salvo a los franciscanos y a los comunistas, dos vocaciones que tienden a desaparecer en cuanto llega la prosperidad. El hedonismo vacía las iglesias y las sedes de partido, pero el comunismo descubrió la manera de garantizarse la vigencia del negocio: fabricar pobres en cantidades industriales para luego correr a socorrerlos. Por eso Maduro es el empresario del año. Se empieza expropiando edificios y se acaba privatizando la democracia. Porque toda propiedad es un robo… menos cuando robas tú.

Esto del orgullo de mandar en la propia hambre, tan cantado por la mala literatura de lucha de clases escrita con buenos sentimientos burgueses, insulta la inteligencia de la famélica legión, que ni quiere ser legión sino individuo, ni quiere seguir famélica sino escalar de clase. Nada asquea tanto como ver a un próspero progresista recetar para los demás la fracasada ideología de la que él mismo se guardó muy cucamente para amasar su fortuna. Ese fariseo que prescribe la vida en Esparta mientras se queda a vivir en Atenas. Ese turista del ideal que lucha por doce causas en pijama, que debería ser el uniforme del tuitero concienciado. Pero hace falta odiar mucho a los pobres para querer salvarlos del capitalismo.

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El bueno (Tabarnia), el feo (Rafa Mayoral) y el malo (Jordi Pujol Ferrusola)

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30 diciembre, 2017 · 11:26

Manifiesto viejoven

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Creadores de El Ganso.

El fantasma de la juventud recorre Europa. Sus provectos habitantes se obsesionan con permanecer eternamente jóvenes, encomendando su piel al bisturí y su mente a la prensa jíbara de la red social, de la que el intelecto más desarrollado sale reducido a la adolescencia. La veteranía es la nueva lepra. La madurez ya no representa la edad dorada en que la persona consuma su realización: hoy es expulsada de la política, del periodismo y de la publicidad, por no hablar del amor o los gimnasios. El mundo quiere ser joven, te ordena mantenerte joven, te exhorta a parecerlo. Pero se trata de un mandato hipócrita. La juventud no solo está sobrevalorada: constituye la etapa más perversa de la vida, porque se exige imperiosamente para el éxito social mientras se castiga severamente en el mercado laboral. Basta un vistazo a los Presupuestos para concluir que los jóvenes, en el fondo, no interesan a nadie. Y mientras, los viejos siguen generando rechazo. Como diría Lenin, ¿qué hacer? Solo queda una salida: ser viejoven.

El viejoven es un treintañero que no prolonga la adolescencia sino anticipa la madurez. No quiere hacer la revolución sino gozar ya de los placeres reservados a los mayores. No se compra otra moto sino recorre España en una oscura berlina cuyo sistema de navegación memoriza paradores y estrellas Michelin. No recela de la autoridad del Estado sino se resigna a cumplir minuciosamente con Hacienda, en la esperanza de que su dinero pague el tratamiento de una humilde abuela extremeña y no las putas de un corrupto jerarca socialista, pepero o convergente. No admite otra responsabilidad sobre sus errores que el albedrío, ni delega la búsqueda de la felicidad en el Gobierno. Acepta el limitado poder de la democracia para transformar la realidad; y en parte le complace, porque la realidad es precisamente su mejor aliada. Nunca presta crédito a una buena conspiranoia. Y no se victimiza jamás, porque mira fuera del primer mundo y sabe que no tiene derecho a quejarse.

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El bueno (Mercedes Alaya), el feo (Iceta) y el malo (Rodrigo lanza) en La Linterna de COPE

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17 diciembre, 2017 · 13:38

Doña Manolita

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Navidad.

Se acerca la Navidad y hay que hablar de Manuela Carmena, porque la alcaldesa de Madrid brilla con luz propia en estas fechas de cuya naturaleza entrañable ella ya participa, como participan desde siempre las colas en Doña Manolita o los certámenes de villancicos. La carmenada, antes que motivo de indignación o mina de confidencial, constituye ya materia costumbrista, médula galdosiana. Nunca una política tan comprometida con el laicismo ejerció un efecto tan claramente navideño sobre el impersonal automatismo de la metrópoli, por no hablar de los periodistas.

Soy consumidor de entrevistas a Carmena en radio, prensa y televisión. El género me fascina, a pesar de que su planteamiento, nudo y desenlace se resuelve siempre en un flujo único de burbujeante adulación. Y en realidad sobran las razones. Madrid está intervenida porque su Consistorio es incapaz de presentar unas cuentas ajustadas a la ley. Paraliza operaciones en función de su importancia: cuanto más importantes, más paralizadas. Prefiere renombrar el callejero a proyectar calles nuevas. Hipoteca el futuro al rastreo simbólico del pasado y se apropia de causas y orgullos implantados y financiados por alcaldes previos. Recorta la deuda porque no sabe ejecutar el presupuesto si no es comprando ladrillo. Y no ha hecho en suma nada recordable porque antes siquiera de planteárselo debe armonizar las pintorescas militancias de las doce tribus de disidentes del frente judaico popular que integran su sigla.

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11 diciembre, 2017 · 15:55

El deber del Derecho

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Animales con presunción de inocencia.

Cuando yo era adolescente, elegir carrera consistía en hallar razones para descartar la matrícula en Derecho. Todos los de letras terminaban estudiando Derecho de un modo indefectible -«Tiene muchas salidas»-, y resistirse a aquel determinismo jurídico obligaba a un acopio de personalidad impropio de la edad. Se ofertaba en todos lados y pedían un cinco como nota de corte. Sus legendarias cafeterías cautivaban la imaginación. Derecho estudiaron españoles tan distintos como Mario Conde y Pablo Iglesias, aunque ni la conducta del primero ni el discurso del segundo delatan un escrúpulo legal precisamente calvinista. Pero no son casos aislados.

Para ser un país petado de juristas, el título no cunde. España sigue siendo un país de moralistas intuitivos donde el rigor de la ley causa tanto escándalo como el sol en Noruega o la sobriedad en Rusia. No es que los españoles no queramos juzgar; al contrario, lo juzgamos todo compulsivamente. Lo que ocurre es que juzgar, para nosotros, constituye un acto tan natural que no entendemos que requiera una formación específica. Por eso nos hacemos tertulianos. Por eso criticamos a los tertulianos. Por eso, ante cualquier problema, sentimos nacer en la incubadora caliente de nuestras meninges el cigoto de un juicio que en la mente de un alemán exigiría semanas de gestación, mientras que nosotros lo parimos perfectamente formado en décimas de segundo. Quizá porque no se trata de un juicio, sino de un prejuicio. Por eso cuando llegamos a la universidad ya es tarde: ya no hay nada que puedan enseñarnos.

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La buena (Susana Díaz), la fea (tesorera del PP) y la mala (Marta Rovira)

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19 noviembre, 2017 · 22:33

Ante Rufián, todos somos Valderrama

Sesión de control al Gobierno

Monologuismo.

Las esposas de Rufián. Parece el título de un romance compuesto por un viajero romántico al pie de la Alhambra. Pero la solemne zoquetería del personaje no invita tanto a tañer la lira como a rescatar el astracán de Muñoz Seca: «¡Mora de la morería! / ¡Mora que a mi lado moras! / ¡Mora que ligó sus horas / a la triste suerte mía!» Con la tristeza final del Procés concluye la segunda parte de La venganza de don Mendo, es decir, de don Mariano, que se ha vengado de cinco años de involución medieval de la forma más cruel, la única que conoce: en frío. Mientras todos los cabecillas del osado desafío caen en fuera de juego, hacen talleres en la trena o huyen a un exilio tartarinesco, Rajoy desliza en lo de Herreraque se volverá a presentar a las elecciones. Quizá le haya podido al fin la curiosidad de saber qué siente cualquiera de sus víctimas, así que va a nombrarse antagonista electoral de su propia tozudez y que sea lo que Dios quiera. La obra es redonda. Como en Don Mendo, aquí muere hasta el apuntador, pero nadie llora, sino que se entrega al meme.

Algún mosso muy fan o una madame divertida le prestó a Rufián unas esposas para justificar ese salario que solo Ciudadanos le quiere retirar, no por payaso, sino por absentista. Algunos cronistas, en cambio, se lo restituiríamos de nuestro bolsillo precisamente por su productividad cómica, porque el día que se vaya tendremos que escribir sobre leyes que mejoran la vida de los españoles y ya nadie clicaría en nuestras piezas.

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15 noviembre, 2017 · 19:29

Un elefante en el hemiciclo

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En los escaños vacíos se sienta el 155.

Sabemos que el compromiso en nuestro tiempo se expresa a través de lacitos. Los diputados indepes han elegido el amarillo porque el resto de la paleta ya está pillada, de modo que han de poner mucho cuidado al elegir por la mañana el lacito adecuado, no vaya a ser que pretendan exigir la libertad de los Jordis y acaben protestando contra el cáncer de mama. Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, los cronistas ya soñamos con diputados cromáticos que no tengan que hablar, sino solo exhibir camisetas o blandir símbolos en cámaras perfectamente demudadas. Es cierto que ya no lo podremos llamar democracia parlamentaria, pero a cambio bajarán los niveles de contaminación acústica y alargaremos la vida de las sufridas taquígrafas, cuyo puesto ocuparán señaleros aeroportuarios. A los daltónicos se les negará el derecho al sufragio pasivo para prevenir el transfuguismo.

Ahora bien: ni siquiera entonces auguro sesiones pacíficas. El caso candente de la camiseta de Adidas demuestra que los españoles, a falta de palabras, somos muy capaces de discutir en colores. Nadie negará, por ejemplo, que al lazo de Rufián le conviene el amarillo chillón.

Hay un elefante blanco en el hemiciclo marcado como una res con el número 155. Sus señorías no evitan referirse a él, de hecho lo hacen continuamente, pero más bien habituadas a su imponente presencia, pues tampoco llegan noticias de que el polémico paquidermo haya entrado en Cataluña como en una cacharrería sino con un tacto felino. Tanto, que Albert Rivera no comprendía cómo una huelga sin seguimiento reseñable consiguió bloquear los accesos al área metropolitana de Barcelona por la sencilla razón de que el Gobierno interventor de Cataluña no quiere fabricar más ganadores de concursos de fotografía bélica de andar por casa como fabricó el 1 de octubre. Así que nuestro elefante es más retórico que verdaderamente agresivo. La pregunta iba dirigida a la vicepresidenta, pero tuvo que hacérsela a Montoro porque Soraya selecciona muy bien las batallas que libra: aquellas que puede ganar con comodidad, normalmente contra portavoces de Podemos. Ayer abusó de un Domènech presa de las contradicciones que el CIS delata, con las maletas ya hechas para unirse a Colau.

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8 noviembre, 2017 · 17:55

Cuando el humo se disipe

15091224181931.jpgCuando el humo se disipe deberían quedar en pie algunas certezas distinguibles, de contornos nítidos, recortadas contra el polvo retórico que nos asfixia. Debería quedar en pie la diferencia entre el Gobierno y el Estado, y entre la formalidad democrática y la innegable emoción del nacionalpopulismo. Deberíamos también haber atisbado los límites de la política, que son tan anchos como los del amor, pues sólo limitan con lo penal. Cuando el humo se disipe habremos recordado por qué se representa a la diosa no con una balanza y una zanahoria, sino con una balanza y una espada, porque sin fuerza no hay justicia. Y habremos aprendido a desconfiar de la soberana voluntad de los niños, que desconocen la amargura por las plegarias atendidas, para reclamar los tratos entre hombres, a quienes las frustraciones enseñaron que la vida va en serio sin necesidad de tachar rayas en la pared de una celda.

Pero sobre todo deberíamos aprender a separar a los pueblos de los mesías que creen acaudillarlos, porque no hemos asistido a la caída de Cataluña sino a la de algunos catalanes demasiado decisivos. Los pueblos, queridos niños, no se independizan. Los pueblos no tienen derechos. Ellos no deciden pasar a sus plurales habitantes por la horma de una lengua o una etnia. Los pueblos no luchan, no desafían las leyes, no obedecen mandatos populares, no son el juguete de una dialéctica cósmica. Los pueblos no van a la cárcel, porque el derecho no contempla responsabilidades abstractas y colectivas sino concretas e individuales. Los pueblos no son libres, ni esclavos. Los pueblos, como mucho, figuran en los mapas, y porque hay cartógrafos que los dibujan. Es el hombre solo, empujado por móviles febriles, el que se revela en este histórico drama, que en el mejor de los casos es la obra de actores conscientes de sus actos e inconscientes de su destino, como escribió Raymond Aron a propósito de la guerra.

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30 octubre, 2017 · 10:10