La muerte de Silvio Berlusconi es el mayor escándalo de una vida fecunda en escándalos que solo respetó una ley: la de que el espectáculo debe continuar. Entre el pacto fáustico y la comedia del arte, el condotiero milanés se reinventó tantas veces que nos acostumbramos a creer que no moriría. Morirse era un acto troppo vero para farsante tan consumado. Su poder mediático lo resguardaba de la muerte política; su imperio empresarial lo protegía de la muerte civil; su habilidad política lo alejaba de la muerte judicial. Como magnate del fútbol avivaba el calor del pueblo y como adicto al quirófano conjuraba el acecho de la biología. Su fin traciona la premisa básica del berlusconismo: se trata de sobrevivir a cualquier límite.
Hace tiempo que mojar la pluma en las lágrimas de impotencia de Pablo Iglesias e Irene Montero me causa el rechazo propio de cualquier abuso. El refranero castellano, poco atento a los pudores de la corrección multicultural, llama a eso lanzada a moro muerto. Pero en la hora grave de la disolución podémica, cuando una democrática lluvia de votos lava el último coágulo del neocomunismo español y lo encauza de regreso al sumidero de la historia, quizá sea necesario recontar los daños dejados por la riada de populismo que rompió los diques institucionales y anegó las plazas de España hasta enfangar parlamentos, aulas y redacciones.
De verso suelto a voz cargada de autoridad poselectoral, García-Page ha revalidado su mayoría absoluta y apenas se resiste a asumir el escenario de la debacle en julio y sus efectos catárticos. Habla de «autoexpulsión» y también de «recomposición»
Usted es ahora el socialista con más poder territorial de España. La única mayoría absoluta, presidente de la Comunidad más poblada. ¿Siente que tiene una responsabilidad especial?
No. No especialmente. No soy más que era antes de las elecciones. Otra cosa es que evidentemente los que gobernamos tenemos ahora sí la obligación moral de hacernos cargo del estado de ánimo de los que se han visto desalojados del poder. No es la primera vez que me pasa. Nos ha pasado en varias ocasiones en distintas danas nacionales que ha habido en los 90 o en el 2011 y, por tanto, sí hay que reconstruir. Afortunadamente, más allá del estado de ánimo, muchos de los cuadros que no han conseguido el gobierno o lo han perdido son en su inmensa mayoría útiles. No están amortizados, valen para el día de mañana. Eso es un valor estructural importante.
Pero a quién aplaudías hasta romperte las palmas, coreógrafo socialista. Por quién crees que doblaban las campanas de tus manos rabiosas si no es por ti. En qué momento te mudaste a Estocolmo para asumir este maltrato. Cuándo olvidaste tu condición de representante del pueblo para agarrarte al clavo ardiendo que sella la tapa del ataúd del PSOE.¿No hablas por miedo a quedar fuera de las listas? ¿Aún no has comprendido que es lo mejor que te puede pasar? Un vistazo al mapa electoral debiera bastarte para ensayar un ahogado murmullo de protesta, un mohín de autocrítica, un vislumbre de duda: todo eso a lo que no alcanza tu invisible coraje democrático, tu norcoreano ejercicio de autolisis intelectual. ¿Vas a irte por el sumidero de las urnas sin haber siquiera gritado socorro? Si esa es tu decisión, entenderás que los españoles ni se planteen la propina de la lástima. Y entenderás también que el próximo secretario general sopese apenas tu utilidad antes de desecharla limpiamente.
Pero quién llama dignidad al narcisismo. Pero quién sigue confundiendo la inteligencia con la cobardía. Pero quién imputa a la audacia lo que solo explica la frivolidad. Sánchez es Sánchez y no puede ser otra cosa hasta el final, que sucederá el 23 de julio de 2023 porque le aterra agonizar hasta diciembre y para que no lo maten antes. Había perdido los apoyos parlamentarios, del PNV a ERC, y el fratricidio entre Podemos y Sumar volvía inviable la mera convalidación de un decreto. La legislatura había muerto mientras nacía el despliegue del poder recién ganado por el PP.
Para que no le acusen a uno de antisanchista superficial, como si lo fuera por moda y no por convicción, viraré el foco de la persona a su obra.
La obra política del sanchismo recibe entre los académicos el nombre de polarización, fenómeno moral que adopta la forma de paja en el ojo ajeno, ojo que por definición pertenece a un facha. Como lamenta un politólogo de cámara en una de las geniales viñetas de Daniel Gascón, no estaríamos tan polarizados si todos pensáramos igual que el Gobierno. En consecuencia, la solución que propone la ciencia política independiente con base en Ferraz para acabar de una vez por todas con la polarización es la autocracia. La evidencia empírica de esta fórmula reside en las Cortes franquistas, que al decir de nuestros mayores eran una balsa de aceite: ni un grito ni una mala cara ni una camiseta con mensaje. Cero por ciento de polarización, oiga.
No salimos de un avance social y ya estamos en otro. La campaña va tan rápido que los derechos persiguen a los ciudadanos y no al revés. Muy pronto, cuando a la autodeterminación de género le siga la emancipación etaria -el derecho a tener la edad que nos dé la gana-, cualquier español podrá cambiarse de sexo el lunes y acudir al cine el martes por dos pavos, fluyendo de identidad en identidad por la economía circular del subsidio infinito. El Gobierno da y el pueblo recibe como en los días felices del despotismo ilustrado. Porque todos los políticos en campaña prometen, pero Pedro puede prometer y promete de una manera especial, con esa alegría inconsciente y aparatosa que reconocemos en las películas de época.
A este cronista le dijo una vez Pedro J. Ramírez: «Federico cree que la izquierda es mala y que la derecha es tonta». A esa conclusión solo se llega después de militar en ambas y conocerlas a fondo. En El retorno de la derecha -pronto best seller- la voz más influyente de la derecha española desde la Transición repasa las siglas de la no izquierda -UCD, AP, PP, UPyD, Cs, Vox- para constatar su adecuación o su traición a los principios inmutables de su base social, que hoy espera ganar la batalla contra el sanchismo.
Afirmas que todos los problemas de la derecha se resumen en que los representantes no se reconocen en los representados y viceversa. ¿No pasa lo mismo en la izquierda?
No, porque la derecha ha cambiado hasta nueve veces de partido. La izquierda tiene al PSOE y a los comunistas. El bloque numérico de la derecha social no ha cambiado: son 10, 11 millones desde la Transición. ¿Qué es lo que cambia? La derecha no cree en la política profesional. Cree en la familia, la nación, la propiedad, la Historia de España, la religión o al menos la tradición religiosa, cosas más de sociedad civil que política. Pero tiene una idea instrumental de los partidos. El problema es que en la derecha se instala una negación de su pasado, que no viene del alzamiento de Franco sino de antes: del sectarismo republicano. Las raíces de la derecha están en aquella vivencia traumática, y en cómo luego los mataban por ir a misa o les quitaban lo que habían heredado de sus padres. ¿Cómo no va a tener derecho a existir y a gobernar media España? Y esa injusticia, convertida en terror ya en la guerra, explica que la derecha se entregara a Franco. Dicen, vamos a dedicarnos a la familia, a lo nuestro, a rehacer nuestra propiedad, se casan con los del otro bando, reanudan la vida fuera de la política. En ese sentido Franco les viene bien, pero al mismo tiempo que salva al enfermo lo escayola. Y cuando al escayolado le quitan la escayola en democracia, no puede andar.